martes, 2 de noviembre de 2010

Una mano al auxilio

A veces la ayuda en los peores momentos de la vida no viene desde la persona que tienes más cerca sino de un perfecto desconocido. Fue así como ocurrió en esta ocasión. Ninguno de mis amigos más cercanos estuvo cerca. Tampoco estaban enterados de nada porque todo había sucedido tan de improviso y raudo. Estaba solo en uno de los lugares en donde uno nunca quisiera estar. Si bien es cierto no estaba en la cárcel, ya con el solo hecho de estar en esa carceleta y ver manchados mis antecedentes policiales, era una situación como para no querer vivirla. No se lo deseo a nadie. Pasé uno de los momentos más vacíos que tuve en mi vida. Igual, una luz en el fondo de ese túnel lóbrego mantenía pendiendo de un hilo mi estado anímico.
Era Julia, su amor vale la pena todo sacrificio y en este instante era el amor por ella que me mantenía despierto y no me dejaba caer. Era el justo momento para deprimirme y caer en el estado que estuve cuando ella me puso la prueba de su madre al frente. Pero esta vez había aprendido la lección. Tuve mucho tiempo para pensar. Estando allí adentro los minutos pasan demasiado lento. Medité sobre qué estaba haciendo de mi existencia. Pensé en como venía manejando mis asuntos y que cara le venía mostrando a la vida misma en el día a día. Fueron pensamientos muy profundos que me catapultaron hacia otros aún más significativos. Evalué mi relación, analicé a mis rivales y planeé mi futuro si lograba salir de esta.
Un borracho entró a hacerme compañía en la carceleta. Mejor dicho lo metieron. Al parecer había armado un escándalo en un boliche porque pensaba que le estaban cobrando de más. Me contó que el mozo quería aprovecharse de él sólo porque lo veía ebrio, pero que él, no se iba a dejar maniatar por nadie.
“¿Sabes algo muchacho?”, me preguntó en cierto momento con aires de sabiduría etílica.
Lo miré tratando de descifrar que quería decirme. No era de mi elección el hacer un amigo alcohólico en una cárcel de Montevideo, pero la situación no me deja otra opción. Me animé a escucharlo y dejarlo continuar:
“Nos quieren controlar. La gente de arriba siempre cree que puede mover sus hilos y manejarnos como títeres. Pero yo no me dejo muchacho. Yo no. Yo lucho. Sí señor, yo lucho y no me dejo. ¿Sabes cómo? No pagué la cuenta”.
Debo reconocer que mi borracho no estaba en todos sus cabales para tomarlo muy en serio pero me interesó lo que decía. Por alguna razón me tocaban sus palabras.
“Ese mozo creía que era más que yo porque se imponía con su poder. Pero no lo pudo hacer conmigo. Yo sabía que debía pagar menos. Yo no tomé tanto, no fue tanto”.
Se detuvo un momento y continuó:
“Se creía más que yo porque llevaba el poder de quienes lo someten a él. Pero yo, muchacho, soy un espíritu libre. A mi no me controlan sus jefes. Yo podré estar aquí ahora, pero al amanecer estaré libre y estar aquí no me hace menos. ¿Pero sabes que me hace ser más? El no hacer lo que ellos quieren sino morir firme en mis convicciones”.
Escuche finalmente todo lo que dijo prestando mucha atención. Observé como se fue acomodando en el lado de la banca en la que permanecíamos sentados hasta acostarse. Poco a poco se fue quedando dormido dejando caer un hilo de baba sobre el piso hasta quedar profundamente dormido. Luego, sus ronquidos me mantuvieron despierto a mí.
Al salir los primeros rayos solares vino uno de los policías a buscarme y me pidió que lo acompañe. Fuimos a una habitación en donde sólo había una mesa de madera vieja, dos sillas de metal muy incómodas y un ventilador. Se sentó él en una de ellas y me pidió con voz seria y enérgica, como dando una orden, que me siente frente a él en la otra silla. Así lo hice sin contrariar en lo absoluto.
“Bueno… Diego, ¿verdad?, ¿así te llamas no hijo?”, me consultó el policía con voz paternal.
