martes, 23 de noviembre de 2010

De película

La película escogida, por Verónica, fue Resident Evil 4. La fuimos a ver en tercera dimensión. Yo me esperaba escogiese algo más romántico. Que se yo, una de esas comedias románticas comerciales de Hollywood que abundan en el mercado cinematográfico. Pero no, que sorpresa me llevé al descubrir que esta nena prefería ver sangre corriendo por aquí y por allá. La película, un plomazo para quien nunca jugó aquel juego. Supongo que para los amantes de la saga o del juego de video debe haber sido impresionante el momento en que nos salpicó sangre en los lentes de tercera dimensión. Aunque la verdadera sorpresa me llevaría al descubrir que Verónica era fanática indiscutible de la película, todos los juegos, la misma actriz Milla Jokovich y todo lo que puede verse relacionado con este título.
Cuando salimos del cine, y fuimos a comer al patio de comidas del shopping un poco de comida mexicana, me atomizó contándome todos los entremeses necesarios como para involucrarme con la historia. Pero no hubo caso. No soy partidario de los filmes violentos con sangre explícita chorreando por diestra y siniestra. En fin luego de media hora se ve que desistió en su intento. Se debe haber dado cuenta porque casi me quedó dormido sobre el plato de nachos con salsa de guacamole.
Luego de cenar, decidimos ir a la rambla. La conversación había dado un giro total. De hablar de sangres y muertes, pasamos a conversar sobre nuestras vidas y nuestra adolescencia. Dialogamos acerca de los programas de televisión que veíamos, la música que escuchábamos, la ropa con que vestíamos, los juegos que nos divertían, entre otras cosas. La nostalgia nos invadió por completo.
Nos sentamos dándole la espalda al mar, recostados al murito de la rambla en la rambla del barrio de Punta Carretas. Mientras observábamos como pasaban los autos nuestra conversación se sumergía en nuestros gustos, pasatiempos y objetivos. En realidad fue una charla bastante amena y entretenida. A pesar del bodrio durante la cena, me abrí hacia los pensamientos y sueños de Verónica, quien me sorprendió más de la cuenta. A pesar de esa máscara de nenita boba que tenía, al parecer, se escondía una chica por demás interesante si te preocupabas por conocerla mejor. Como para redondearlo de alguna manera, podríamos decir que se trataba de una mujer muy interesante, linda y con algunas excentricidades propias de una mujer de su naturaleza.
Nos levantamos de ahí y fuimos a caminar camino al barrio de Pocitos. Al llegar a cierto punto del recorrido me di cuenta que pasamos frente a la casa de Leticia. Eso me trajo recuerdos variados. Amargos y lindos. Aunque los recuerdos lindos entre Leticia y yo suelen ser melancólicos por las experiencias posteriores. Me desperté del efímero letargo al sentir la cabeza de Verónica recostándose en mi hombro.
No me había dado cuenta que mientras avanzábamos, ella, había ido aproximándose mucho. Llegando a tocar con su cabeza, mi brazo. Me preguntó si no me molestaba y le respondí que no, que no había inconvenientes. Y no los había en realidad, según lo que yo pensaba, al fin y al cabo éramos sólo amigos.
Se aferró de mi brazo con sus manos para darse estabilidad y seguimos caminando así. La luna brillaba resplandeciente en el cielo estrellado. Las olas tranquilas del río de la Plata reventaban suavemente en la orilla y la brisa nos salpicaba en el rostro. El frío de la rambla empezaba a acrecentar. Hacía frío. Esta noche no quería preguntar nada sobre Coti. Ya lo hablaríamos en la siguiente cita. Digo cita, por llamarlo de alguna forma. Como lo veía yo, estaba persiguiendo mi objetivo.
Decidimos irnos de ahí puesto que no queríamos agarrarnos ningún resfriado. Ella aprovechó el frío para no despegarse de mí. Yo me compadecí un tanto de ella y la abracé para que se le pase un poco el frío. Le froté los brazos con las palmas de mis manos de manera que entre en calor con la fricción. Ella, por lo que pude ver, se sintió más que bien. Diría algo caliente.
Nos despedimos en la próxima parada con la firme intención de volver a vernos. Antes de subir al ómnibus estuvimos bromeando bobamente como lo hacen un par de enamorados. Ella haciendo gala de su histerismo y yo haciendo lo propio con mi sentido del humor. Cuando llegó el ómnibus, dudó en irse en ese o el siguiente pero al final subió y antes de que se cierren las puertas volvió la mirada para sonreírme y decirme “Gracias”.
Aquél gracias me rompió el alma en mil pedacitos. Pero como donde manda el corazón, no manda la cabeza; terminé por hacer de tripas, corazón y opté por largarme de ahí. Me fui caminando a casa, meditando por lo que venía haciendo. No era mi naturaleza jugar así con las personas, y menos con personas tan adorables como Verónica. Debía encontrar una solución para esto.

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