viernes, 12 de noviembre de 2010

Consejos de padre (Parte 1)

Salí de la casa sólo con un paraguas en mano, no había señales en el cielo que me indicaran que podía llover y si llegaba a llover con un paraguas me parecía que era suficiente. Me comí, de paso, en el pronóstico del tiempo de la televisión la parte de los vientos fuertes. La verdad, debí esperar unos segundos más antes de salir de casa y me hubiese evitado toda esta lluvia. Se venían tres días de lluvias continuos, desde el jueves hasta el sábado.
Pero en fin. Ya estaba afuera de casa con un pequeño paraguas de ochenta pesos comprado en la avenida Dieciocho de Julio a un vendedor ambulante. No era el mejor paraguas del mundo pero era mi compañero inseparable en combates contra los embates del agua que cae del cielo. Claro que cuando se pronosticaban vientos fuertes de esos que te rompen los paraguas lo dejaba en casa preservando su integridad y pasaba a ser reemplazado por un cobertor impermeable al agua.
Me fui caminando a la casa de Julia porque como recordarán vivíamos sólo a dos cuadras de distancia. Mientras caminaba me dieron las nueve en el reloj. Llegué a su casa minutos después de las nueve de la noche. La alerta metereológica de color naranja comenzaba a volverse en realidad y las primeras gotas de lluvia ligera se precipitaban sobre el suelo montevideano.
Cuando llegué a casa de Julia me cubrí de la lluvia bajo el techito saliente sobre la puerta de entrada. Toqué insistentemente al timbre hasta que salió el padre de Julia. No lo había conocido hasta ahora. Pregunté por mi aún novia y me dijo que no estaba. Pregunté si la podía esperar y me contestó que suponía que sí. Me hizo entrar al living en donde al parecer ya se encontraba instalado en el sofá que estaba frente a la ventana que daba a la calle. En una mesita al costado se encontraban a la mano una botella de whisky Ballantines, no un etiqueta azul o negra, sino de los más económicos que hay en el supermercado. Junto a la botella se encontraban un par de vasos llenos hasta la mitad de whisky y hielo. Un poquito más allá un hielera con un tercio de agua y dos tercios de hielo me indicaban que este señor al menos llevaba ya un rato largo bebiendo aquí. Lo más curioso del asunto es que se encontraba sólo y tenía dos vasos.
Me senté con él después de que me invitó a hacerlo. Me preguntó si quería tomarme un trago con él y acepté un vaso pero sólo por cortesía ya que no tenía ganas de tener aliento a alcohol para luego hablar con Julia. El padre de Julia se veía un hombre muy calmo dentro su perceptible alcoholismo. Manuel se llamaba según se presentó y me pidió mis referencias. Lúcido a pesar del marcado grado de alcohol en la sangre que llevaba acumulando a través de todos estos años. Me dio la impresión que detrás de su alcoholismo sólo escondía el temor de enfrentar las cosas en el mundo real y era sólo una cortina para que no lo saquen de la vida apacible que llevaba. Pero algo había en el ambiente que me indicaba que era un buen hombre, con problemas como todos, pero bueno en esencia.
Luego me preguntó que planes tenía para con su hija. Que pregunta para más comprometedora. De seguro no era algo que yo hubiese estado pensando con mucha frecuencia últimamente. Es más, para ser sincero, ni siquiera me había proyectado nunca.
Le pregunté a que se debía la pregunta, tratando de indagar hacia donde iba dirigida aquél cuestionamiento. Me respondió tranquilamente que no era nada especial. Sólo la preocupación normal de un padre común sobre el novio de su hija y sus intenciones. En este caso, el novio, es decir, yo, no supo como responder de primera. Pero me sirvió para hacer una catarsis de cómo venía enrumbando esta relación con Julia, si es que aún existía, y a donde quería llevarla, si es que aún tenía la oportunidad. Entonces cavilando profundamente realicé una purga de los malos pensamientos quedándome con lo bueno únicamente.
Vaya sorpresa me llevé al enfrentarme ante mis propias ambiciones y sueños. Al principio le respondí al padre de Julia lo que respondería cualquier joven de mi edad a su suegro de ocasión. Le dije que no lo teníamos muy claro. Era conveniente incluir a Julia dentro de mis pretensiones. Agregué que en realidad no nos habíamos proyectado tanto ni tan claramente hacia el futuro. Lo máximo que podíamos saber en ese momento es que nos queríamos mucho aunque Julia ahora estaba un poco molesta conmigo. Pero yo la quería. Y seguí sin que me interrumpa el padre de Julia: “Yo la amo mucho, mucho en realidad. Creo que es la chica que siempre quise en mi vida al sentar cabeza. Tiene todas las virtudes que siempre deseé en una mujer. Es encantadora, con valores y hermosa”. No le podía decir que era sensacional en la cama, pero juro que también me pasó por la mente. Y después de unos segundos de silencio continué: “¿Sabe algo? Ahora que lo pienso aquí frente a usted me veo con ella”.
“¿Y cómo te ves Diego?”, repreguntó el papá de Julia.
“Me imagino cuidando cada paso que dé. Me veo festejando sus logros, secando sus lágrimas cuando algo la lastime, apoyándola y ayudándole a ponerse de pie. Quiero no separarme nunca y en verdad ahora… tengo miedo”.
“¿Miedo?, ¿por qué?, ¿Hiciste algo?”
“Ella piensa que lo hice”, respondí como en una confesión.
Mi confesor se quedó en silencio pensando.

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