La jefa de personal estaba convencida de mi inocencia, puesto que de no ser por sus encargos laborales y sospechas previas, yo no me hubiese acercado nunca a esos papeles y no se hubiese descubierto ninguna anomalía en el manejo de la empresa. Sin embargo había que desestimar la denuncia hecha el mismo día por el gil de Miguel en mi contra. Él no lo sabía pero se había tendido una trampa a sí mismo. Se había delatado sólo. Pero había que ser cuidadoso, ir con cautela para poder descubrirlo o mejor dicho para poder demostrarle los cargos que trataba de imputarme. Para eso, el oficial y la jefa de personal, necesitaban de mi colaboración. Los cargos sobre mí eran de gran envergadura, así que primero debían comprobar mi anunciada inocencia.
Me solicitaron una serie de datos sobre documentos y acciones que, al tener las manos limpias, compartí sin inconvenientes, ni demoras. Hablé sobre esos contratos de personas que nunca había visto en la empresa. De archivos que se contradecían literalmente unos con otros, pero que los números sabían disfrazar muy bien. Le informé cuales habían sido los impedimentos para llegar a los documentos de archivo que aclararían más el panorama. El por qué de mi afán por descubrirlos. Mi pasado laboral, mi perfil laboral en donde más allá de llegadas tarde no se encontraba mancha alguna, y mis rencillas con Miguel por un tema llamado Julia. Conté todos los sucesos y lo acaecido con Verónica y Leticia, en el presente y el pasado. Les di detalles de todo. Dijo algún político en algún momento, “quien no la debe, no la teme”. Este político tuvo que salir por la puerta falsa después de su mandato, pero yo continuaba firme, de pie y mirando optimista a pesar de mi situación.
Todas las informaciones vertidas por mí y conseguidas en las investigaciones del oficial derivaron en que mi inocencia estaba probada. En seguida, me consultaron que debido a mi intervención sostenida hasta ahora, era la persona correcta e indicada para trabajar con ellos en lo que se venía.
Lo primero que hicieron, obviamente luego de una concienzuda planificación, fue enviar a Leticia a realizar labores fuera de la oficina. No fue algo que aconsejé porque para mí Leticia, estaba involucrada en el tema, pero al parecer ellos ya lo habían planificado de ese modo e hicieron caso omiso a mis consejos.
Mientras tanto estábamos al tanto de todos los movimientos de Miguel para descubrir donde podía estar su talón de Aquiles y así pasó. Una vez que Leticia estaba afuera lo primero que hizo Miguel fue colocar a uno de sus compinches, en la empresa, a cubrir el puesto de guardián dejado por Leticia de manera obligada. Que tanto escondía ahí. Bueno, creo que habría que averiguarlo.
Me enviaron a continuar con mi trabajo de investigación. Al llegar al archivo pasó lo que habíamos previsto. El nuevo guardián me impidió nuevamente el acceso a los documentos. Al parecer, Miguel, los tenía muy adiestrados en el tema. Al insistir se pudo un poco más necio. Le recomendé que me deje pasar porque venía por órdenes de la jefa de personal y me respondió que por un tema de operatividad, si cualquiera precisaba algo, el documento o la información debía ser buscada por la gente de archivo sin permitir el acceso al resto. Lo justificaban diciendo que se habían extraviado documentos de ese modo o se habían producido desórdenes que ocasionaban un mayor trabajo posterior. Por ende, “¿en qué puedo ayudarte?”, me preguntó el muchacho.
Me pareció que estaba muy convencido de las explicaciones que me daba. Incluso, que el apoyo a Miguel se basaba estrictamente a seguir las órdenes de parte de él y no por un tema de implicancia en los asuntos que se venían investigando.
“No sabes en lo que te estás metiendo”, reclamé, “te aconsejo que me des el acceso por tu bien”.
Las amenazas estaban planificadas también. Cuando el nuevo guardián se vio imprecado por parte mía llamó inmediatamente a Miguel según normaba la operativa de la sección.
