sábado, 27 de noviembre de 2010

Por fin. Un cara a cara con Leticia

Antes de poder retirarme a casa, decepcionado por no ubicar a Verónica, lo cual ocasionaba un retraso en la búsqueda de mi objetivo más cercano, que era reconquistar a Julia, alguien me detuvo. Era Leticia.
Estaba saliendo justamente de trabajar, al igual que yo, y se animó a interceptarme. Me preguntó si me podía acompañar, y aunque si bien es cierto no me desagradaba su presencia, no era algo que me volviera loco tampoco. Acepté sin más remedio y con la idea de tratar de sacarle algo de información. Últimamente me había vuelto una especie de Sherlock Holmes moderno, buscando descifrar acertijos. O un a especie de lector de mentes al fiel estilo de Lord Voldemort.
Como sea. Nos apartamos de ahí. Los que estaban presentes no vieron extrañados retirarnos. Y estoy seguro que en la mente de ambos, teníamos presentes el hecho de cuidarnos en lo que decíamos, ya que por lo que nos conocíamos, con seguridad buscábamos cualquiera de dos cosas. O buscar mayor información o jactarnos de algo.
Ahora que lo pienso un poquito más, quizá Leticia y yo no funcionamos porque en el fondo éramos iguales. Calculadores y apasionados. A veces se recomienda para que las parejas funcionen que los caracteres de las unidades sean opuestos. Y como en la ley de magneto, los polos opuestos se atraen. Más bien en nuestro caso, al ser tan diferentes, nos llegamos a repeler. Pero después de tanto tiempo, ni ella, ni yo, podíamos engañarnos fingiendo cual actuación de primaria.
Como dije, la primera parte de la conversación fue simple cortesía y diplomacia. Parecíamos dos países vecinos arreglando temas limítrofes. Primero presentamos nuestras cartas diplomáticas, pero en el fondo sabíamos que nos esperaba la guerra. Y la batalla que me interesaba ganar en esta fecha, era la de saber que le había dicho a Verónica para que se sienta tan mal. Y aprovecho para confesar algo. Me dio tanta rabia que le suceda algo así a una persona tan simpática como Verónica. Que se sienta mal de un momento a otro cuando estaba tan alegre. Más, si es que tomamos en cuenta que quien le produjo eso fue alguien quien se dice su amiga y a que Verónica misma la considera, sino como la mejor, una de sus mejores amigas. No me considero un experto en Verónica, pero convengamos que ella muchas veces es un libro abierto.
Le pregunté en que parte de la empresa estaba trabajando y me explicó que si no la veía es porque estaba trabajando en la parte del archivo. Encerrada entre papeles, folios y recibos. Bajo un mar de polvo y muerta de calor porque para no ensuciarse la ropa usaban unos cobertores de plástico que incrementaban la sensación de calor en un lugar donde ni siquiera había una correcta ventilación. Como algunas empresas, a las que el ministerio de trabajo no controlaba concienzudamente, no juntaba en ciertas áreas los requerimientos mínimos para un trabajo que no atente contra la salud del trabajador. Hay que ser claros, esto pasa en toda parte del mundo, pero uno siempre se pregunta por qué debe pasarle a uno mismo y se queja de su condición. A Leticia le pasaba esto.
Esto explicaba porque no la había visto mucho últimamente. Pero me parecía extraño que a una persona con un currículum tan calificado le hayan escogido para arreglar el archivo. Era algo que debía preguntarle a la jefa de personal mañana cuando regrese al trabajo. Luego de hablar sobre esas condiciones, para ella, infrahumanas de trabajo, tocamos el tema Julia. Sólo atiné a mentirle. Le dije que Julia era un capítulo pasado en mi vida. Intenté bromear al mencionarle que era el mismo caso que con ella. Pero su reacción fue de incomodidad. Aunque más que incomodidad fue rabia. Sólo que trató de disimularlo. Estaba seguro de que Leticia no quería nada más conmigo como pareja, pero su obsesión hacia mí y el desplante que yo había significado en su vida, tenían sed de venganza. No le pregunté nada, pero de ahí debía partir su intervención en mi relación con Julia y lo que ahora tramaba con Verónica.
“No me parece gracioso”, me respondió seria. Luego cambió de expresión a una sonrisa y continuamos conversando.
El rumbo tomado había sido la parada más próxima, la que lógicamente debíamos tomar. Pero mientras hablábamos nos pasamos esa y dos paradas más inclusive. Y seguíamos de largo. La conversación era superflua, no hubo tópicos destacables. Sin embargo a ambos nos convenía continuar. Se pensó que sacaríamos chispas juntos, pero ahora, la zona de roce sólo se encontraba ligeramente más caliente.
Aproveché para obtener información cuando me preguntó que pasaba entre Verónica y yo. Le dije que prefería no decir nada. Sólo me cubría por cualquier cosa que le vaya a contar Leticia a Verónica. No quería comprometerme mucho en el tema de prometer cosas que luego no podría cumplir. Me refiero a que simplemente no quería ilusionar a Verónica prometiéndole o dándole a entender, directa o indirectamente, que me iba a quedar con ella. Si bien es cierto la usaba a mi conveniencia en mis planes por reconquistar a Julia, mi intención no era hacerle daño y menos ahora que la había conocido un poco mejor descubriendo lo maravillosa persona que es.
Insistió como tratando de sonsacarme entre juegos bobos donde me indicaba que me veía muy acaramelado con ella. Yo reía por dentro por la pobre actuación de Leticia. Que alguien me diga quien le Puede creer ese verso de que se interesa por ambos.
Al notar que no me podía sacar ninguna información entró en cólera tornándose obtusa en sus comentarios. Contradiciendo en cada cosa que le decía y provocándome como para sacarme algo por arrebato. Sin embargo, supe mantenerme tranquilo y lo único que sucedió es que Leticia cayó un frenesí insuperable.
De pura exacerbada que estaba me dijo que me olvidase de los buenos tratos con ella. Que cómo podía haberla comparado con Julia. Si con ella había pasado mucho más tiempo que con miss inocencia. Que la mosquita muerta de Julia se iba a enterar de que yo salía ahora con quien se decía su amiga. Que nos había tomado fotos con Verónica en la rambla mientras ella se recostaba a mí. Se rió como burlándose, tomó un respiro y continuó su perorata. Era un iluso si pensaba que Verónica me podía hacer caso, que sólo me estaba utilizando. Sólo seguía órdenes de ella. Y agregó que era un idiota por no haberme dado cuenta de que lo de Verónica era una simple pantomima. Volvió a reirse finalizando antes de irse por su cuenta diciéndome: “¡Qué iluso!, no cambias más cornudo”.
Y bueno ya estaba. Monstruo había soltado las garras. Y estaba demostrado que Verónica estaba con ellos, aunque me quedaba dudas de hasta donde. Pero lo importante eran dos cosas. Primero había logrado desenmascararla por completo y segundo había logrado grabar todo con mi MP3 sin que se diese cuenta. En verdad, ahora que lo pienso, qué útiles que son estos avances de tecnología.

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