jueves, 18 de noviembre de 2010

“Ahora pruébamelo”

No sé que me pasó. Lo único que puedo recordar es que al abrir los ojos me encontraba tirando en el piso y con la lluvia cayéndome directamente en el rostro. Había gente a mi alrededor y me sentía confundido. Entre estas personas, Julia, que era para mí la más importante, se encontraba colada con cara de preocupación mientras yo trataba de descubrir que me había sucedido. Pero no podía ser tan grave debido a que veía a mucha gente conocida allí, y salvo que haya ocurrido una muerte colectiva y todos ahí seamos almas en pena, entonces debió sucederme algo leve. ¿Pero qué?
Después de que el policía del que me venía escapando se resbalase en el lodo. Yo pude decirle algunas cosas a Julia. Pero mientras yo me despachaba con el discurso este policía se recuperó y se abalanzó sobre mí aprovechando que me encontraba distraído. O mejor dicho, concentrado en mis asuntos. Hay que decir que era un policía novato sino no hubiese tenido oportunidad. Pero esos ímpetus por demostrarle a su superior que podía hacer bien las cosas le hizo insistir en atraparme a como de lugar. Y como de lugar, significó que se me abalance encima. Caí al piso por el empujón y golpeé mi cabeza contra el piso, perdiendo el conocimiento por unos segundos.
Quedé desparramado en el piso por decirlo de alguna manera. El policía que me tiró al piso se asustó por mi desvanecimiento y pensó lo peor. Me acomodó rápidamente boca arriba y revisó mis signos vitales. Seguía vivo por lo menos para sus propios intereses. Mi desmayo no fue prolongado porque a falta de un buen baldazo de agua para despertarme, la intensa lluvia hizo lo suyo para lograr que volviese en sí.
En el lapso que estuve inconciente se acercaron. Julia y la familia completa de su tía. Julia bajó corriendo tal como estaba vestida por lo que se encontraba también empapada por la lluvia. Pero su familia que demoró un poco más en llegar hasta el lugar por Andreita, a quien querían proteger de la lluvia. Estaban todos ellos con paraguas. Además se encontraba el novato policía, acompañado ya por el otro policía que se había quedado en el auto al principio. Este policía no era otro que mi amigo de la carceleta de hace unos días atrás. Pero miren que coincidencia. Incluso algún otro vecino protegido por el paraguas y que había estado atento al acontecimiento que se suscitaba apareció entre la aglomeración improvisada.
Cuando abrí los ojos y vi al novato policía con cara de preocupación a mi lado, como dije, quedé sorprendido por unos segundos. Al despabilarme un tanto más me vino un repentino e intenso dolor de cabeza de seguro en el mismo lugar que me había golpeado. Me tomé la cabeza con las manos como para calmar el dolor. Je, como si eso hubiese funcionado alguna vez.
Lo que me hizo sentir un poco mejor fue un desprendimiento en el grupo de gente. Como el dolor me había hecho apretar un poco los ojos y nublarme la vista, al despejarse la instantánea ceguera, logré observar como Julia se acercó reaccionando a mi reacción.
Se inclinó hacia donde estaba y me preguntó si me sentía bien. Se le notaba preocupada por mí y no tan alterada por lo ocurrido entre nosotros. Le hice saber que si bien me dolía la cabeza, no veía mucha gravedad en el asunto. Ella se encargó de explicarme los hechos mientras el policía con cara de culpable se hizo un poco hacia atrás dejándonos más solos.
Julia, me ayudó a ponerme de pie lo cual hice con cierta dificultad. Una vez reincorporado me apoyé sobre ella con la excusa de que me balanceaba, pero en realidad estaba sintiendo su piel una vez más aunque sea por un ratito. No se crean que soy un depravado. Pero ¿no han notado que cuando extrañan mucho a alguien el sólo hecho de abrazar hace la diferencia? Bueno eso me pasaba a mí. Hace días que no la tenía cerca y ahora que podía no iba a desperdiciar la oportunidad de acercarme a ella, sentir su aroma, su piel y su imponente presencia.
