martes, 30 de noviembre de 2010

Aclarando a Verónica

Ya con Verónica dentro de casa pedí un metro de pizza con muzzarella. Nos sentamos a esperar la pizza, ya que me dijeron que el del ‘delivery’ tardaría alrededor de unos veinte minutos en entregar el pedido. Así que sólo nos quedaba esperar. Mientras, iríamos conversando sobre lo que le había sucedido. Allí, más linda que nunca, Verónica, empezó a contarme que el trabajo la tenía estresada. Con sus ojos minuciosamente delineados, me contaba que le habían dicho que lo que le había pasado no era más que un ataque de estrés, muy común en nuestros tiempos. La ropa le quedaba entallada pensaba mientras me explicaba que ahora vivimos a mil por hora y que no nos damos tiempos para descansar. ¿Será que por el ataque de estrés habría bajado de peso?, me preguntaba al mismo tiempo que ella añadía que estos ataquen ocurrían cuando el cuerpo detectaba un exceso de adrenalina y no tenía como gastarla. No lo había notado nunca, Verónica, tiene una piel muy suave.
“¿Tú que opinas?”, me preguntó, “No has dicho mucho desde que llegué”.
Era verdad la había dejado hablar todo. En pocos minutos me había explicado lo que le había sucedido, como posiblemente lo había contraído, que consecuencias mínimas tenía, como lo controlaba, entre otras cosas. Por mi parte me había limitado a observarla y escuchar lo que me decía en su monólogo. Aunque parezca mentira, había logrado comprender todo. Tantos sus expresiones como mis pensamientos.
Sí, debo confesar que estaba hermosa, lo cual debería dificultar continuar con lo que tenía planeado. Pero ni ella, tan linda física e interiormente, ni nadie podía alejarme de mi objetivo que era Julia. En consecuencia respondí vagamente con un “no entiendo mucho de esas cosas, pero veo que no es cada grave, así que si es así, está bien”, y culminé mi intervención devolviéndole una pregunta para hacer efectiva la interlocución, “¿no lo crees?”.
Yo sé, no es necesario que me lo digan. Que fantasma que soy. Sólo le seguí la corriente para salir del paso. Pero algo es verdad de lo que dije, lo bueno es que se encontraba bien y no había de que preocuparse.
Pasados doce minutos llegó la pizza. No es que los que entregan las pizzas en Montevideo sean los mejores que existen. La pizzería donde la pedí estaba a cinco cuadras de donde vivo, venden en cantidades así que tienen pizzas preparadas a montones a esa hora y además entregan en moto como siempre. Doce minutos fue sorprendente, pero no inexplicable. Lo que sí debo reconocer es que me encantaba pedir esa pizza porque era sabrosísima.
Nos deleitamos sin hablar mucho. Ambos estábamos hambrientos. Aunque, me parece, que el apetito de ella también me incluía a mí dentro de su dieta. Lo supuse cuando con el dedo índice se llevaba los hilos de queso que le colgaban a la porción escogida hacia su boca, introduciéndolos con todo y dedo y retirándolo suavemente mientras me pegaba la mirada. No hice más que sonrojarme y bajar la cabeza. Después de ese episodio recordé la última vez que ella había estado en mi apartamento, antes de salir a aquel baile en Azabache. Algo notorio era su apetito sexual para conmigo, si veía la oportunidad relanzaba sobre mí como perro de caza. Si recuerdan, Verónica, se transforma cuando de sexo se trata. Se desinhibe por completo y suele arrojarse sobre mí. Quería evitar sucesos de ese estilo, por lo que intenté bajarle calor al momento. Me hice como que no entendí sus indirectas y continué comiendo dándole importancia a mi apetito que pasó a ser el tema de conversación.
Me contó que sus hermanos, tres hombres y ninguna mujer, comían como bestias en épocas de hambruna. Siempre regresaban de jugar al fútbol, todo sudorosos, y se comían todo lo que encontraban en la heladera. Se tomaban todos los refrescos que encontraban y desabastecían la despensa. Por ello su madre había optado por esperarlos con refuerzos después de cada jornada futbolera para saciar el apetito sempiterno de sus hermanos, valga la redundancia siempre varones.
Discutida su versión masculina del hambre y distraída su atención de lo que podría excitarle dimos por concluida la no planificada cena para dos. Nos sentamos en el sofá de siempre y conversamos un par de cosas de actualidad mientras me daba valor para encararla. Hasta que lo hice, me costó pero finalmente empecé.
Fui directo y conciso. Comencé por decirle que me seguía pareciendo una linda chica y que ahora que había podido pasar más tiempo con ella y aprendido a conocerla mejor, me parecía una chica genial. Que en realidad los momentos que habíamos pasado juntos estos últimos días había logrado conocer sus cualidades. Me había sorprendido la forma en que habíamos congeniado. Que me gustaban muchas cosas de ellas… y me detuve. Me di cuenta que del modo en que venía encarándola parecía, mas bien, que le iba a proponer ser mi novia. Me hizo pensar. Incluso en esos segundos interminables de silencio llegué a preguntarme por qué ella no podía ser mi novia si me quería tanto.
Entonces, hice un cambio de último momento. Cambié la estrategia y le comencé a hablar de Julia y no de ella. Le mencioné los momentos que habíamos vivido juntos. Las cosas buenas y malas por las que habíamos pasado. Los instantes en que parecía que el mundo se podía acabar enseguida que nosotros ya habíamos logrado la felicidad. Le conté de cada gesto que llenaba mi alma y de cada palabra suya que alegraba mi corazón. Le comenté cada tiempo que había sido feliz con Julia y que las pequeñas cosas eran las más importantes. Como sobraban los detalles entre Julia y yo y como escaseaban los malos ratos. Eso me hizo regresar a mí y enfocarme en mi objetivo.
Verónica podía ser una opción muy tentadora en este momento para mí por lo bella y casi perfecta que se veía, pero la mujer más linda del universo en este instante y la que lograba mi perfección siempre fue y será Julia; y por ella, Verónica y yo estábamos reunidos aquí.
Verónica fue transformando su cara de ilusión cambiándola por la decepción. Una vez más me encontraba allí frente a ella, cortándole el rostro y diciéndole que no era ella por quién moría sino por Julia.
Entonces con los ojos llenos de lágrimas me reclamó: “¿Entonces por qué me llamaste hoy?, ¿Para decirme esto?”.
Mi mente pasó de una actitud pasiva, a una más activa, haciendo clic con sus preguntas. Le pregunté si ella había estado involucrada en algún plan para separarnos a Julia y a mí. Me lo negó en una primera y segunda instancia. Insistí pero persistía con que ella no tuvo nada que ver. La acusé de mentirosa, y ya dudando de sus afirmaciones al sospechar que sabía de lo que hablaba, volvió a negar mis acusaciones.
Llegado el momento le puse las pruebas sobre la mesa. De forma hipotética claro porque no tenía pruebas físicas para acusarla. Le comenté si unas fotos de ella y mías no le indicaban que sabía algo. Ella quedó en silencio.
“¿Quieres que continúe?”, le pregunté.
Continuó callada y bajó la cabeza. Se la levante del mentón con mi mano derecha lenta y suavemente. Y le re pregunté:
“¿Quieres que continúe o prefieres contármelo tú sola para que no saque mis propias conclusiones con respecto a ti?”.
Fui directo, conciso y contundente. Le hice entender que ella podía corregir la versión que yo tenía de ella. O podía dejarme pensar lo que quería. Ella decidía el como quería que la viese. Era un riesgo para mí debido a que la información que necesitaba pasaba por su decisión, entre brindármela o quedársela, pero debía correr el riesgo.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Preparaciones

Preferí no decirle nada en ese momento a Leticia que la había grabado. Se dice que los mejores estrategas no hacen alarde de sus ventajas sino mas bien muestran no ocultan sus desventajas. Ya que sus desventajas seguirán siendo desventajas y sus ventajas se vuelven un as bajo la manga.
Ni siquiera nos despedimos ella se quedó en la parada del autobús y yo seguí caminando. Igual, mucho no podía hacer ya esta noche. Entre que Verónica se sentía mal y Leticia se sentía satisfecha por haberme tratado de ese modo. Me había quedado sin nada que hacer. O quizá había algo…
Marqué el número de Verónica. Ella contestó su celular y me dejó claro que me respondía sólo porque era yo. Quedamos en vernos mañana. Ella no iría a trabajar pero podría ir a verme después de que yo salga del mismo. Suponía que después de más de un día de descanso pudiese estar más relajada. Había sufrido una especie de angustia causada por el estrés. Muy común en los últimos tiempos entre las personas responsables. A veces me gustaría vivir en una playa como aquellos parceros que recorren de playa en playa viviendo el día a día, sin preocupaciones, sin presiones. Free Style.
En fin, después de esa llamada me fui a dormir.

Al día siguiente desperté muy temprano. Como me acosté a es de las diez de la noche, a las seis y media se me había quitado el sueño definitivamente. Opté por levantarme en seguida. Hice un poco de ejercicio matutino como casi nunca solía hacerlo. No lo sé por qué, supongo que por ansiedad, mi cuerpo me lo pedía.
Luego de terminada la sesión tomé una ducha bien fría y estaba pronto para salir a la calle. Llegué temprano al trabajo, lo cual como yo deben tener claro, no suele suceder. Continué con mi trabajo de la tarde anterior. Busqué, indagué, pregunté, desempolvé, trajiné y finalmente encontré. Había ciertas cuentas que no cuadraban y ciertos registros que no concordaban. Corroboré y cotejé mi información con los libros de la empresa. Y salvo que estuviese cometiendo algún error de novato, algo no encajaba. Quise tener acceso al archivo para ver los perfiles de ciertos empleados y no me dieron acceso. Adivinen quién fue que me lo negó. Leticia.
Así es la vida. Los caminos siempre nos llevan por bifurcaciones extrañas. En este caso me devolvieron a donde había quedado anoche. En frente de Leticia. Pregunté el por qué de la negación en el ingreso y lo atribuyó a las estupideces que hablamos la noche anterior. Le pedí que no lo mezclara, sino iba a tener que solicitar el acceso a otras personas de mayor rango y no le iría bien. No quería hacer eso, en realidad sí, pero nunca fui malo por naturaleza y no quería causarle daño tampoco a ella.
Cuando le dije eso, me explicó que en realidad seguía órdenes de su jefe inmediato. El gil de Miguel, que indicaban que nadie podía entrar ahí sin su autorización. Le comenté que en realidad la labor que yo realizaba había sido encargada por la jefa de personal que estaba por encima de él. Pero no me hizo caso tampoco. Esta vez la excusa fue encausada por el lado de que como se habían perdido ciertos documentos Miguel había solicitado a la jefa de personal la restricción de cualquier persona a los archivos de la empresa. Comprendí la situación, pero no podía entender como esta orden de restricción podía abarcar a la propia jefa de personal. Al hacérselo notar me propuso, ya a regañadientes, que ella podía ayudarme en lo que necesitase, pero que el acceso no lo conseguiría y que si quería esperase a que Miguel llegue al día siguiente.
Como el trabajo no podía esperar me incliné por ir directamente con la jefa de personal a ver que estaba pasando. Vaya sorpresa me llevé al enterarme que ella nunca había dado dicha orden y que todo era un invento de Leticia o en el pero de los casos de Miguel. La jefa de personal con su sapiencia y experiencia en el manejo de trabajadores me sugirió aguardar al día siguiente ante mi desconsuelo. Vaya desdicha. La ansiedad nuevamente se hacía presa de mí, pero esta vez era mi eficacia lo que la reclamaba. Lo único bueno del asunto que pasó fue que la jefa de personal me pidió un informe por escrito sobre el análisis realizado y resultados obtenidos en mi investigación. Eso al menos ocupó el resto de la tarde.
Saliendo de allí fui directamente a mi casa a esperar a Verónica. Cuando llegué me puse una ropa más cómoda y limpia que la del trabajo y mi invitada no tardaría mucho en llegar. Tocó el timbre y se anunció por el intercomunicador. La hice pasar.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Por fin. Un cara a cara con Leticia

