Varios de ustedes me reclamaron que ayer no escribí nada. Disculpen, pasa que yo tengo uno de esos routers inalámbricos y si bien la magia del internet nos sirve a veces de mucha ayuda. A veces se vuelve magia negra y nos deja incomunicados. ¿Quién iba a pensar que se nos haría tan necesario el internet?
Pero esa fue la fresa que adornó la torta. Una torta que tuvo algunos pisos de mal sabor. Todo comenzó de mañana. Debido a todos los incidentes de la noche anterior olvidé, en uno de mis clásicos descuidos, programar mi celular para que me despierte. Debo comprarme un reloj despertador. No siempre los celulares funcionan como uno quiere. Entre el internet y los celulares nos hemos vuelto prisioneros de nuestro desarrollo científico.
Entonces, me desperté tarde. Media hora tarde. Me levanté de golpe de la mi cama. Me lavé los ojos y me acomodé el cabello solamente como para no perder el tiempo. Díganme sucio pero no lavé los dientes. El tiempo apremiaba. Además a quien no le pasó alguna vez.
Me puse el pantalón, medio me abroché la camisa, una media de pares diferentes que encontré, el par de zapatos sin atar y la corbata en la mano fueron suficientes para que salga corriendo del apartamento y luego del edificio. Bajé por las escaleras porque el ascensor demoraba mucho.
En la calle no habían taxis disponibles. Una señora esperaba un taxi después de mi. Cuando vio el primer taxi que vino disponible intentó tomarlo antes que yo. No suelo ser así, pero emprendí la carrera y se quedó con la boca abierta cuando le arrebaté el taxi al ganarlo por puesta de mano. Ojalá que si lee este blog algún día me pueda perdonar la imprudencia.
Terminé de vestirme dentro del taxi. Al llegar al trabajo le pagué al taxista indicándole que se quede con el vuelto. Bajé corriendo y entré a la empresa logrando marcar tarjeta. Dieciocho minutos tarde. Y saben a quién me encontré esperando a que la empiecen a capacitar. A Julia. Me vio llegar agitado y me miró medio raro. "¿Estás bien?" preguntó.
Asumí que no era mi mejor aspecto. En eso bajó Miguel y cordialmente la invitó a acompañarlo. Julia me volteó como por obligación y sólo se despidió con seco "chau".
Claro, no recordaba que ayer me había visto besándome con Leticia, a quien dicho sea de paso odio más que nunca. Muchas cosas recorrieron mi cabeza. ¿Y si a ella le estaba pasando lo mismo que a mi? No puedo creer. Sería posible que le hubiese interesado con la misma rapidez que ella a mi. Y claro es posible que al verme con Leticia ahora me odie como yo odio a Leticia por no haberle dicho la verdad. "¡Diablos!".
En eso Irina, la recepcionista de la empresa, me sacó de mi trance. "Diego", dijo fuertemente y se ve que no por primera vez. "Te llama la jefa de personal, ¿Qué hiciste?".
"Llegué tarde", respondí.
"Suerte", se despidió.
Subí a ver a la jefa de personal la cual me amonestó con un memorándun. No había comenzado bien el día. No tenía ganas de trabajar ya. No se para qué me levanté de la cama. Esperaría hasta que saliese del trabajo para hablar con ella. "Que el día se pase rápido", pensé.
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