Deberían haber estado ahí, en ese mismo instante, para ver la cara que puso Miguel al escuchar la voz de la jefa de personal detrás suyo. No pude haber sentido mayor gozo al sentir lo mismo y al oficial de la policía, mi amigo, respaldando mis increpaciones.
Miguel no tuvo que decir nada. Su cara era suficiente para escuchar el recorrido de la sangre chirrear dentro de sus venas y el bombeo de su corazón que le hacía latir la aorta como estruendo. Lo que vino enseguida después del cuestionamiento de la jefa de personal fue un silencio absoluto. El gil de Miguel me miraba a mí como queriendo estrangularme, pero se mantenía sin decir nada. Luego, la jefa, le pidió al asistente de Miguel que se fuera de ahí con la mayor amabilidad del mundo. Se notaba que era una persona que sabía cumplir su labor a cabalidad y no confundía momentos, ni personas. Era, por decirlo brevemente, una profesional con experiencia en su labor.
Cuando el asistente salió, la jefa de personal, nos pidió a Miguel y a mí que la acompañásemos al interior del archivo. Miguel intentó excusarse con la idea de demorar el ingreso al espacio de destino pero la jefa de personal fue cortante y le indicó que ya tendría tiempo para explicarle luego lo que había pasado. Ahora, lo importante era entrar. Así lo hicimos. Ya adentro, no sé si lo que quería ocultar eran esos documentos clandestinos o el desorden existente. Cuando ingresamos pudimos observar montañas de cajas y papeles entre polvo y telarañas. No sé como hacían para subsistir tanto tiempo adentro encerrados los asistentes de Miguel. Lo cual me hizo pensar algo. Conociendo lo meticulosa que es Leticia y lo prolija que normalmente le gusta ser, no entendía, como podía continuar en un trabajo así, donde si bien la paga era buena, las condiciones eran deplorables. Como para complementar la idea, ella al vivir con sus padres y con sus pocas ganas de independizarse no tenía la necesidad de trabajar allí. Pero otra cosa, siempre me criticó a mí de que era desordenado y eso que yo soy más ordenado de la mayoría de hombres. Como dije, me parecía muy extraño que aceptase trabajar en ese entorno.
Volviendo al presente, la jefa de personal, empezó a numerar una serie de documentos y contratos para que Miguel los encuentre y se los alcance. Y ya desde el primero de ellos, Miguel, presentaba problemas para encontrarlos. No hace falta mencionar que nuestro ‘querido’ compañero de trabajo se había vuelto un manojo de nervios. Era gracioso escucharlo tartamudear. No se lo deseo a nadie, pero en él, que se lucía por ser el mejor y el más seguro de los seres del planeta, se volvía jocoso observarlo flaquear ante una situación en donde la justicia le daba la espalda marchándose y dándole paso al escarmiento.
Así empezaron a desfilar uno y otro documento. Una caja se caía sobre otra, el desorden se volvía más grande y la confusión reinaba en ese archivo. “¿Cómo puede estar tan desordenado esto Miguel?”, preguntó la jefa de personal, ¿Esto es lo que quería evitar que viésemos o es que en realidad no existen los documento que te estoy pidiendo?”.
Esa pregunta se volvió como una daga a la espalda. Pero bien merecida la tenía, ya que la jefa de personal también se había sentido traicionada por el mismo personaje. Miguel, por su parte, se sentía acorralado, sin salida, sin respuestas. Lo único a lo que atinó fue a salir corriendo del lugar. Pero afuera ya estaba el oficial de policía para detenerlo y después de leerle sus derechos, se lo llevaría detenido unos minutos después. Pasando por el escarnio público de salir esposado ante la atenta mirada de sorpresa e incredulidad de el resto de sus compañeros. Los que no lo tenía entre sus allegados o les era indiferente o comentaban que ya esperaban alguna situación de esta en algún momento. Las mayores y más irrisorias historias se crearon ante la inicial ausencia de una versión oficial del arresto. Por otro lado los que más cercanos estaban a él, se preocuparon por mantener el perfil más bajo posible, puesto que estaban convencidos de que iban a ser parte de un interrogatorio posterior. Y no estaban equivocados, posteriormente el interrogatorio se llevaría a cabo encontrándose varios cómplices. Pero ya nos encargaremos de eso más adelante.
Cuando Miguel fue detenido y la calma regresó al lugar una sugerencia se hizo sentir que me dejó satisfecho y sorprendido. “Diego, me gustaría que te pongas al día en todo lo que venía realizando Miguel y me des un informe de todo, lo que encuentres y lo que no”, y antes de irse, cuando lo estaba haciendo, se dio vuelta y añadió, “luego conversaremos mejor. Muestra tu mejor trabajo”.