Antes de poder retirarme a casa, decepcionado por no ubicar a Verónica, lo cual ocasionaba un retraso en la búsqueda de mi objetivo más cercano, que era reconquistar a Julia, alguien me detuvo. Era Leticia.
Estaba saliendo justamente de trabajar, al igual que yo, y se animó a interceptarme. Me preguntó si me podía acompañar, y aunque si bien es cierto no me desagradaba su presencia, no era algo que me volviera loco tampoco. Acepté sin más remedio y con la idea de tratar de sacarle algo de información. Últimamente me había vuelto una especie de Sherlock Holmes moderno, buscando descifrar acertijos. O un a especie de lector de mentes al fiel estilo de Lord Voldemort.
Como sea. Nos apartamos de ahí. Los que estaban presentes no vieron extrañados retirarnos. Y estoy seguro que en la mente de ambos, teníamos presentes el hecho de cuidarnos en lo que decíamos, ya que por lo que nos conocíamos, con seguridad buscábamos cualquiera de dos cosas. O buscar mayor información o jactarnos de algo.
Ahora que lo pienso un poquito más, quizá Leticia y yo no funcionamos porque en el fondo éramos iguales. Calculadores y apasionados. A veces se recomienda para que las parejas funcionen que los caracteres de las unidades sean opuestos. Y como en la ley de magneto, los polos opuestos se atraen. Más bien en nuestro caso, al ser tan diferentes, nos llegamos a repeler. Pero después de tanto tiempo, ni ella, ni yo, podíamos engañarnos fingiendo cual actuación de primaria.
Como dije, la primera parte de la conversación fue simple cortesía y diplomacia. Parecíamos dos países vecinos arreglando temas limítrofes. Primero presentamos nuestras cartas diplomáticas, pero en el fondo sabíamos que nos esperaba la guerra. Y la batalla que me interesaba ganar en esta fecha, era la de saber que le había dicho a Verónica para que se sienta tan mal. Y aprovecho para confesar algo. Me dio tanta rabia que le suceda algo así a una persona tan simpática como Verónica. Que se sienta mal de un momento a otro cuando estaba tan alegre. Más, si es que tomamos en cuenta que quien le produjo eso fue alguien quien se dice su amiga y a que Verónica misma la considera, sino como la mejor, una de sus mejores amigas. No me considero un experto en Verónica, pero convengamos que ella muchas veces es un libro abierto.
Le pregunté en que parte de la empresa estaba trabajando y me explicó que si no la veía es porque estaba trabajando en la parte del archivo. Encerrada entre papeles, folios y recibos. Bajo un mar de polvo y muerta de calor porque para no ensuciarse la ropa usaban unos cobertores de plástico que incrementaban la sensación de calor en un lugar donde ni siquiera había una correcta ventilación. Como algunas empresas, a las que el ministerio de trabajo no controlaba concienzudamente, no juntaba en ciertas áreas los requerimientos mínimos para un trabajo que no atente contra la salud del trabajador. Hay que ser claros, esto pasa en toda parte del mundo, pero uno siempre se pregunta por qué debe pasarle a uno mismo y se queja de su condición. A Leticia le pasaba esto.
Esto explicaba porque no la había visto mucho últimamente. Pero me parecía extraño que a una persona con un currículum tan calificado le hayan escogido para arreglar el archivo. Era algo que debía preguntarle a la jefa de personal mañana cuando regrese al trabajo. Luego de hablar sobre esas condiciones, para ella, infrahumanas de trabajo, tocamos el tema Julia. Sólo atiné a mentirle. Le dije que Julia era un capítulo pasado en mi vida. Intenté bromear al mencionarle que era el mismo caso que con ella. Pero su reacción fue de incomodidad. Aunque más que incomodidad fue rabia. Sólo que trató de disimularlo. Estaba seguro de que Leticia no quería nada más conmigo como pareja, pero su obsesión hacia mí y el desplante que yo había significado en su vida, tenían sed de venganza. No le pregunté nada, pero de ahí debía partir su intervención en mi relación con Julia y lo que ahora tramaba con Verónica.
“No me parece gracioso”, me respondió seria. Luego cambió de expresión a una sonrisa y continuamos conversando.
El rumbo tomado había sido la parada más próxima, la que lógicamente debíamos tomar. Pero mientras hablábamos nos pasamos esa y dos paradas más inclusive. Y seguíamos de largo. La conversación era superflua, no hubo tópicos destacables. Sin embargo a ambos nos convenía continuar. Se pensó que sacaríamos chispas juntos, pero ahora, la zona de roce sólo se encontraba ligeramente más caliente.
Aproveché para obtener información cuando me preguntó que pasaba entre Verónica y yo. Le dije que prefería no decir nada. Sólo me cubría por cualquier cosa que le vaya a contar Leticia a Verónica. No quería comprometerme mucho en el tema de prometer cosas que luego no podría cumplir. Me refiero a que simplemente no quería ilusionar a Verónica prometiéndole o dándole a entender, directa o indirectamente, que me iba a quedar con ella. Si bien es cierto la usaba a mi conveniencia en mis planes por reconquistar a Julia, mi intención no era hacerle daño y menos ahora que la había conocido un poco mejor descubriendo lo maravillosa persona que es.
Insistió como tratando de sonsacarme entre juegos bobos donde me indicaba que me veía muy acaramelado con ella. Yo reía por dentro por la pobre actuación de Leticia. Que alguien me diga quien le Puede creer ese verso de que se interesa por ambos.
Al notar que no me podía sacar ninguna información entró en cólera tornándose obtusa en sus comentarios. Contradiciendo en cada cosa que le decía y provocándome como para sacarme algo por arrebato. Sin embargo, supe mantenerme tranquilo y lo único que sucedió es que Leticia cayó un frenesí insuperable.
De pura exacerbada que estaba me dijo que me olvidase de los buenos tratos con ella. Que cómo podía haberla comparado con Julia. Si con ella había pasado mucho más tiempo que con miss inocencia. Que la mosquita muerta de Julia se iba a enterar de que yo salía ahora con quien se decía su amiga. Que nos había tomado fotos con Verónica en la rambla mientras ella se recostaba a mí. Se rió como burlándose, tomó un respiro y continuó su perorata. Era un iluso si pensaba que Verónica me podía hacer caso, que sólo me estaba utilizando. Sólo seguía órdenes de ella. Y agregó que era un idiota por no haberme dado cuenta de que lo de Verónica era una simple pantomima. Volvió a reirse finalizando antes de irse por su cuenta diciéndome: “¡Qué iluso!, no cambias más cornudo”.
Y bueno ya estaba. Monstruo había soltado las garras. Y estaba demostrado que Verónica estaba con ellos, aunque me quedaba dudas de hasta donde. Pero lo importante eran dos cosas. Primero había logrado desenmascararla por completo y segundo había logrado grabar todo con mi MP3 sin que se diese cuenta. En verdad, ahora que lo pienso, qué útiles que son estos avances de tecnología.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Verónica, bajo la influencia de Leticia

En el almuerzo del día martes en la empresa las cosas seguían su rumbo. Yo destacando con mis mejores actuaciones desde que me habían contratado, al parecer la ausencia de sujetos indeseables potenciaban mi productividad. Verónica, indicándome con la mirada que se había vuelto a prendar de mí. Y cada uno en la empresa tomando el papel que debía tomar. Al parecer no había mucho por hacer en estos días. La jefa de personal nos venía buscando cosas para hacer y no quedar inactivos. El gil de Miguel había llamado para avisar que hasta el jueves no vendría a trabajar lo cual me llenaba de dicha y por tanto aún quedaba lo que restaba del día y mañana para gozar de su ausencia.
El almuerzo lo compartí nuevamente con Verónica. Charlamos de varias cosas de actualidad, desde las películas en cartelera, el nuestro estreno de la primera parte de la película de Harry Potter hasta las últimas jocosas declaraciones del presidente Mujica. Estuvo entretenido, a decir verdad, era divertido estar al lado de Verónica. No quiero endiosarla ni nada por el estilo pero esta chica sabía de todo un poco. Era una persona muy informada, lo cual lograba que las conversaciones con ella, si uno superaba esa primera fase superficial se vuelvan por demás interesantes.
En cierto momento de nuestro descanso entró al comedor Leticia. Llamó a un lado a Verónica para hablar y me saludó de pasada con sonrisa irónica como si no le importara mi presencia. ¡Qué descaro! En fin no me iba a preocupar de momento en alguien a quien no podía influenciar.
Verónica le hizo gestos como indicándole que si podían hablar luego ya que estaba conmigo, pero Leticia, la fulminó con un no rotundo en la mirada. Y le llamó nuevamente con cara de pocos amigos. Creo que no necesitaba repetirlo una vez más, ya que Verónica se levantó más rápido que inmediatamente de la silla y se dirigió hacia ella. Conversaron algunas cosas y se ve que a Verónica no le gustó mucho porque su faz empezaba a tornarse amarga o cansina. Ante la notoria insistencia de Leticia, Verónica, terminó aceptando a regañadientes algún planteamiento de su interlocutora. No sé qué puede ser exactamente aquello, pero debía averiguarlo.
Cuando regresó Verónica a mi lado, se mostró pálida y triste. Había dejado la alegría que tenía hacía unos minutos para volverse taciturna. Ella trataba de no demostrarlo pero era como si la desesperanza se le saliese por los poros inevitablemente. Le pregunté si estaba bien o si le sucedía algo, intenté sacarle algo preguntándole si le habían dado alguna mala noticia. Pero lo único que conseguí fue que me respondiese que “sí, pero era algo que tenía la esperanza vana de que no sucediese”. No dijo más. Se disculpó y se fue. Se disculpó varias veces en realidad.
Cuando me dejó sólo mi cerebro comenzó a trabajar a mil por hora para descifrar el enigma. Pero no se me ocurría nada. Sólo podía imaginarme que tenía relación conmigo por las reiteradas dispensas que había recibido, en tan poco tiempo, segundos atrás. Como este alejamiento no me servía para cumplir mis objetivos opté por invitarla nuevamente a salir y sino quería la obligaría. Bueno, eso es demasiado. Fue sólo una forma de decirlo.
Continué la tarde investigando unos documentos extraños que había guardados en una bóveda sucia y escondida que permanecía en el archivo. Me llené de polvo al desempolvar y descubrir su contenido. Había facturas, recibos y cuentas que no indicaban a que podía pertenecer. Contratos y hojas de vida de personas que no había visto nunca en la empresa. Quizá debía ser muy antiguo pensé. Pero quise ponerlo en orden confundiéndome cada vez más. Cuando le avisé a la jefa de personal de esos papeles, me pidió que le busque el origen de los mismos. Así que continué en la tarea, inmiscuyéndome más allá de lo habitual.
No llegué a terminar el encargo de la jefa, así que me dediqué a cerrar todo esperando continuar al día siguiente. Así lo hice. Tomé mis cosas. Me limpié un poco la ropa sucia de polvo y me dirigí a la puerta de la empresa a esperar a que Verónica salga. Pero nunca salió.
Cuando pregunté si alguien la había visto salir de la empresa, el sereno de la puerta me informó que se había retirado temprano. Según lo que el escuchó, me dijo, que al parecer Verónica se sintió mal y se fue a casa temprano a descansar. ¿Qué podría haber puesto así a Verónica? ¿O sería que le estaba huyendo a algo o alguien?

martes, 23 de noviembre de 2010

De película

La película escogida, por Verónica, fue Resident Evil 4. La fuimos a ver en tercera dimensión. Yo me esperaba escogiese algo más romántico. Que se yo, una de esas comedias románticas comerciales de Hollywood que abundan en el mercado cinematográfico. Pero no, que sorpresa me llevé al descubrir que esta nena prefería ver sangre corriendo por aquí y por allá. La película, un plomazo para quien nunca jugó aquel juego. Supongo que para los amantes de la saga o del juego de video debe haber sido impresionante el momento en que nos salpicó sangre en los lentes de tercera dimensión. Aunque la verdadera sorpresa me llevaría al descubrir que Verónica era fanática indiscutible de la película, todos los juegos, la misma actriz Milla Jokovich y todo lo que puede verse relacionado con este título.
Cuando salimos del cine, y fuimos a comer al patio de comidas del shopping un poco de comida mexicana, me atomizó contándome todos los entremeses necesarios como para involucrarme con la historia. Pero no hubo caso. No soy partidario de los filmes violentos con sangre explícita chorreando por diestra y siniestra. En fin luego de media hora se ve que desistió en su intento. Se debe haber dado cuenta porque casi me quedó dormido sobre el plato de nachos con salsa de guacamole.
Luego de cenar, decidimos ir a la rambla. La conversación había dado un giro total. De hablar de sangres y muertes, pasamos a conversar sobre nuestras vidas y nuestra adolescencia. Dialogamos acerca de los programas de televisión que veíamos, la música que escuchábamos, la ropa con que vestíamos, los juegos que nos divertían, entre otras cosas. La nostalgia nos invadió por completo.
Nos sentamos dándole la espalda al mar, recostados al murito de la rambla en la rambla del barrio de Punta Carretas. Mientras observábamos como pasaban los autos nuestra conversación se sumergía en nuestros gustos, pasatiempos y objetivos. En realidad fue una charla bastante amena y entretenida. A pesar del bodrio durante la cena, me abrí hacia los pensamientos y sueños de Verónica, quien me sorprendió más de la cuenta. A pesar de esa máscara de nenita boba que tenía, al parecer, se escondía una chica por demás interesante si te preocupabas por conocerla mejor. Como para redondearlo de alguna manera, podríamos decir que se trataba de una mujer muy interesante, linda y con algunas excentricidades propias de una mujer de su naturaleza.
Nos levantamos de ahí y fuimos a caminar camino al barrio de Pocitos. Al llegar a cierto punto del recorrido me di cuenta que pasamos frente a la casa de Leticia. Eso me trajo recuerdos variados. Amargos y lindos. Aunque los recuerdos lindos entre Leticia y yo suelen ser melancólicos por las experiencias posteriores. Me desperté del efímero letargo al sentir la cabeza de Verónica recostándose en mi hombro.
No me había dado cuenta que mientras avanzábamos, ella, había ido aproximándose mucho. Llegando a tocar con su cabeza, mi brazo. Me preguntó si no me molestaba y le respondí que no, que no había inconvenientes. Y no los había en realidad, según lo que yo pensaba, al fin y al cabo éramos sólo amigos.
Se aferró de mi brazo con sus manos para darse estabilidad y seguimos caminando así. La luna brillaba resplandeciente en el cielo estrellado. Las olas tranquilas del río de la Plata reventaban suavemente en la orilla y la brisa nos salpicaba en el rostro. El frío de la rambla empezaba a acrecentar. Hacía frío. Esta noche no quería preguntar nada sobre Coti. Ya lo hablaríamos en la siguiente cita. Digo cita, por llamarlo de alguna forma. Como lo veía yo, estaba persiguiendo mi objetivo.
Decidimos irnos de ahí puesto que no queríamos agarrarnos ningún resfriado. Ella aprovechó el frío para no despegarse de mí. Yo me compadecí un tanto de ella y la abracé para que se le pase un poco el frío. Le froté los brazos con las palmas de mis manos de manera que entre en calor con la fricción. Ella, por lo que pude ver, se sintió más que bien. Diría algo caliente.
Nos despedimos en la próxima parada con la firme intención de volver a vernos. Antes de subir al ómnibus estuvimos bromeando bobamente como lo hacen un par de enamorados. Ella haciendo gala de su histerismo y yo haciendo lo propio con mi sentido del humor. Cuando llegó el ómnibus, dudó en irse en ese o el siguiente pero al final subió y antes de que se cierren las puertas volvió la mirada para sonreírme y decirme “Gracias”.
Aquél gracias me rompió el alma en mil pedacitos. Pero como donde manda el corazón, no manda la cabeza; terminé por hacer de tripas, corazón y opté por largarme de ahí. Me fui caminando a casa, meditando por lo que venía haciendo. No era mi naturaleza jugar así con las personas, y menos con personas tan adorables como Verónica. Debía encontrar una solución para esto.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Comencemos con el plan

Después de que leyó la carta, Julia, me mandó un mensaje de texto al celular que decía: “Gracias, las flores muy lindas y tus frases pa mí mejor. Toy de acuerdo con tu plan. T amo tb. Demuestra q m amas. Bso”.
No saben cuanto me infló el alma ese mensaje. Era más bien, como si mi alma hubiese vuelto a adueñarse de mi cuerpo y ocupado su lugar. Como diría el grupo español ‘El Sueño de Morfeo’, ella se había vuelto una ‘Ocupa de mi Corazón’.
Cuando llegó el lunes no había nada que pudiese contra mis planes. Era un tanque dispuesto a llevarme puesto todo lo que tenía en frente. Me había convertido en el hombre de acero de esta época.
Salí lo más rápido de la cama que pude y fui a trabajar con todos los ánimos arriba. Ya dentro de mi horario laboral, hice todo lo que tenía que hacer lo mejor que pude. La eficacia me desbordaba este día.
Escucharon alguna vez que las adivinadores o las personas que leen el tarot siempre dicen una frase sobre que las estrellas hacen conjunción para que un día en especial sea mejor o peor que otros. Bueno, si yo creyera en eso, debería decir que hoy los astros estaban a mi favor. Todo me salía de maravilla aunque yo lo atribuyo a mis energías positivas. Para suerte extra mía el gil de Miguel se enfermó hoy y no fue a trabajar, por tanto no había nadie que me obstaculizara el ser feliz. Por cierto hablando de obstáculos a Leticia no la vi todo el día, no sé en que parte andaba trabajando.
Mi labor del día fue gratamente supervisada por la jefa de personal en persona, ya que lo que realicé le incumbía directamente a ella. Terminado el trabajo de mañana me dejó entender que ella había proyectado terminar el trabajo en dos días según las últimas experiencias con Miguel a cargo, pero que gracias a mi productividad del día de hoy lo habíamos podido terminar en sólo medio día. Pensé que no había hecho nada extraordinario. Un buen punto sobre el gil ese. Le hice saber que sólo hacía lo mejor que podía. Luego me pediría que de tarde le ayude a hacer otro tanto de cosas. Acepté complacido por el buen trato de la jefa de personal. Incluso sorprendido, puesto que siempre había pensado que era otro tipo de persona. Un poco más estúpida por decirlo de una manera ligera. Supongo que debe haber sido la imagen que nos trataba de dibujar Miguel para que pasemos primero por él cuando necesitábamos algo de ella.
Pero antes de pasar a la segunda etapa del trabajo debía almorzar. Y en este lapso de tiempo tenía programado hablar con Verónica. Esperé a que salga a comer primero y luego la seguí manteniendo una distancia prudente para que no notase mi presencia. Cuando vi que se sentó en una de las mesas vacías del comedor me apresuré a sentarme a su lado. Fue tan repentina mi aproximación a ella que casi la mato de un susto. Igual, si bien es cierto debía ser algo seductor, mi experiencia previa con ella me indicaba que no tenía que ser tan sutil. Quedé muy junto a ella. Rozando pierna con pierna. Ella hizo el amague de alejarse un poco, pero se quedé pensando y volvió a mirarme. Me la quedé mirando fijamente a los ojos. Me preguntó de qué se trataba mi acercamiento y le respondí con otra pregunta “¿Acaso no puedo?”.
Era claro, ahora, ella dudaba de mí. Pero porqué el cambio de actitud para conmigo. A mí me parecía que había gato encerrado en todo esto, pero no iba a descansar hasta descubrir que sucedía. Ella me respondió que podía almorzar con ella, pero que le extrañaba la proximidad. Me disculpé sin dejar de ser pícaro y le dije que no me había dado cuenta, lo cual era obvio era una mentira ya que de haber estado más cerca me hubiese sentado sobre ella. Ella se sonrió, tiernamente dicho sea de paso. Siempre dije de no haber sido por Julia, Verónica me podría haber interesado. Pero como no suelo hablar sobre supuestos prefiero no ahondar en el tema. El punto en este momento pasa por que la forma que venía utilizando para acercármele venía dando resultado. Aunque es muy temprano para cantar victoria a decir verdad. Entonces me separé ligeramente de Verónica pero continué mirándola con la mejor cara de tipo seductor pero bueno. Es decir sin llegar a ser el casanovas, papel que no me caía, ni me gustó interpretar nunca.
Me preguntó como andaba Julia como tratando se sacarme algo y le respondí que no la había visto desde el incidente. Me dijo que le costaba el hecho de no tenerla cerca en el almuerzo, a lo que agregué que era algo a lo que me podía acostumbrar, finalmente aún estábamos los dos para almorzar juntos. En eso entró Leticia al comedor y se sorprendió por vernos ahí, pero no logró disimular son sonrisa retorcida de cuando consigue algún objetivo. Yo la logré conocer y estoy seguro de que planea algo. Ahora donde está metida durante la jornada laboral no logro entender. No me la encuentro nunca.
Continué mi conversación con Verónica haciendo como si no la hubiese sentido entrar. Verónica de hecho estaba tan entretenida conmigo tampoco se dio cuenta de la presencia de Leticia. Me comenzó a contar cosas sobre ella. Que había hecho en fin de semana. Que le encantaba la naturaleza y con el día hermoso que tuvimos aprovechó para salir al parque y disfrutar la lectura bajo la sombra de un árbol. Unos cuentos de Mario Benedetti habían sido su compañera de tarde. Y ya de noche había ido a tomar unos tragos con unos primos a un bar por su barrio, regresando temprano a casa. Había sido, principalmente, un fin de semana de relax, lejos del alboroto de los amigos. Esto me caía justo al pelo. Pues que mejor que una continuación al mismo estilo de lo que había sido de fin de semana.
La invité de noche a ir al cine a ver una película. Era necesario apartarle de ese hábitat. Y ella aceptó según mi conveniencia sin poner resistencia ninguna. Que voluble podía ser Verónica en realidad. Entonces luego de acordar ir al cine, de noche nos encontraríamos en el Punta Carretas Shopping en la puerta principal a las nueve en punto.
Terminado el almuerzo nos despedimos con un lento y tierno beso en la mejilla. Me quedó mirando entusiasmada y se despidió cinco veces antes de dejar el comedor. Una vez que se fue, sonreí para mis adentros sin olvidar que Leticia, disimuladamente, me clavaba la mirada a mis espaldas. Salí de ahí sin dirigirle la mirada y me puse nuevamente a las órdenes de la jefa de personal. Lo que siguió fue otra tarde productiva de trabajo en el que destaqué ante los ojos de la jefa de personal.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La carta

Hola amor mío:

Espero andes bien y mejor. En primer lugar discúlpame el escándalo de la otra noche, pero me parece que era necesario para que me prestaras atención. Hoy debido a toda la lluvia que me comí ando medio resfriado pero no es nada que una buena bebida caliente no pueda curar. No te vayas a preocupar, te conozco, no es nada grave. Además, te voy a decir algo, por ti yo me agarraría todas las pestes del mundo con tal de que no te pase nada malo a ti.
Ahora que estás leyendo esto ya debes haber recibido las flores. Espero que te hayan gustado. Y aunque no las compré aún. Supongo que a tu lado se deben ver más hermosas aún. Jejejeje. Que zalamero ¿no? Lo que pasa es que soy un bobo enamorado princesita. Yo sé, yo sé que soy un bobo. Pero es que tú me dejas en este estado. Sólo espero que cuando vivamos juntos y pase todo el tiempo contigo no me dejes tarado permanentemente. =D
Te cuento algo. Te extraño horrores. Extraño besarte y abrazarte. Extraño tenerte a mi lado, en mi cama, y ya quiero que llegue la hora en donde quede demostrado que no tuve nada que ver con lo que esa chica hizo. El tema es que mientras más lo pienso, menos forma tengo de demostrarlo. La única manera que veo posible es que esa chica te lo diga personalmente y confiese lo que hizo. ¿Cómo lo voy a hacer? No tengo ni la más pálida idea por ahora. Pero ya me ocurrirá algo amor.
Por ahora tengo sólo un plan y te voy a contar cual es para que no confundas luego lo que haré con lo que se puede interpretar. Voy a utilizar a Verónica en mis planes. Y antes de que pongas mala cara, arrugues estas hojas y las tires a la basura, déjame decirte que Verónica, no es más amiga nuestra. Ella, no sé por qué razón, supongo que sea Leticia, se ha puesto del lado de ellos. Por cierto Leticia es mi ex, no sé si ya te diste cuenta. Sé que no te lo dije antes y debí hacerlo pero me pareció que no valía la pena. Total ya no quiero nada con ella y me parece que lo que ella quiere es vengarse de mí por los desplantes que se ganó. Es cierto, debí decírtelo para protegerte en su momento, pero las cosas ya están hechas y sucedieron así. De haberlo imaginado antes, hubiese sido otra mi actitud.
No sé si te convence mucho mi idea pero con esto voy a matar a dos pájaros de un tiro. Encontraré la ubicación de Coti (la chica de Tres Perros) a través de Verónica y luego voy a dejarle muy en claro a Verónica que entre ella y yo nunca pasará nada.
Lo que voy a hacer es seducir indirectamente a Verónica. Que ella con esa precoz imaginación crea que tiene esperanzas conmigo y se me pegue. Le sacaré toda la información necesaria. A mi también me da un poquito de pena porque en el fondo ella es buena persona. Pero cada quién debe hacerse cargo de las decisiones que toma en la vida. Cuando logre llegar a mi objetivo, que es Coti, le aclararé que no hay nada entre nosotros. Espero todo salga bien. No sé como voy a empezar pero supongo que ellos van a usar esto para usarlo en contra nuestra. Pero como tú ya lo sabes por adelantado espero no les creas nada de lo que te vendrán a decir luego.
Me parece que confías en mí y por eso te lo digo directamente. Y por si no quedó claro te lo digo. No llegaré ni a besar a Verónica. Por si tenías duda. Antes diré toda la verdad. Mis labios sólo deben permanecerte a ti. Salvo que venga alguna otra loca de mierda a querer robarme un beso. ¡Que cosa con esto!
Bueno princesita te dejo un beso enorme y espero me estés extrañando como yo a ti porque eso significará que nuestro reencuentro será inigualable. Te amo princesita.

