miércoles, 17 de noviembre de 2010

Danzando bajo la lluvia

…tres, dos, uno y ahora sí a tocar el timbre. No pude, que nervios sentí. Me armé de valor de nuevo. Esta vez sólo conté hasta tres. Uno, dos tres y nuevamente no lo toqué. Me retiré un poco de la puerta y pensé que diferente podría ser la vida de Julia si siempre se quedara aquí en esta casa. En realidad su verdadera casa, la de sus padres, es una casa de locos. Resulta casi imposible vivir ahí y no dejo de pensar que Julia debe ser una mártir en tiempos modernos.
Tres, dos y esta vez toqué el timbre de una vez por todas. Atendió el llamado el tío peruano de Julia. Cuando abrió la puerta allí estaba yo del otro lado, sin poder pronunciar una palabra. Apenas, y justo a tiempo de que el tío creyera que era un tarado, pude balbucear un “se encuentra Julia” en voz muy baja.
Felizmente este gran señor era un hombre muy perceptivo y captó enseguida la situación. No dejó que diga nada más. Levantó un poco la voz sólo para decir: “Silvana, amor, buscan a Julia, es Diego”.
Hubiese preferido que no diga mi nombre. De ese modo la hubiese tomado por sorpresa. Pero si bien había dicho, que era un gran señor, también dije que era muy perceptivo. Él sabía que debía anunciarme para no tomar a nadie por sorpresa. Finalmente, no estaba en mi contra, pero tampoco a mi favor. Sólo era un chico al que había caído bien con anterioridad y que pensaba tenía buenas intenciones. Este tipo era un hombre inteligente y tolerante, una combinación muy escasa de encontrar por estos tiempos.
Cerró la puerta, pero se quedó de la parte de afuera. No me hizo entrar, pero no me dejó solo. Me vio todo mojado y como para distender el momento, me preguntó si acababa de tomar una ducha. Eso me hizo sonreír. El tipo sabía que estaba nervioso hasta el tuétano y aún así se burlaba de mí. Respondí sólo con una sonrisa cómplice. No sabía que decirle, debido a que nunca habíamos tenido una conversación continua por más de dos minutos y menos a solas.
“Te haría pasar para que te seques”, me dijo sacaba la mano fuera del techito de la entrada para verificar que tanto llovía, “pero sabes como es la situación”.
Que interesante. En menos de un día estaba recibiendo la experiencia de dos hombres con distinta suerte en la vida. Con diferentes estilos de vida, diferente procedencia y diferentes objetivos. Pero ambos coincidían en algo que yo noté con mucho esfuerzo. Ambos le daban espacio a sus mujeres. A las mujeres de su vida y con ellos no me refería justamente a sus esposas, sino que también a su hija o sobrina, refiriéndome exactamente a Julia. Pero llegado el momento, tomaban parte de sus decisiones induciéndolas de alguna manera. Interviniendo por su bienestar. Yo quería emular a esos hombres. Lo más probable es que Julia no quiera verme y que sea su decisión irrevocable, más moriré ahí hasta disparar la última munición como los hombres de guerra.
“Entiendo”, le conteste cómplice tácito de lo que me decía.
Estuvimos unos segundos sin conversar nada allí afuera. Él seguía examinando la intensidad de la lluvia. Parecía que jugaba con su mano y las gotitas que rebotaban en la misma. Por mi parte nunca me había parecido tan incómodo el silencio como hasta ese momento. Sentía que le debía una explicación, pero mi dignidad, ya suficientemente maltrecha, me hacía detenerme.
El silencio fue interrumpido por Silvana, la tía de Julia. Salió por la misma puerta donde nos encontrábamos. Le indicó a su esposo que lo llamaba Andreita y le pidió que la cuide. El tío, me dio la mano en señal de despedida, me guiñó el ojo y me dijo antes de irse “ya sabes”.
No sé que diablos había querido decirme con ese “ya sabes”. No le entendí de primero porque salvo me hubiese leído la mente, no me había dicho nada que me llevara a algún tipo de precoz aprendizaje. Se metió y no lo vi más por esa noche.
“Bueno Diego”, habló la tía dirigiéndose con todo el cuerpo hacia mí, “Le pregunté y no quiere verte”.
“Señora, discúlpeme ante todo el atrevimiento, pero debo hablar con ella. Explicarle todo”, le aclaré.
“¿No es suficiente ya?”, me preguntó casi angustiada.
“No soy el culpable que ella piensa que soy”, afirmé con seguridad.
“Por ahora ella piensa eso y me parece que no es el momento adecuado para aclarar las cosas, dale tiempo Diego. No hay mejor aliado que el tiempo”, me aconsejó.
Me quedé en silencio pensando como contraatacar ese razonamiento civilizado. Bajé la cabeza, absorto en mis pensamientos, mientras la tía me contemplaba. En voz baja, de repente, pronuncié: “No la quiero perder”, levanté la cabeza y mirándola a los ojos le dije, “lo juro Silvana”.
“Eso debiste pensar antes de cometer esas tonterías”, me regañó.
Entonces levanté a voz pero sólo hasta volverla firme y sin despegar la mirada de la suya continué: “No tuve nada que ver. Me tendieron una trampa. Necesito que me escuche”.
Entonces una lágrima de rabia rodó por mi mejilla mientras mi rostro tornasol, por la furia que me invadía las venas, volvía a su color. Silvana debió notar todo eso ya que me miró y me sugirió que me tranquilice. Me avisó que me entendía y que no sabía la razón pero creía en mis palabras. Me contó que ella siempre tuvo la cualidad de saber que hombre decía la verdad y que hombre mentía. Que eso la protegió siempre, que cuando miraba a los ojos a un hombre se percataba si sus intenciones eran buenas o malas. Pocas veces, por no decir nunca, vaya a ser que se le escapase alguna ocasión que no se haya enterado, esa especie de sexto sentido le había fallad y en esta ocasión veía en mis pupilas que yo decía la verdad.
“Voy a tratar de interceder por ti”, me indicó seriamente, “Pero conozco a mi sobrina. No estoy segura de que quiera baja a verte. Ella es muy testaruda cuando está cerrada en sus ideas. Por eso mismo sigue viviendo con sus padres y no viene a vivir conmigo. Pero al menos lo intentaré. Espérame aquí”.
Cuando se fue me fui a sentarme al cordón de la vereda. Mis zapatillas apoyadas en la inclinada pista hacía rampa para la formación de pequeñas olas. Eso dejaba empapado mi calzado, que casi se sumergía ante el caudal de aquél riachuelo formado por la lluvia, que imparable no cesaba. El agua caía sobre mí y el resplandor de una luz que se encendía me sacó de mis pensamientos.
La luz venía de la habitación de Julia allí en la casa. Su tía entraba a la habitación y miraba hacia abajo donde supuse se encontraba Julia acostada porque no la podía ver a ella. Trataba de descifrar lo que Silvana le decía pero lo único que percibía eran unos ademanes con las manos que parecían indicarle que bajase un ratito al menos. “Sí”, le animaba por dentro con la esperanza de que logre convencerla. Me había puesto de pie y me limpiaba a cada instante el agua que caía incesante desde arriba y cruzada desde los lados debido al viento que empezaba a arreciar. Silvana se dio cuenta de mi condición abajo. Me miró y volvió la mirada en dirección de su sobrina. Entonces Julia se levantó apareciendo en la ventana. Al asomarse pude ver lo llorosa que se veía. Escasas gotas de agua que lograban colarse por debajo del tejado llegando hasta ahí caían en su cara. No distinguía por tanto si se trataban de lágrimas o gotas de lluvia. Se quedó de pie, de frente, mirándome y como no dije nada, craso primer error mío, se propuso cerrar la ventana y dejarme a la intemperie.
“¡Julia Espera!”, le grité para que logre escucharme ya que con el fondo de la lluvia persistente no había muy buena audición desde esa altura a donde yo me encontraba. Ese primer grito debe haber despertado a los vecinos porque se encendieron otras luces en el barrio.

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