Llegué al trabajo sin encontrarme en el camino con Julia. No me preocupé mucho porque ambos sabemos bien que camino tomar si queremos evitarnos. Por tanto tomé mi ómnibus sin imprevistos y al arribar al laburo ya tenía personas esperando expectantes en la puerta con ansias de interrogarme. Lo del fin de semana se empezaba a volver bochornoso, pero por cautela, preferí no hacer comentarios mayores. Sólo una que otra excusa y alguna historia que dejase contentos a mis interlocutores y a salvo a mí.
Miguel llegó un poco más tarde este lunes de mañana. Como tenía ciertas permisiones dentro de la empresa, tipo poder llegar tarde por motivos laborales, las utilizó suponiendo que habría esta marea de curiosos al llegar al trabajo. Fue llegando a eso de las once y media de la mañana. No sé que excusa habrá dado, ni me interesa tampoco, pero siempre hacía lo mismo cuando le convenía.
Lo primero que hizo al llegar fue llamarme a su despacho. Fui sin temor alguno. Recuerden que yo hasta ese momento no sabía, que aquél policía, me había adoptado como su sobrino.
Me senté con él en su escritorio y con la nueva actitud que había decidido tomar. La de alguien que sólo mira para adelante sin regresar la vista atrás. De alguien que no le tiene miedo a lo que se venga. De alguien a quien le importa sólo su amor y da todo por él. Ahí, me enteré de mi ingreso reciente a la familia policial. Debo decir que debido a eso y el susto recibido en la seccional de la policía, Miguel, era más cauto al hablarme. Ya no era el mismo prepotente de antes, aunque en sus ojos se notaba que en su interior residía el odio hacia mí. Me propuso directamente y sin rodeos que si yo dentro de la empresa no hablaba nada de lo ocurrido en la carceleta aquella, él no tomaría represalias laborales contra mí. “¿Te parece?”, me propuso.
Sonreí. Me causó gracia su propuesta y él lo notó.
“Mira, Miguel, hay que verlo de esta forma y espero no lo malentiendas. Yo, voy a hacer lo que quiera, ¿queda claro?”.
Se lo dije mirándole a los ojos y con toda la seguridad del mundo que recaía sobre mi alma. Le dejé muy en claro que me importaba un cuerno lo que él haga o deje de hacer. Me intentó detener con un “espera”.
Pero con un gesto con la mano reafirmé mi postura y salí del lugar. Seguí firme con mi actitud, pero además, mi mente estaba centrada en otro tema mucho más relevante en este momento para mí. No me importaba tanto el perder el trabajo ahora. Quizá ya era hora de cambiar de empleo. Lo que más me importaba ahora era una ausencia en el lugar. Julia no había llegado a trabajar hoy.
Y no se apareció hasta eso de las dos de la tarde. De la preocupación no quise ni siquiera almorzar. La pude llamar, pero preferí no hacerlo para no sofocarla más de lo que ya debía estar. Lo que sí me llamó la atención fue que al llegar no lo hizo vestida con el uniforme. Al parecer no venía a trabajar. Supuse que venía a avisar que se reincorporaría pronto, o tal vez mañana, qué sé yo.
La saludé al pasar pero no me respondió el saludo. No me ignoró y fue lo que más me dolió. Me miró, como para que me diese por enterado con seguridad de que me había visto y que al verme saludarla me había ignorado. Indiferencia total. Bien dicen que la indiferencia es lo que más le duele al ser humano y puedo asegurar que duele aún más cuando la maldita indiferencia viene desde los seres que más quieres.
Así como entró salió. No quise estar cuando saliese. Me fui a almorzar, total, ya sabía que no me iba a hacer caso. Mi plan pasaba por otro plano de esta historia. Lo que me mantenía intranquilo ya estaba solucionado. Pues, mi verdadera preocupación se debía a si Julia se encontraba mejor o si seguía en el estado de frustración por el que había pasado. Al verla, sólo algo ojerosa, pero con suficientes fuerzas para ser indiferente conmigo me percaté que se venía recuperando mucho más raudamente de lo que yo, en mi momento de depresión, lo había hecho. Y sí, las mujeres son más fuertes emocionalmente que los hombres, sin lugar a dudas. Entonces venía recuperándose. No pensaba tratar estos temas dentro del trabajo con ella. No iba a ser sano, ni para ella, ni para mis planes. Por tanto como dije antes, fui a almorzar.
Antes de acabar el almuerzo llegó Verónica a hacer lo mismo que yo venía haciendo, saciar su hambre, pero se sentó lejos. La saludé y no devolvió el saludo. ¿Qué le pasaba? Recordé que yo le había encargado a ella a Julia en la mañana de esa noche. Así que quise preguntarle qué había pasado, pero me evadió. Dijo no querer hablar conmigo. Que no sabía cómo le había podido hacer algo así a Julia, su amiga. Claro siendo tan amigas debía estar de lado de ella. Pero algo no me cerraba en sus palabras. Esperé a que se fuese el resto de la gente que comía y me paré de la mesa acercándome a Verónica. A ella se le veía nerviosa, no parecía la Verónica de siempre, por más que me insistió que era porque no quería hablarme por lo que le había hecho a Julia, yo percibía que le pasaba algo más. Viéndose presionada, sólo atinó a pararse e irse. Por mi parte la dejé de ir, ya me enteraría luego que pasaba.