Domingo de rosas

Me levanté temprano el domingo, era otro día y tenía otras ambiciones. Quizá podría decir que tenía otros estímulos para estar feliz. Por tanto podía pensar mejor. Por ende el cerebro carburaba nuevas ideas. Nuevos pensamiento y todos avocados a reconquistar a Julia.
Desperté con una idea fija. Para poder encontrar a Coti había dicho que debía enfrentar a Leticia y al gil de Miguel. La razón no era otra que hacer que Coti confiese delante de Julia lo que supuestamente había hecho. Como realizar eso, ni idea, ya me las arreglaría en ese momento. El único inconveniente es como llegar hasta ella, porque hasta ahora mis intentos por ubicarla habían sido todos nulos.
Entonces razoné. Quizá no era necesario ir directamente a tomar al toro por las astas. Como en el toreo, el torero no le clava la espada al toro al principio de la faena, sino que primero lo va desgastando hasta debilitarlo. Y cuando no le quedan muchas fuerzas le da la estocada final, llevándose de premio cola y rabo dependiendo del criterio del público.
Mi misión más próxima, entonces era debilitar al toro. Debía empezar por la parte externa. La parte más débil. Verónica. Así es, lo que empezaría a hacer desde el lunes cuando llegue al trabajo sería indisponer a Verónica contra ese par de idiotas y volverla nuevamente hacia mi lado. Ya tenía todo planeado. Pero para ello debería pedirle permiso a Julia. ¿Cómo hacerlo? Pues no creo que le agrade mucho que utilice a su supuesta amiga. Debería explicarle primero que Verónica estaba del lado de ellos y no más del nuestro, pero debía ser delicado al realizarlo.
Opté por una fórmula que casi nunca falla. Salí de la casa después de tomar un corto pero nutritivo desayuno. Ya en la calle me calcé los lentes de sol porque el sol en esta época del año ya empezaba a quemar la piel e incomodar en las pupilas. Me puse los audífonos y conecté la radio de mi celular. Sintonicé radio Futura, pues no quería sumergirme en el lado comercial de la música. Opté por nutrirme, en esta ocasión, de una cierta dosis de canciones con sentido. Y no es que tenga algo especial contra la música comercial, porque hay veces que me caen idóneas, sólo era el momento.
Continué mi camino con destino a la florería que había a dos cuadras de mi casa. No quise enviarle rosas aunque con ella ya me habían dado buen resultado. Quería variar y encontré unos girasoles que, la verdad, se veían muy hermosos. Encargué media docena de ellos para ser entregado en casa de Silvana, la tía de Julia. Los ataron formando un ramo bastante lindo. Le agregaron algunas nubes para otorgarle densidad al ramo y lo adornaron con una lámina plastificada muy delicada. Un lazo a un tercio de altura para darle un toque de distinción. Todo dentro de una caja de cartón con el logotipo de la florería. No era cualquier ramo. Estaba muy bien hecho. Pagué lo que tenía que pagar y antes de irme le di al muchacho que me atendió un sobre con una carta dentro. Me miró con cara de “eres un idiotita enamorado” pero no me hizo ningún comentario.
Esa carta la había escrito con mi puño y letra y con anticipación antes de salir de casa. En ella le explicaba a Julia lo que iba a realizar con respecto a Verónica y por qué lo hacía.

viernes, 19 de noviembre de 2010

¿En que locura me metí?

Habiéndose dicho todo lo que debía decirse cada quién se fue por su lado. Incluidos Julia y yo. Ella entró en casa de su tía. Y yo salí de ahí en al auto de la policía. Pero no se asusten. Esta vez, ellos, se ofrecieron a llevarme a casa. No hubo más demostraciones de amor por parte de Julia, ni siquiera una caricia u otro beso en la mejilla. Había dejado claro que debía probarle lo que le había dicho para ser reconsiderado. Lo único malo es que no sabía como hacerlo.
Me había metido en un gran lío y eso no significa que no quisiera estar metido allí. Pues era la única forma de seguir luchando por reconquistar a Julia. Pero pensé que me sería un poco más fácil. No importa igual. Lo que es difícil de obtener es lo que más se aprecia y valora. En ese contexto decidí continuar.
Llegó el sábado y no se me ocurría la forma de demostrarle a Julia que todo había sido planeado. Estaba convencido que Leticia y el gil de Miguel no iban a confesar lo perpetrado. Eso estaba claro. La otra forma era hallar a Coti y convencerla de que le cuente todo a Julia. Pero, entonces una duda entró en mí. ¿Y si en realidad Coti no había sido contactada por este par de compinches? ¿Y si en realidad lo había hecho por su propia voluntad? Yo estaba asumiendo todo en realidad. Eso me dejaba mucho más entreverado. La clave aquí era Coti. Debía encontrarla, por lo que debería empezar a buscar. Pero por dónde comenzar a hacerlo. Esa era la interrogante.
No se me ocurrió mejor idea que comenzar por Tres Perros. El lugar donde se había originado el lío. Era probable que apareciera por ahí. Por mensaje de texto le comuniqué a Julia lo que tenía pensado hacer para evitar más confusiones; y no piense, que mientras a ella le digo que voy a reconquistarla, ella crea que me voy a divertirme a los boliches. Sólo recibí una escueta conformidad por parte de ella y un deseo de suerte. La notaba seca en sus respuestas, pero era previsible la situación. Al menos ahora ya me respondía.
Entonces esa noche de sábado a eso de la medianoche caí por Tres Perros. Tuve suerte que me dejaran entrar en el boliche en realidad, Los guardias de seguridad me hicieron prometerles que no iba a ser escándalo adentro y me advirtieron que si volvía a pasar lo de la otra noche me iban a sacar a patadas de allí. Fueron demasiado explícitos en sus expresiones y en verdad prefiero no reproducirlas. Como no tenía pensado armar disturbios ingresé tranquilo, no sin antes explicarles que era lo que buscaba. A coti. Ellos me miraron con cara de hijo de puta ventajero. Pero en realidad, a estos seres machistas les gustaron mis intenciones y hasta me desearon suerte en mi búsqueda ya que les parecía una chica más hermosa que la llorona de la otra noche. Al parecer Coti iba de vez en cuando a ese boliche, o mejor dicho solía ir continuamente hace algún tiempo. Pero últimamente se había alejado bastante y de hecho la última vez en que estuvo conmigo sorprendió con su visita después de dos meses. Esto no me alentó mucho pero igual entré quizá podía encontrar alguna pista de su paradero, el cual los guardias de seguridad no conocían.
Adentro, después de todo, no encontré tampoco mayor información sobre esta chica. Y miren que pregunté. Averigüé con los chicos de las barras. Con los mozos que estaban por irse. Incluso con alguna gente que reconocí de aquella noche. Pero nada, nadie me sabía dar razón de ella. Era como si la tierra se hubiese comido a Coti y a mis esperanzas de reconquistar a Julia con ella.
No tuve más escapatoria. Debía enfrentar directamente a los secuaces. El lunes debería ser el día. Mientras tanto, mañana domingo no podía desperdiciarlo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

“Ahora pruébamelo”

No sé que me pasó. Lo único que puedo recordar es que al abrir los ojos me encontraba tirando en el piso y con la lluvia cayéndome directamente en el rostro. Había gente a mi alrededor y me sentía confundido. Entre estas personas, Julia, que era para mí la más importante, se encontraba colada con cara de preocupación mientras yo trataba de descubrir que me había sucedido. Pero no podía ser tan grave debido a que veía a mucha gente conocida allí, y salvo que haya ocurrido una muerte colectiva y todos ahí seamos almas en pena, entonces debió sucederme algo leve. ¿Pero qué?
Después de que el policía del que me venía escapando se resbalase en el lodo. Yo pude decirle algunas cosas a Julia. Pero mientras yo me despachaba con el discurso este policía se recuperó y se abalanzó sobre mí aprovechando que me encontraba distraído. O mejor dicho, concentrado en mis asuntos. Hay que decir que era un policía novato sino no hubiese tenido oportunidad. Pero esos ímpetus por demostrarle a su superior que podía hacer bien las cosas le hizo insistir en atraparme a como de lugar. Y como de lugar, significó que se me abalance encima. Caí al piso por el empujón y golpeé mi cabeza contra el piso, perdiendo el conocimiento por unos segundos.
Quedé desparramado en el piso por decirlo de alguna manera. El policía que me tiró al piso se asustó por mi desvanecimiento y pensó lo peor. Me acomodó rápidamente boca arriba y revisó mis signos vitales. Seguía vivo por lo menos para sus propios intereses. Mi desmayo no fue prolongado porque a falta de un buen baldazo de agua para despertarme, la intensa lluvia hizo lo suyo para lograr que volviese en sí.
En el lapso que estuve inconciente se acercaron. Julia y la familia completa de su tía. Julia bajó corriendo tal como estaba vestida por lo que se encontraba también empapada por la lluvia. Pero su familia que demoró un poco más en llegar hasta el lugar por Andreita, a quien querían proteger de la lluvia. Estaban todos ellos con paraguas. Además se encontraba el novato policía, acompañado ya por el otro policía que se había quedado en el auto al principio. Este policía no era otro que mi amigo de la carceleta de hace unos días atrás. Pero miren que coincidencia. Incluso algún otro vecino protegido por el paraguas y que había estado atento al acontecimiento que se suscitaba apareció entre la aglomeración improvisada.
Cuando abrí los ojos y vi al novato policía con cara de preocupación a mi lado, como dije, quedé sorprendido por unos segundos. Al despabilarme un tanto más me vino un repentino e intenso dolor de cabeza de seguro en el mismo lugar que me había golpeado. Me tomé la cabeza con las manos como para calmar el dolor. Je, como si eso hubiese funcionado alguna vez.
Lo que me hizo sentir un poco mejor fue un desprendimiento en el grupo de gente. Como el dolor me había hecho apretar un poco los ojos y nublarme la vista, al despejarse la instantánea ceguera, logré observar como Julia se acercó reaccionando a mi reacción.
Se inclinó hacia donde estaba y me preguntó si me sentía bien. Se le notaba preocupada por mí y no tan alterada por lo ocurrido entre nosotros. Le hice saber que si bien me dolía la cabeza, no veía mucha gravedad en el asunto. Ella se encargó de explicarme los hechos mientras el policía con cara de culpable se hizo un poco hacia atrás dejándonos más solos.
Julia, me ayudó a ponerme de pie lo cual hice con cierta dificultad. Una vez reincorporado me apoyé sobre ella con la excusa de que me balanceaba, pero en realidad estaba sintiendo su piel una vez más aunque sea por un ratito. No se crean que soy un depravado. Pero ¿no han notado que cuando extrañan mucho a alguien el sólo hecho de abrazar hace la diferencia? Bueno eso me pasaba a mí. Hace días que no la tenía cerca y ahora que podía no iba a desperdiciar la oportunidad de acercarme a ella, sentir su aroma, su piel y su imponente presencia.
De todos modos la sentí armada de valor y con una coraza que cubría su alma que no había sentido nunca. Ni siquiera el día que la conocí. Se lo hice saber y me explicó por qué sentía eso.
“Me han dañado mucho en toda mi vida y tú más que nadie lo sabe. Confié en ti y te abrí mi corazón desde un primer momento porque me pareciste, y no sé por qué, el príncipe azul que venía a rescatarme. Por eso no te puse barreras nunca. Ahora me traicionaste y me lastimaste más de lo que hizo cualquier otro. Te odio por eso”.
“¿Y por qué estás aquí conmigo?”, le pregunté tratando de vencer su razonamiento.
“Porque te amé muchísimo. Yo también veía un futuro juntos entre nosotros. Para siempre. Y el amor no se va de un día para otro. No confundas el hecho que esté aquí a tu lado preocupada por lo que te pasó al venir a verme, con amor”, me aclaró totalmente.
“Entonces…”, me quedé pensado y no pudo salir peor pachotada que la que dije, “Aún me amas”.
Lo dije tan sonriente y emocionado pero nada importó y no me vean como un idiota ahora. Después de todo el discurso moral que me había dado, confesándome cosas tan importantes, lo único que se me quedado en la retentiva, para repetir bobamente, fue que aún me amaba. Voy a ser sincero, era lo más importante que había escuchado de todo lo que me dijo y no significa que lo demás no fuese importante. Lo era, pero el hecho de que aún me ame, significaba que mi lucha por reconquistarla no iba por mal camino y no era tan alocada como podría pensarse. Claro que no tuve tiempo de explicárselo a Julia, quién en ese momento si me vio como un idiota. Nunca había visto tanta rabia contenida en sus ojos. Supongo que explotó y me propinó tal golpe en la cara. Cerró el puño derecho al mejor estilo de Mike Tyson y me lo fue a clavar en el rostro haciendo que vuelva a perder el equilibrio. Sino era porque atrás estuvo mi amigo policía para sostenerme, de seguro hubiese vuelto a suelo sin problemas. Que buena derecha y que mal destino para la misma. Una vez asestado el golpe, entró nuevamente a la casa dejando a todos estupefactos, incluido a mí.
Afuera todos quedaron esperando una reacción de mi parte que nunca llegó. Julia ingresó en su casa y poco a poco uno a uno, él público presente se fue retirando. Quedamos en escena sólo los policías y yo. El policía novato me pidió disculpas y se retiró al auto. Yo cabizbajo me sentí derrotado por unos instantes. Trataba de pensar que decirle a Julia, como afrontarla ahora, pero no se me ocurría nada. ni que decir que había decepcionado a los improvisados espectadores que se habían concentrado.
“No bajes la mirada hijo, hiciste un buen trabajo”, me habló paternalmente el policía, “No te voy a decir que debes hacer, pero si te puedo aconsejar algo. Nunca dejes de luchas por lo que crees que es correcto. Así el mundo entero esté en tu contra”.
Me guiñó el ojo y se retiró también finalmente. Mientras el caminaba, contemplaba como se iba. Al bajar la cabeza tratando de pensar lo que me había dicho me di cuenta que mi amigo el policía había dejado s megáfono a mi lado. Hice el amague de llamarlo para devolvérselo pero pensé que era muy raro que lo hubiese sacado del auto en esa ocasión. Entonces, una idea vino a mi mente.
Tomé el megáfono en mis manos, lo encendí, mientras sentía que la lluvia calmaba tornándose una leve llovizna y dije lo que tenía que decir:
“Puedo ser el tipo más idiota del mundo Julia”.
Hice una pausa porque enseguida la gente que aún no había terminado de irse, volvió sobre sí. Los que ya habían entrado a sus casas salieron por las ventanas nuevamente. Las luces de las casas se encendieron. En la casa de Julia también salieron todos. Menos ella claro. Incluso mi amigo el policía volteó al escucharme con el megáfono. Lo miré y asintiendo con la cabeza me dio su aprobación para seguir.
Dirigiendo mi mirada a esa misma casa donde se encontraba el amor de mi vida continué: “Pero este idiota te ama a ti y te quiere para siempre en su vida”.
Entonces Julia apareció nuevamente por la ventana y ya de nuevo empezaba a notarse la aglomeración de gente fuera de la casa de la tía Silvana.
“¿Por qué debo creerte esta vez?, dime”, me reclamó Julia.
“Porque si me llegaste a conocer un poco al menos, sabes que lo único que quiero para ti es que seas feliz”, le respondí seguro de lo que decía.
El murmullo de la gente se hacía sentir y había reemplazado al ruido de la lluvia. Al responder esto último la gente soltó un “ohhhh…” tierno y algunos comentarios que por lo que lograba distinguir por sus rostros deberían ser favorables a mí. Que locura la mía exponer ante desconocidos mi vida, mi suerte y la sentencia de mi destino.
“Júrame que no me vas a volver a lastimar”, imploró con el apoyo detrás de ella de la gente ahí presente.
“Te lo juro, te lo prometo y te doy mi palabra”, respondí recibiendo el aplauso de toda la concurrencia.
Julia aprovechó para bajar de su habitación y salir al exterior donde yo me encontraba. Le hicieron paso para que avance la gente que me rodeaba llegando hasta mí. Me tomó del rostro me dio un beso en la mejilla diciéndome delante de todo el mundo: “Sólo tu me haces abrir las puertas del corazón. Te doy esta última oportunidad. No la desaproveches porque ten por seguro de que no habrán más”, la gente volvió a aplaudir entusiasmada.
“¿Entonces aún me amas?”, volví a preguntar bromeando esta vez y con cara de pícaro.
La gente sorprendida esperaba otro derechazo directo al rostro. Pero esta vez Julia lo entendió y sonriendo me respondió: “Sí, ahora pruébamelo”.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Disturbios en el vecindario

