“Julia… yo sólo vine aquí esta noche para que sepas que lo que siempre te dije fue la verdad. Que yo lo menos que quiero es hacerte daño en la vida. Que si mentirte es hacerte daño; prefiero perderte diciéndote la verdad, que perderte hiriéndote. Eres lo más bello que me ha sucedido en la vida…”, me quedé pensando mientras Julia me escuchaba atenta con lo ojos brillosos por el llanto contenido.
“…puedo decirte estas y todas las frases cliché del mundo pero eso no te haría cambiar tu opinión sobre mí. Te conozco y sé que no eres una chica a quien es sencillo hacerle cambiar de opinión. Sé que cuando tienes una idea fija en la cabeza nadie te la saca”, me detuve para tomar aire y continué, “vine aquí, esta noche, con la esperanza de recuperarte y tenerte nuevamente en mis brazos. Pero me iré con la satisfacción de haber aclarado todo y si no eres capaz de dejar tus fantasmas de lado y aceptar que la vida no es fácil aún para los que hacemos las cosas bien, entonces no mereces ser feliz”.
La cara de Julia era una sorpresa bárbara ahora.
“Yo te amo, y como te conozco, si me amas vendrás a mí. Si no me amas me dejarás ir sin decir nada”, finalicé mi discurso no preparado.
Julia quedó en silencio mirándome. Todo el barrio la imitaba. Debe haber sido me imaginación pero juraría que el silencio fue tal que no se lograba escuchar ni la respiración de todos los allí presentes.
Al ver que no me respondía, y que Julia, sólo me otorgaba su silencio, opté por darme media vuelta e irme. Al avanzar un par de pasos veía como Coti me miraba condescendientemente luego de reprobar el rechazo de Julia hacia mi persona. Pero mi mente no se detuvo, fue como en el momento de tu muerte que pasa todo en un minuto. Y en realidad, estaba presenciando la muerte de una era, el fin de la relación entre Julia y yo. En las líneas de este blog quedarían registrados mis esfuerzos por conquistar a Julia. Ustedes han sido testigos de cómo lo logré, de nuestros tiempos felices y de cómo algunos indeseables se interpusieron en nuestro camino. Finalmente se enteraron de mis vanos bríos por reconquistarla y de cómo hoy acaba esta historia de amor entre Julia y yo. Quizá, como alguna vez una ex novia me dijo, no era el tiempo indicado para ambos. Quizá en alguna otra época hubiese resultado mejor.
Julia se quedó ahí de pie sin decirme nada mientras avanzaba sumergido en mis pensamientos. Todos los espontáneos espectadores sorprendidos veían como me retiraba vencido y alguno que otro avezado se atrevió a acercarse y darme ánimos con unas palmaditas en el hombro. Caminé con dirección a mi apartamento pero antes de llegar a la esquina algo sucedió.
Una voz me hizo detener. Fue un grito seco, breve, pero inmensamente esperado.
“Espera”, se dirigió a mí aquella voz.
Y deseando que haya sido Julia volví sobre mis hombros para darme cuenta que en realidad el grito había sido de Coti. Al saber que era ella la desesperanza inundó nuevamente mi alma. Las nubes cubrieron mi cielo que había estado a punto de despejarse. Quise emprender nuevamente la huída, derrotado. Pero Coti me volvió a gritar y esta vez me llamó por mi nombre indicándome con el brazo que vuelva. Regresé dudoso y cauteloso. No sabía que pensar. Entonces, señalándome a Julia me preguntó:
“¿Así la piensas dejar?”.
Julia se encontraba sentada con las piernas separadas en el filo de la vereda en la puerta de la casa de su tía. Su actitud también era de derrota, pero no lograba entenderlo, ella no me había detenido. Quedé contemplándola y ella no me miró siquiera. No se había dado cuenta de que estaba allí de vuelta. Coti me empujó incitándome a hablarle y le respondí con gestos que no creo que sea lo correcto. Me puso cara de extrañada y le expliqué que ella no me había detenido en el momento adecuado. Significaba que no quería nada más conmigo entonces. Que lamentablemente no podía hacer nada más.
“Que poco conocen los hombres a las mujeres”, indicó Coti para luego obligarme, “ve y háblale”.
Le hice caso, casi a regañadientes. No quería insistir más de lo debido. Me posicioné delante de Julia muy despacio y sin invadirla. Levantó la mirada sólo para darse cuenta de que era yo quien me encontraba frente a ella. Con su suave mano golpeando en el piso a su lado me invitó a sentarme. Le hice caso mientras el público seguía expectante el desenlace. En voz baja me dijo algo que no llegué a percibir completamente. Le pedí que me lo repita por favor y así lo hizo.
“No me conoces completamente”, me señaló.
“¿Por qué lo dices?”, pregunté intrigado.
“Porque si me conocieras completamente hubieses sabido que estabas perdonado desde tu anterior visita cuando hiciste todo eso debajo de la lluvia”.
Quedé atónito escuchando lo que me decía. Deseaba tanto escuchar lo que Julia me estaba diciendo que no supe como reaccionar cuando por fin llegó. Así que torpemente pregunté:
“Y entonces, ¿por qué me hiciste todo esto?”.
“Hoy sólo reviví algunas cosas que me dolieron mucho porque pensé que habían sido verdad. Necesitaba hacerlo”.
Mientras Julia me decía esto la mayoría de mujeres presentes, incluida mi aliada Coti, asentían con la cabeza dándole la razón. Así que no dije más y quien hablo fue Julia. Volvió a mirarme a los ojos para decirme:
“Pero también me di cuenta que duele mucho vivir sin ti”.
Su rostro dulce rogaba porque de la iniciativa y le robe ese beso anhelado pero, conocida ya mi personalidad, no podía quedar en la imagen de ella con esa frase torpe anterior (“Y entonces, ¿por qué me hiciste todo esto?”). Así que agregué una pregunta más:
“¿Me dejas conocerte mejor entonces?”
“Es lo más sensato que has dicho en toda la noche”, me respondió sonriendo entre feliz y pícaramente.
Nuevamente pude observar esa sonrisa celestial que me hacía derretir. No pude aguantar más, le tomé el rostro con una mano y me acerqué a ella para sellar la escena con un beso. Un beso que se hizo eterno y disfrutable. Este ósculo sólo llegó a su fin con el aplauso de la concurrencia. Entre felices y avergonzados nos abrazamos allí sentados pegados mejilla con mejilla. Sólo faltó el papel picado para que eso se vuelva una escena de novela adolescente.
“…puedo decirte estas y todas las frases cliché del mundo pero eso no te haría cambiar tu opinión sobre mí. Te conozco y sé que no eres una chica a quien es sencillo hacerle cambiar de opinión. Sé que cuando tienes una idea fija en la cabeza nadie te la saca”, me detuve para tomar aire y continué, “vine aquí, esta noche, con la esperanza de recuperarte y tenerte nuevamente en mis brazos. Pero me iré con la satisfacción de haber aclarado todo y si no eres capaz de dejar tus fantasmas de lado y aceptar que la vida no es fácil aún para los que hacemos las cosas bien, entonces no mereces ser feliz”.
La cara de Julia era una sorpresa bárbara ahora.
“Yo te amo, y como te conozco, si me amas vendrás a mí. Si no me amas me dejarás ir sin decir nada”, finalicé mi discurso no preparado.
Julia quedó en silencio mirándome. Todo el barrio la imitaba. Debe haber sido me imaginación pero juraría que el silencio fue tal que no se lograba escuchar ni la respiración de todos los allí presentes.
Al ver que no me respondía, y que Julia, sólo me otorgaba su silencio, opté por darme media vuelta e irme. Al avanzar un par de pasos veía como Coti me miraba condescendientemente luego de reprobar el rechazo de Julia hacia mi persona. Pero mi mente no se detuvo, fue como en el momento de tu muerte que pasa todo en un minuto. Y en realidad, estaba presenciando la muerte de una era, el fin de la relación entre Julia y yo. En las líneas de este blog quedarían registrados mis esfuerzos por conquistar a Julia. Ustedes han sido testigos de cómo lo logré, de nuestros tiempos felices y de cómo algunos indeseables se interpusieron en nuestro camino. Finalmente se enteraron de mis vanos bríos por reconquistarla y de cómo hoy acaba esta historia de amor entre Julia y yo. Quizá, como alguna vez una ex novia me dijo, no era el tiempo indicado para ambos. Quizá en alguna otra época hubiese resultado mejor.
