El lunes empezó como todos los lunes, soso, sin gracia y cansado. Fui a trabajar y lo que entusiasmó fue coincidir con Julia en la parada del autobús. Claro esto no es nada nuevo para el lector ya que saben como Julia alimenta mis mañanas como el sol alimenta a las flores con sus rayos.
Llegamos, al trabajo, juntos ‘pero separados’ como quedamos con Julia la noche anterior. Es decir, si no les queda claro, es como si viviésemos algo más que una amistad pero sin derecho a nada y con la consigna de que nadie se entere. Por titularlo de alguna forma seríamos una especie de ‘amigovios’, algo muy común en éstas épocas, pero más amigos que novios en nuestro caso.
Miguel estuvo de mañana nuevamente fastidiando con el tema de Julia. No sé como iba a hacer para poder salir del paso. El gil de Miguel no dejaba de encimarme para obtener datos sobre Julia. Esta vez salí del paso diciéndole que no la había visto en todo el fin de semana. Se lo creyó.
En cuanto a Julia y mi nocturna sorpresa sólo le dije a ella en el almuerzo que la esperaba como siempre a las nueve en mi casa. Eso fue en los cinco minutos que estuve en el comedor de la empresa. Ya que luego, con la excusa de que debía salir a hacer unos mandados de mis abuelos, salí del lugar y del trabajo mismo.
Cuando dieron las siete de la noche, hora de salida laboral, me fui lo más rápido que pude. Julia no pudo siquiera alcanzarme para nada. Y por lo que pude ver el gil de Miguel tampoco a quien pude ver tratando de decirme algo a lo lejos. Me pareció ver una cara conocida llegando al lugar cuando me iba. Pero no, Leticia, mi ex, no tendría nada que hacer ahí.
Ahora que lo pienso mejor y ya lejos de ahí, Verónica, podría ser una opción de visita por la empresa. ¡Ah no! No quiero imaginarme tenerla cerca rondando.
Saqué los malos pensamientos de mi mente y opté por concentrar todas mis fuerzas en mis planes nocturnos. Fui a los lugares donde tenía que comprar cosas y me apuré lo más que pude.
Dieron las nueve y tres minutos de la noche y apareció Julia en el recibidor del edificio vistiendo unos jeans claros y una blusita bastante ligerita. La verdad que los climas de estos días dan para vestirse bastante ligero. No sé si para blusita pero ella vino así y a mí me gustó como vino. El cabello suelto recién lavado y secado con secador. No es que sea un experto en estética femenina pero me gusta ser observador.
Cuando llegó al recibidor encontró un papelito que decía “Julia, ingresa directamente hasta el apartamento que te diriges, tienes pase libre en mi vida”, firmaba yo por supuesto.
Julia prosiguió su camino en el mismo ascensor de siempre y golpeó tímidamente la puerta de mi apartamento. Cómo nadie respondió entró sigilosamente. “Hola”, dijo como intentando reconocer a alguien en el lugar. Nadie respondió tampoco.
Encontró un papel en la mesa ratona del living junto a una rosa en un florero transparente con agua. Leyó el mensaje que en su primera parte decía “Las flores gustan por juntarse con todo lo lindo de la vida, júntate con ella que te lo tienes merecido”, enseguida tomó la rosa y fue hacia a la habitación según las indicaciones de la segunda parte del papel.
Antes de entrar en mi habitación, me confesaría luego, que esperaba verme desnudo esperándola lo cual hubiese sido un craso error de mi parte. Pero pidió disculpas también por haberme prejuzgado. En ese momento se dio cuenta que estaba esperando a que me equivoque antes de confiar en mí y darme la oportunidad que me merecía. Pero así era ella y tenía razones para serlo. Ya habíamos hablado de eso. Pero como digo siempre no voy a adelantarme.
Cuando entró en mi habitación en vez de verme a mí desnudo vio como resaltaban en una cama prolijamente tendida y limpia, algo que también la tomó por sorpresa porque nunca había entrado en mi habitación, tres rosas más. Dos rojas a los lados y una rosada con blanca en el medio. El papel que en el lugar acompañaba a las rosas decía “Tres rosas. Las dos rojas nos representan a ti y a mí. Casa una por su lado. Y la del medio, es la pasión y la pureza que buscan entrelazarse y conjugarse en una relación. Aún no es rosada completamente porque nos falta brotar un poco más para reafirmar su color”.
Luego continuaba con la siguiente sentencia: “Ahora tienes dos opciones subir fácilmente por el ascensor y llegar hasta mí, o puedes subir por las escaleras sacrificándote un poco”.
Julia optó por la segunda opción. Nunca le había huido a los sacrificios y no sería la primera vez. Por cada piso que subió obtuvo una rosa de diferente color. Blanca, rosada, negra, amarilla, fucsia y cada una con su significado.
Blanca: Lo más puro del amor que puedo ofrecerte.
Rosada: Por los dulces momentos que viviremos juntos.
Negra: Por los malos momentos que de seguro nos unirán más.