Miguel llegó un poco más tarde este lunes de mañana. Como tenía ciertas permisiones dentro de la empresa, tipo poder llegar tarde por motivos laborales, las utilizó suponiendo que habría esta marea de curiosos al llegar al trabajo. Fue llegando a eso de las once y media de la mañana. No sé que excusa habrá dado, ni me interesa tampoco, pero siempre hacía lo mismo cuando le convenía.
Lo primero que hizo al llegar fue llamarme a su despacho. Fui sin temor alguno. Recuerden que yo hasta ese momento no sabía, que aquél policía, me había adoptado como su sobrino.
Me senté con él en su escritorio y con la nueva actitud que había decidido tomar. La de alguien que sólo mira para adelante sin regresar la vista atrás. De alguien que no le tiene miedo a lo que se venga. De alguien a quien le importa sólo su amor y da todo por él. Ahí, me enteré de mi ingreso reciente a la familia policial. Debo decir que debido a eso y el susto recibido en la seccional de la policía, Miguel, era más cauto al hablarme. Ya no era el mismo prepotente de antes, aunque en sus ojos se notaba que en su interior residía el odio hacia mí. Me propuso directamente y sin rodeos que si yo dentro de la empresa no hablaba nada de lo ocurrido en la carceleta aquella, él no tomaría represalias laborales contra mí. “¿Te parece?”, me propuso.
Sonreí. Me causó gracia su propuesta y él lo notó.
“Mira, Miguel, hay que verlo de esta forma y espero no lo malentiendas. Yo, voy a hacer lo que quiera, ¿queda claro?”.
Se lo dije mirándole a los ojos y con toda la seguridad del mundo que recaía sobre mi alma. Le dejé muy en claro que me importaba un cuerno lo que él haga o deje de hacer. Me intentó detener con un “espera”.
Pero con un gesto con la mano reafirmé mi postura y salí del lugar. Seguí firme con mi actitud, pero además, mi mente estaba centrada en otro tema mucho más relevante en este momento para mí. No me importaba tanto el perder el trabajo ahora. Quizá ya era hora de cambiar de empleo. Lo que más me importaba ahora era una ausencia en el lugar. Julia no había llegado a trabajar hoy.
Y no se apareció hasta eso de las dos de la tarde. De la preocupación no quise ni siquiera almorzar. La pude llamar, pero preferí no hacerlo para no sofocarla más de lo que ya debía estar. Lo que sí me llamó la atención fue que al llegar no lo hizo vestida con el uniforme. Al parecer no venía a trabajar. Supuse que venía a avisar que se reincorporaría pronto, o tal vez mañana, qué sé yo.
La saludé al pasar pero no me respondió el saludo. No me ignoró y fue lo que más me dolió. Me miró, como para que me diese por enterado con seguridad de que me había visto y que al verme saludarla me había ignorado. Indiferencia total. Bien dicen que la indiferencia es lo que más le duele al ser humano y puedo asegurar que duele aún más cuando la maldita indiferencia viene desde los seres que más quieres.
Así como entró salió. No quise estar cuando saliese. Me fui a almorzar, total, ya sabía que no me iba a hacer caso. Mi plan pasaba por otro plano de esta historia. Lo que me mantenía intranquilo ya estaba solucionado. Pues, mi verdadera preocupación se debía a si Julia se encontraba mejor o si seguía en el estado de frustración por el que había pasado. Al verla, sólo algo ojerosa, pero con suficientes fuerzas para ser indiferente conmigo me percaté que se venía recuperando mucho más raudamente de lo que yo, en mi momento de depresión, lo había hecho. Y sí, las mujeres son más fuertes emocionalmente que los hombres, sin lugar a dudas. Entonces venía recuperándose. No pensaba tratar estos temas dentro del trabajo con ella. No iba a ser sano, ni para ella, ni para mis planes. Por tanto como dije antes, fui a almorzar.
Antes de acabar el almuerzo llegó Verónica a hacer lo mismo que yo venía haciendo, saciar su hambre, pero se sentó lejos. La saludé y no devolvió el saludo. ¿Qué le pasaba? Recordé que yo le había encargado a ella a Julia en la mañana de esa noche. Así que quise preguntarle qué había pasado, pero me evadió. Dijo no querer hablar conmigo. Que no sabía cómo le había podido hacer algo así a Julia, su amiga. Claro siendo tan amigas debía estar de lado de ella. Pero algo no me cerraba en sus palabras. Esperé a que se fuese el resto de la gente que comía y me paré de la mesa acercándome a Verónica. A ella se le veía nerviosa, no parecía la Verónica de siempre, por más que me insistió que era porque no quería hablarme por lo que le había hecho a Julia, yo percibía que le pasaba algo más. Viéndose presionada, sólo atinó a pararse e irse. Por mi parte la dejé de ir, ya me enteraría luego que pasaba.
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