Julia se quedó ahí de pie sin decirme nada mientras avanzaba sumergido en mis pensamientos. Todos los espontáneos espectadores sorprendidos veían como me retiraba vencido y alguno que otro avezado se atrevió a acercarse y darme ánimos con unas palmaditas en el hombro. Caminé con dirección a mi apartamento pero antes de llegar a la esquina algo sucedió.
Una voz me hizo detener. Fue un grito seco, breve, pero inmensamente esperado.
“Espera”, se dirigió a mí aquella voz.
Y deseando que haya sido Julia volví sobre mis hombros para darme cuenta que en realidad el grito había sido de Coti. Al saber que era ella la desesperanza inundó nuevamente mi alma. Las nubes cubrieron mi cielo que había estado a punto de despejarse. Quise emprender nuevamente la huída, derrotado. Pero Coti me volvió a gritar y esta vez me llamó por mi nombre indicándome con el brazo que vuelva. Regresé dudoso y cauteloso. No sabía que pensar. Entonces, señalándome a Julia me preguntó:
“¿Así la piensas dejar?”.
Julia se encontraba sentada con las piernas separadas en el filo de la vereda en la puerta de la casa de su tía. Su actitud también era de derrota, pero no lograba entenderlo, ella no me había detenido. Quedé contemplándola y ella no me miró siquiera. No se había dado cuenta de que estaba allí de vuelta. Coti me empujó incitándome a hablarle y le respondí con gestos que no creo que sea lo correcto. Me puso cara de extrañada y le expliqué que ella no me había detenido en el momento adecuado. Significaba que no quería nada más conmigo entonces. Que lamentablemente no podía hacer nada más.
“Que poco conocen los hombres a las mujeres”, indicó Coti para luego obligarme, “ve y háblale”.
Le hice caso, casi a regañadientes. No quería insistir más de lo debido. Me posicioné delante de Julia muy despacio y sin invadirla. Levantó la mirada sólo para darse cuenta de que era yo quien me encontraba frente a ella. Con su suave mano golpeando en el piso a su lado me invitó a sentarme. Le hice caso mientras el público seguía expectante el desenlace. En voz baja me dijo algo que no llegué a percibir completamente. Le pedí que me lo repita por favor y así lo hizo.
“No me conoces completamente”, me señaló.
“¿Por qué lo dices?”, pregunté intrigado.
“Porque si me conocieras completamente hubieses sabido que estabas perdonado desde tu anterior visita cuando hiciste todo eso debajo de la lluvia”.
Quedé atónito escuchando lo que me decía. Deseaba tanto escuchar lo que Julia me estaba diciendo que no supe como reaccionar cuando por fin llegó. Así que torpemente pregunté:
“Y entonces, ¿por qué me hiciste todo esto?”.
“Hoy sólo reviví algunas cosas que me dolieron mucho porque pensé que habían sido verdad. Necesitaba hacerlo”.
Mientras Julia me decía esto la mayoría de mujeres presentes, incluida mi aliada Coti, asentían con la cabeza dándole la razón. Así que no dije más y quien hablo fue Julia. Volvió a mirarme a los ojos para decirme:
“Pero también me di cuenta que duele mucho vivir sin ti”.
Su rostro dulce rogaba porque de la iniciativa y le robe ese beso anhelado pero, conocida ya mi personalidad, no podía quedar en la imagen de ella con esa frase torpe anterior (“Y entonces, ¿por qué me hiciste todo esto?”). Así que agregué una pregunta más:
“¿Me dejas conocerte mejor entonces?”
“Es lo más sensato que has dicho en toda la noche”, me respondió sonriendo entre feliz y pícaramente.
Nuevamente pude observar esa sonrisa celestial que me hacía derretir. No pude aguantar más, le tomé el rostro con una mano y me acerqué a ella para sellar la escena con un beso. Un beso que se hizo eterno y disfrutable. Este ósculo sólo llegó a su fin con el aplauso de la concurrencia. Entre felices y avergonzados nos abrazamos allí sentados pegados mejilla con mejilla. Sólo faltó el papel picado para que eso se vuelva una escena de novela adolescente.
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