miércoles, 22 de diciembre de 2010

La hora D (Parte 1)

Me adelanté a Coti, quien se quedó de pie observando la casa, y golpeé a la puerta. Salió a atender Silvana, la tía, quedando sorprendida una vez más al observarme allí preguntando por Julia. Pasado el segundo de asombro reaccionó para indicarme que Julia no se encontraba en ese momento. Atrás, curioso por saber quien llamaba a su puerta, se asomó su esposo. Al reconocerme saludó sonriente y regresó a lo que habría estado haciendo. Que simpático resultaba siempre este peruano.
“¿Está segura que no está señora?”, pregunté desconfiado me la vaya a estar escondiendo por algún motivo desconocido.
Ella sonrió y me respondió que se encontraba completamente seguro y que le extrañaba no confíe en ella. Le expliqué que ella tenía razón y que nunca me había dado motivos para desconfiar de ella, es más su actitud para conmigo siempre había resultado encomiable. Pero si dudaba ahora, no era porque desconfiara de que me la oculte, sino que quizá a veces uno no se da cuenta cuando alguien llegó a casa. Y lo que en este momento me daba pie para pensar que eso podía estar sucediendo era que veía la luz de la habitación de Julia encendida.
Al decirle esto volvió la mirada hacia la habitación de Julia y se percató que yo tenía razón en lo que le manifestaba. Sin embargo, aún con todo, no tenía razón. Pacientemente me explicó que esa luz se encontraba encendida porque ella estaba haciendo limpieza en la habitación de su sobrina.
No la veía con ropa de limpieza, estaba más bien vestida con ropa de casa normal, pero nada que no se pudiese ensuciar y estragar en el proceso de limpieza de la casa. Es decir, no creo que uno se ponga un traje de gala para limpiar sabiendo que lo puede ensuciar. Si bien es cierto no estaba vestida de gala, era una vestimenta con la que tranquilamente podía salir a la calle y pasar por bien vestida. Le contradije lo que me explicó y me señaló que si bien no tenía porque darme explicaciones en algo comprendía mi actitud. Luego, más tranquilo ya, me di cuenta que me había puesto atrevido al cuestionarla de esa manera. Entonces, me señaló que estaba realizando una limpieza superficial. Limpiando los adornos y cositas pequeñas de las habitaciones y que aprovechaba a que Julia no estaba para hacerlo con tranquilidad.
Intenté convencerme a la fuerza de lo que me decía Silvana. No me cerraba la historia contada pero tenía que hacer un acto de contrición porque, como repito, nunca me había dado motivos para dudar de ella y porque no podía pasar por encima de ella para ir a ver a Julia.
En eso Coti, aburrida de esperar o desanimada por el viaje en vano, tomó asiento en el filo de la vereda. No lo había notado hasta ahora pero la ropa de Coti era muy provocativa. No insultante, pero si insinuante. No estaba vestida de diario. El movimiento realizado por mi acompañante debe haber llamado la atención de Silvana, quien al fijarse en su ropa, me preguntó su ella venía conmigo. Le respondí que si e improvisé para explicarle que ambos veníamos a conversar con Julia. Y en cierto modo era cierto. La cara de desconfianza de Silvana fue imperdible, pero su susceptibilidad moral, ahora, era lo que menos me importaba.
Pregunté a dónde había ido Julia y me señaló que lamentablemente eso no podía responderle. Le pregunté si no quería decirme o no lo sabía. Ella suspiró, como empezando a perder de a pocos la paciencia, indicándome que no lo sabía. Pregunté si sabía si demoraba y me dijo que tampoco. Medio desanimado di vuelta la cabeza buscando con el rabito del ojo a Coti para decirle que habíamos venido en vano. Todos mis miedos regresaron en ese instante. Miedo a perder a Julia, a que Coti se desanime en regresar, miedo a quedarme sin mi mujer soñada.
Pero no encontré a Coti donde estaba sentada hace un momento y en lugar de a ella, mis ojos encontraron a Julia, de pie en frente de mí, mirándome sin ninguna expresión en su rostro. Tenía el mismo rostro angelical de ella, sus cabellos atados, vestida con ropa del diario. Pero su hermoso rostro como indiqué, no tenía ninguna expresión que me diese una pista de cómo tomaba mi visita repentina. No había ni alegría, ni disgusto, ni sorpresa, ni desgano, simplemente se encontraba relajada. No tenía siquiera ese tufito a desgano que tenía ciertas mañanas cuando llegaba al trabajo desde la casas de sus padres. Se notaba que ese tiempo en casa de su tía le había hecho mucho bien.

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