Miguel no tuvo que decir nada. Su cara era suficiente para escuchar el recorrido de la sangre chirrear dentro de sus venas y el bombeo de su corazón que le hacía latir la aorta como estruendo. Lo que vino enseguida después del cuestionamiento de la jefa de personal fue un silencio absoluto. El gil de Miguel me miraba a mí como queriendo estrangularme, pero se mantenía sin decir nada. Luego, la jefa, le pidió al asistente de Miguel que se fuera de ahí con la mayor amabilidad del mundo. Se notaba que era una persona que sabía cumplir su labor a cabalidad y no confundía momentos, ni personas. Era, por decirlo brevemente, una profesional con experiencia en su labor.
Cuando el asistente salió, la jefa de personal, nos pidió a Miguel y a mí que la acompañásemos al interior del archivo. Miguel intentó excusarse con la idea de demorar el ingreso al espacio de destino pero la jefa de personal fue cortante y le indicó que ya tendría tiempo para explicarle luego lo que había pasado. Ahora, lo importante era entrar. Así lo hicimos. Ya adentro, no sé si lo que quería ocultar eran esos documentos clandestinos o el desorden existente. Cuando ingresamos pudimos observar montañas de cajas y papeles entre polvo y telarañas. No sé como hacían para subsistir tanto tiempo adentro encerrados los asistentes de Miguel. Lo cual me hizo pensar algo. Conociendo lo meticulosa que es Leticia y lo prolija que normalmente le gusta ser, no entendía, como podía continuar en un trabajo así, donde si bien la paga era buena, las condiciones eran deplorables. Como para complementar la idea, ella al vivir con sus padres y con sus pocas ganas de independizarse no tenía la necesidad de trabajar allí. Pero otra cosa, siempre me criticó a mí de que era desordenado y eso que yo soy más ordenado de la mayoría de hombres. Como dije, me parecía muy extraño que aceptase trabajar en ese entorno.
Volviendo al presente, la jefa de personal, empezó a numerar una serie de documentos y contratos para que Miguel los encuentre y se los alcance. Y ya desde el primero de ellos, Miguel, presentaba problemas para encontrarlos. No hace falta mencionar que nuestro ‘querido’ compañero de trabajo se había vuelto un manojo de nervios. Era gracioso escucharlo tartamudear. No se lo deseo a nadie, pero en él, que se lucía por ser el mejor y el más seguro de los seres del planeta, se volvía jocoso observarlo flaquear ante una situación en donde la justicia le daba la espalda marchándose y dándole paso al escarmiento.
Así empezaron a desfilar uno y otro documento. Una caja se caía sobre otra, el desorden se volvía más grande y la confusión reinaba en ese archivo. “¿Cómo puede estar tan desordenado esto Miguel?”, preguntó la jefa de personal, ¿Esto es lo que quería evitar que viésemos o es que en realidad no existen los documento que te estoy pidiendo?”.
Esa pregunta se volvió como una daga a la espalda. Pero bien merecida la tenía, ya que la jefa de personal también se había sentido traicionada por el mismo personaje. Miguel, por su parte, se sentía acorralado, sin salida, sin respuestas. Lo único a lo que atinó fue a salir corriendo del lugar. Pero afuera ya estaba el oficial de policía para detenerlo y después de leerle sus derechos, se lo llevaría detenido unos minutos después. Pasando por el escarnio público de salir esposado ante la atenta mirada de sorpresa e incredulidad de el resto de sus compañeros. Los que no lo tenía entre sus allegados o les era indiferente o comentaban que ya esperaban alguna situación de esta en algún momento. Las mayores y más irrisorias historias se crearon ante la inicial ausencia de una versión oficial del arresto. Por otro lado los que más cercanos estaban a él, se preocuparon por mantener el perfil más bajo posible, puesto que estaban convencidos de que iban a ser parte de un interrogatorio posterior. Y no estaban equivocados, posteriormente el interrogatorio se llevaría a cabo encontrándose varios cómplices. Pero ya nos encargaremos de eso más adelante.
Cuando Miguel fue detenido y la calma regresó al lugar una sugerencia se hizo sentir que me dejó satisfecho y sorprendido. “Diego, me gustaría que te pongas al día en todo lo que venía realizando Miguel y me des un informe de todo, lo que encuentres y lo que no”, y antes de irse, cuando lo estaba haciendo, se dio vuelta y añadió, “luego conversaremos mejor. Muestra tu mejor trabajo”.
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