No entiendo ni nunca entenderé ese sentido de sacrificio que tienen las mujeres con respecto al amor. No comprendo como pueden abandonar ese ser que desean en sus vidas por darle más importancia a la vida de otros que a su propia vida. No logro captar porque le parecía a Julia que era más importante mantener la amistad de Verónica que mi compañía en una relación formal.
Puede ser que los hombres no hayamos ganado esos derechos inherentes. Puede ser que las chicas jóvenes piensen que el amor toca a sus puertas dos veces por semana. Que quizá tienen la oportunidad de escoger entre los amores buenos y mejores. Que es posible que la vida les brinde las mejores opciones durante años y años. Lo que no se dan cuenta es que en realidad muchas veces dejan pasar a aquellos candidatos inmejorables dejándose deslumbrar por las luces y brillos de estrellas mediáticas dentro del universo de hombres cercanos.
Es irónico pero al tenerla abrazada ahí a mi lado la sentí muy distante. Tan lejos de mi, tan cerca de Verónica y tan próxima a perderla. “pero Julia, tienes que decirle lo que estás viviendo”, le dije.
“No puedo”, me reafirmó convencida. Me explicó que se habían entregado confianza mutua de forma inmediata y recíproca. Y que sus experiencias pasadas con los hombres le habían enseñado que los chicos pasan y que las amigas quedan.
Dicho sea de paso me contó que no había existido hombre en su vida que no le hubiese jugado mal. Sus novios nunca la habían respetado como pareja, su padre era un alcohólico que cuando llegaba en estado etílico a su cada maltrataba a su madre y su único tío había intentado abusar de ella en alguna ocasión a pesar de estar casado. De hecho, si lo pienso más en frío, Julia, tenía toda la razón para no confiar en los hombres. En realidad de ser ella, ni siquiera me hubiera acercado a mí. Que fuerza admirable la de Julia.
El reto consistía ahora en cómo alejar a esos fantasmas que habían venido a visitar a Julia. Cómo tratar de que se vayan esos miedos intrínsecos en su personalidad. Cómo evitar cada obstáculo que sus temores me ponían en frente. La única ventaja que tenía es que había llegado a contarme todo. Debe ser porque andaba necesitando una estabilidad emocional y alguien que la haga sentir valorada.
Le sequé las lágrimas y le pedí que confíe a ojos cerrados. Era importante, si en algún momento queríamos construir una etapa juntos, que existiese confianza. Le expliqué que debía conversar con Verónica y decirle que ella estaba interesada en mí. Pero no funcionó. Me dijo que era imposible que se lo dijese directamente. Le comenté que yo podía planteárselo. Y también lo rechazó debido a que eso demostraría una falta de confidencialidad de su parte. Juro que las mujeres son complicadas y que cada tijera debe tener un molde particular.
Al final, después de luchar porque no me deje de lado, acordamos que nos seguiríamos viendo pero a escondidas. Si en algún momento había pensado en que por fin tendría la cosa fácil con ella, me equivoqué. No sería nada fácil la situación con Julia. La chica linda y dulce tenía más fantasmas de amigos que el propio Gasparín. Aún así valía la pena.
Puede ser que los hombres no hayamos ganado esos derechos inherentes. Puede ser que las chicas jóvenes piensen que el amor toca a sus puertas dos veces por semana. Que quizá tienen la oportunidad de escoger entre los amores buenos y mejores. Que es posible que la vida les brinde las mejores opciones durante años y años. Lo que no se dan cuenta es que en realidad muchas veces dejan pasar a aquellos candidatos inmejorables dejándose deslumbrar por las luces y brillos de estrellas mediáticas dentro del universo de hombres cercanos.
Es irónico pero al tenerla abrazada ahí a mi lado la sentí muy distante. Tan lejos de mi, tan cerca de Verónica y tan próxima a perderla. “pero Julia, tienes que decirle lo que estás viviendo”, le dije.
“No puedo”, me reafirmó convencida. Me explicó que se habían entregado confianza mutua de forma inmediata y recíproca. Y que sus experiencias pasadas con los hombres le habían enseñado que los chicos pasan y que las amigas quedan.
Dicho sea de paso me contó que no había existido hombre en su vida que no le hubiese jugado mal. Sus novios nunca la habían respetado como pareja, su padre era un alcohólico que cuando llegaba en estado etílico a su cada maltrataba a su madre y su único tío había intentado abusar de ella en alguna ocasión a pesar de estar casado. De hecho, si lo pienso más en frío, Julia, tenía toda la razón para no confiar en los hombres. En realidad de ser ella, ni siquiera me hubiera acercado a mí. Que fuerza admirable la de Julia.
El reto consistía ahora en cómo alejar a esos fantasmas que habían venido a visitar a Julia. Cómo tratar de que se vayan esos miedos intrínsecos en su personalidad. Cómo evitar cada obstáculo que sus temores me ponían en frente. La única ventaja que tenía es que había llegado a contarme todo. Debe ser porque andaba necesitando una estabilidad emocional y alguien que la haga sentir valorada.
Le sequé las lágrimas y le pedí que confíe a ojos cerrados. Era importante, si en algún momento queríamos construir una etapa juntos, que existiese confianza. Le expliqué que debía conversar con Verónica y decirle que ella estaba interesada en mí. Pero no funcionó. Me dijo que era imposible que se lo dijese directamente. Le comenté que yo podía planteárselo. Y también lo rechazó debido a que eso demostraría una falta de confidencialidad de su parte. Juro que las mujeres son complicadas y que cada tijera debe tener un molde particular.
Al final, después de luchar porque no me deje de lado, acordamos que nos seguiríamos viendo pero a escondidas. Si en algún momento había pensado en que por fin tendría la cosa fácil con ella, me equivoqué. No sería nada fácil la situación con Julia. La chica linda y dulce tenía más fantasmas de amigos que el propio Gasparín. Aún así valía la pena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario