Ya con Verónica dentro de casa pedí un metro de pizza con muzzarella. Nos sentamos a esperar la pizza, ya que me dijeron que el del ‘delivery’ tardaría alrededor de unos veinte minutos en entregar el pedido. Así que sólo nos quedaba esperar. Mientras, iríamos conversando sobre lo que le había sucedido. Allí, más linda que nunca, Verónica, empezó a contarme que el trabajo la tenía estresada. Con sus ojos minuciosamente delineados, me contaba que le habían dicho que lo que le había pasado no era más que un ataque de estrés, muy común en nuestros tiempos. La ropa le quedaba entallada pensaba mientras me explicaba que ahora vivimos a mil por hora y que no nos damos tiempos para descansar. ¿Será que por el ataque de estrés habría bajado de peso?, me preguntaba al mismo tiempo que ella añadía que estos ataquen ocurrían cuando el cuerpo detectaba un exceso de adrenalina y no tenía como gastarla. No lo había notado nunca, Verónica, tiene una piel muy suave.
“¿Tú que opinas?”, me preguntó, “No has dicho mucho desde que llegué”.
Era verdad la había dejado hablar todo. En pocos minutos me había explicado lo que le había sucedido, como posiblemente lo había contraído, que consecuencias mínimas tenía, como lo controlaba, entre otras cosas. Por mi parte me había limitado a observarla y escuchar lo que me decía en su monólogo. Aunque parezca mentira, había logrado comprender todo. Tantos sus expresiones como mis pensamientos.
Sí, debo confesar que estaba hermosa, lo cual debería dificultar continuar con lo que tenía planeado. Pero ni ella, tan linda física e interiormente, ni nadie podía alejarme de mi objetivo que era Julia. En consecuencia respondí vagamente con un “no entiendo mucho de esas cosas, pero veo que no es cada grave, así que si es así, está bien”, y culminé mi intervención devolviéndole una pregunta para hacer efectiva la interlocución, “¿no lo crees?”.
Yo sé, no es necesario que me lo digan. Que fantasma que soy. Sólo le seguí la corriente para salir del paso. Pero algo es verdad de lo que dije, lo bueno es que se encontraba bien y no había de que preocuparse.
Pasados doce minutos llegó la pizza. No es que los que entregan las pizzas en Montevideo sean los mejores que existen. La pizzería donde la pedí estaba a cinco cuadras de donde vivo, venden en cantidades así que tienen pizzas preparadas a montones a esa hora y además entregan en moto como siempre. Doce minutos fue sorprendente, pero no inexplicable. Lo que sí debo reconocer es que me encantaba pedir esa pizza porque era sabrosísima.
Nos deleitamos sin hablar mucho. Ambos estábamos hambrientos. Aunque, me parece, que el apetito de ella también me incluía a mí dentro de su dieta. Lo supuse cuando con el dedo índice se llevaba los hilos de queso que le colgaban a la porción escogida hacia su boca, introduciéndolos con todo y dedo y retirándolo suavemente mientras me pegaba la mirada. No hice más que sonrojarme y bajar la cabeza. Después de ese episodio recordé la última vez que ella había estado en mi apartamento, antes de salir a aquel baile en Azabache. Algo notorio era su apetito sexual para conmigo, si veía la oportunidad relanzaba sobre mí como perro de caza. Si recuerdan, Verónica, se transforma cuando de sexo se trata. Se desinhibe por completo y suele arrojarse sobre mí. Quería evitar sucesos de ese estilo, por lo que intenté bajarle calor al momento. Me hice como que no entendí sus indirectas y continué comiendo dándole importancia a mi apetito que pasó a ser el tema de conversación.
Me contó que sus hermanos, tres hombres y ninguna mujer, comían como bestias en épocas de hambruna. Siempre regresaban de jugar al fútbol, todo sudorosos, y se comían todo lo que encontraban en la heladera. Se tomaban todos los refrescos que encontraban y desabastecían la despensa. Por ello su madre había optado por esperarlos con refuerzos después de cada jornada futbolera para saciar el apetito sempiterno de sus hermanos, valga la redundancia siempre varones.
Discutida su versión masculina del hambre y distraída su atención de lo que podría excitarle dimos por concluida la no planificada cena para dos. Nos sentamos en el sofá de siempre y conversamos un par de cosas de actualidad mientras me daba valor para encararla. Hasta que lo hice, me costó pero finalmente empecé.
Fui directo y conciso. Comencé por decirle que me seguía pareciendo una linda chica y que ahora que había podido pasar más tiempo con ella y aprendido a conocerla mejor, me parecía una chica genial. Que en realidad los momentos que habíamos pasado juntos estos últimos días había logrado conocer sus cualidades. Me había sorprendido la forma en que habíamos congeniado. Que me gustaban muchas cosas de ellas… y me detuve. Me di cuenta que del modo en que venía encarándola parecía, mas bien, que le iba a proponer ser mi novia. Me hizo pensar. Incluso en esos segundos interminables de silencio llegué a preguntarme por qué ella no podía ser mi novia si me quería tanto.
