miércoles, 17 de noviembre de 2010

Disturbios en el vecindario

Julia se detuvo y no cerró la ventana. Pero continuó sin decirme nada. Era como si necesitase que se me acuse de algo para poder defenderme. Supongo que debe ser la costumbre de los últimos días en donde todo el mundo me acusó de algo y yo tuve que fabricar mis propias defensas. En el caso de Julia ella seguía en blanco sin hablar una sola palabra. Así que debería empezar yo.
“Te amo”, le grité desde abajo en la calle.
“No lo haces”, me respondió enfadada y con desesperación. Parecía una niña chica que no pretendía escuchar razones.
“Sí lo hago mi princesa”, continué.
“No soy nada tuya”, me interrumpió.
“Sí eres”, insistí, “eres el único elemento que preciso para ser feliz. Eres la razón por la que me he levantado todas las últimas mañanas. Eres el motor que me hace funcionar y eres la alegría que invade mi corazón cada vez que te veo”.
“Veo que me lo demuestras a mí y a otras”, me contestó.
“No te das cuenta que todo fue una trampa que me tendieron”, expliqué.
“No es excusa, Diego, y por favor vete. No quiero escándalos en el barrio. Déjame sola y sigue tu camino solo”
Eso me cayó como una flecha directa al corazón.
“Ya no puedo. Cada día me levanto con la ilusión de verte en algún momento del día, saludarte, besarte, abrazarte y acariciarte… y cada vez que me levanto contigo a mi lado, siento que tengo todo lo que necesito en el mundo para ser feliz. Ya no puedo vivir sin ti”.
“No te creo”, me dijo.
“Deberías hacerlo porque es la pura verdad”, exclamé.
Entonces me hizo la pregunta que aclararía todo: “¿y por qué la besaste entonces?”
“¿A quién?”, pregunté sorprendido.
“A esa chica fuera de Tres Perros aquella noche”, señaló.
“Yo no lo hice”, me defendí.
“Te vi Diego, no lo niegues”, me acusó.
Entonces entendí. Julia estaba dolida por lo que había visto al creer que yo había besado a Coti. Incluso sabiendo eso, se sentía dolida y decepcionada pero me seguía dando la oportunidad de hablar con ella. Eso significaba que aún estaba enamorada de mí. Pero entiendo a las mujeres en ese sentido y yo haría lo mismo. Si me traicionan, no podría volver a confiar plenamente en mi pareja, por ende, al ser tan importante la confianza en una relación, no podría continuar. Sería como construir un edificio en bases endebles. Así que debía actuar con cautela.
Sin embargo, cautela, parecía no haber llegado por estos rumbos. Al parecer a algún vecino no le pareció correcta nuestra demostración pública de amor o tal vez los gritos le parecieron innecesarios y perturbadores de la paz de dicho sereno barrio. Lo noté cuando llegó la policía a convencernos para que mantengamos la calma o mejor dicho para coaccionarnos para devolverle la calma al lugar. Es impresionante la rapidez de con la que llegan los policías cuando hay disturbios menores y se tardan cuando en realidad se necesitan.
Antes de que la policía se detuviese logré decirle a Julia que en realidad era Coti quien me había tomado por sorpresa al besarme. Que yo no le había dado pie para nada de eso y que no sé por qué esta chica lo había hecho ya que yo le regí toda la noche y no la había visto en mi vida. “Parecía que le hubiesen pagado para hacerlo, lo juro”.
Entonces mientras hablaba con Julia sobre esa noche reaccioné. Caí en que esa podía ser una hipótesis valedera, pero no tenía pruebas para sostenerlo. Ella no lo podía creer. Las excusas que le venía dando eran como sacadas de una novela y la verdad, después pensándolo fríamente, tenía toda la razón. Pero a veces el mundo y su gente nos sorprenden en demasía.
Un oficial de los que había llegado en el auto policial se me acercó, el otro esperó en el auto. Me preguntó si yo era el que estaba haciendo escándalo en la calle. Le dije que no era ningún escándalo, que estaba hablando con mi novia. Se dirigió a Julia a preguntarle si yo lo era y ella respondió que lo había sido, pero que ahora prefería que me vaya. El policía al escuchar esto entendió completamente que estaba molestando allí y que era yo a quién se refería el vecino que los llamó. Me invitó a irme de ahí por mis propios medios, indicándome además, que no tenía ganas de volver a verme por la zona. Le aclaré que no tenía por qué echarme de ahí. Que no era ningún delincuente y que no había razón alguna para irme. Mientras tanto la lluvia no se detuvo en ningún momento por lo que el policía se estaba mojando junto conmigo. Eso y mi respuesta deben haberle hecho perder la paciencia pues me tomó del brazo con la idea de sacarme de allí. No se lo permití y me solté. Le reclamé que no tenía ningún derecho a sacarme de allí. Y digo después de todo este es aún un país libre. El policía insistió nuevamente tratando de agarrarme pero no me dejé. Llegamos a forcejear en algún momento. La vereda estaba gelatinosa y más aún con el barro de los jardines que había empezado a brotar de su lugar debido a los movimientos que realizábamos. Me detuve y le dije. Sólo quiero decirle algo más y me voy. Tampoco quería meterme en más problemas con la policía. Pero el agente de la ley no aceptó mi propuesta y me señaló que me iba de una vez. Continuamos jugando a los policías y ladrones, el tratando de sujetarme y yo tratando de no quedar sujeto. En un momento por tratar de trabarme el policía terminó acostado encima del jardín del vecino tras resbalar con la vereda mojada y sucia. Mientras sacudía su uniforme sucio y se levantaba del suelo aproveché para decirle a Julia lo que quería decirle.
“Julia, yo te amo y nunca dejé de amarte, no te traicionaría por nada del mundo. No lo he hecho y nunca pienso hacerlo y de ello estoy cien por ciento seguro. Se que tu me amas como yo a ti. Si no fuese por eso no estaría aquí”.
En ese momento descubrí que era mi momento para inducirla por el amor. Aquello que implícitamente me habían dejado como enseñanza su padre y su tío. Eso en donde ellos al saber que era lo que les convenían a sus mujeres optaban por señalarles el camino. Sabía que era mi hora y que debía hacer.
“Nuestro destino es estar juntos y quiero estar a tu lado. No ahora, no un tiempito más, sino para siempre”.
Julia me miraba desde su ventana con una cambiante expresión. Mis palabras al parecer iban tomando efecto así que continué.
“Sí, Julia, como lo escuchas. Quiero quedarme contigo para toda la vida. Y sólo tú sabes que cada palabra que siempre te dije fue verdad. No te quiero pedir matrimonio ahora pero hay algo que puedo sentir, y es que tú y yo viviremos juntos de por vida. Si no es así, prefiero morir ahora”.
Sólo sentí un golpe y todo se tornó oscuridad.

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