Más rápido que inmediatamente apareció Miguel en la puerta del archivo. Me preguntó qué era lo que pasaba conmigo. Por qué de tanto afán por entrar allí. Le comuniqué que sólo recibía órdenes de la jefa de personal. Y me indicó que por orden de él no se podía ingresar, que las acatara o sino me maneje.
“¿Y me puedes decir cuál orden es la mayor y definitiva, si la tuya o la mía?”, intervino la jefa de personal dejando a Miguel gélido.
Me solicitaron una serie de datos sobre documentos y acciones que, al tener las manos limpias, compartí sin inconvenientes, ni demoras. Hablé sobre esos contratos de personas que nunca había visto en la empresa. De archivos que se contradecían literalmente unos con otros, pero que los números sabían disfrazar muy bien. Le informé cuales habían sido los impedimentos para llegar a los documentos de archivo que aclararían más el panorama. El por qué de mi afán por descubrirlos. Mi pasado laboral, mi perfil laboral en donde más allá de llegadas tarde no se encontraba mancha alguna, y mis rencillas con Miguel por un tema llamado Julia. Conté todos los sucesos y lo acaecido con Verónica y Leticia, en el presente y el pasado. Les di detalles de todo. Dijo algún político en algún momento, “quien no la debe, no la teme”. Este político tuvo que salir por la puerta falsa después de su mandato, pero yo continuaba firme, de pie y mirando optimista a pesar de mi situación.
Todas las informaciones vertidas por mí y conseguidas en las investigaciones del oficial derivaron en que mi inocencia estaba probada. En seguida, me consultaron que debido a mi intervención sostenida hasta ahora, era la persona correcta e indicada para trabajar con ellos en lo que se venía.
Lo primero que hicieron, obviamente luego de una concienzuda planificación, fue enviar a Leticia a realizar labores fuera de la oficina. No fue algo que aconsejé porque para mí Leticia, estaba involucrada en el tema, pero al parecer ellos ya lo habían planificado de ese modo e hicieron caso omiso a mis consejos.
Mientras tanto estábamos al tanto de todos los movimientos de Miguel para descubrir donde podía estar su talón de Aquiles y así pasó. Una vez que Leticia estaba afuera lo primero que hizo Miguel fue colocar a uno de sus compinches, en la empresa, a cubrir el puesto de guardián dejado por Leticia de manera obligada. Que tanto escondía ahí. Bueno, creo que habría que averiguarlo.
Me enviaron a continuar con mi trabajo de investigación. Al llegar al archivo pasó lo que habíamos previsto. El nuevo guardián me impidió nuevamente el acceso a los documentos. Al parecer, Miguel, los tenía muy adiestrados en el tema. Al insistir se pudo un poco más necio. Le recomendé que me deje pasar porque venía por órdenes de la jefa de personal y me respondió que por un tema de operatividad, si cualquiera precisaba algo, el documento o la información debía ser buscada por la gente de archivo sin permitir el acceso al resto. Lo justificaban diciendo que se habían extraviado documentos de ese modo o se habían producido desórdenes que ocasionaban un mayor trabajo posterior. Por ende, “¿en qué puedo ayudarte?”, me preguntó el muchacho.
Me pareció que estaba muy convencido de las explicaciones que me daba. Incluso, que el apoyo a Miguel se basaba estrictamente a seguir las órdenes de parte de él y no por un tema de implicancia en los asuntos que se venían investigando.
“No sabes en lo que te estás metiendo”, reclamé, “te aconsejo que me des el acceso por tu bien”.
Las amenazas estaban planificadas también. Cuando el nuevo guardián se vio imprecado por parte mía llamó inmediatamente a Miguel según normaba la operativa de la sección.
Más rápido que inmediatamente apareció Miguel en la puerta del archivo. Me preguntó qué era lo que pasaba conmigo. Por qué de tanto afán por entrar allí. Le comuniqué que sólo recibía órdenes de la jefa de personal. Y me indicó que por orden de él no se podía ingresar, que las acatara o sino me maneje.
“¿Y me puedes decir cuál orden es la mayor y definitiva, si la tuya o la mía?”, intervino la jefa de personal dejando a Miguel gélido.
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