Amarilla: Por el calor que necesitamos para que nunca se enfríe nuestra relación.
Fucsia: Por los juegos, las sonrisas y la alegría que intentaré siempre nos acompañen.
Hasta llegar al último piso Julia estaba cada vez más asombrada. De seguro estaba impaciente por encontrarme. En el último piso se desorientó porque no encontró más rosas. Así que tocó la puerta de ese apartamento. Salió un señor canoso que le preguntó que quería con cara de extrañeza. No era común que una chica tocara la puerta a esa hora con tantas flores en la mano. Menos dentro de un edificio cerrado donde no ingresaba gente de la calle.
“Disculpe, ¿está Diego?”, preguntó dubitativamente.
“Sí claro”, dijo el señor sonriendo. “¿De parte?”.
“De Julia”, respondió contenta.
En eso salió un calvo sin remera y pelo en pecho con cara también de extrañeza. “¿Sí?”, preguntó el calvo.
“Buscaba a Diego”, solicitó Julia.
“Soy yo, ¿por qué era?”.
Julia se dio cuenta de que había un mal entendido y se disculpó. Ruborizada totalmente subió medio piso más por las escaleras. Pensó que había pasado una vergüenza bárbara. Mientras salía de ese estado escuchó como un leve latido de corazón proveniente de arriba. Eso le llamó la atención. Siguió subiendo, mientras los latidos que escuchaba se oían con mayor claridad y firmeza, y me encontró a mí, parado en la puerta de la terraza con una rosa más en las manos. Mientras terminaba de subir hacia la puerta de la azotea, sorprendida por todo lo vivido hasta ahora, iban apareciendo detrás de mí las estrellas de la noche. Le ofrecí mi rosa roja diciéndole: “Te entrego mi corazón. Si lo sabes escuchar siempre te guiará hacia donde yo esté y te protegerá de extraños”.
Me besó como nunca antes me había besado una chica. Era como si lo hubiese deseado toda su vida y era como si yo lo hubiese deseado por una eternidad. Nos fundimos bajos las estrellas en un beso interminable. Esta historia había llegado a su fin pensé. Había conquistado a Julia al fin.
La cena, maravillosa. Pollo al grillé preparado con mis propias manos. Vino blanco en copas a la luz de una lámpara de gas improvisada en el tendedero de la azotea. De lámparas secundarias las luces de los apartamentos de los edificios más altos y cercanos. Y como luz principal la luna.
Media hora más tarde terminamos de cenar y decidió quedarse conmigo conversando toda la noche en ese restaurante privado improvisado.
Me dijo algo que me dejó helado. Después de algunos besos más, tan apasionados como el primero, me reveló su secreto.
Llegamos, al trabajo, juntos ‘pero separados’ como quedamos con Julia la noche anterior. Es decir, si no les queda claro, es como si viviésemos algo más que una amistad pero sin derecho a nada y con la consigna de que nadie se entere. Por titularlo de alguna forma seríamos una especie de ‘amigovios’, algo muy común en éstas épocas, pero más amigos que novios en nuestro caso.
Miguel estuvo de mañana nuevamente fastidiando con el tema de Julia. No sé como iba a hacer para poder salir del paso. El gil de Miguel no dejaba de encimarme para obtener datos sobre Julia. Esta vez salí del paso diciéndole que no la había visto en todo el fin de semana. Se lo creyó.
En cuanto a Julia y mi nocturna sorpresa sólo le dije a ella en el almuerzo que la esperaba como siempre a las nueve en mi casa. Eso fue en los cinco minutos que estuve en el comedor de la empresa. Ya que luego, con la excusa de que debía salir a hacer unos mandados de mis abuelos, salí del lugar y del trabajo mismo.
Cuando dieron las siete de la noche, hora de salida laboral, me fui lo más rápido que pude. Julia no pudo siquiera alcanzarme para nada. Y por lo que pude ver el gil de Miguel tampoco a quien pude ver tratando de decirme algo a lo lejos. Me pareció ver una cara conocida llegando al lugar cuando me iba. Pero no, Leticia, mi ex, no tendría nada que hacer ahí.
Ahora que lo pienso mejor y ya lejos de ahí, Verónica, podría ser una opción de visita por la empresa. ¡Ah no! No quiero imaginarme tenerla cerca rondando.
Saqué los malos pensamientos de mi mente y opté por concentrar todas mis fuerzas en mis planes nocturnos. Fui a los lugares donde tenía que comprar cosas y me apuré lo más que pude.
Dieron las nueve y tres minutos de la noche y apareció Julia en el recibidor del edificio vistiendo unos jeans claros y una blusita bastante ligerita. La verdad que los climas de estos días dan para vestirse bastante ligero. No sé si para blusita pero ella vino así y a mí me gustó como vino. El cabello suelto recién lavado y secado con secador. No es que sea un experto en estética femenina pero me gusta ser observador.
Cuando llegó al recibidor encontró un papelito que decía “Julia, ingresa directamente hasta el apartamento que te diriges, tienes pase libre en mi vida”, firmaba yo por supuesto.
Julia prosiguió su camino en el mismo ascensor de siempre y golpeó tímidamente la puerta de mi apartamento. Cómo nadie respondió entró sigilosamente. “Hola”, dijo como intentando reconocer a alguien en el lugar. Nadie respondió tampoco.
Encontró un papel en la mesa ratona del living junto a una rosa en un florero transparente con agua. Leyó el mensaje que en su primera parte decía “Las flores gustan por juntarse con todo lo lindo de la vida, júntate con ella que te lo tienes merecido”, enseguida tomó la rosa y fue hacia a la habitación según las indicaciones de la segunda parte del papel.
Antes de entrar en mi habitación, me confesaría luego, que esperaba verme desnudo esperándola lo cual hubiese sido un craso error de mi parte. Pero pidió disculpas también por haberme prejuzgado. En ese momento se dio cuenta que estaba esperando a que me equivoque antes de confiar en mí y darme la oportunidad que me merecía. Pero así era ella y tenía razones para serlo. Ya habíamos hablado de eso. Pero como digo siempre no voy a adelantarme.
Cuando entró en mi habitación en vez de verme a mí desnudo vio como resaltaban en una cama prolijamente tendida y limpia, algo que también la tomó por sorpresa porque nunca había entrado en mi habitación, tres rosas más. Dos rojas a los lados y una rosada con blanca en el medio. El papel que en el lugar acompañaba a las rosas decía “Tres rosas. Las dos rojas nos representan a ti y a mí. Casa una por su lado. Y la del medio, es la pasión y la pureza que buscan entrelazarse y conjugarse en una relación. Aún no es rosada completamente porque nos falta brotar un poco más para reafirmar su color”.
Luego continuaba con la siguiente sentencia: “Ahora tienes dos opciones subir fácilmente por el ascensor y llegar hasta mí, o puedes subir por las escaleras sacrificándote un poco”.
Julia optó por la segunda opción. Nunca le había huido a los sacrificios y no sería la primera vez. Por cada piso que subió obtuvo una rosa de diferente color. Blanca, rosada, negra, amarilla, fucsia y cada una con su significado.
Blanca: Lo más puro del amor que puedo ofrecerte.
Rosada: Por los dulces momentos que viviremos juntos.
Negra: Por los malos momentos que de seguro nos unirán más.
Amarilla: Por el calor que necesitamos para que nunca se enfríe nuestra relación.
Fucsia: Por los juegos, las sonrisas y la alegría que intentaré siempre nos acompañen.
Hasta llegar al último piso Julia estaba cada vez más asombrada. De seguro estaba impaciente por encontrarme. En el último piso se desorientó porque no encontró más rosas. Así que tocó la puerta de ese apartamento. Salió un señor canoso que le preguntó que quería con cara de extrañeza. No era común que una chica tocara la puerta a esa hora con tantas flores en la mano. Menos dentro de un edificio cerrado donde no ingresaba gente de la calle.
“Disculpe, ¿está Diego?”, preguntó dubitativamente.
“Sí claro”, dijo el señor sonriendo. “¿De parte?”.
“De Julia”, respondió contenta.
En eso salió un calvo sin remera y pelo en pecho con cara también de extrañeza. “¿Sí?”, preguntó el calvo.
“Buscaba a Diego”, solicitó Julia.
“Soy yo, ¿por qué era?”.
Julia se dio cuenta de que había un mal entendido y se disculpó. Ruborizada totalmente subió medio piso más por las escaleras. Pensó que había pasado una vergüenza bárbara. Mientras salía de ese estado escuchó como un leve latido de corazón proveniente de arriba. Eso le llamó la atención. Siguió subiendo, mientras los latidos que escuchaba se oían con mayor claridad y firmeza, y me encontró a mí, parado en la puerta de la terraza con una rosa más en las manos. Mientras terminaba de subir hacia la puerta de la azotea, sorprendida por todo lo vivido hasta ahora, iban apareciendo detrás de mí las estrellas de la noche. Le ofrecí mi rosa roja diciéndole: “Te entrego mi corazón. Si lo sabes escuchar siempre te guiará hacia donde yo esté y te protegerá de extraños”.
Me besó como nunca antes me había besado una chica. Era como si lo hubiese deseado toda su vida y era como si yo lo hubiese deseado por una eternidad. Nos fundimos bajos las estrellas en un beso interminable. Esta historia había llegado a su fin pensé. Había conquistado a Julia al fin.
La cena, maravillosa. Pollo al grillé preparado con mis propias manos. Vino blanco en copas a la luz de una lámpara de gas improvisada en el tendedero de la azotea. De lámparas secundarias las luces de los apartamentos de los edificios más altos y cercanos. Y como luz principal la luna.
Media hora más tarde terminamos de cenar y decidió quedarse conmigo conversando toda la noche en ese restaurante privado improvisado.
Me dijo algo que me dejó helado. Después de algunos besos más, tan apasionados como el primero, me reveló su secreto.
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