Julia se detuvo y no cerró la ventana. Pero continuó sin decirme nada. Era como si necesitase que se me acuse de algo para poder defenderme. Supongo que debe ser la costumbre de los últimos días en donde todo el mundo me acusó de algo y yo tuve que fabricar mis propias defensas. En el caso de Julia ella seguía en blanco sin hablar una sola palabra. Así que debería empezar yo.
“Te amo”, le grité desde abajo en la calle.
“No lo haces”, me respondió enfadada y con desesperación. Parecía una niña chica que no pretendía escuchar razones.
“Sí lo hago mi princesa”, continué.
“No soy nada tuya”, me interrumpió.
“Sí eres”, insistí, “eres el único elemento que preciso para ser feliz. Eres la razón por la que me he levantado todas las últimas mañanas. Eres el motor que me hace funcionar y eres la alegría que invade mi corazón cada vez que te veo”.
“Veo que me lo demuestras a mí y a otras”, me contestó.
“No te das cuenta que todo fue una trampa que me tendieron”, expliqué.
“No es excusa, Diego, y por favor vete. No quiero escándalos en el barrio. Déjame sola y sigue tu camino solo”
Eso me cayó como una flecha directa al corazón.
“Ya no puedo. Cada día me levanto con la ilusión de verte en algún momento del día, saludarte, besarte, abrazarte y acariciarte… y cada vez que me levanto contigo a mi lado, siento que tengo todo lo que necesito en el mundo para ser feliz. Ya no puedo vivir sin ti”.
“No te creo”, me dijo.
“Deberías hacerlo porque es la pura verdad”, exclamé.
Entonces me hizo la pregunta que aclararía todo: “¿y por qué la besaste entonces?”
“¿A quién?”, pregunté sorprendido.
“A esa chica fuera de Tres Perros aquella noche”, señaló.
“Yo no lo hice”, me defendí.
“Te vi Diego, no lo niegues”, me acusó.
Entonces entendí. Julia estaba dolida por lo que había visto al creer que yo había besado a Coti. Incluso sabiendo eso, se sentía dolida y decepcionada pero me seguía dando la oportunidad de hablar con ella. Eso significaba que aún estaba enamorada de mí. Pero entiendo a las mujeres en ese sentido y yo haría lo mismo. Si me traicionan, no podría volver a confiar plenamente en mi pareja, por ende, al ser tan importante la confianza en una relación, no podría continuar. Sería como construir un edificio en bases endebles. Así que debía actuar con cautela.
Sin embargo, cautela, parecía no haber llegado por estos rumbos. Al parecer a algún vecino no le pareció correcta nuestra demostración pública de amor o tal vez los gritos le parecieron innecesarios y perturbadores de la paz de dicho sereno barrio. Lo noté cuando llegó la policía a convencernos para que mantengamos la calma o mejor dicho para coaccionarnos para devolverle la calma al lugar. Es impresionante la rapidez de con la que llegan los policías cuando hay disturbios menores y se tardan cuando en realidad se necesitan.
Antes de que la policía se detuviese logré decirle a Julia que en realidad era Coti quien me había tomado por sorpresa al besarme. Que yo no le había dado pie para nada de eso y que no sé por qué esta chica lo había hecho ya que yo le regí toda la noche y no la había visto en mi vida. “Parecía que le hubiesen pagado para hacerlo, lo juro”.
Entonces mientras hablaba con Julia sobre esa noche reaccioné. Caí en que esa podía ser una hipótesis valedera, pero no tenía pruebas para sostenerlo. Ella no lo podía creer. Las excusas que le venía dando eran como sacadas de una novela y la verdad, después pensándolo fríamente, tenía toda la razón. Pero a veces el mundo y su gente nos sorprenden en demasía.
Un oficial de los que había llegado en el auto policial se me acercó, el otro esperó en el auto. Me preguntó si yo era el que estaba haciendo escándalo en la calle. Le dije que no era ningún escándalo, que estaba hablando con mi novia. Se dirigió a Julia a preguntarle si yo lo era y ella respondió que lo había sido, pero que ahora prefería que me vaya. El policía al escuchar esto entendió completamente que estaba molestando allí y que era yo a quién se refería el vecino que los llamó. Me invitó a irme de ahí por mis propios medios, indicándome además, que no tenía ganas de volver a verme por la zona. Le aclaré que no tenía por qué echarme de ahí. Que no era ningún delincuente y que no había razón alguna para irme. Mientras tanto la lluvia no se detuvo en ningún momento por lo que el policía se estaba mojando junto conmigo. Eso y mi respuesta deben haberle hecho perder la paciencia pues me tomó del brazo con la idea de sacarme de allí. No se lo permití y me solté. Le reclamé que no tenía ningún derecho a sacarme de allí. Y digo después de todo este es aún un país libre. El policía insistió nuevamente tratando de agarrarme pero no me dejé. Llegamos a forcejear en algún momento. La vereda estaba gelatinosa y más aún con el barro de los jardines que había empezado a brotar de su lugar debido a los movimientos que realizábamos. Me detuve y le dije. Sólo quiero decirle algo más y me voy. Tampoco quería meterme en más problemas con la policía. Pero el agente de la ley no aceptó mi propuesta y me señaló que me iba de una vez. Continuamos jugando a los policías y ladrones, el tratando de sujetarme y yo tratando de no quedar sujeto. En un momento por tratar de trabarme el policía terminó acostado encima del jardín del vecino tras resbalar con la vereda mojada y sucia. Mientras sacudía su uniforme sucio y se levantaba del suelo aproveché para decirle a Julia lo que quería decirle.
“Julia, yo te amo y nunca dejé de amarte, no te traicionaría por nada del mundo. No lo he hecho y nunca pienso hacerlo y de ello estoy cien por ciento seguro. Se que tu me amas como yo a ti. Si no fuese por eso no estaría aquí”.
En ese momento descubrí que era mi momento para inducirla por el amor. Aquello que implícitamente me habían dejado como enseñanza su padre y su tío. Eso en donde ellos al saber que era lo que les convenían a sus mujeres optaban por señalarles el camino. Sabía que era mi hora y que debía hacer.
“Nuestro destino es estar juntos y quiero estar a tu lado. No ahora, no un tiempito más, sino para siempre”.
Julia me miraba desde su ventana con una cambiante expresión. Mis palabras al parecer iban tomando efecto así que continué.
“Sí, Julia, como lo escuchas. Quiero quedarme contigo para toda la vida. Y sólo tú sabes que cada palabra que siempre te dije fue verdad. No te quiero pedir matrimonio ahora pero hay algo que puedo sentir, y es que tú y yo viviremos juntos de por vida. Si no es así, prefiero morir ahora”.
Sólo sentí un golpe y todo se tornó oscuridad.

Danzando bajo la lluvia

…tres, dos, uno y ahora sí a tocar el timbre. No pude, que nervios sentí. Me armé de valor de nuevo. Esta vez sólo conté hasta tres. Uno, dos tres y nuevamente no lo toqué. Me retiré un poco de la puerta y pensé que diferente podría ser la vida de Julia si siempre se quedara aquí en esta casa. En realidad su verdadera casa, la de sus padres, es una casa de locos. Resulta casi imposible vivir ahí y no dejo de pensar que Julia debe ser una mártir en tiempos modernos.
Tres, dos y esta vez toqué el timbre de una vez por todas. Atendió el llamado el tío peruano de Julia. Cuando abrió la puerta allí estaba yo del otro lado, sin poder pronunciar una palabra. Apenas, y justo a tiempo de que el tío creyera que era un tarado, pude balbucear un “se encuentra Julia” en voz muy baja.
Felizmente este gran señor era un hombre muy perceptivo y captó enseguida la situación. No dejó que diga nada más. Levantó un poco la voz sólo para decir: “Silvana, amor, buscan a Julia, es Diego”.
Hubiese preferido que no diga mi nombre. De ese modo la hubiese tomado por sorpresa. Pero si bien había dicho, que era un gran señor, también dije que era muy perceptivo. Él sabía que debía anunciarme para no tomar a nadie por sorpresa. Finalmente, no estaba en mi contra, pero tampoco a mi favor. Sólo era un chico al que había caído bien con anterioridad y que pensaba tenía buenas intenciones. Este tipo era un hombre inteligente y tolerante, una combinación muy escasa de encontrar por estos tiempos.
Cerró la puerta, pero se quedó de la parte de afuera. No me hizo entrar, pero no me dejó solo. Me vio todo mojado y como para distender el momento, me preguntó si acababa de tomar una ducha. Eso me hizo sonreír. El tipo sabía que estaba nervioso hasta el tuétano y aún así se burlaba de mí. Respondí sólo con una sonrisa cómplice. No sabía que decirle, debido a que nunca habíamos tenido una conversación continua por más de dos minutos y menos a solas.
“Te haría pasar para que te seques”, me dijo sacaba la mano fuera del techito de la entrada para verificar que tanto llovía, “pero sabes como es la situación”.
Que interesante. En menos de un día estaba recibiendo la experiencia de dos hombres con distinta suerte en la vida. Con diferentes estilos de vida, diferente procedencia y diferentes objetivos. Pero ambos coincidían en algo que yo noté con mucho esfuerzo. Ambos le daban espacio a sus mujeres. A las mujeres de su vida y con ellos no me refería justamente a sus esposas, sino que también a su hija o sobrina, refiriéndome exactamente a Julia. Pero llegado el momento, tomaban parte de sus decisiones induciéndolas de alguna manera. Interviniendo por su bienestar. Yo quería emular a esos hombres. Lo más probable es que Julia no quiera verme y que sea su decisión irrevocable, más moriré ahí hasta disparar la última munición como los hombres de guerra.
“Entiendo”, le conteste cómplice tácito de lo que me decía.
Estuvimos unos segundos sin conversar nada allí afuera. Él seguía examinando la intensidad de la lluvia. Parecía que jugaba con su mano y las gotitas que rebotaban en la misma. Por mi parte nunca me había parecido tan incómodo el silencio como hasta ese momento. Sentía que le debía una explicación, pero mi dignidad, ya suficientemente maltrecha, me hacía detenerme.
El silencio fue interrumpido por Silvana, la tía de Julia. Salió por la misma puerta donde nos encontrábamos. Le indicó a su esposo que lo llamaba Andreita y le pidió que la cuide. El tío, me dio la mano en señal de despedida, me guiñó el ojo y me dijo antes de irse “ya sabes”.
No sé que diablos había querido decirme con ese “ya sabes”. No le entendí de primero porque salvo me hubiese leído la mente, no me había dicho nada que me llevara a algún tipo de precoz aprendizaje. Se metió y no lo vi más por esa noche.
“Bueno Diego”, habló la tía dirigiéndose con todo el cuerpo hacia mí, “Le pregunté y no quiere verte”.
“Señora, discúlpeme ante todo el atrevimiento, pero debo hablar con ella. Explicarle todo”, le aclaré.
“¿No es suficiente ya?”, me preguntó casi angustiada.
“No soy el culpable que ella piensa que soy”, afirmé con seguridad.
“Por ahora ella piensa eso y me parece que no es el momento adecuado para aclarar las cosas, dale tiempo Diego. No hay mejor aliado que el tiempo”, me aconsejó.
Me quedé en silencio pensando como contraatacar ese razonamiento civilizado. Bajé la cabeza, absorto en mis pensamientos, mientras la tía me contemplaba. En voz baja, de repente, pronuncié: “No la quiero perder”, levanté la cabeza y mirándola a los ojos le dije, “lo juro Silvana”.
“Eso debiste pensar antes de cometer esas tonterías”, me regañó.
Entonces levanté a voz pero sólo hasta volverla firme y sin despegar la mirada de la suya continué: “No tuve nada que ver. Me tendieron una trampa. Necesito que me escuche”.
Entonces una lágrima de rabia rodó por mi mejilla mientras mi rostro tornasol, por la furia que me invadía las venas, volvía a su color. Silvana debió notar todo eso ya que me miró y me sugirió que me tranquilice. Me avisó que me entendía y que no sabía la razón pero creía en mis palabras. Me contó que ella siempre tuvo la cualidad de saber que hombre decía la verdad y que hombre mentía. Que eso la protegió siempre, que cuando miraba a los ojos a un hombre se percataba si sus intenciones eran buenas o malas. Pocas veces, por no decir nunca, vaya a ser que se le escapase alguna ocasión que no se haya enterado, esa especie de sexto sentido le había fallad y en esta ocasión veía en mis pupilas que yo decía la verdad.
“Voy a tratar de interceder por ti”, me indicó seriamente, “Pero conozco a mi sobrina. No estoy segura de que quiera baja a verte. Ella es muy testaruda cuando está cerrada en sus ideas. Por eso mismo sigue viviendo con sus padres y no viene a vivir conmigo. Pero al menos lo intentaré. Espérame aquí”.
Cuando se fue me fui a sentarme al cordón de la vereda. Mis zapatillas apoyadas en la inclinada pista hacía rampa para la formación de pequeñas olas. Eso dejaba empapado mi calzado, que casi se sumergía ante el caudal de aquél riachuelo formado por la lluvia, que imparable no cesaba. El agua caía sobre mí y el resplandor de una luz que se encendía me sacó de mis pensamientos.
La luz venía de la habitación de Julia allí en la casa. Su tía entraba a la habitación y miraba hacia abajo donde supuse se encontraba Julia acostada porque no la podía ver a ella. Trataba de descifrar lo que Silvana le decía pero lo único que percibía eran unos ademanes con las manos que parecían indicarle que bajase un ratito al menos. “Sí”, le animaba por dentro con la esperanza de que logre convencerla. Me había puesto de pie y me limpiaba a cada instante el agua que caía incesante desde arriba y cruzada desde los lados debido al viento que empezaba a arreciar. Silvana se dio cuenta de mi condición abajo. Me miró y volvió la mirada en dirección de su sobrina. Entonces Julia se levantó apareciendo en la ventana. Al asomarse pude ver lo llorosa que se veía. Escasas gotas de agua que lograban colarse por debajo del tejado llegando hasta ahí caían en su cara. No distinguía por tanto si se trataban de lágrimas o gotas de lluvia. Se quedó de pie, de frente, mirándome y como no dije nada, craso primer error mío, se propuso cerrar la ventana y dejarme a la intemperie.
“¡Julia Espera!”, le grité para que logre escucharme ya que con el fondo de la lluvia persistente no había muy buena audición desde esa altura a donde yo me encontraba. Ese primer grito debe haber despertado a los vecinos porque se encendieron otras luces en el barrio.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Consejos de Padre (Parte 2)