Entonces, hice un cambio de último momento. Cambié la estrategia y le comencé a hablar de Julia y no de ella. Le mencioné los momentos que habíamos vivido juntos. Las cosas buenas y malas por las que habíamos pasado. Los instantes en que parecía que el mundo se podía acabar enseguida que nosotros ya habíamos logrado la felicidad. Le conté de cada gesto que llenaba mi alma y de cada palabra suya que alegraba mi corazón. Le comenté cada tiempo que había sido feliz con Julia y que las pequeñas cosas eran las más importantes. Como sobraban los detalles entre Julia y yo y como escaseaban los malos ratos. Eso me hizo regresar a mí y enfocarme en mi objetivo.
Verónica podía ser una opción muy tentadora en este momento para mí por lo bella y casi perfecta que se veía, pero la mujer más linda del universo en este instante y la que lograba mi perfección siempre fue y será Julia; y por ella, Verónica y yo estábamos reunidos aquí.
Verónica fue transformando su cara de ilusión cambiándola por la decepción. Una vez más me encontraba allí frente a ella, cortándole el rostro y diciéndole que no era ella por quién moría sino por Julia.
Entonces con los ojos llenos de lágrimas me reclamó: “¿Entonces por qué me llamaste hoy?, ¿Para decirme esto?”.
Mi mente pasó de una actitud pasiva, a una más activa, haciendo clic con sus preguntas. Le pregunté si ella había estado involucrada en algún plan para separarnos a Julia y a mí. Me lo negó en una primera y segunda instancia. Insistí pero persistía con que ella no tuvo nada que ver. La acusé de mentirosa, y ya dudando de sus afirmaciones al sospechar que sabía de lo que hablaba, volvió a negar mis acusaciones.
Llegado el momento le puse las pruebas sobre la mesa. De forma hipotética claro porque no tenía pruebas físicas para acusarla. Le comenté si unas fotos de ella y mías no le indicaban que sabía algo. Ella quedó en silencio.
“¿Quieres que continúe?”, le pregunté.
Continuó callada y bajó la cabeza. Se la levante del mentón con mi mano derecha lenta y suavemente. Y le re pregunté:
“¿Quieres que continúe o prefieres contármelo tú sola para que no saque mis propias conclusiones con respecto a ti?”.
Fui directo, conciso y contundente. Le hice entender que ella podía corregir la versión que yo tenía de ella. O podía dejarme pensar lo que quería. Ella decidía el como quería que la viese. Era un riesgo para mí debido a que la información que necesitaba pasaba por su decisión, entre brindármela o quedársela, pero debía correr el riesgo.
“¿Tú que opinas?”, me preguntó, “No has dicho mucho desde que llegué”.
Era verdad la había dejado hablar todo. En pocos minutos me había explicado lo que le había sucedido, como posiblemente lo había contraído, que consecuencias mínimas tenía, como lo controlaba, entre otras cosas. Por mi parte me había limitado a observarla y escuchar lo que me decía en su monólogo. Aunque parezca mentira, había logrado comprender todo. Tantos sus expresiones como mis pensamientos.
Sí, debo confesar que estaba hermosa, lo cual debería dificultar continuar con lo que tenía planeado. Pero ni ella, tan linda física e interiormente, ni nadie podía alejarme de mi objetivo que era Julia. En consecuencia respondí vagamente con un “no entiendo mucho de esas cosas, pero veo que no es cada grave, así que si es así, está bien”, y culminé mi intervención devolviéndole una pregunta para hacer efectiva la interlocución, “¿no lo crees?”.
Yo sé, no es necesario que me lo digan. Que fantasma que soy. Sólo le seguí la corriente para salir del paso. Pero algo es verdad de lo que dije, lo bueno es que se encontraba bien y no había de que preocuparse.
Pasados doce minutos llegó la pizza. No es que los que entregan las pizzas en Montevideo sean los mejores que existen. La pizzería donde la pedí estaba a cinco cuadras de donde vivo, venden en cantidades así que tienen pizzas preparadas a montones a esa hora y además entregan en moto como siempre. Doce minutos fue sorprendente, pero no inexplicable. Lo que sí debo reconocer es que me encantaba pedir esa pizza porque era sabrosísima.
Nos deleitamos sin hablar mucho. Ambos estábamos hambrientos. Aunque, me parece, que el apetito de ella también me incluía a mí dentro de su dieta. Lo supuse cuando con el dedo índice se llevaba los hilos de queso que le colgaban a la porción escogida hacia su boca, introduciéndolos con todo y dedo y retirándolo suavemente mientras me pegaba la mirada. No hice más que sonrojarme y bajar la cabeza. Después de ese episodio recordé la última vez que ella había estado en mi apartamento, antes de salir a aquel baile en Azabache. Algo notorio era su apetito sexual para conmigo, si veía la oportunidad relanzaba sobre mí como perro de caza. Si recuerdan, Verónica, se transforma cuando de sexo se trata. Se desinhibe por completo y suele arrojarse sobre mí. Quería evitar sucesos de ese estilo, por lo que intenté bajarle calor al momento. Me hice como que no entendí sus indirectas y continué comiendo dándole importancia a mi apetito que pasó a ser el tema de conversación.
Me contó que sus hermanos, tres hombres y ninguna mujer, comían como bestias en épocas de hambruna. Siempre regresaban de jugar al fútbol, todo sudorosos, y se comían todo lo que encontraban en la heladera. Se tomaban todos los refrescos que encontraban y desabastecían la despensa. Por ello su madre había optado por esperarlos con refuerzos después de cada jornada futbolera para saciar el apetito sempiterno de sus hermanos, valga la redundancia siempre varones.
Discutida su versión masculina del hambre y distraída su atención de lo que podría excitarle dimos por concluida la no planificada cena para dos. Nos sentamos en el sofá de siempre y conversamos un par de cosas de actualidad mientras me daba valor para encararla. Hasta que lo hice, me costó pero finalmente empecé.
Fui directo y conciso. Comencé por decirle que me seguía pareciendo una linda chica y que ahora que había podido pasar más tiempo con ella y aprendido a conocerla mejor, me parecía una chica genial. Que en realidad los momentos que habíamos pasado juntos estos últimos días había logrado conocer sus cualidades. Me había sorprendido la forma en que habíamos congeniado. Que me gustaban muchas cosas de ellas… y me detuve. Me di cuenta que del modo en que venía encarándola parecía, mas bien, que le iba a proponer ser mi novia. Me hizo pensar. Incluso en esos segundos interminables de silencio llegué a preguntarme por qué ella no podía ser mi novia si me quería tanto.
Entonces, hice un cambio de último momento. Cambié la estrategia y le comencé a hablar de Julia y no de ella. Le mencioné los momentos que habíamos vivido juntos. Las cosas buenas y malas por las que habíamos pasado. Los instantes en que parecía que el mundo se podía acabar enseguida que nosotros ya habíamos logrado la felicidad. Le conté de cada gesto que llenaba mi alma y de cada palabra suya que alegraba mi corazón. Le comenté cada tiempo que había sido feliz con Julia y que las pequeñas cosas eran las más importantes. Como sobraban los detalles entre Julia y yo y como escaseaban los malos ratos. Eso me hizo regresar a mí y enfocarme en mi objetivo.
Verónica podía ser una opción muy tentadora en este momento para mí por lo bella y casi perfecta que se veía, pero la mujer más linda del universo en este instante y la que lograba mi perfección siempre fue y será Julia; y por ella, Verónica y yo estábamos reunidos aquí.
Verónica fue transformando su cara de ilusión cambiándola por la decepción. Una vez más me encontraba allí frente a ella, cortándole el rostro y diciéndole que no era ella por quién moría sino por Julia.
Entonces con los ojos llenos de lágrimas me reclamó: “¿Entonces por qué me llamaste hoy?, ¿Para decirme esto?”.
Mi mente pasó de una actitud pasiva, a una más activa, haciendo clic con sus preguntas. Le pregunté si ella había estado involucrada en algún plan para separarnos a Julia y a mí. Me lo negó en una primera y segunda instancia. Insistí pero persistía con que ella no tuvo nada que ver. La acusé de mentirosa, y ya dudando de sus afirmaciones al sospechar que sabía de lo que hablaba, volvió a negar mis acusaciones.
Llegado el momento le puse las pruebas sobre la mesa. De forma hipotética claro porque no tenía pruebas físicas para acusarla. Le comenté si unas fotos de ella y mías no le indicaban que sabía algo. Ella quedó en silencio.
“¿Quieres que continúe?”, le pregunté.
Continuó callada y bajó la cabeza. Se la levante del mentón con mi mano derecha lenta y suavemente. Y le re pregunté:
“¿Quieres que continúe o prefieres contármelo tú sola para que no saque mis propias conclusiones con respecto a ti?”.
Fui directo, conciso y contundente. Le hice entender que ella podía corregir la versión que yo tenía de ella. O podía dejarme pensar lo que quería. Ella decidía el como quería que la viese. Era un riesgo para mí debido a que la información que necesitaba pasaba por su decisión, entre brindármela o quedársela, pero debía correr el riesgo.
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