Bueno, muchos deben estar atentos a que pasaría en la visita de Julia a mi apartamento. Estoy seguro que las apuestas han empezado a correr. Escuché comentarios sobre si me acostaría con ella o sería el momento idóneo para que me corte el rostro. Lo único que adelantaré por ahora es que ella llegó.
8:55pm. Me di una última arreglada en el espejo. Destapé el perfume que sólo se usa en ocasiones especiales.
Durante el lapso de tiempo entre que llegué a casa y las nueve de la noche logré dejar el apartamento más que prolijo. Si no fuese porque no tenía cronómetro y tenía cosas más importantes en que utilizar mi tiempo, pensaría que había batido un récord personal en arreglar desórdenes.
8:56pm. Abotoné mi camisa de ocasión también y doblé las servilletas que no habían quedado acorde a su entorno.
8:57pm Sonó el timbre. Quise contestar por el intercomunicador primero para no demostrar ansiedad. Vaya sorpresa la mía eran mis abuelos que venían en una de sus clásicas visitas sopresas.
Cuando ellos te visitan de sorpresa suelen criticarte mucho. En especial se ensañan con mi desorden y desprolijidad en mi forma de vivir. Ya les gustaría que viva a usanza de ellos, pero "las cosas cambian" le termino diciéndole siempre a mi abuela.
8:58pm. Bajaba con miedo a que llegue Julia en ese mismo instante. Lo mejor sería postergar la conversación pendiente para otro momento. Con mis abuelos aquí de visita no podríamos conversar cómodos.
8:59pm. Subíamos junto a mis abuelos a mi apartamento. Mi abuela me miraba extrañada y la sorpresa aumentó cuando entró a mi apartamento y no encontró el caos que suele reinar.
Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Con mi abuela es un tanto parecida la cosa. Sólo que no me atrevo a decirle vieja.
9:00pm. Sonaba nuevamente el timbre. Esta vez si era Julia.
Mi intención era decirle que me sentía mal y que no iba a poder recibirla. Pero ni bien saludé por el intercomunicador me dijo "baja rápido que se me cae la torta que he traído". Como suele ir en estos casos "¡Diablos!". No podía decirle que no ahora con la molestia tomada.
La mirada de mi abuela seguía acusándome. El cargo: mantener secretos. La pena: Humillación. Mi abuelo se disponía a tomar asiento en mi único sofá y estaba totalmente dispuesto a tomarse una siesta como suele hacerlo cada vez que viene. En verdad disfruta de ese mueble.
Así que resignado a tener una noche desastroza más en mi vida y aceptando como verdugos a mis abuelos bajé a abrirle la puerta a Julia. La hice entrar e intenté advertirle que teníamos visitas. Pero se me adelantó. En realidad venía con muy buen ánimo y me dijo mientras subíamos al ascensor "No digas nada Diego, quería traerla, ya se que es demasiado para ambos pero luego te puede quedar para toda la semana".
Me preguntó si me había comentado que le gustaba la cocina. Le dije que no. Y me empezó a contar que había seguido un curso de repostería mientras salimos del ascensor. Se dirigió a mi apartamento y abrió mientras seguía contándome.
Al abrir la puerta se encontró parada detrás de la mesa a mi abuela que la miraba sonriente. Julia quedó sorpendida, yo entregado totalmente y mi abuelo como suele suceder había dado ya el puntapié inicial en su clásica siesta.
Mi abuela paso su mirada de eres un encanto con Julia a su mirada de esto es lo que me escondías conmigo. Se dio cuenta enseguida que sucedía. Pero lejos de dejarnos a solas lo que sucedió es que Julia despertó su interés y quiso conocerla. Esto lo estoy escribiendo en mi habitación mientras mi abuela le muestra fotos mías de pequeños y le cuenta anécdotas vergonzosas sobre mi a Julia. Al mismo tiempo esperan a que quede lista la cena. Cenaremos los cuatro esta noche. Mi abuelo sigue durmiendo y ronca fuerte, pero eso, no atenúa la conversación entre esas dos mujeres. Debo regresar con ellas. Mañana les cuento como me fue durante la cena.
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