El padre de Julia me quedó mirando, tomó un trago del vaso de whisky que tenía en la mano y luego sonrió de forma sobradora abriendo la boca para, esta vez, decirme: “Mira muchacho, yo a tu edad, ya tenía mucha más calle que tú. Sé que mi hija te quiere porque no la había visto tan feliz en muchos años. Le regresaste la luz que brilló en ella por muchos años desde chiquita. Se le apagó luego por culpa de su madre y mía. Soy consciente de ello”.
“Pero ella le ama y estoy seguro de que usted también puede”, le interrumpí.
“No, mi hijo. Yo ya no puedo. Pero tú sí. ¿Quieres que te dé un consejo? Lucha por ella, no desistas. Ve por ella y dile todo lo que quieras decirle. Será la única forma de recuperarla. No pienses sólo dile lo que hay dentro de tu corazón. A ella le importan las verdades del corazón y no las mentiras piadosas”.
Me quedé pensando mirando como continuaba bebiendo su whisky con ambos vasos. Tomando un trago alternadamente de cada vaso. Le agradecí el consejo y continué esperando.
En eso por la ventana vimos que llegaba a casa la madre de Julia, Mercedes. Venía de la mano con un muchacho. Cuando entró y me vio ahí sentado ignoró completamente a su esposo. Me saludó con una sonrisa provocadora y directamente, sin pelos en la lengua, me invitó a ir con ella diciéndome si no quería entrar en una fiestita. El muchacho que estaba con ella se dirigió hacia la habitación diciéndole a Mercedes que la esperaba en ese lugar. Lo hizo como si no fuese la primera vez que llegara a la casa. En eso, se puso de pie el padre de Julia. Dejó los vasos de whisky en la mesa que tenía al lado con firmeza y se puso detrás de mí colocándome la mano encima del hombro. “Deja al muchacho tranquilo serpiente. Por una vez piensa en tu hija por Dios. El está conmigo y no está disponible para ti”, me defendió aquél hombre aunque no era necesario.
“Como quieras”, añadió Mercedes mirándome y sonriendo al mismo tiempo.
Se dio media vuelta y se dirigió a su habitación vociferando: “si quieres quedarte con ese barril de whisky quédate con él. Pero no creo que la pases tan bien”. Y entró en su habitación supongo.
Miré al hombre y le di las gracias, aunque le hice saber que no era necesario, le conté que ya me había enfrentado con ella, mas no le di muchos detalles. Por un tema de pudor sobretodo pero con una combinación de vergüenza ajena.
Como vi que no venía Julia decidí irme desanimado por no verla pero con la esperanza como bandera por los consejos de su padre. Pero justo cuando estaba cruzando el umbral por mi parte y volvía a su asiento por parte de mi suegro aún, expresó un dubitativo “espera”.
Me quedé de pie bajo el umbral de la puerta de entrada. No me miró al hablarme como yo tampoco lo hice. Sólo quería escuchar lo que yo añadía y él quería sentir que no traicionaba por completo a su hija y que de paso no me había hecho esperar en vano en su casa sabiendo que Julia no iba a llegar esa noche. “Te voy a decir algo más. Julia me lo dijo sólo para que no me preocupara, pero no me dijo que no se lo dijera a otros, aunque supongo que no quisiera que te lo diga a ti. Sin embargo te lo voy a decir. Está donde su tía, ¿por qué no vas por ella? Yo te daré la dirección”, volteando para entregármela.
Volteé sobre mí cuando lo escuché y mirándolo a los ojos le hable: “Ya la tengo… y se lo agradezco no sabe cuánto”. Entonces salí casi corriendo de ahí. Afuera la lluvia arreciaba. Las gotas caían tupidas y con mucho viento pero a mí no me importó. Corrí a tomar a la avenida 18 de Julio para tomar el primer taxi que viniese. Pero con esta lluvia, como siempre, estuvieron todos ocupados. No hubo ninguno libre. Nunca hay un taxi cuando uno más lo necesita. Eran ya casi las diez de la noche. Había pasado casi una hora esperándola en su casa. No quería llegar tan tarde a verla en casa de su tía. Saqué el celular para llamar un taxi pero todos los números de las compañías de taxi en la ciudad me daban como que no se podía conectar la llamada. Entonces tomé la decisión de ir avanzando por las calles principales caminando rápido con la esperanza de encontrar un taxi en mi trayecto. Igual estaba casi empapado así que peor no podía quedar.
Agarré 18 de Julio, Boulevard Artigas, Avenida Brasil y luego me interioricé en el corazón de Pocitos hasta llegar frente a la casa de Silvana, la tía de Julia. Espero que quiera recibirme. La pude ver cenando por la rendija que dejaban las cortinas de la ventana del comedor que daba a la calle. Estaba hermosa como siempre. Ya no lloraba y caí en lo que estaba pensando. De hecho no iba a continuar llorando después de tantos días. Que bobo. ¿Y ahora? Estaba allí y no sabía que decirle. Pero tenía que empezar por algún lado. Y eso era tocar el timbre. Debía darme valor. Contaré desde cinco a uno, pensé y luego tocaré el timbre. Ahí me encontraba yo todo mojado, frente a la puerta, con la mano en el timbre y a punto de enfrentarme a lo que puede definir mi futuro con Julia. Cinco, cuatro…

viernes, 12 de noviembre de 2010

Consejos de padre (Parte 1)

Salí de la casa sólo con un paraguas en mano, no había señales en el cielo que me indicaran que podía llover y si llegaba a llover con un paraguas me parecía que era suficiente. Me comí, de paso, en el pronóstico del tiempo de la televisión la parte de los vientos fuertes. La verdad, debí esperar unos segundos más antes de salir de casa y me hubiese evitado toda esta lluvia. Se venían tres días de lluvias continuos, desde el jueves hasta el sábado.
Pero en fin. Ya estaba afuera de casa con un pequeño paraguas de ochenta pesos comprado en la avenida Dieciocho de Julio a un vendedor ambulante. No era el mejor paraguas del mundo pero era mi compañero inseparable en combates contra los embates del agua que cae del cielo. Claro que cuando se pronosticaban vientos fuertes de esos que te rompen los paraguas lo dejaba en casa preservando su integridad y pasaba a ser reemplazado por un cobertor impermeable al agua.
Me fui caminando a la casa de Julia porque como recordarán vivíamos sólo a dos cuadras de distancia. Mientras caminaba me dieron las nueve en el reloj. Llegué a su casa minutos después de las nueve de la noche. La alerta metereológica de color naranja comenzaba a volverse en realidad y las primeras gotas de lluvia ligera se precipitaban sobre el suelo montevideano.
Cuando llegué a casa de Julia me cubrí de la lluvia bajo el techito saliente sobre la puerta de entrada. Toqué insistentemente al timbre hasta que salió el padre de Julia. No lo había conocido hasta ahora. Pregunté por mi aún novia y me dijo que no estaba. Pregunté si la podía esperar y me contestó que suponía que sí. Me hizo entrar al living en donde al parecer ya se encontraba instalado en el sofá que estaba frente a la ventana que daba a la calle. En una mesita al costado se encontraban a la mano una botella de whisky Ballantines, no un etiqueta azul o negra, sino de los más económicos que hay en el supermercado. Junto a la botella se encontraban un par de vasos llenos hasta la mitad de whisky y hielo. Un poquito más allá un hielera con un tercio de agua y dos tercios de hielo me indicaban que este señor al menos llevaba ya un rato largo bebiendo aquí. Lo más curioso del asunto es que se encontraba sólo y tenía dos vasos.
Me senté con él después de que me invitó a hacerlo. Me preguntó si quería tomarme un trago con él y acepté un vaso pero sólo por cortesía ya que no tenía ganas de tener aliento a alcohol para luego hablar con Julia. El padre de Julia se veía un hombre muy calmo dentro su perceptible alcoholismo. Manuel se llamaba según se presentó y me pidió mis referencias. Lúcido a pesar del marcado grado de alcohol en la sangre que llevaba acumulando a través de todos estos años. Me dio la impresión que detrás de su alcoholismo sólo escondía el temor de enfrentar las cosas en el mundo real y era sólo una cortina para que no lo saquen de la vida apacible que llevaba. Pero algo había en el ambiente que me indicaba que era un buen hombre, con problemas como todos, pero bueno en esencia.
Luego me preguntó que planes tenía para con su hija. Que pregunta para más comprometedora. De seguro no era algo que yo hubiese estado pensando con mucha frecuencia últimamente. Es más, para ser sincero, ni siquiera me había proyectado nunca.
Le pregunté a que se debía la pregunta, tratando de indagar hacia donde iba dirigida aquél cuestionamiento. Me respondió tranquilamente que no era nada especial. Sólo la preocupación normal de un padre común sobre el novio de su hija y sus intenciones. En este caso, el novio, es decir, yo, no supo como responder de primera. Pero me sirvió para hacer una catarsis de cómo venía enrumbando esta relación con Julia, si es que aún existía, y a donde quería llevarla, si es que aún tenía la oportunidad. Entonces cavilando profundamente realicé una purga de los malos pensamientos quedándome con lo bueno únicamente.
Vaya sorpresa me llevé al enfrentarme ante mis propias ambiciones y sueños. Al principio le respondí al padre de Julia lo que respondería cualquier joven de mi edad a su suegro de ocasión. Le dije que no lo teníamos muy claro. Era conveniente incluir a Julia dentro de mis pretensiones. Agregué que en realidad no nos habíamos proyectado tanto ni tan claramente hacia el futuro. Lo máximo que podíamos saber en ese momento es que nos queríamos mucho aunque Julia ahora estaba un poco molesta conmigo. Pero yo la quería. Y seguí sin que me interrumpa el padre de Julia: “Yo la amo mucho, mucho en realidad. Creo que es la chica que siempre quise en mi vida al sentar cabeza. Tiene todas las virtudes que siempre deseé en una mujer. Es encantadora, con valores y hermosa”. No le podía decir que era sensacional en la cama, pero juro que también me pasó por la mente. Y después de unos segundos de silencio continué: “¿Sabe algo? Ahora que lo pienso aquí frente a usted me veo con ella”.
“¿Y cómo te ves Diego?”, repreguntó el papá de Julia.
“Me imagino cuidando cada paso que dé. Me veo festejando sus logros, secando sus lágrimas cuando algo la lastime, apoyándola y ayudándole a ponerse de pie. Quiero no separarme nunca y en verdad ahora… tengo miedo”.
“¿Miedo?, ¿por qué?, ¿Hiciste algo?”
“Ella piensa que lo hice”, respondí como en una confesión.
Mi confesor se quedó en silencio pensando.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Acumulando información

Hoy jueves me levanté con las ganas aquellas de tomar al toro por las astas. Había pasado un corto tiempo desde que escribí lo último. Yo sé que no fue mucho pero un tiempo al fin y digamos que si bien no era la forma hacer las cosas en caliente, tampoco debería dejar que las cosas se enfríen.
El calor ha empezado a invadir Montevideo y los conciertos empiezan a aparecer. No es un dato que sea realmente relevante pero es un termómetro que mide la temperatura del estado de ánimo de la gente. “Con el calor de la primavera, las hormonas se aceleran”, parafraseando a The Sacados, antigua banda de rock/pop argentina. Hay gente en las calles con prendas cortas que inspiran a los nuevos Da Vinci y Rembrandt. Incluso me parece veo mayor cantidad de parejitas tomadas de la mano en la calle. Sólo faltamos Julio y yo, pero calculo que muy pronto podrá darse nuevamente.
Hoy es el día. Esta noche iré a verla. Lo único malo es que hay pronóstico de lluvia, pero como siempre Núbel Cisneros, el hombre del tiempo del canal cuatro, falla. No es nada personal contra él, es más me cae simpático desde fue el único que le atinó que no llovía en uno de los clásicos del fútbol uruguayo hace un tiempo atrás. Lo gracioso fue que llovió torrencial antes y después de los 90 minutos de juego. Pero durante, ni una gota. Núbel ha dicho que llueve esta noche, y repito no es nada contra él, pero espero que falle esta vez.
Tengo algo planeado para lo van a ir descubriendo a la par con ella. A propósito de ella les cuento como venía su situación. Al llegar donde su tía, después de aquella noche engorrosa, Julia, se quedó bajo la protección de su tía Silvana. La mejor ayuda con la que podía contar en esos instantes. La contención necesaria y el apoyo justo en una sola persona.
Silvana dejó que su sobrina vaya a dormir sin preguntarle nada. Las averiguaciones acerca de lo sucedido las haría a la mañana siguiente. Esa noche, Julia, durmió de corrido, sin interrupciones externas, salvo alguna que otra pesadilla que la despertó más cercana la mañana. Las pesadillas no contenían otra temática, mas que lo recientemente vivido, producto del subconsciente. Aquella fue una noche para descansar hasta donde el cerebro lo permitió. La primera etapa de sueño profundo producto de todo el alcohol que había ingerido y la segunda etapa a sobresaltos.
Cuando despertó, se encontró dormida en una habitación que su tía le tenía siempre preparada, para cuando ella llegaba de visita o simplemente de niñera de Andreita. Se sentía como si le hubiesen pasado una aplanadora por encima. La resaca era insoportable. El dolor de cabeza le dinamitaba el cerebro y las náuseas le llevaron rápidamente al baño. Con el sonido que hizo en el baño, su tía, se enteró que Julia había despertado ya.
Silvana preparó el desayuno para su sobrina, Andreita y ella. Cuando sintió que Julia salía del baño, le aviso que se arregle y baje a desayunar. Julia hizo lo que pudo, puesto que estaba con la misma ropa del baile, y bajó al comedor diario de la cocina. Su tía era una genia. Había hecho un súper desayuno. Sin ser pesado para sufrirlo debido a una resaca y delicioso para que provoque comerlo. El desayuno consistía en jugo de naranja salteña recién exprimida, deliciosa y dulce como las mejores. Lo acompañaba un par de huevos duros aún tibios con un poco de sal por si se quería posar los huevos sobre ella para darle un mejor tinte de sabor. Rollitos de jamón y queso para untar saborizado con finas hierbas. No había leche, pero sí un buen jarro de café bien negro como para quitar el sueño. Y una jarrita aún más pequeña con agua temperada al ambiente para estabilizar la temperatura del cuerpo. Todo como dije lo necesario para conformar un desayuno ligero, pero nutritivo y que elimine la resaca.
Cuando estuvo todo servido en la mesa, Julia tomó asiento, saludó a Andreita que la miraba ilusionada ya que siempre jugaban juntas. Silvana le dijo a Andreita que no se ilusione mucho ya que debía apurarse para ir con su papá a la ciudad de los niños en el shopping. Julia pensó que debía marcharse porque seguro querían ir toda la familia junta pero su tía le aclaró que debía quedarse. La situación precisaba una conversación entre ambas.
Cuando Andreíta y su padre fueron para el shopping, Julia, le contó todo a su tía. Claro que lo hizo desde su punto de vista. La salida con los hombres a divertirse. Se había levantado una tipa, despidiéndose con un beso fuera del boliche. Pero la tía Silvana conocía la historia entre Julia y yo. Le costaba creer, habiéndome conocido previamente, como yo podía haber hecho semejante acto. No me veía como un chico que podía hacerle daño a su sobrina. Sin embargo tampoco podía cegarse ante los hechos que Julia le contaba.
Esa era la visión de Julia de los hechos. Además, algo que no supe hasta después, fue que Leticia le había contado que yo había insistido con conocer a esa chica y que por eso la habíamos ido siguiendo hasta Tres Perros donde por fin me había hecho caso. Que mentira más grande pensé yo, pero era la verdad que Julia necesitaba creer en ese momento, para justificar lo que había observado fuera del boliche. Era mucho más fácil creer una cosa de esas, total ella ya estaba acostumbrada a las traiciones de los chicos, que buscar una solución ante un hecho, que como ella lo veía, no tenías excusas posibles. Para Julia, ahora, la única diferencia entre sus anteriores novios y yo, era que yo no la había engañado con su madre, sino con otra chica. La primera salida desde que éramos novios y ya la engañaba. Pensaba que mejor que se haya dado cuenta ahora que más tarde.
Su tía la calmó. Le dijo que pusiera paños fríos a la situación y le aconsejó que cuando se sintiera segura hable conmigo. Ella se negó y su tía no insistió. Julia no quería ni cruzarse conmigo. Por ello consideró en ese momento la idea de renunciar a su trabajo puesto que en él, se cruzaría conmigo una y otra vez durante el día. Eso la llevaría a recordarle que la había traicionado. Entonces, por mi culpa se sentiría mal a cada instante en el trabajo. No tenía ganas de vivir aquello, así que prefería perder ese trabajo con el cual estaba ilusionada en crecer, que pasar un mal tiempo. Lo único que le seguía jodiendo, como una astilla en el pie, era haberse abierto a mí y haber confiado.
Decidió pasar unos días en casa de su tía con su consentimiento y bajo su sugerencia. Llamó al trabajo para avisar que no iba a ir y que cuando fuese iba a renunciar. No habló con Miguel sino directamente con la jefa de personal. No quería ver a ninguno de los involucrados esa noche. Menos que haya sido uno de esos chicos que salió conmigo, porque bajo su perspectiva, ningún hombre es inocente cuando de chicas se trata. Es decir, sino me apoyaron directamente de seguro me habrían encubierto. Incluso, Miguel, que se hizo el inocente luego de todo el alboroto, la veía como una tarada al creer que se iba a tragar el cuento del buen amigo, eso le enojaba mucho. Pues, era evidente que lo que quería, era sacar provecho de una situación así. Julia no era boba y eso me dejaba tranquilo. No dejaría que se aprovechen de ella en esta situación.
Llegado el momento fue a renunciar a la empresa rogando por no cruzarse conmigo. Para mala suerte de ella, ni bien entró nos cruzamos. Aunque luego admitió que le sorprendió que no la haya invadido. El resto de sus anteriores novios, luego de verse descubiertos engañándola y sentir que la perdían, se volvieron obsesivos. El darse cuenta de saber que perdían a una grandiosa mujer, les hacía querer recuperarla acosándola de muchas maneras. A uno en particular, el último, tuvo que ponerle una orden de restricción porque no había forma de sacárselo de encima. A todo lugar a donde Julia iba, él estaba allí o llegaba. Era como si averiguara cada paso que iba a dar por adelantado. En fin, Julia, pensó entonces, que conmigo pasaría algo parecido. Pero le sorprendía mas bien la madurez con la que lo tomaba. Y al ver que si bien es cierto no la ignoré cuando llegó a la empresa, sino que le di el espacio que necesitaba, se sintió extraña. Estaba sorprendida y extrañada al mismo tiempo. Algo no le cuadraba de mis reacciones, pero tampoco se iba a detener a averiguarlo.
¿Qué cómo me enteré de todo esto? Pues fui a verla. Me decidí en ir este mismo jueves. Núbel Cisneros le atinó al pronóstico y llovió. Les cuento que hice en el siguiente blog.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Una renuncia que retrasa los planes

Al salir del almuerzo me enteré de algo que no tenía previsto. Julia había llegado al trabajo, pero no para decir cuando se reincorporaba, sino para presentar su renuncia. Una renuncia irrevocable debido a los hechos acaecidos. Se presentó directamente con la jefa de recursos humanos. Miguel había intentado convencerla de que no lo haga pero sus esfuerzos fueron nulos. Julia le dijo que no podía seguir trabajando en un ambiente donde todo el mundo conocía sobre los hechos bochornosos que giraban alrededor de ella. No quería saber si eran ciertos o eran falsos. O quién tenía la culpa en todo caso. No, lo único que pretendía y requería era alejarse de todo.
Cuando me enteré sentí que todo el mundo me quedó viendo con miradas acusadoras, punzantes y penetrantes. De seguro me echaban la culpa de la renuncia de la pobre Julia. Ellos no sabían que yo era el mayor de los abatidos por este embrollo. Bueno, quizá sí lo sabían, pero igual me acusaban.
Este hecho sin duda retrasaba de igual modo mis planes por recuperarla. Mi idea principal se basaba en demostrarle a Julia que en realidad ellos tenían mucho que ver en todo lo sucedido. Que había sido planeado por Miguel y Leticia y que mi culpabilidad en dichos acontecimientos había sido nula. Pero sobre todo que la amaba como el primer día y que no quería perderla. Es por ello que su renuncia significaría en retraso en mis planes porque ahora debía idear la forma de cómo acercarme a ella y lo que era más difícil enfrentarlos a Miguel y Leticia con Julia, para que ella misma se diese cuenta de lo que yo le confiese.
Quizá Verónica sería un arma importante en estos momentos. Pero con su actitud de vengadora anónima de amigas no podía ni siquiera conversar con ella. Esperaría a analizar las cosas hasta el día siguiente, en una de esas, me llueve maná del cielo.
El resto de la tarde entonces pasó sin mayores sobresaltos. Miguel que directamente no me daba la cara, Leticia que se mostraba airosa por lo conseguido pero sin mediar palabra conmigo y Verónica tratando de evitarme. El resto de chicas, en su mayoría, no me hablaba solidarizándose con la reciente renunciante y por parte de los chicos, el grueso, prefería mantenerse al margen.
¿Cómo hacer?, ¿Qué hacer? Que obstáculo más grande tenía en mi camino. Necesitaba un aliado y no sabía cómo encontrarlo. La otra opción era ir directamente donde Julia y decirle todo. Pero debía tratar de conversar primero con Verónica.
Al día siguiente, al ver que no podía quedar a solas con Verónica para conversar con ella, decidí esperarla a la salida del trabajo. Me sentí observado pero debía ser la sensación de perseguido que me había hecho sentir todos los planes de Miguel y Leticia. Quedé esperando, como dije, fuera. Cuando salió se vio sorprendida. Le planteé que debía dialogar con ella. Verónica se sintió como acorralada pero accedió. Debo decir que no noté ningún gesto de satisfacción o comodidad en su faz.
Excusó sus malas formas de dirigirse a mí con el tema de lealtad a su amiga. Me propuso que si le daba un segundo para hacer una llamada que debía hacer me dejaba acompañarla. Accedí, una vez que terminó de hablar por el celular, enrumbamos con destino la parada. Le expliqué que me habían tendido una trampa su amiga y Miguel. Me dijo que no me creía nada. Le pregunté si no había notado algo extraño cuando estuvo con Julia en esa salida y me dijo que no había notado nada extraño por eso se había ido temprano a casa. Le reclamé el por qué no la había cuidado como le encargué y me respondió alterada que ella no era ninguna niñera o mamá gallina para llevarla bajo su ala. Mientras profundizábamos la conversación ella se iba incomodando y se notaba que mientras más monosilábicas podían ser sus respuestas mejor para ella. Me pidió en un par de ocasiones que la deje sola pero insistí en no abandonarla. Tenía los ojos llorosos y no entendía por qué. Le pregunté si se sentía bien y me dijo que estaba llena de rabia por su amiga y me echó la culpa de todo lo que le pasaba a ella. Incluso llegó a decirme que pensaba que yo era un chico bien y que no era otro del montón. Le señalé que ella había aprendido a ver lo mejor de mí y que si acaso no se daba cuenta que todo era una trampa que me habían tendido. Le conté que a esa chica, Coti, la había conocido esa noche, lo cual agravó mi situación con Verónica, pues le di pie para que piense peor de mí. No había forma de cómo penetrar en su interior bondadoso. Parecía sellado con soldadura. En eso, de un momento a otro, me sorprendió pues me pareció que iba a llorar. La tomé del rostro suavemente y le pregunté si se encontraba bien. Con el rostro hacia abajo me dijo que más o menos. Nos sentamos en una banquita cercana y añadió que tenía frío. Como no tenía ningún abrigo conmigo, le abracé y le frote los brazos con la palma de mis manos, rodeándola al mismo tiempo. En realidad no la sentí tan fría, tampoco caliente, estaba por decirlo de alguna manera, tirando de tibia para fría pero sin exagerar. Igual, las mujeres son medio friolentas por naturaleza así que cuando la sentí ya un poquito más entrada en calor la solté. Ella al ver que la soltaba se puso de pie y me dijo que se iba. Me dio un beso en los labios intempestivamente y se fue casi corriendo. Una vez más me besaban sin pedir permiso y no era ya de mi agrado que me estén tomando como probador de besos furtivos. Era entendible con el pasado sentimental que había tenido Verónica conmigo, pero no por ello justificado.
Me quedé allí viendo como se iba. No quedaba otra mañana debía ir a ver a Julia para empezar a solucionar esto. Si había algo que no iba poder hacer era quedarme con los brazos cruzados y ya que Verónica no soltaba prenda, tendría que tomar al toro por las astas e ir directamente con Julia. Mañana será otro día.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Un lunes con sorpresa

Llegué al trabajo sin encontrarme en el camino con Julia. No me preocupé mucho porque ambos sabemos bien que camino tomar si queremos evitarnos. Por tanto tomé mi ómnibus sin imprevistos y al arribar al laburo ya tenía personas esperando expectantes en la puerta con ansias de interrogarme. Lo del fin de semana se empezaba a volver bochornoso, pero por cautela, preferí no hacer comentarios mayores. Sólo una que otra excusa y alguna historia que dejase contentos a mis interlocutores y a salvo a mí.
Miguel llegó un poco más tarde este lunes de mañana. Como tenía ciertas permisiones dentro de la empresa, tipo poder llegar tarde por motivos laborales, las utilizó suponiendo que habría esta marea de curiosos al llegar al trabajo. Fue llegando a eso de las once y media de la mañana. No sé que excusa habrá dado, ni me interesa tampoco, pero siempre hacía lo mismo cuando le convenía.
Lo primero que hizo al llegar fue llamarme a su despacho. Fui sin temor alguno. Recuerden que yo hasta ese momento no sabía, que aquél policía, me había adoptado como su sobrino.
Me senté con él en su escritorio y con la nueva actitud que había decidido tomar. La de alguien que sólo mira para adelante sin regresar la vista atrás. De alguien que no le tiene miedo a lo que se venga. De alguien a quien le importa sólo su amor y da todo por él. Ahí, me enteré de mi ingreso reciente a la familia policial. Debo decir que debido a eso y el susto recibido en la seccional de la policía, Miguel, era más cauto al hablarme. Ya no era el mismo prepotente de antes, aunque en sus ojos se notaba que en su interior residía el odio hacia mí. Me propuso directamente y sin rodeos que si yo dentro de la empresa no hablaba nada de lo ocurrido en la carceleta aquella, él no tomaría represalias laborales contra mí. “¿Te parece?”, me propuso.
Sonreí. Me causó gracia su propuesta y él lo notó.
“Mira, Miguel, hay que verlo de esta forma y espero no lo malentiendas. Yo, voy a hacer lo que quiera, ¿queda claro?”.
Se lo dije mirándole a los ojos y con toda la seguridad del mundo que recaía sobre mi alma. Le dejé muy en claro que me importaba un cuerno lo que él haga o deje de hacer. Me intentó detener con un “espera”.
Pero con un gesto con la mano reafirmé mi postura y salí del lugar. Seguí firme con mi actitud, pero además, mi mente estaba centrada en otro tema mucho más relevante en este momento para mí. No me importaba tanto el perder el trabajo ahora. Quizá ya era hora de cambiar de empleo. Lo que más me importaba ahora era una ausencia en el lugar. Julia no había llegado a trabajar hoy.
Y no se apareció hasta eso de las dos de la tarde. De la preocupación no quise ni siquiera almorzar. La pude llamar, pero preferí no hacerlo para no sofocarla más de lo que ya debía estar. Lo que sí me llamó la atención fue que al llegar no lo hizo vestida con el uniforme. Al parecer no venía a trabajar. Supuse que venía a avisar que se reincorporaría pronto, o tal vez mañana, qué sé yo.
La saludé al pasar pero no me respondió el saludo. No me ignoró y fue lo que más me dolió. Me miró, como para que me diese por enterado con seguridad de que me había visto y que al verme saludarla me había ignorado. Indiferencia total. Bien dicen que la indiferencia es lo que más le duele al ser humano y puedo asegurar que duele aún más cuando la maldita indiferencia viene desde los seres que más quieres.
Así como entró salió. No quise estar cuando saliese. Me fui a almorzar, total, ya sabía que no me iba a hacer caso. Mi plan pasaba por otro plano de esta historia. Lo que me mantenía intranquilo ya estaba solucionado. Pues, mi verdadera preocupación se debía a si Julia se encontraba mejor o si seguía en el estado de frustración por el que había pasado. Al verla, sólo algo ojerosa, pero con suficientes fuerzas para ser indiferente conmigo me percaté que se venía recuperando mucho más raudamente de lo que yo, en mi momento de depresión, lo había hecho. Y sí, las mujeres son más fuertes emocionalmente que los hombres, sin lugar a dudas. Entonces venía recuperándose. No pensaba tratar estos temas dentro del trabajo con ella. No iba a ser sano, ni para ella, ni para mis planes. Por tanto como dije antes, fui a almorzar.
Antes de acabar el almuerzo llegó Verónica a hacer lo mismo que yo venía haciendo, saciar su hambre, pero se sentó lejos. La saludé y no devolvió el saludo. ¿Qué le pasaba? Recordé que yo le había encargado a ella a Julia en la mañana de esa noche. Así que quise preguntarle qué había pasado, pero me evadió. Dijo no querer hablar conmigo. Que no sabía cómo le había podido hacer algo así a Julia, su amiga. Claro siendo tan amigas debía estar de lado de ella. Pero algo no me cerraba en sus palabras. Esperé a que se fuese el resto de la gente que comía y me paré de la mesa acercándome a Verónica. A ella se le veía nerviosa, no parecía la Verónica de siempre, por más que me insistió que era porque no quería hablarme por lo que le había hecho a Julia, yo percibía que le pasaba algo más. Viéndose presionada, sólo atinó a pararse e irse. Por mi parte la dejé de ir, ya me enteraría luego que pasaba.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un brillo nuevo en la mañana

Al salir de ese lugar, con la foto del gil de Miguel en mi celular, y más allá del deslumbramiento inicial producido por los rayos solares, esos brillos en todo mi cuerpo y el sol irradiándome completamente, fue como una inyección de ánimos y renacimiento a una nueva etapa de mi vida. Me di cuenta de que había estado dormido todos estos años. Fue como si allí adentro de la carceleta, hubiese podido despertar, y al salir de esa incubación forzada, haya hecho un clic en mi forma de ser para despertar con nuevos bríos. Dejé atrás todo desaliento para darle paso a una reconfortante e innovadora esperanza.
Que buena noticia la de que Miguel haya sido arrestado conmigo. Esa foto me iba a servir de algo seguro. No sé como aún, pero me iba a servir de algo. Al parecer, además, Miguel si había sido fichado como una especie de castigo por parte del oficial que nos interrogó. No sé por qué, aquél oficial se había puesto de mi lado, pero de seguro, en algún lugar allá arriba alguien me quería y me cuidaba.
Siguiendo mi relato después de ponerme al día y atar cabos, Leticia, había intentado quedarse con Julia. Pero Verónica habría aparecido nuevamente en escena para ayudarla a Julia y no dejar que Leticia se la lleve. Verónica había sido testiga de las múltiples ocasiones en las que Leticia había hecho maldad y media con chicas que no eran de su agrado. Era un hecho que veía a Julia con su próxima víctima. Incluso llegó a molestarse mucho con Verónica por interferir entre ambas y los planes que tenía para con Julia. Leticia, por su lado y para no levantar muchas sospechas puesto que ya se habían llevado a Miguel en otro auto policial, cesó en su persistencia en llevarse a Julia consigo. Luego de esto Verónica le entregó a Julia a los oficiales de policía porque tampoco quería convertirse en la siguiente víctima de Leticia y hacer muy notoria su reciente predilección amical entre la susodicha y Julia.
Una vez con los oficiales, Julia, dentro del shock nervioso en el que se encontraba debido a mi presunta traición, le pidió a los agentes de la ley que no la lleven a su casa, porque según ella no había nadie, sino donde su tía. Como es sabido, mi aún novia hasta que no haya rompimiento oficial, se sentía más contenida con su tía que con sus padres. La tía Silvana le abrió la puerta y luego de verse sorprendida por la situación la hizo entrar agradeciéndole a los policías.
Miguel por su lado se quedó un par de horas más que yo. En la seccional de Pocitos fue llevado a la misma habitación donde yo había sido interrogado y con el mismo agente. Hizo las preguntas pertinentes para constatar o desestimar por última vez mi historia y no llegó a convencerle los argumentos necesarios. Fue devuelto a la carceleta, con los gritos imperantes del gil de Miguel, solicitando la presencia de su abogado. Como no había nada que impidiese a los policías proceder antes de que llegue el mismo, le dieron tremendo susto del cual yo no me enteré hasta después. El mismo policía bonachón se puso el traje de malo y le increpó señalándole que no le creía nada, que para él, la pelea la había iniciado Miguel. Incluso llegó a presionarlo haciéndose pasar por un tío mío lejano, diciéndole que conocía lo que había hecho. Puso en tela de juicio su versión de los hechos cuando presionado mencionó que aunque conociera todo que había hecho esa noche no podía encarcelarlo por ello.
“¿Qué hiciste Miguel?”, preguntó satisfecho el oficial.
Entonces Miguel retrocedió en su ofensiva, pero a partir de ahí se vio cada vez más y más hundido en contradicciones y nuevas versiones, lo que hizo que el oficial le advirtiese:
“En algo tienes razón muchacho. No te puedo retener por lo que tramaste. Pero que te quede claro sobrino de quién es Diego para próximas oportunidades. Esta vez te voy a dejar ir. Pero la siguiente vez si las vas a pasar mal”.
Eso caló hondo en los huesos de Miguel ya que para él ahora ya la estaba pasando muy mal, como para imaginarse algo peor a eso.
De Verónica no supe mucho pero sé que Leticia le llamó el domingo para increparle lo hecho la noche anterior. Y le recordó de paso el lado del que ella se encontraba. Y leyeron bien: “recordarle”.
Es que, como siempre, manipuladora Leticia, fue muy inteligente al seguir con su plan y no darse por vencida o terminado el asunto. Se había enterado por Miguel que yo le gusté en algún momento a Verónica, por lo cual, le hizo ver que en realidad si ella le ayudaba, yo quedaría libre y servido para que Verónica se haga con mi amor. ¿Muy de novela no? Pero bueno, eran los planes de Leticia. Lo cierto es que por más que lograsen separarme de Julia para siempre yo no estaría con Verónica y aunque ella estaba convencida de eso, la esperanza la mantenía de pie en la lucha. Todo bien con ella, pero habían sucedido muchas cosas como para que ambos estemos juntos. Igual no sé en donde estaba la cabecita siempre perdida de Verónica en ese momento que terminó dándole la razón a Leticia y cediendo ante sus presiones. Entonces la torta había dado un giro y ahora Verónica estaba del lado de Leticia y Miguel. Tres contra uno porque no creo que Julia, como había salido de todo esto, siga de mi lado.
En cuanto a mí decidí descansar el domingo y comenzar el lunes con un nuevo plan en mente. Quizá cambie este blog y lo llame “como reconquistar a Julia”, pero de algo pueden estar seguros. Un nuevo Diego debe surgir de esto.