lunes, 8 de noviembre de 2010

Una renuncia que retrasa los planes

Al salir del almuerzo me enteré de algo que no tenía previsto. Julia había llegado al trabajo, pero no para decir cuando se reincorporaba, sino para presentar su renuncia. Una renuncia irrevocable debido a los hechos acaecidos. Se presentó directamente con la jefa de recursos humanos. Miguel había intentado convencerla de que no lo haga pero sus esfuerzos fueron nulos. Julia le dijo que no podía seguir trabajando en un ambiente donde todo el mundo conocía sobre los hechos bochornosos que giraban alrededor de ella. No quería saber si eran ciertos o eran falsos. O quién tenía la culpa en todo caso. No, lo único que pretendía y requería era alejarse de todo.
Cuando me enteré sentí que todo el mundo me quedó viendo con miradas acusadoras, punzantes y penetrantes. De seguro me echaban la culpa de la renuncia de la pobre Julia. Ellos no sabían que yo era el mayor de los abatidos por este embrollo. Bueno, quizá sí lo sabían, pero igual me acusaban.
Este hecho sin duda retrasaba de igual modo mis planes por recuperarla. Mi idea principal se basaba en demostrarle a Julia que en realidad ellos tenían mucho que ver en todo lo sucedido. Que había sido planeado por Miguel y Leticia y que mi culpabilidad en dichos acontecimientos había sido nula. Pero sobre todo que la amaba como el primer día y que no quería perderla. Es por ello que su renuncia significaría en retraso en mis planes porque ahora debía idear la forma de cómo acercarme a ella y lo que era más difícil enfrentarlos a Miguel y Leticia con Julia, para que ella misma se diese cuenta de lo que yo le confiese.
Quizá Verónica sería un arma importante en estos momentos. Pero con su actitud de vengadora anónima de amigas no podía ni siquiera conversar con ella. Esperaría a analizar las cosas hasta el día siguiente, en una de esas, me llueve maná del cielo.
El resto de la tarde entonces pasó sin mayores sobresaltos. Miguel que directamente no me daba la cara, Leticia que se mostraba airosa por lo conseguido pero sin mediar palabra conmigo y Verónica tratando de evitarme. El resto de chicas, en su mayoría, no me hablaba solidarizándose con la reciente renunciante y por parte de los chicos, el grueso, prefería mantenerse al margen.
¿Cómo hacer?, ¿Qué hacer? Que obstáculo más grande tenía en mi camino. Necesitaba un aliado y no sabía cómo encontrarlo. La otra opción era ir directamente donde Julia y decirle todo. Pero debía tratar de conversar primero con Verónica.
Al día siguiente, al ver que no podía quedar a solas con Verónica para conversar con ella, decidí esperarla a la salida del trabajo. Me sentí observado pero debía ser la sensación de perseguido que me había hecho sentir todos los planes de Miguel y Leticia. Quedé esperando, como dije, fuera. Cuando salió se vio sorprendida. Le planteé que debía dialogar con ella. Verónica se sintió como acorralada pero accedió. Debo decir que no noté ningún gesto de satisfacción o comodidad en su faz.
Excusó sus malas formas de dirigirse a mí con el tema de lealtad a su amiga. Me propuso que si le daba un segundo para hacer una llamada que debía hacer me dejaba acompañarla. Accedí, una vez que terminó de hablar por el celular, enrumbamos con destino la parada. Le expliqué que me habían tendido una trampa su amiga y Miguel. Me dijo que no me creía nada. Le pregunté si no había notado algo extraño cuando estuvo con Julia en esa salida y me dijo que no había notado nada extraño por eso se había ido temprano a casa. Le reclamé el por qué no la había cuidado como le encargué y me respondió alterada que ella no era ninguna niñera o mamá gallina para llevarla bajo su ala. Mientras profundizábamos la conversación ella se iba incomodando y se notaba que mientras más monosilábicas podían ser sus respuestas mejor para ella. Me pidió en un par de ocasiones que la deje sola pero insistí en no abandonarla. Tenía los ojos llorosos y no entendía por qué. Le pregunté si se sentía bien y me dijo que estaba llena de rabia por su amiga y me echó la culpa de todo lo que le pasaba a ella. Incluso llegó a decirme que pensaba que yo era un chico bien y que no era otro del montón. Le señalé que ella había aprendido a ver lo mejor de mí y que si acaso no se daba cuenta que todo era una trampa que me habían tendido. Le conté que a esa chica, Coti, la había conocido esa noche, lo cual agravó mi situación con Verónica, pues le di pie para que piense peor de mí. No había forma de cómo penetrar en su interior bondadoso. Parecía sellado con soldadura. En eso, de un momento a otro, me sorprendió pues me pareció que iba a llorar. La tomé del rostro suavemente y le pregunté si se encontraba bien. Con el rostro hacia abajo me dijo que más o menos. Nos sentamos en una banquita cercana y añadió que tenía frío. Como no tenía ningún abrigo conmigo, le abracé y le frote los brazos con la palma de mis manos, rodeándola al mismo tiempo. En realidad no la sentí tan fría, tampoco caliente, estaba por decirlo de alguna manera, tirando de tibia para fría pero sin exagerar. Igual, las mujeres son medio friolentas por naturaleza así que cuando la sentí ya un poquito más entrada en calor la solté. Ella al ver que la soltaba se puso de pie y me dijo que se iba. Me dio un beso en los labios intempestivamente y se fue casi corriendo. Una vez más me besaban sin pedir permiso y no era ya de mi agrado que me estén tomando como probador de besos furtivos. Era entendible con el pasado sentimental que había tenido Verónica conmigo, pero no por ello justificado.
Me quedé allí viendo como se iba. No quedaba otra mañana debía ir a ver a Julia para empezar a solucionar esto. Si había algo que no iba poder hacer era quedarme con los brazos cruzados y ya que Verónica no soltaba prenda, tendría que tomar al toro por las astas e ir directamente con Julia. Mañana será otro día.

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