Era un policía canoso, muy bien peinado y vestido con su uniforme impecablemente. Algunas medallas al mérito colgaban de su camisa del uniforma. En su placa se leía su apellido el cual no pienso revelar para que no se conozca su identidad. Pero por lo que podía apreciar se trataba de un elemento del orden bastante experimentado. De aquellos que saben manejar las situaciones, más que por la fuerza, con sapiencia.
“Sí”, le contesté inmediatamente. “Disculpe, tengo una pregunta”, me adelanté, “¿Cree necesario que necesite un abogado para hablar”, no quise molestarlo y agravar mi estadía en el predio así que fui sutil al preguntar. Lo hacía por mi propia seguridad ya que cuando Leticia llamó habló de violencia contra una mujer. Eso no es bien visto por ningún policía.
“¿Crees necesitarlo”, repreguntó.
“La verdad que no sé”, afirmé convencido.
Se quedó pensando mirándome a los ojos, mientras yo bajaba la mirada y la cabeza lentamente.
“Ninguna persona que no esté arrepentida de lo que hace baja la cabeza, que eso se te quede grabado”, me aconsejó el policía. “Cuéntame que pasó esta noche que así acabaremos lo antes posible con este asunto. Yo salgo a las ocho de la mañana de mi turno y no quiero hacer horas extras ni por ti, ni por el otro tarado que está en la otra ‘suite’”.
Le conté todos los hechos según como los había visto y como habían sucedido. De lo que sabía no me guardé nada. Mientras lo hacía el veterano policía me escuchaba atento y sonreía en ocasiones. Pero más que nada, me causó impresión, lo atento que me escuchaba. Era como si analizara cada palabra y frase que iba pronunciando.
Cuando terminé de contar me dijo que no estaba bien lo que había hecho y que por alguna razón creía en lo que me decía. Que mis ojos le eran sinceros y que al ver mis antecedentes no me veía como un buscalíos o un golpeador de mujeres. Me dejó claro que los escándalos así debían reprimirse y que por ello estaba aquí. Que tampoco estaba de acuerdo con maricones como esos, refiriéndose a Miguel, por todo lo que le había contado. Y que si bien es cierto se merecía más que esa trompada que le había propinado debía ser más inteligente y dejarle al tiempo que haga justicia con sus propias manos y no dejarnos llevar por los impulsos para hacer justicia con las nuestras. Me pidió que retirara mis pertenencias en la mesa de entrada y que me vaya a casa. Era domingo ya y me sugirió que descanse y piense en como recuperar a Julia, porque como él veía las cosas, iba a tener mucho trabajo por hacer. A propósito pregunté si sabía algo acerca de ella. Y me contó que la habían dejado en casa de su tía donde había pedido que la lleven. Ella misma la había recibido en la puerta. Al menos Julia estaba a salvo y eso me dejaba más tranquilo. En cuanto a mis antecedentes me dijo que no me preocupase, que no habría manchas, pero que esperaba no verme en una segunda ocasión por ahí porque ahí sí que lo iba a lamentar. Le aseguré que así sería y no si Dios quiere no me vería más.
“Dale hijo, ¡vete ya!”, me ordenó.
Obedecí de inmediato y antes de salir me dijo algo más que me daría un arma contra Miguel.
“Antes de salir, mira hacia adentro de la primera carceleta”, yo había permanecido en la del fondo me indicó y finalizó diciendo: “las peleas no se pueden efectuar de a uno”.
Me dirigí hacia la mesa de entrada y antes de salir dirigí la mirada hacia dentro de aquella carceleta que el buen oficial me había sugerido observar. Dentro de ella estaba el gil de Miguel, sentado con cara de preocupación y temblando, no sé si de frío o de nervios. Me hubiese gustado mucho tener una cámara de fotos en ese momento para fotografiarlo. El oficial de la mesa de entrada me entregó mis pertenencias. Billetera, llaves y mi celular, pero antes de soltar este último, me propuso cómplicemente si no quería llevarme un recuerdo de mi estadía. Era la oportunidad de tomarle esa foto delatadora al gil de Miguel. Miré hacia atrás y el oficial canoso me guiñó el ojo metiéndose luego en la habitación donde habíamos estado dialogando. Así que sin nadie alrededor le tomé esa foto a Miguel que sólo atinó a mirarme con odio. Acto seguido salí de ahí. Como dije al principio a veces la ayuda, cuando más lo necesitas viene de la gente extraña. Extraña como esta noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario