miércoles, 29 de diciembre de 2010

Epílogo

¿Que qué pasó luego? Les contaré. Cuando terminamos de besarnos Julia y yo, Coti ya había desaparecido. Así de la nada se esfumó y no nos pudimos despedir. Nunca más la volvimos a ver. Intentamos llamarla luego para agradecerle lo que había hecho por nosotros, pero al parecer cambió de número o no nos quiso contestar más. No hubo forma de ubicarla y cual ángel que llega, hace su buena acción y se va, se marchó.
Entramos a casa agradeciéndoles a todos el aguante que nos tuvieron. Una mezcla de timidez y euforia nos invadía. Dentro nos esperaban los tíos de Julia. Silvana, la tía, preparó la mesa como la ocasión ameritaba. Esto se había vuelto como el regreso de hijo pródigo. En realidad la tía estaba encantada porque sabía que yo, modestia aparte, era un buen chico y que le hacía mucho bien a su sobrina. El tío peruano por cierto se preparó un plato de su país llamado cebiche en base a pescado y limón. Delicioso. Luego prosiguió la cena en base a pollo. No fue nada fuera de lo común y para terminar brindamos con algunas copas de Pisco Sour que también preparó el tío. La familia de Julia quedó feliz en su casa, pero Julia y yo nos fuimos a la mía después de agradecer el agasajo. No voy a contar lo que sucedió en mi apartamento con mi amor. Lo dejo a su imaginación.
Al día siguiente de regreso al trabajo fui a conversar con la jefa de personal, la cual con un respectivo aumento de salario y demás responsabilidades, me ofreció un puesto bastante atractivo, el cual, debía ser loco para rechazar. Así que, entonces, mi labor en el descubrimiento del caso de Miguel fue una catapulta para subir de golpe algunos escalones en mi ascendente carrera profesional. La cual, dicho se de paso, seguiría viento en popa hasta en algún momento llegar a ser directivo de la empresa a través de los años. Incluso logré convencer, a corto plazo, a la jefa de personal de que no podíamos prescindir de Julia en la empresa. Al corto tiempo Julia se reincorporaría nuevamente al puesto administrativo que había venido desarrollando antes de renunciar. El tiempo me daría la razón, pues, la labor de Julia fue más que destacable, ascendiendo peldaños, de igual forma, por su rama.
En cuanto a Leticia. Renunció a los pocos días convencida, o inducida debía decir, por la jefa de personal. Las pericias policiales determinaron que ella sólo había seguido órdenes y que no había tenido nada que ver con la planeación del desfalco planeado por el gil de Miguel. Sólo la ambición y la codicia habían terminado hundiendo a Leticia. Para aclarar un poco. Miguel le daba un dinero extra para seguir sus órdenes a cabalidad y sin hacer preguntas. Ella, tentada por el dinero, así lo hizo y casi se ve involucrada en un fraude de magnitudes. En cuanto a mí y a Julia, lo hizo sólo por vengarse del desplante que yo le había causado cuando terminamos nuestra relación. Que irónico, no se acordó nunca de los cuernos que me había plantado antes. Igualmente a Leticia, la mayoría de los compañeros de trabajo más cercanos a Miguel, se vieron involucrados del mismo modo, pero también terminaron liberados de toda pesquisa. Pues se comprobó que el único autor intelectual y ejecutor del timo fue Miguel, comprometiendo a más gente, pero sin darles conocimiento de los hechos.
En cuanto al gil de Miguel tuvo que pasar una larga temporada en la cárcel. Sé que adentro, debido a su personalidad, sufriría un tanto. Cuando salió de prisión, después de dos solicitudes rechazadas por buena conducta, le fue complicado conseguir trabajo, pero finalmente lo logró obteniendo un puesto como reponedor de productos en un supermercado. Sé, extraoficialmente, que no se aguantó en esa posición y que por sus méritos y artimañas pudo escalar posiciones hasta llegar a cargos altos en ese supermercado. Luego sería denunciado también a la policía por delinquir en perjuicio del supermercado. No sé bien con que cargos, pero si conocemos su pasado, podríamos perfectamente imaginar su futuro.
Recuerdan a Verónica. Pues ella continuó en lo suyo. No cambió para nada aunque logró darse cuenta que nunca pasaría nada entre ella y yo. De todos modos fue feliz con la relación que mantuvimos Julia y yo. Creo que era la más feliz de todos. Cierto día se apareció con un novio que la vino a dejar a la puerta. El tipo tenía el estilo de los sadomasoquistas, vestido con cuero y cadenas, fornido y de casi dos metros parecía duplicar en volumen a la pequeña Verónica. Ella fue feliz con él mientras duró el amor. Luego de un tiempo cambió de trabajo y le perdimos el rastro.
En cuanto a Julia y a mí, seguimos juntos. Nos casamos al año y medio de estos hechos. A nuestra boda llegaron todos nuestros conocidos y amigos más queridos. Fue una boda sencilla pero llena de amor. Nuestra vida de casados es común, pero no rutinaria. Tenemos todo lo que queremos y a veces discutimos pero sólo porque las reconciliaciones son lo mejor que hay. Un nene varón ilumina hoy nuestros días. Que más les puedo decir. Conocí a Julia, me enamoré con sólo verla, la conquista, la perdí y la reconquisté para no dejarla ir nunca más. Soy feliz y espero que ustedes por mí.

martes, 28 de diciembre de 2010

La hora D (Parte 3)

“Julia… yo sólo vine aquí esta noche para que sepas que lo que siempre te dije fue la verdad. Que yo lo menos que quiero es hacerte daño en la vida. Que si mentirte es hacerte daño; prefiero perderte diciéndote la verdad, que perderte hiriéndote. Eres lo más bello que me ha sucedido en la vida…”, me quedé pensando mientras Julia me escuchaba atenta con lo ojos brillosos por el llanto contenido.
“…puedo decirte estas y todas las frases cliché del mundo pero eso no te haría cambiar tu opinión sobre mí. Te conozco y sé que no eres una chica a quien es sencillo hacerle cambiar de opinión. Sé que cuando tienes una idea fija en la cabeza nadie te la saca”, me detuve para tomar aire y continué, “vine aquí, esta noche, con la esperanza de recuperarte y tenerte nuevamente en mis brazos. Pero me iré con la satisfacción de haber aclarado todo y si no eres capaz de dejar tus fantasmas de lado y aceptar que la vida no es fácil aún para los que hacemos las cosas bien, entonces no mereces ser feliz”.
La cara de Julia era una sorpresa bárbara ahora.
“Yo te amo, y como te conozco, si me amas vendrás a mí. Si no me amas me dejarás ir sin decir nada”, finalicé mi discurso no preparado.
Julia quedó en silencio mirándome. Todo el barrio la imitaba. Debe haber sido me imaginación pero juraría que el silencio fue tal que no se lograba escuchar ni la respiración de todos los allí presentes.
Al ver que no me respondía, y que Julia, sólo me otorgaba su silencio, opté por darme media vuelta e irme. Al avanzar un par de pasos veía como Coti me miraba condescendientemente luego de reprobar el rechazo de Julia hacia mi persona. Pero mi mente no se detuvo, fue como en el momento de tu muerte que pasa todo en un minuto. Y en realidad, estaba presenciando la muerte de una era, el fin de la relación entre Julia y yo. En las líneas de este blog quedarían registrados mis esfuerzos por conquistar a Julia. Ustedes han sido testigos de cómo lo logré, de nuestros tiempos felices y de cómo algunos indeseables se interpusieron en nuestro camino. Finalmente se enteraron de mis vanos bríos por reconquistarla y de cómo hoy acaba esta historia de amor entre Julia y yo. Quizá, como alguna vez una ex novia me dijo, no era el tiempo indicado para ambos. Quizá en alguna otra época hubiese resultado mejor.
Julia se quedó ahí de pie sin decirme nada mientras avanzaba sumergido en mis pensamientos. Todos los espontáneos espectadores sorprendidos veían como me retiraba vencido y alguno que otro avezado se atrevió a acercarse y darme ánimos con unas palmaditas en el hombro. Caminé con dirección a mi apartamento pero antes de llegar a la esquina algo sucedió.
Una voz me hizo detener. Fue un grito seco, breve, pero inmensamente esperado.
“Espera”, se dirigió a mí aquella voz.
Y deseando que haya sido Julia volví sobre mis hombros para darme cuenta que en realidad el grito había sido de Coti. Al saber que era ella la desesperanza inundó nuevamente mi alma. Las nubes cubrieron mi cielo que había estado a punto de despejarse. Quise emprender nuevamente la huída, derrotado. Pero Coti me volvió a gritar y esta vez me llamó por mi nombre indicándome con el brazo que vuelva. Regresé dudoso y cauteloso. No sabía que pensar. Entonces, señalándome a Julia me preguntó:
“¿Así la piensas dejar?”.
Julia se encontraba sentada con las piernas separadas en el filo de la vereda en la puerta de la casa de su tía. Su actitud también era de derrota, pero no lograba entenderlo, ella no me había detenido. Quedé contemplándola y ella no me miró siquiera. No se había dado cuenta de que estaba allí de vuelta. Coti me empujó incitándome a hablarle y le respondí con gestos que no creo que sea lo correcto. Me puso cara de extrañada y le expliqué que ella no me había detenido en el momento adecuado. Significaba que no quería nada más conmigo entonces. Que lamentablemente no podía hacer nada más.
“Que poco conocen los hombres a las mujeres”, indicó Coti para luego obligarme, “ve y háblale”.
Le hice caso, casi a regañadientes. No quería insistir más de lo debido. Me posicioné delante de Julia muy despacio y sin invadirla. Levantó la mirada sólo para darse cuenta de que era yo quien me encontraba frente a ella. Con su suave mano golpeando en el piso a su lado me invitó a sentarme. Le hice caso mientras el público seguía expectante el desenlace. En voz baja me dijo algo que no llegué a percibir completamente. Le pedí que me lo repita por favor y así lo hizo.
“No me conoces completamente”, me señaló.
“¿Por qué lo dices?”, pregunté intrigado.
“Porque si me conocieras completamente hubieses sabido que estabas perdonado desde tu anterior visita cuando hiciste todo eso debajo de la lluvia”.
Quedé atónito escuchando lo que me decía. Deseaba tanto escuchar lo que Julia me estaba diciendo que no supe como reaccionar cuando por fin llegó. Así que torpemente pregunté:
“Y entonces, ¿por qué me hiciste todo esto?”.
“Hoy sólo reviví algunas cosas que me dolieron mucho porque pensé que habían sido verdad. Necesitaba hacerlo”.
Mientras Julia me decía esto la mayoría de mujeres presentes, incluida mi aliada Coti, asentían con la cabeza dándole la razón. Así que no dije más y quien hablo fue Julia. Volvió a mirarme a los ojos para decirme:
“Pero también me di cuenta que duele mucho vivir sin ti”.
Su rostro dulce rogaba porque de la iniciativa y le robe ese beso anhelado pero, conocida ya mi personalidad, no podía quedar en la imagen de ella con esa frase torpe anterior (“Y entonces, ¿por qué me hiciste todo esto?”). Así que agregué una pregunta más:
“¿Me dejas conocerte mejor entonces?”
“Es lo más sensato que has dicho en toda la noche”, me respondió sonriendo entre feliz y pícaramente.
Nuevamente pude observar esa sonrisa celestial que me hacía derretir. No pude aguantar más, le tomé el rostro con una mano y me acerqué a ella para sellar la escena con un beso. Un beso que se hizo eterno y disfrutable. Este ósculo sólo llegó a su fin con el aplauso de la concurrencia. Entre felices y avergonzados nos abrazamos allí sentados pegados mejilla con mejilla. Sólo faltó el papel picado para que eso se vuelva una escena de novela adolescente.

La hora D (Parte 2)

Lo que vino fue bastante compulsivo. Su tía nunca entró nuevamente a la casa. Algunos vecinos que habían presenciado mi show bajo la lluvia de hace unos días atrás en esa misma fachada se detuvieron esperando el segundo capítulo. Esta vez no gritaba pues tenía a Julia a mi lado. De igual modo intentaban de lejos leernos los labios. Coti se encontraba detrás de Julia, a una distancia prudente, de pie esperando su turno para intervenir.
Julia desde que llegó había reconocido a Coti y sabía que era la hora. Por eso había asumido esa actitud expectante, la cual me desconcertaba. Era el responsable de todo ahora y era irónico saber que había sido capaz de descubrir un fraude de la manera más loable y no era capaz de comenzar a defender mi inocencia ante un ser amado.
“¿Entonces?”, preguntó Julia dirigiéndose a mí.
Me había quedado inmóvil de los nervios. El silencio se prolongó sólo por unos segundos pero a mí me parecía una eternidad y no encontraba en mi interior las fuerzas para arrancar. Era una lucha de poderes en mi interior. Una parte de mí quería salir huyendo y despojarme de una vez de todos lo líos y la otra parte sabía que debía quedarse porque superado este escollo se impondría la felicidad.
Al verme tan congelado, Coti, intervino en mi ayuda. Se presentó ante Julia. Le estiró la mano para saludarla, pero Julia no le devolvió el saludo. Coti retiró su mano herida en su amor propio. No le había gustado el gesto, pero sabía que era lógico que sucediese algo así, aunque no se lo hubiese visto venir.
“Bien, digo esto y me voy”, comenzó a decir Coti.
Sabía que debía intervenir, pero preferí dejar que las cosas se encausen y volver a tentar a mi suerte que tantas veces me había ayudado.
Coti le señaló a Julia que suponía que sabía quien era y que hacía ahí y comenzó a explicar todo lo que había sucedido esa noche. De cómo la habían contactado el gil de Miguel y Leticia, de cómo habían sido los planes, de cómo no salieron en un principio por culpa de mía, de cómo tuve que esforzarme para seducirme y no lo logró porque yo estaba enamorado de Julia, de cómo la habían presionado para que finalice su trabajo sellando aquél beso y de cómo no lo había querido hacer debido a que estaba segura que un hombre como yo no se merecía un castigo de esos.
“¿Y tú quieres que te creas?”, preguntó Julia.
“Deberías”, respondió Coti y señalándome agregó, “ese chico que esta allí se lo merece y por lo que veo tú te mereces un chico como él”.
Julia me miró y sintió que empezaba a revivir los recuerdos de aquella noche. Sintió que la herida no estaba cerrada del todo y que en el fondo, siempre había intentado negárselo, necesitaba este momento. Silvana tenía un rostro de preocupación y se mantenía expectante.
“¿Y por qué lo hiciste si sabías que podías causar mucho daño?”, volvió a la carga Julia como buscando un culpable a quien ajusticiar.
Era mucho más fácil para ella, cuando el culpable era yo. Era sencillo castigarme a mí. Ahora que sabía que yo era inocente, no entendía que había podido hacer ella para merecerse una vida tan sentimentalmente complicada. No comprendía como el mundo podía ser tan perverso y dañino, y como el destino se había empecinado con ella. Se preguntaba si acaso a Cupido no le habían alcanzado su nombre o la ubicación de su corazón.
“Es muy fácil para mí porque nunca había sentido el amor”, se justificó Coti
“Claro, por tu trabajito”, trató de castigarla Julia en busca de venganza.
Coti no se sintió muy afectada. Estaba algo acostumbrada a actitudes despectivas. Pero quedó en silencio. Luego le dijoseveramente:
“Mira niña, yo no tengo por qué soportar tus engreimientos. Todos sufrimos a nuestro estilo y manejamos nuestros propios problemas, si yo estoy aquí es porque creo que ese chico que tienes allí es lo mejor que le podría pasar a cualquier mujer. Él esta muy enamorado de ti y si no lo quieres avísame porque me lo llevaría yo si él quisiera”.
Estiré los brazos hacia Julia pero levantó una mano para indicarme que me detenga. Se tranquilizó un poco. Le pidió perdón a Coti con leve “disculpa” y luego mirándome a mí me preguntó:
“¿Crees que puedes venir aquí, acompañado de una prostituta para que te defienda, y pretender que yo te perdone para que todo siga en la normalidad en que vivíamos?”.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La hora D (Parte 1)

Me adelanté a Coti, quien se quedó de pie observando la casa, y golpeé a la puerta. Salió a atender Silvana, la tía, quedando sorprendida una vez más al observarme allí preguntando por Julia. Pasado el segundo de asombro reaccionó para indicarme que Julia no se encontraba en ese momento. Atrás, curioso por saber quien llamaba a su puerta, se asomó su esposo. Al reconocerme saludó sonriente y regresó a lo que habría estado haciendo. Que simpático resultaba siempre este peruano.
“¿Está segura que no está señora?”, pregunté desconfiado me la vaya a estar escondiendo por algún motivo desconocido.
Ella sonrió y me respondió que se encontraba completamente seguro y que le extrañaba no confíe en ella. Le expliqué que ella tenía razón y que nunca me había dado motivos para desconfiar de ella, es más su actitud para conmigo siempre había resultado encomiable. Pero si dudaba ahora, no era porque desconfiara de que me la oculte, sino que quizá a veces uno no se da cuenta cuando alguien llegó a casa. Y lo que en este momento me daba pie para pensar que eso podía estar sucediendo era que veía la luz de la habitación de Julia encendida.
Al decirle esto volvió la mirada hacia la habitación de Julia y se percató que yo tenía razón en lo que le manifestaba. Sin embargo, aún con todo, no tenía razón. Pacientemente me explicó que esa luz se encontraba encendida porque ella estaba haciendo limpieza en la habitación de su sobrina.
No la veía con ropa de limpieza, estaba más bien vestida con ropa de casa normal, pero nada que no se pudiese ensuciar y estragar en el proceso de limpieza de la casa. Es decir, no creo que uno se ponga un traje de gala para limpiar sabiendo que lo puede ensuciar. Si bien es cierto no estaba vestida de gala, era una vestimenta con la que tranquilamente podía salir a la calle y pasar por bien vestida. Le contradije lo que me explicó y me señaló que si bien no tenía porque darme explicaciones en algo comprendía mi actitud. Luego, más tranquilo ya, me di cuenta que me había puesto atrevido al cuestionarla de esa manera. Entonces, me señaló que estaba realizando una limpieza superficial. Limpiando los adornos y cositas pequeñas de las habitaciones y que aprovechaba a que Julia no estaba para hacerlo con tranquilidad.
Intenté convencerme a la fuerza de lo que me decía Silvana. No me cerraba la historia contada pero tenía que hacer un acto de contrición porque, como repito, nunca me había dado motivos para dudar de ella y porque no podía pasar por encima de ella para ir a ver a Julia.
En eso Coti, aburrida de esperar o desanimada por el viaje en vano, tomó asiento en el filo de la vereda. No lo había notado hasta ahora pero la ropa de Coti era muy provocativa. No insultante, pero si insinuante. No estaba vestida de diario. El movimiento realizado por mi acompañante debe haber llamado la atención de Silvana, quien al fijarse en su ropa, me preguntó su ella venía conmigo. Le respondí que si e improvisé para explicarle que ambos veníamos a conversar con Julia. Y en cierto modo era cierto. La cara de desconfianza de Silvana fue imperdible, pero su susceptibilidad moral, ahora, era lo que menos me importaba.
Pregunté a dónde había ido Julia y me señaló que lamentablemente eso no podía responderle. Le pregunté si no quería decirme o no lo sabía. Ella suspiró, como empezando a perder de a pocos la paciencia, indicándome que no lo sabía. Pregunté si sabía si demoraba y me dijo que tampoco. Medio desanimado di vuelta la cabeza buscando con el rabito del ojo a Coti para decirle que habíamos venido en vano. Todos mis miedos regresaron en ese instante. Miedo a perder a Julia, a que Coti se desanime en regresar, miedo a quedarme sin mi mujer soñada.
Pero no encontré a Coti donde estaba sentada hace un momento y en lugar de a ella, mis ojos encontraron a Julia, de pie en frente de mí, mirándome sin ninguna expresión en su rostro. Tenía el mismo rostro angelical de ella, sus cabellos atados, vestida con ropa del diario. Pero su hermoso rostro como indiqué, no tenía ninguna expresión que me diese una pista de cómo tomaba mi visita repentina. No había ni alegría, ni disgusto, ni sorpresa, ni desgano, simplemente se encontraba relajada. No tenía siquiera ese tufito a desgano que tenía ciertas mañanas cuando llegaba al trabajo desde la casas de sus padres. Se notaba que ese tiempo en casa de su tía le había hecho mucho bien.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Noticias en el Taxi

Al bajar del edificio tomamos el primer taxi que hubo disponible. Pero mientras esperamos se me notaba ansioso y los cinco minutos que tuvimos que esperar por un taxi se hicieron interminables. Coti intentó tranquilizarme haciéndome saber, mientras aguardábamos, que sólo habían transcurrido unos pocos minutos. Le di la razón pues debía estar calmo para lo que se venía. Le agradecí. Cuando por fin se apareció un taxi, que para variar no se apareció tan raudo como uno lo necesita, nos embarcamos rumbo a la casa de Julia.
“¿Dónde estaba?”, le pregunté al taxista al subir.
El chofer me miró con mirada de complacencia pensando que me quería lucir delante de mi novia. Sonrió y me preguntó el destino. Le respondí con la dirección de Julia y partimos.
Coti me aconsejó que me calme un poco y me preguntó si quería una pastilla para calmar los nervios. Le agradecí pero le dije que no, aunque me parece que no hubiese sido mala idea.
Mientras íbamos en camino pensaba en si no era muy tarde para llegar a casa de la tía de Julia. Silvana, su tía, solía ser muy comprensiva y tolerante pero uno nunca sabe como puede reaccionar cualquier persona ante diferentes estímulos. En fin, quizá me estaba revolviendo la cabeza sin tener de que preocuparme, pero la presión caía encima mío como si estuviese en el fondo del mar. Y cómo no estuviese ya suficientemente alterada recibí una llamada que añadiría un poco de sazón a este jaleo.
Contesté mi celular por el propio impulso que el timbre provoca sobre los músculos tensos por lo nervios. Era la jefa de personal. En un principio pensé lo pero. A lo mejor de alguna manera me habían relacionado con el gil de Miguel cuando yo no tenía nada que ver, pero lo descarté pues quién debería estarme visitando hubiese sido la policía y no recibir una llamada de la jefa de personal. En seguida dudé con haber hecho correctamente el trabajo, quizá llamaba para decirme que estaba todo mal, pero lo puse en duda porque personalmente me había preocupado por revisar varias veces el trabajo realizado. Alguna expresión extraña debo de haber puesto en ese momento porque incluso Julia se preocupó con la llamada llegando a preguntarme si estaba todo bien.
La jefa de personal primero me saludó y luego se disculpó por llamarme fuera del horario laboral. Pero ella aún se encontraba en la empresa y estaba revisando todo lo que yo había investigado en estos días. Como es mi estilo me encargué de pensar que era lo segundo que había pensado hace segundos atrás. Debía haber algo más sino por qué me estaría llamando. La dejé continuar sin meterme en su hasta ahora monólogo y me expresó que no quería dejar de pasar en ese momento, con lo sorprendida que estaba de mi eficiencia y lo orgullosa que estaba de tenerme en la empresa, brindarme unas verdaderas felicitaciones.
Respiré hondo. En realidad eran buenas noticias y menos mal porque algo más dentro del caos que me rodeaba hubiese llegado a ser infartante.
“Me deja sin palabras”, le transmití.
Me dijo que lo entendía y me explicó que por lo que había podido revisar el trabajo de Miguel para encubrir su fraude era casi perfecto y que el responsable de que no haya resultado perfecto era únicamente yo. Me sentí alagado sin duda y como dije antes, sin palabras. Continuó manifestándome de que estaba satisfecha con mi labor y que como toda acción tiene una reacción, mi buen accionar iba a ser recompensado con un ascenso. Me preguntó si me gustaría ocupar la posición que tenía Miguel con algunas responsabilidades adicionales y obviamente con un incremento salarial importante. Hubiese querido tener más detalles en ese momento, pero sabía que era prudente esperar y no pude decir que no. Antes de despedirse, me pidió que pase temprano por su oficina para ultimar detalles. Acepté y nos despedimos.
Ahora la sonrisa que tenía era inmensa de oreja a oreja. No me lo esperaba en realidad, me sentía satisfecho y orgulloso de mí mismo. Sin duda no era para menos. Pero como el tiempo es tirano, no tuve mucho tiempo de disfrutar este logro personal y profesional. Tendría que postergar los festejos, algo más importante me precisaba de toda mi atención. Habíamos llegado a destino junto a Coti, a quien por cierto, no comenté nada de lo que conversé telefónicamente. Pagué el taxi mientras Coti bajaba primero por la puerta de su lado. Cuando descendí del taxi, ella ya se había adelantado y estaba frente a casa de Silvana, la tía de Julia, enfrentándola desafiante. Mientras el taxi se retiraba quedé detrás de ella emulando su postura. Era hora de la verdad.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Confesiones

Ya de vuelta en el apartamento le pregunté a Coti si quería algo de tomar y me dijo que agua estaba bien. Le alcancé el agua y procedimos a sentarnos más relajados en el sillón. La conversación se reiniciaría tensa pero fluida a pesar de todo. Y digo a pesar de todo, pues por más que mi abuela con su monólogo perpetuo haya acaparado el grueso de la conversación soltando los nervios de un encuentro de naturaleza engorroso, las cosas habían vuelto a su cauce normal.
Empecé por explicarle porque no le había dicho quien era desde un principio pidiéndole las disculpas del caso. Ellas las aceptó sin hacerse de rogar, me parece que estaba más interesada en avanzar rápido hacia el grueso de mis intenciones. Pero se detuvo un momento en averiguar como había hecho para averiguar su oficio y algo más importante, cómo había conseguido su número de celular.
Le expliqué todo lo que me había costado conseguirlo. Le conté por donde había empezado a buscarla. Que me había enterado en un principio en el plan de Leticia y Miguel, cuáles habían sido sus intenciones y cómo, gracias a mi buena estrella, les habían salido mal todos los planes. Que luego armé un plan para averiguar más a fondo como había sucedido todo, esa noche y quienes habían sido los responsables. Le comenté también sobre mi estrategia de utilizar a Verónica para llegar hasta ella. De mi búsqueda infructuosa en Tres Perros y de cómo había podido quitarle a hurtadillas su número de celular a Verónica. No se lo diría nunca a Verónica, pero en ese momento a Coti sí le dije que creía que a Verónica la había enviado un ángel de vuelta desde su casa al boliche esa noche. No encontraba otra explicación, porque sin ella, no hubiese podido encontrar el paradero de Coti.
Luego de aclarado estos temas nos concentramos en el tema de fondo, la razón por la cual la había hecho llegar hasta mi casa con engaños: Julia. Primero me preguntó quién era Julia. Le respondí que era la chica más hermosa del planeta y a la cual amaba más que a nada en este mundo. Coti se quedó mirándome tiernamente, pero al quedármela observado en silencio con cara de sorprendido reaccionó para aclararme que la chica más linda era ella y que la verdad, esa chica tenía toda la suerte del mundo. Pues a ella le encantaría que algún hombre hablara así de ella también, a solas con otra mujer a la cual si sólo de lo pidiese podría acostarse con ella. “Pero en fin… continúa”, me señaló.
Me di cuenta que Coti no era completamente feliz aunque por fuera lo aparentase muy bien. Le seguí relatando lo que había sucedido en casa de Julia aquella noche de lluvia y cómo había logrado que me diese una oportunidad de aclarar las cosas, después de ese beso que había complicado la relación entre Julia y yo.
Coti me interrumpió para pedirme disculpas y me dijo que no era su intención. Yo le comenté que en realidad la entendía, era sólo su trabajo. Pero insistió en excusarse diciéndome que le parecía que nada podía justificar lo que había hecho y que nadie tenía el derecho de decidir sobre la vida de otra persona como lo había hecho el gil de Miguel. Aproveché en ese momento para colar información sobre su desfalco en el trabajo. Ella quedó sorprendida. Luego, recapacitando sobre aquél beso robado que me había encajado aquella noche en Tres Perros, culminó diciendo que no volvería a hacer algo así nunca más y no porque le acarreara problemas, sino porque no se sentiría bien consigo misma luego.
Finalmente le revelé que la única forma que encontré razonable para convencer a Julia de que yo sólo había sido la víctima, aquella noche, de toda una manipulación de momentos e imágenes. Que sólo había sido presa del destino ingrato. Y que esa forma a la que me refería era que Coti vaya a contarle todo a Julia.
Cómo era de esperarse, Coti, no se esperaba algo así. No pensó que mi solicitud llegaría de ese lado. Abrió los ojos de tal forma que llegué a pensar que se negaría por completo. Se quedó pensando y me preguntó si era la única forma que había hallado. Le respondí que sí y que si ella tenía una mejor proposición con gusto la escucharía. Bajó la cabeza y se quedó meditando unos segundos volviendo a la carga para preguntarme:
“¿De esa forma quedaríamos a mano?”.
Asentí con la cabeza en señal de afirmación con una expresión tal que denotaba mi desesperación. Y no era para menos, Coti, se había convertido en mi única salida. Lo pensó brevemente y me aseguró que estaba segura que luego se iba a arrepentir de hacer esto pero que si lo hacíamos ahora mismo y no en otro momento aceptaba. No saben la alegría inmensa que invadió mi corazón en ese instante. Por fin había conseguido lograr lo que hace unos días venía buscando con tanta ansia. Obviamente acepté su proposición, no sin antes saltar sobre ella para darle un abrazo interminable. Debo decir que se vio sorprendida por mi reacción, pero me siguió el juego. Esperó a que me cambie de ropa en mi habitación y en seguida partimos hacia la casa de Julia.

martes, 14 de diciembre de 2010

El ansiado encuentro

Regresé pensando todo el camino desde el supermercado hasta mi apartamento cómo hacer para que mis abuelos no se den cuenta del oficio de Coti y cómo hacer para que Coti no se de cuenta de primera quien era yo y por consiguiente salga huyendo del lugar. Por suerte algo se me ocurrió. Mi edificio, si bien es cierto no era un edificio lujoso, era un edificio que algo de presencia mostraba. Y como suelen ser los edificios que se jactan de primera línea arquitectónica alguna entrada de servicio debería tener. El mío, cochera no tenía, sino hubiese sido una buena alternativa, pero entrada de servicio sí. El único inconveniente era, que si bien la entrada de servicio no estaba pegada a la entrada principal, estaba en la misma acera a unos cuantos metros de la misma. Para mi suerte la entrada principal estaba ligeramente hacia adentro de la cuadra y no sobre la misma línea de todas las casas. El problema estaba ahora en cómo hacer para ingresar por esa puerta sin que me vean.
Llegué hasta la esquina de casa y opté por asomarme, primero, a ver en dónde se encontraban situados mis abuelos y Coti. Mi abuelo era el único que permanecía totalmente en la calzada. Coti y mi abuela se encontraban mas bien ligeramente apoyadas sobre la pared que oblicuamente ingresaba hacia el edificio.
Me oculté sobre detrás de una señora que también venía de algún supermercado cuando ambas se dieron vuelta y me dieron la espalda. Las bolsas que yo llevaba sirvieron de camuflaje para mimetizarme como acompañante de dicha mujer que también regresaba de compras hacia su hogar. Avancé todo lo que pude sin que se percataran de mi presencia. Llegué hasta la puerta de servicio junto a ella y luego, la señora, prosiguió su camino. Eso debe haber llamado la atención a mi abuelo, que sin ser observador, debió asumir que ambos veníamos juntos. Nuestra separación, algo que no tomé en cuenta, se tornaba brusca a la vista, al continuar ella y quedarme yo. Sin embargo, ya estaba allí y algo debía hacer para salvar la situación. Traté de esconderme con la cabeza gacha entre mis hombros mientras buscaba las llaves. Todo sin perder de vista con el rabito del ojo lo que hacía mi abuelo, que era el único que podía descubrirme y echar mis planes por la borda.
Pero las llaves te suelen traicionar siempre en los momentos en que más las precisas. No sé si las hicieron pequeñas para que te vuelvas un manojo de nervios en situaciones difíciles o si las hicieron escurridizas para que te descontroles cuando más las necesites. Como sea, a mí se me hizo difícil sacarlas de mi bolsillo en donde, además de ellas, se encontraban también mis auriculares, un par de billetes y algunas monedas producto del cambio en el supermercado. Cuando por fin saqué las llaves de mi bolsillo y mi actitud se volvió por demás sospechosa al tratar de esconderme recogido, con el rabito del ojo izquierdo que nunca se despegó de mi abuelo, observé que mi abuelo me reconocía.
La última y desesperada decisión que tomé fue la de indicarle a mi abuelo que se calle llevando el dedo índice a los labios. Lo hice con la misma mano que me quedaba libre de las bolsas de las compras y con la que sujetaba las llaves. Con el movimiento las llaves cayeron al piso, pero por suerte, mi abuelo, macanudo como siempre, me cubrió por completo haciéndose el loco. Incluso, cuando mi abuela estuvo a punto de voltear hacia donde yo me encontraba, él, mi gran abuelo que aparecía en los momentos justos, la distrajo acaparando la atención de ambas en sí mismo.
Aproveché la ayuda para levantar las llaves del piso y abrir la puerta de servicio ingresando finalmente. Subí rápidamente a mi apartamento. Busqué una gorra y unos lentes para ponerme y así no me reconozca Coti de primera. Sí, lo sé gorra y lentes dentro del apartamento se veía muy ridículo, pero no tenía alternativa. La moda era lo que menos me importaba en este instante. Tomé el intercomunicador y me anuncié llamando a mis abuelos indicándoles que suban, que ya les abría. Mientras lo venía haciendo mi abuela, que no se decidía completamente a entrar por lo extrañada que estaba, me interrogaba:
“¿Y no que estabas de compras?”, fue su primera pregunta mientras mi abuelo trataba de jalarla para que entre.
“Sí abuela, sólo que entré por la entrada de servicio porque olvidé las llaves de esa puerta”, me excusé escapando a la primera cuestión.
“Y… ¿por qué no bajaste a abrirnos o nos avisaste antes de subir?”, siguió complicándome mi abuela como era su costumbre.
“Porque quise darles la sorpresa abuela”, esta vez lo dije con tono de no me arruines la travesura.
Cuando mi abuela comprendió la idea, subió. Al entrar a mi apartamento, que dicho sea de paso dejé con la puerta abierta para esconderme en el baño mi abuela prosiguió con su sermón: “No sé dónde están tus modales Diego, yo no te enseñé eso…¿Diego?... ¿Dónde andas?”.
Le avisé que estaba en el baño que por favor no me haga pasar vergüenza delante de mi amiga. Y puse énfasis en la palabra ‘amiga’ para que Coti se diese cuenta por dónde andaríamos con ella. Parecería que lo tuviese todo planeado. Sin embargo, todo fue producto de una improvisación constante paso a paso. Pero la improvisación se me acabó ahí. Me bloqueé y me quedé encerrado en el baño por un rato.
“Diego, ¿demoras?, porque tu amiga quiere usar el baño también ¿sabes?”, escuché a mi abuela decir quitándome la tranquilidad una vez más.
“No, ya salgo”, le grité desde el baño aún con los lentes y el gorro puestos.
Esperé un ratito mientras se me ocurría algo y volví a gritar: “Que vaya viniendo que voy saliendo”.
Cuando Coti escuchó esto se dio cuenta que quería hablar con ella a solas, felizmente. Pidió permiso a mis abuelos y se dirigió hacia el baño. Mi abuela le indicó previamente donde quedaba. Para que mi abuela no se acerque abrí la puerta e hice como si salía del baño pero no terminé de salir. Coti golpeó levemente la puerta del baño, yo saqué mi brazo por la rendija de la puerta y la hice entrar rápidamente cerrando la puerta. Adentro me encontraba ya camuflado debajo de los lentes y la gorrita.
Coti me miró con cara rara y me preguntó si solía entrar de lentes y gorra al baño. Le respondí que era obvio que no, lo dije muy confiado en lo que decía y sin embargo continuaba con los accesorios encima y sin intenciones de sacármelos.
“¿Entonces?”, volvió a la carga.
“¿Entonces qué?”, me hice el bobo.
“¿Por qué no te sacas eso?, ¿o me vas a dejar verte?”.
“¿Lo qué quieres que me saque?”.
Coti no aguantó más y estiró el brazo logrando sacarme los lentes descubriéndome parte del rostro. Intenté cubrirme con el gorro pero ya era tarde. Coti había descubierto quien era. La noté sorprendida, pero con mis abuelos allí en la otra habitación no se sintió amenazada por mi presencia.
“Disculpa”, le dije sacándome el gorro y acomodándome el cabello, “debí decirte quien era desde un principio.
Ella continuó callada esperando una explicación más larga de mi parte. La que finalmente llegó. Me senté en el inodoro tomándome la cabeza al mismo tiempo que le indicaba que si quería era libre de irse y que le pagaría el tiempo que había pasado esperándome, pero que lo único que precisaba era de su ayuda. Le comenté que había hecho hasta lo imposible por encontrarla. Que había requerido de mucho esfuerzo ubicarla para pedirle su ayuda y que cuando al fin estábamos juntos, me había quedado sin fuerzas para continuar. Con todo lo que me había pasado hoy estaba agotado en serio.
“¿Mi ayuda para qué?”, preguntó intrigada.
Me disculpé y sugiriéndole en tono de pregunta le solicité contárselo luego de que se vayan mis abuelos. Ella accedió con la mayor ternura en sus ojos que nunca había visto desde que la vi por primera vez. Me indicó que me quedase tranquilo que ella esperaría a que se vayan mis abuelos y que no se perdería mi explicación por nada del mundo.
Regresamos al living y ahí estaban mis abuelos expectantes. Mi abuelo sólo se preocupó por saber si estaba bien, al verme tranquilo se sentó en el sofá de siempre sin hacerme ninguna pregunta y con la discreción por delante y se decidió a dormir. Por su parte mi abuela me largó un cuestionario con preguntas que incluían la educación, el sentido de común y la amistad. En fin. No dejó de preguntarme además por Julia y le mando saludos. Esto despertó el interés de Coti, pero si había interrogantes se las debió guardar para más tarde.
Mi abuela preparó unos refuerzos y luego de degustarlos conversamos un poco más. Al poco rato anunció su retirada lo cual despertó automáticamente a mi abuelo. Los acompañé hasta el recibidor, despidiéndome y agradeciendo su visita. Arriba me esperaba Coti para hablar sobre lo sucedido. Después de un largo suspiro, me armé de valor para afrontar lo venidero y subí al apartamento.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Se complica el encuentro

“…Disculpa que vine si avisar pero asumí que estarías en casa, si quieres lo dejamos para otro día, veo que te vinieron a visitar los abuelos”, me dijo Coti ante lo estupefacto que me encontraba por la sorpresa.
Resumiendo un poco lo que había sucedido, a Coti, su cliente de hoy, le había cancelado el servicio. Por lo que había quedado libre. Así que como estaba en la calle, porque la cancelación fue por celular cuando iba en camino, decidió que quizá me sorprendería ya que, en principio, yo había pedido que fuese hoy. No era muy profesional pero, en su defensa, cuando hablamos por celular yo había insistido en que cancele su cita de la noche de hoy y me fuese a ver a mí en son de broma pero con serias intenciones. Además me había preguntado si vivía solo y le dije que sí. Por lo que decidió tomar el riesgo.
Al llegar se encontró con unos viejitos encantadores en la puerta del edificio. Saludó cortésmente, pidió permiso y tocó el timbre del intercomunicador perteneciente a mi apartamento. Mi abuela, como buena vieja chismosa preocupada por saber con qué vecinos vivía su nieto adorado, se asomó para ver cual era el timbre elegido. Grande fue su sorpresa al notar que ambas habían tocado el mismo timbre.
“¿Vienes a buscar a Dieguito?”, preguntó adelantándosele.
Coti se volvió sorprendida sobre sí misma ante la pregunta de aquella viejita que le hablaba sin conocerla.
“Sí, perdón, ¿ustedes viven con él?”, refiriéndose a mis abuelos.
“No”, le respondió sonriente, “nosotros somos sus abuelos y le caímos de visita, Diego no lo sabía, vinimos de sorpresa”.
Mi abuela soltó una risita pícara que acompañaba su constante travesura de caerme de sorpresa a visitarme. Y no conforme con haber ya entablado un primer contacto con su interlocutora, mi abuela, fiel a su estilo, prosiguió con su explicación:
“Pero hablamos recién con él, ¿sabes? Viene ya en camino. Pero espera un poco que lo llamo. Dame un segundo que ya lo llamo para que se apure. A nosotros también nos tiene esperando hace veinte minutos mínimo”.
Coti intentó decirle que no era necesario que venía otro día, pero mi abuela insistió con hacerlo, mientras que mi abuelo ya sentado en un desnivel al costado de la entrada del edificio movía la cabeza, resignado, señalando su negación a lo que hacía su esposa. Pero para mi abuelo eso era pan de todos los días.
En ese momento fue donde, mi abuela y Coti, me llamaron al celular y me dieron la sorpresa de que Coti estaba con mis abuelos esperándome fuera de casa. Primero le agradecí que estuviese allí, aunque no me dejaba de sorprender. Me insistió que si me molestaba venía otro día y en voz baja se disculpó diciéndome que no sabía. Le dije que no había porqué disculparse y le pedí a Coti que no se fuese que igual quería contar con ella, y que no se preocupe, que yo sabía que su tiempo es valioso. No sabía como iba a hacer con todo. Con qué se preguntaran ustedes.
Bueno, paso a explicarme. Primero mis abuelos no debían enterarse de que ella era una prostituta, a mi favor estaba que no lo parecía, es más era muy dulce, pero en mi contra estaba que en realidad lo era y que si se lo proponía podía llegar a chantajearme. Segundo debía conseguir más dinero con mis abuelos por sí la cena se prolongaba más de la cuenta debido a las anécdotas de mi abuela y el tiempo pasaba generándome más dinero por pagarle a Coti. Y tercero, y lo más importante, debía planear como hacer para que una vez que me viese en persona Coti no se vaya del lugar. Había planeado en un principio, si estaba en casa, hacerla subir abriéndole con el portero eléctrico. De ese modo, una vez arriba, le iba a costar más retirarse. Pero si el primer encuentro se efectuaba en la calle, como pasaba ahora, lo más probable que podría suceder es que ni siquiera acepte subir a mi apartamento, conociendo ella, lo que había pasado conmigo. Es más si eso pasaba estando solo la pudiese haber seguido hasta convencerla de que se quede conmigo. Pero con mis abuelos presentes, se tornaba complicado salir detrás de ella. O en todo caso arriesgarme a que diga cualquier cosa que mis abuelos, y en especial mi abuela, les pueda parecer mal.
En fin, como sea, ya había salido del supermercado y estaba en camino de regreso a casa, pensando como solucionarlo.

En busca de contratos

Mi vida era un torbellino de sensaciones y sentimientos. Las emociones iban y venían de un lado a otro en un vaivén interminable. Esa tarde al revisar los documentos que nos interesaban nos dimos cuenta, algunos compañeros que había juntado para poner orden en ese archivo y yo, que el noventa y ocho por ciento de los contratos eran falsos. Que existía una cuenta única en el banco en la que iba depositarse el sueldo de esos supuestos funcionarios en la empresa. Al ser, la nuestra, una empresa grande en su número de empleados, quince empleados de más o de menos no se notaban. Entonces el gil de Miguel, que no era tan gil como yo pensaba, había estado cobrando más dinero de la cuenta. El tema era saber quien más podía estar implicado. Enviamos copias de documentos, contratos, vouchers, etc., al banco y a la policía para ser investigados.
Esa tarde Leticia tampoco volvió a trabajar. Lo que se supo fue que la policía se llevó también cuando estaba haciendo los mandados que la jefa de personal le había encargado.
Igual, el tiempo, esa tarde fue mezquino con nosotros y no nos alcanzó para terminar el trabajo. Hicimos lo mejor posible, pero la confusión era tal que necesitaríamos días para dejar todo en orden. Le sugerí a la jefa de personal que si quería solucionar las cosas con prontitud deberíamos hacer horas extras algunos cuantos. Pero me dijo que no había apuro y que prefería que las cosas se hicieran lentas pero bien. Igual el mal ya estaba causado y las grandes empresas se suelen levantar de estos malos menores.
Al terminar la jornada laboral me fui de ahí directo a mi casa. Ya en ella tomé el celular y busqué en el directorio el número de Coti. Dudé de cómo encarar las cosas, pero al final me decidí. Le hice timbrar el celular, pero me arrepentí cuando reconocí su voz por el auricular. Le colgué. Los nervios me consumían, sabía que no tenía mucha oportunidad con ella y tenía sólo dos caminos. El de decirle la verdad o acercármele con engaños. Cualquiera de ellos riesgosos, debido a que si le decía directamente quien era podía no contestarme más y perder su rastro para siempre. Si le mentía podía desconfiar aún más de mí y también desaparecería. ¡Que indecisión!
Me armé de valor una vez más y le llamé de vuelta. Esta vez no colgaría y así lo hice. Tal como lo decidí. Me contestó con un provocador hola. Luego siguió la pregunta de qué era lo que precisaba…
Había tomado la decisión de mentirle. Tomé el personaje de cliente interesado. Le indiqué que un amigo medio cercano me había compartido su número y que estaba interesado en contratar sus servicios. Indagó sobre que clase de servicio era el que tenía en mente y le comenté que no era muy exigente, sólo quería a una chica linda y que lo hiciera bien. Me dio las gracias y me pidió que se las diese a mi amigo por lo de linda. Finalmente me preguntó para cuándo quería contratar sus servicios. Le comenté que para esta noche. Me señaló que lamentablemente esta noche no iba a poder. Que estaba comprometida esta noche, pero que si estaba de acuerdo, mañana de noche estaba libre. Me pareció demasiado largo esperar hasta la noche siguiente para verla y concluir con mi ‘misión imposible’, pero no me quedó otra más que esperar. Colgamos el teléfono y nos comprometimos para la noche de siguiente. Le di mi dirección y el celular ya lo tenía por si no encontraba la dirección. Al final, no era como yo lo había esperado pero estaba todo arreglado.
Me dediqué, luego de cortar la llamada, a prepararme algo de cenar. Revisé mi heladera y además de helado y cervezas frías no había mucho más. Así que tuve que salir al supermercado a buscarme algo de comer. No tenía muchas ganas de cocinarme con el cansancio del trajín del día así que lo más probable es que compre algo hecho en la rotisería o algo precocido en todo caso.
Fui hasta el supermercado a la vuelta de mi casa y no encontré nada que satisfaga mi apetito o mis ganas de esta noche. Me fui al almacén de la esquina pero tampoco encontré nada ideal. Así que tuve que irme más lejos al supermercado Disco que siempre tenía una sección variada en su rotisería y allí sí encontré unos niños envueltos que tenían muy buena pinta. Eso saciaría mi hambre, en casa ya tenía cerveza o gaseosa para beber y saciar la sed. Cuando estaba en la caja me llamó mi abuela para avisarme que estaba afuera de mi edificio. Que habían venido de visita sorpresa. Por un momento pensé que por suerte no había quedado hoy con Coti sino la que se me armaba con mis abuelos, no porque me regañaran sino que iba a tener que disfrazarla como una amiga y se me complicaría la situación con ella y la obtención de información.
Hubo un problema con mi tarjeta de crédito que impidió que saliese rápido de la caja. Entre el ir y venir de un lado a otro me había tomado poco más de una hora fuera de casa. Cuando estaba a punto de salir del supermercado me volvió a sonar el celular. Era nuevamente mi abuela.
“Hola mi hijo”, saludó cariñosamente, “¿demorarás mucho?”.
“No, mira que..”, intenté explicarle que ya estaba saliendo para allá.
Pero me interrumpió para contarme que estaba con una amiga mía allí que también había llegado de visita. Rápidamente pensé en Julia o en la loca de Verónica. Pero a esta última no la conocía mi abuela, así que debía ser indudablemente Julia. Últimamente no había frecuentado a más mujeres como para que vayan a visitarme sin previo aviso.
“Espera que ya te paso con ella así le hablas”, continuó mi abuela tan inocente.
“Hola Diego, Soy Coti…”.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El descubrimiento

Deberían haber estado ahí, en ese mismo instante, para ver la cara que puso Miguel al escuchar la voz de la jefa de personal detrás suyo. No pude haber sentido mayor gozo al sentir lo mismo y al oficial de la policía, mi amigo, respaldando mis increpaciones.
Miguel no tuvo que decir nada. Su cara era suficiente para escuchar el recorrido de la sangre chirrear dentro de sus venas y el bombeo de su corazón que le hacía latir la aorta como estruendo. Lo que vino enseguida después del cuestionamiento de la jefa de personal fue un silencio absoluto. El gil de Miguel me miraba a mí como queriendo estrangularme, pero se mantenía sin decir nada. Luego, la jefa, le pidió al asistente de Miguel que se fuera de ahí con la mayor amabilidad del mundo. Se notaba que era una persona que sabía cumplir su labor a cabalidad y no confundía momentos, ni personas. Era, por decirlo brevemente, una profesional con experiencia en su labor.
Cuando el asistente salió, la jefa de personal, nos pidió a Miguel y a mí que la acompañásemos al interior del archivo. Miguel intentó excusarse con la idea de demorar el ingreso al espacio de destino pero la jefa de personal fue cortante y le indicó que ya tendría tiempo para explicarle luego lo que había pasado. Ahora, lo importante era entrar. Así lo hicimos. Ya adentro, no sé si lo que quería ocultar eran esos documentos clandestinos o el desorden existente. Cuando ingresamos pudimos observar montañas de cajas y papeles entre polvo y telarañas. No sé como hacían para subsistir tanto tiempo adentro encerrados los asistentes de Miguel. Lo cual me hizo pensar algo. Conociendo lo meticulosa que es Leticia y lo prolija que normalmente le gusta ser, no entendía, como podía continuar en un trabajo así, donde si bien la paga era buena, las condiciones eran deplorables. Como para complementar la idea, ella al vivir con sus padres y con sus pocas ganas de independizarse no tenía la necesidad de trabajar allí. Pero otra cosa, siempre me criticó a mí de que era desordenado y eso que yo soy más ordenado de la mayoría de hombres. Como dije, me parecía muy extraño que aceptase trabajar en ese entorno.
Volviendo al presente, la jefa de personal, empezó a numerar una serie de documentos y contratos para que Miguel los encuentre y se los alcance. Y ya desde el primero de ellos, Miguel, presentaba problemas para encontrarlos. No hace falta mencionar que nuestro ‘querido’ compañero de trabajo se había vuelto un manojo de nervios. Era gracioso escucharlo tartamudear. No se lo deseo a nadie, pero en él, que se lucía por ser el mejor y el más seguro de los seres del planeta, se volvía jocoso observarlo flaquear ante una situación en donde la justicia le daba la espalda marchándose y dándole paso al escarmiento.
Así empezaron a desfilar uno y otro documento. Una caja se caía sobre otra, el desorden se volvía más grande y la confusión reinaba en ese archivo. “¿Cómo puede estar tan desordenado esto Miguel?”, preguntó la jefa de personal, ¿Esto es lo que quería evitar que viésemos o es que en realidad no existen los documento que te estoy pidiendo?”.
Esa pregunta se volvió como una daga a la espalda. Pero bien merecida la tenía, ya que la jefa de personal también se había sentido traicionada por el mismo personaje. Miguel, por su parte, se sentía acorralado, sin salida, sin respuestas. Lo único a lo que atinó fue a salir corriendo del lugar. Pero afuera ya estaba el oficial de policía para detenerlo y después de leerle sus derechos, se lo llevaría detenido unos minutos después. Pasando por el escarnio público de salir esposado ante la atenta mirada de sorpresa e incredulidad de el resto de sus compañeros. Los que no lo tenía entre sus allegados o les era indiferente o comentaban que ya esperaban alguna situación de esta en algún momento. Las mayores y más irrisorias historias se crearon ante la inicial ausencia de una versión oficial del arresto. Por otro lado los que más cercanos estaban a él, se preocuparon por mantener el perfil más bajo posible, puesto que estaban convencidos de que iban a ser parte de un interrogatorio posterior. Y no estaban equivocados, posteriormente el interrogatorio se llevaría a cabo encontrándose varios cómplices. Pero ya nos encargaremos de eso más adelante.
Cuando Miguel fue detenido y la calma regresó al lugar una sugerencia se hizo sentir que me dejó satisfecho y sorprendido. “Diego, me gustaría que te pongas al día en todo lo que venía realizando Miguel y me des un informe de todo, lo que encuentres y lo que no”, y antes de irse, cuando lo estaba haciendo, se dio vuelta y añadió, “luego conversaremos mejor. Muestra tu mejor trabajo”.

martes, 7 de diciembre de 2010

La denuncia

La jefa de personal estaba convencida de mi inocencia, puesto que de no ser por sus encargos laborales y sospechas previas, yo no me hubiese acercado nunca a esos papeles y no se hubiese descubierto ninguna anomalía en el manejo de la empresa. Sin embargo había que desestimar la denuncia hecha el mismo día por el gil de Miguel en mi contra. Él no lo sabía pero se había tendido una trampa a sí mismo. Se había delatado sólo. Pero había que ser cuidadoso, ir con cautela para poder descubrirlo o mejor dicho para poder demostrarle los cargos que trataba de imputarme. Para eso, el oficial y la jefa de personal, necesitaban de mi colaboración. Los cargos sobre mí eran de gran envergadura, así que primero debían comprobar mi anunciada inocencia.
Me solicitaron una serie de datos sobre documentos y acciones que, al tener las manos limpias, compartí sin inconvenientes, ni demoras. Hablé sobre esos contratos de personas que nunca había visto en la empresa. De archivos que se contradecían literalmente unos con otros, pero que los números sabían disfrazar muy bien. Le informé cuales habían sido los impedimentos para llegar a los documentos de archivo que aclararían más el panorama. El por qué de mi afán por descubrirlos. Mi pasado laboral, mi perfil laboral en donde más allá de llegadas tarde no se encontraba mancha alguna, y mis rencillas con Miguel por un tema llamado Julia. Conté todos los sucesos y lo acaecido con Verónica y Leticia, en el presente y el pasado. Les di detalles de todo. Dijo algún político en algún momento, “quien no la debe, no la teme”. Este político tuvo que salir por la puerta falsa después de su mandato, pero yo continuaba firme, de pie y mirando optimista a pesar de mi situación.
Todas las informaciones vertidas por mí y conseguidas en las investigaciones del oficial derivaron en que mi inocencia estaba probada. En seguida, me consultaron que debido a mi intervención sostenida hasta ahora, era la persona correcta e indicada para trabajar con ellos en lo que se venía.
Lo primero que hicieron, obviamente luego de una concienzuda planificación, fue enviar a Leticia a realizar labores fuera de la oficina. No fue algo que aconsejé porque para mí Leticia, estaba involucrada en el tema, pero al parecer ellos ya lo habían planificado de ese modo e hicieron caso omiso a mis consejos.
Mientras tanto estábamos al tanto de todos los movimientos de Miguel para descubrir donde podía estar su talón de Aquiles y así pasó. Una vez que Leticia estaba afuera lo primero que hizo Miguel fue colocar a uno de sus compinches, en la empresa, a cubrir el puesto de guardián dejado por Leticia de manera obligada. Que tanto escondía ahí. Bueno, creo que habría que averiguarlo.
Me enviaron a continuar con mi trabajo de investigación. Al llegar al archivo pasó lo que habíamos previsto. El nuevo guardián me impidió nuevamente el acceso a los documentos. Al parecer, Miguel, los tenía muy adiestrados en el tema. Al insistir se pudo un poco más necio. Le recomendé que me deje pasar porque venía por órdenes de la jefa de personal y me respondió que por un tema de operatividad, si cualquiera precisaba algo, el documento o la información debía ser buscada por la gente de archivo sin permitir el acceso al resto. Lo justificaban diciendo que se habían extraviado documentos de ese modo o se habían producido desórdenes que ocasionaban un mayor trabajo posterior. Por ende, “¿en qué puedo ayudarte?”, me preguntó el muchacho.
Me pareció que estaba muy convencido de las explicaciones que me daba. Incluso, que el apoyo a Miguel se basaba estrictamente a seguir las órdenes de parte de él y no por un tema de implicancia en los asuntos que se venían investigando.
“No sabes en lo que te estás metiendo”, reclamé, “te aconsejo que me des el acceso por tu bien”.
Las amenazas estaban planificadas también. Cuando el nuevo guardián se vio imprecado por parte mía llamó inmediatamente a Miguel según normaba la operativa de la sección.
Más rápido que inmediatamente apareció Miguel en la puerta del archivo. Me preguntó qué era lo que pasaba conmigo. Por qué de tanto afán por entrar allí. Le comuniqué que sólo recibía órdenes de la jefa de personal. Y me indicó que por orden de él no se podía ingresar, que las acatara o sino me maneje.
“¿Y me puedes decir cuál orden es la mayor y definitiva, si la tuya o la mía?”, intervino la jefa de personal dejando a Miguel gélido.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Atando cabos

A la mañana siguiente lo primero y obligatorio era ir al trabajo. Esta vez contaríamos, ya, con la desagradable presencia del gil de Miguel. No me equivocaría, luego de su período de convalecencia se reintegró al trabajo. Diría yo más prepotente que nunca.
Al entrar no tuve inconveniente ninguno. Cuando me senté donde siempre lo hacía no tardó en llamarme por el interno para decirme que quería conversar conmigo. La pregunta sobre cuál de sus tantas estupideces quería hablar.
Fui hacia el pasillo dónde solía encontrarse su escritorio y allí estaba el sentado. Impecablemente vestido, algo que nunca se le podía objetar. Supongo que el tipo debería invertir buen tiempo en acicalarse y vestirse todas las mañanas. Algo con lo que yo no estaba de acuerdo. Es decir, no era un andrajoso, pero tampoco era partícipe en eso de los ‘metrosexuales’. Pero sus predilecciones no eran de mi incumbencia.
Al parecer el tema Julia no era algo que le preocupase mucho en este momento. Más bien fue directo y conciso como pocas veces solía serlo. Sus ojos se notaban fuera de sí, como desorientados. Me senté mostrando la mayor serenidad del mundo, eso debió descolocarlo más porque su mirada cambió a una más acusadora.
“Así que estaba husmeando en mis territorios, Dieguín”, me inculpó llanamente.
Allí sentado, yo, parecía estar en el patíbulo a punto de ser ahorcado. Una sonrisa irónica y nerviosa al mismo tiempo brotaba de entre sus labios. “¿No sabes cuáles son las reglas en este sector acaso?, Aquí cuando el gato sale, los ratones se quedan tranquilitos comiendo su queso, ¡no hacen fiesta!”, se exasperó. “Yo soy el gato y el resto los ratones. Cuéntame, ¿por qué simplemente no te quedaste a disfrutar de tu queso?, ¿Tienes algo por qué vengarte acaso? Mira que no es recomendable traer las rencillas personales al trabajo, ¿eh?”.
Ahora se había vuelto paranoico. Pero, ¿qué podría volverlo así? Si antes tenía la sospecha de que algo turbio ocultaba, ahora tenía la seguridad. Debo haberme acercado bastante como para que Miguel reaccione de esta manera. Igual, yo permanecí imperturbable y sin responder. Mi silencio lo sacaba de sus casillas al parecer. Cuando terminó su perorata le pregunté si había terminado de hablar. Solo atinó a asombrarse por mi actitud y preguntarme a qué me refería. Le respondí tranquilamente que si ya había terminado yo quería retirarme. Intentó negarme el permiso para irme, pero quedó perplejo cuando le dije que yo estaba trabajando, no para él, sino para la empresa y que sólo había seguido órdenes de la jefa de personal, que si no recordaba estaba por encima de él. Bueno, yo me encargué de recordárselo en todo caso. Me levanté y antes de irme le dejé en claro que por si al caso no lo hacía por saldar cuentas personales sino que sólo cumplía con mi trabajo. Salí de ahí directo a la oficina de la jefa de personal. El gil de Miguel se quedó pasmado, sentado en su escritorio. En ese momento, puedo jurar, que no imaginaba lo que se vendría.
Entré en la oficina de la jefa de personal tal como había planeado. Una vez adentro, la jefa, me pidió que cerrase la puerta y me siente. En la oficina se encontraba una cara conocida pero con otra indumentaria diferente a como lo había visto en ocasiones anteriores. Se trataba de mi amigo el policía. Tomé asiento desconfiado por la situación y mi amigo policía fue a ponerse al lado de la jefa de personal. “Cuéntanos que acabas de hablar con Miguel”, consultó la jefa de personal.
Relaté todo con lujo de detalles. Aunque la situación no dejaba de inquietarme, me sentía tranquilo sabiendo que estaba al frente dos personas con pergaminos de entereza y ecuanimidad. Pero más que sobre Miguel, la conversación, se encausó por el lado de mis acciones en los días que mi antagonista estuvo ausente. Me pareció extraño al principio, pero luego lo entendería todo. La situación no iba a ser fácil ni para mí, ni para el gil de Miguel. Para él, porque al conocer, yo, que algo escondía él, me encargaría de se descubriese a como de lugar. Y por mi parte porque había recaído una denuncia sobre mis cuestas. Así cómo lo escuchan, las preguntas iban dirigidas a comprobar mi inocencia o descubrir mi culpabilidad, sobre un manejo extraño de documento en la empresa. Malversación de fondos se escuchó en los pasillos y se escuchó bien. La cosa se ponía candente. Pero los cimientos estaban más fuertes que nunca

domingo, 5 de diciembre de 2010

Una gran intervención (Parte 2)

Al escuchar lo que hablé con Julia, Verónica, se quedó callada. Al cortar mi comunicación por el celular yo también hice silencio tratando de pensar y calcular como continuar. Pero no tuve que pensar mucho pues Verónica entró nuevamente en acción y se convirtió una vez más en el centro de mi atención.
“Yo conozco a Coti”, mencionó a media voz.
Volteé sobre mí mismo sorprendido por lo que acababa de escuchar. “Espera, ¿no me dijiste que no la conocías cuanto te lo pregunté?”, reclamé.
“No. Me preguntaste si la conocía de antes y te respondí que no”, me señaló convencida de que decía la verdad y tenía razón.
“¿Entonces?”.
Ante mi nueva pregunta, me explicó que esa noche cuando se fue y dejó sola a Julia con toda esa bandada de cuervos sintió que la estaba traicionando. Ella en su cabalidad nunca hubiese hecho un acto de esa naturaleza. Pero la presión, para variar, la había superado. Salió de ahí casi huyendo cuando Leticia la presionó a que siguiera con lo planeado y como no quería traicionar a su amiga se fue. Sin embargo, sin querer, la traicionó de igual modo. Cuando estaba en la parada del autobús una sensación que bordeaba la responsabilidad y la culpabilidad al mismo tiempo la hizo volver sobre sus pasos. Llegando instantes antes de que los planes de esa pareja de truhánes, Leticia y Miguel, se concrete. Justo antes de que Coti me bese a la fuerza. Pero como sabía cuál iba a ser el desenlace de lo que sucedía optó por seguirla y despreocuparse del resto. Cuando le dio el alcance le habló. Coti estaba muy nerviosa y quería irse a acostar. Le preguntó quién era y si bien al principio no respondió mucho, al parecer, Verónica le fue dando la confianza suficiente para soltarse. Lo de Coti había sido una noche de trabajo más. Media extraña y sacada de los pelos pero trabajo al fin.
Así es, Coti era una prostituta. Una de alto rango o de clase A como las llaman, pero una prostituta al fin. Ambas conversaron sobre lo extraña de la noche. Sobre el papel de ambas en los planes de quienes la habían contratado, nuevamente Leticia y Miguel. Conversaron sobre la víctima, la pobre Julia, de quien Verónica se declaró amiga y sobre el puñal que sentía le había asestado. Sobre mí. Sobre cómo me veía Verónica, con amor en cada línea y sobre como Coti la justificó, pues a pesar de haber seguido con su trabajo pues para eso le habían pagado, yo, le había parecido un chico de esos que ya no existían. Finalmente le contó lo difícil que le había resultado besarme a la fuerza y que esperaba no volverme a ver nuevamente porque no aguantaría el sentimiento de culpa. Finalmente, de esta forma o alguna otra que no lograba alcanzar a descifrar, Verónica la convenció que le deje su número de celular. Coti aceptó haciendo prometerle que no me lo daría.
“Y si yo te lo quito para que no incumplas tu promesa”, propuse sagazmente.
“Eso sería correcto. Pero nunca te diré que lo guardé en mi celular”, respondió Verónica haciéndose la tonta para no sentirse tan culpable por la promesa incumplida mientras dejaba su celular sobre la mesa para ir al baño.
Una vez que se fue, para seguir con el teatro montado, tomé su celular y copié el número. Fue fácil encontrarlo, estaba registrado en la agenda por el nombre de ella. O al menos el que yo conocía porque las prostitutas suelen no usar su nombre de pila.
Bien, el rompecabezas se iba armando por inspiración divina o por pura suerte, como quieran llamarlo. Tenía el número de quién quería y ahora debía contactarla. Esta noche era muy tarde, lo haría mañana después del trabajo. Por ahora, era suficiente. Lo que vino fue que le conseguí un taxi a Verónica para que se vaya a casa. La acompañé a tomarlo abajo en la puerta del edificio y antes de irse, con un beso en la mejilla, me deseó suerte. Creo que la iba a necesitar.

Una gran intervención (Parte 1)

“Y yo que había llegado con la intención de hacerte olvidar lo del mail”, me dijo ya más tranquila, sin llantos o sollozos, Verónica.
De seguro comprenderán que la sorpresa me invadió por completo. ¿A qué mail se refería Verónica? ¿Sería algo importante sobre lo que debería preocuparme o quizá sería otra de esas boberías a las que nos tiene acostumbrado nuestra amiguita? Dejé que siga hablando puesto que siempre termina hablando de más. Aunque esta vez al parecer desde el inicio se dio cuenta de que había metido la pata. Se hizo la desentendida de inmediato por lo que no me quedó otra cosa que preguntarle a qué mail se refería. Me respondió que no me preocupase. Que ya me daría cuenta de que mail. Pero todo estos sólo provocó que me preocupe más de la cuenta. Hice el amague de encender la computadora pero me detuvo.
“¿Recuerdas la tarde que estuvimos paseando por la rambla?”, me preguntó.
Y claro con todas las cosas que me había contado se me había pasado este episodio que Leticia me lo había embarrado en la cara. Según lo que mi ex me había dicho, habían hecho planes para sacar algunas fotos de Verónica conmigo y me había amenazado con entregárselas a Julia.
Entonces Verónica empezó a relatarme sobre como Leticia la había manipulado para que en algún momento pasemos por la rambla frente a su casa para tomarnos fotos. En realidad ella, al recostarse sobre mi hombro había intentado esconderse, pero había resultado peor. Eso le daba más rabia ya que a Leticia siempre le sale bien todo y a ella no. La contuve para que no derramara nuevamente lágrimas. Ya hasta cierto punto me sabían a lágrimas de cocodrilo. Igual, sean así o no, eran incómodas teniéndolas ahí.
Lo que me contó me apuró a revisar mi mail. Me interesaba saber de que se trataba dicho mail que había impulsado a Verónica a tomar acciones. Encendí la computadora y abrí mi correo, cuidándome claro de que mi acompañante no viese mi contraseña. Podía ser demasiado peligroso a estas alturas.
Abrí el correo que había enviado Leticia. Pero yo no era el destinatario principal. Sólo me copiaba a mí como a Verónica. La principal destinataria era indiscutiblemente Julia. Por lo que se leía en el mail Leticia no había escatimado en sus artes llenas de malicia. No, tampoco había colocado alguna pizca de sutileza. Más bien había sido muy directa y con intenciones de herir. Pero no una herida superficial, no. Sino una herida letal.
El mail era muy claro: “Mira perrita estrecha, te crees que eres muy inteligente y que eres la mejor de todas con esa pose de virgen que tienes, pero mira lo que hace el tipo por el que te mueres. Él me dejó a mí y tú no serás la excepción sólo por hacerte la linda. Te suplantó rápidamente y por tu mejor amiga, se ve que no significaste nada en su vida. ¿Y ahora? Sólo échate a llorar. Jajajaja”.
Luego venían las fotos en donde salía Verónica muy acaramelada junto a mí. Debo confesar que las fotos eran buenísimas. Se notaba que Leticia había tomado la cámara profesional de su padre. Estaban tomadas de lejos y con muy buena definición. Además el enfoque y el cuadro. Todo ideal para hacer pensar a cualquiera que entre Verónica y yo existía un idilio.
Cabe acotar que Leticia en algún momento, cuando estuvo conmigo, siguió un curso de fotografía profesional como pasatiempo. Incluso sus prácticas las realizaba conmigo tomándome como modelo. Al parecer las fotos le excitaban porque luego venían largas sesiones de sexo. Era muy buena en eso. En las fotos digo.
Lo primero que hice fue llamar a Julia por celular. Al contestarme la noté afectada como era de esperarse. Le pregunté si había leído ‘el mail’ y me contestó secamente que sí. Me preocupé en serio por su actitud al teléfono y me tranquilizó diciéndome: “Diego, sigue tranquilo. Sabes bien que me avisaste antes lo que ibas a hacer y que estoy confiando en ti. Preocúpate de demostrarme con certeza que no fue tu culpa. Sólo espero que no desvíes tu atención de ello y que no beses a nadie más. Sino allí se acaba todo”.
Fue severa pero vertical. Fue concisa pero logró administrar la información lo mejor posible. No me premió por las fotos pero tampoco me sentenció a la horca. Podríamos decir que fue consecuente con lo prometido aunque me dio a entender que mis plazos se estaban venciendo.

La confesión de Verónica

Verónica se puso nerviosa al comienzo y luego simplemente se largó a llorar presa de la frustración y ansiedad contenidas. Por sus manos pasaba la oportunidad de cambiar mi concepto sobre ella, que presión debería sentir con tanta responsabilidad. Sí lo sé, en realidad no lo veo de esa forma, pero ella, dentro de sus prioridades, sí lo veía.
Debo decir que no es fácil. Al principio lo negó repetidas veces hasta que por fin decidió decirme la verdad. O mejor dicho, hasta que se vio acorralada. Le había mencionado lo que Leticia me comentó antes desafiante. Añadí un poco de sal y pimienta como para darle aderezo al asunto.
Verónica me suplicó que lo corte aquí. Que me detenga porque no se estaba sintiendo bien. Que no continúe porque podía sentirse peor por causa de su reciente ataque de estrés. Pero no podía detenerme, debía continuar ahora que la tenía contra las riendas.
Es cierto que me parecía hermosa e indefensa en este momento. Cualquier hombre habría tenido compasión por esta mujer frente al amor de su vida, el cual buscaba hacerla sentir mal, pero no yo. No, yo era un hombre enamorado de otra chica, de Julia y eso me hacía invulnerable.
Mi linda interlocutora ocasional paró de llorar unos instantes sólo para decirme que se sentía culpable. Que consideraba que estaba traicionando a su amiga. Le hice entender que en realidad no, que quien le debía estar traicionando era Leticia. Pues una amiga no presiona así a otra hacer algo con lo que no está de acuerdo. Por ende no era ella quien traicionaba sino esa persona a quien ella mal llamaba amiga.
“¿Qué te hizo Julia?”, le pregunté directamente.
“Nada”, dijo suavemente mientras dejaba atrás el sollozo que aparecía intermitente.
“¿Acaso no fue ella quien te abrió lo brazos para ser tu amiga?”, repregunté.
“Sí”, volvió a responder en corto.
“Entonces ¿por qué la traicionaste a ella? ¿Por qué dejas que Leticia te utilice a su antojo?”
“Porque ella me hizo lo que ahora soy”, me contestó vehemente dejándome callado.
Me explicó tras mi silencio que no siempre había sido así como ahora. Que antes era una de esas chicas a quien todo el mundo miraba raro por lo diferente que era a todos. Ningún chico se le acercaba. Junto a Leticia, cambió de imagen, de actitud y de vida. Ahora podía tener una vida normal. Algo que siempre había esperado y nunca se le había dado. Así que se lo debía.
“Pero no te das cuenta de que a veces es mejor dejar lo que te hace daño”, le comenté tratando de auto convencerme al mismo tiempo, “es como un amor que no te deja ser libre, que busca retenerte y te asfixia. Así, de ese modo no se puede ser feliz. Y tú no lo eres ahora. Por eso te pasó esto del ataque”, le mencioné refiriéndome a la reciente afección que había sufrido.
Me quedó mirando, meditando al mismo tiempo sobre lo que le había dicho, hasta que me preguntó “¿qué era lo que quería que hiciese entonces?”.
La induje para que diga la verdad. Le aconsejé que quería saberlo todo de sus propios labios antes que de los de otra persona, “No te calles nada”, le apuré.
Y comenzó. Al principio fue contándome algunas cosas que sólo iban confirmando mis sospechas iniciales. Su asociación junto a Leticia y el gil de Miguel aunque juró que le costó mucho traicionar a Julia porque en realidad la consideraba su amiga. Luego que la autora intelectual de lo que pasó en Tres Perros había sido sólo Leticia y que Miguel sólo había aceptado por su conveniencia. Ya que pensaba que podía así conseguir a Julia. Y que ella se había ido temprano justamente porque no podía traicionar a Julia.
Cuando llegamos a ese punto le pregunté por Coti. Si es que la conocía de antes y me dijo que tajantemente que no.
Eso me desanimó pues en realidad según como lo venía planeando tenía la esperanza de que la conocieran de antes y se lo comenté. Le conté que estaba más que interesado en hablar con ella. Le extrañó y me preguntó el por qué de ese interés. A lo cual respondí que era porque Coti era la clave para convencer a Julia de que lo que había visto era sólo un espejismo que no se asemejaba a la realidad.