De todos modos la sentí armada de valor y con una coraza que cubría su alma que no había sentido nunca. Ni siquiera el día que la conocí. Se lo hice saber y me explicó por qué sentía eso.
“Me han dañado mucho en toda mi vida y tú más que nadie lo sabe. Confié en ti y te abrí mi corazón desde un primer momento porque me pareciste, y no sé por qué, el príncipe azul que venía a rescatarme. Por eso no te puse barreras nunca. Ahora me traicionaste y me lastimaste más de lo que hizo cualquier otro. Te odio por eso”.
“¿Y por qué estás aquí conmigo?”, le pregunté tratando de vencer su razonamiento.
“Porque te amé muchísimo. Yo también veía un futuro juntos entre nosotros. Para siempre. Y el amor no se va de un día para otro. No confundas el hecho que esté aquí a tu lado preocupada por lo que te pasó al venir a verme, con amor”, me aclaró totalmente.
“Entonces…”, me quedé pensado y no pudo salir peor pachotada que la que dije, “Aún me amas”.
Lo dije tan sonriente y emocionado pero nada importó y no me vean como un idiota ahora. Después de todo el discurso moral que me había dado, confesándome cosas tan importantes, lo único que se me quedado en la retentiva, para repetir bobamente, fue que aún me amaba. Voy a ser sincero, era lo más importante que había escuchado de todo lo que me dijo y no significa que lo demás no fuese importante. Lo era, pero el hecho de que aún me ame, significaba que mi lucha por reconquistarla no iba por mal camino y no era tan alocada como podría pensarse. Claro que no tuve tiempo de explicárselo a Julia, quién en ese momento si me vio como un idiota. Nunca había visto tanta rabia contenida en sus ojos. Supongo que explotó y me propinó tal golpe en la cara. Cerró el puño derecho al mejor estilo de Mike Tyson y me lo fue a clavar en el rostro haciendo que vuelva a perder el equilibrio. Sino era porque atrás estuvo mi amigo policía para sostenerme, de seguro hubiese vuelto a suelo sin problemas. Que buena derecha y que mal destino para la misma. Una vez asestado el golpe, entró nuevamente a la casa dejando a todos estupefactos, incluido a mí.
Afuera todos quedaron esperando una reacción de mi parte que nunca llegó. Julia ingresó en su casa y poco a poco uno a uno, él público presente se fue retirando. Quedamos en escena sólo los policías y yo. El policía novato me pidió disculpas y se retiró al auto. Yo cabizbajo me sentí derrotado por unos instantes. Trataba de pensar que decirle a Julia, como afrontarla ahora, pero no se me ocurría nada. ni que decir que había decepcionado a los improvisados espectadores que se habían concentrado.
“No bajes la mirada hijo, hiciste un buen trabajo”, me habló paternalmente el policía, “No te voy a decir que debes hacer, pero si te puedo aconsejar algo. Nunca dejes de luchas por lo que crees que es correcto. Así el mundo entero esté en tu contra”.
Me guiñó el ojo y se retiró también finalmente. Mientras el caminaba, contemplaba como se iba. Al bajar la cabeza tratando de pensar lo que me había dicho me di cuenta que mi amigo el policía había dejado s megáfono a mi lado. Hice el amague de llamarlo para devolvérselo pero pensé que era muy raro que lo hubiese sacado del auto en esa ocasión. Entonces, una idea vino a mi mente.
Tomé el megáfono en mis manos, lo encendí, mientras sentía que la lluvia calmaba tornándose una leve llovizna y dije lo que tenía que decir:
“Puedo ser el tipo más idiota del mundo Julia”.
Hice una pausa porque enseguida la gente que aún no había terminado de irse, volvió sobre sí. Los que ya habían entrado a sus casas salieron por las ventanas nuevamente. Las luces de las casas se encendieron. En la casa de Julia también salieron todos. Menos ella claro. Incluso mi amigo el policía volteó al escucharme con el megáfono. Lo miré y asintiendo con la cabeza me dio su aprobación para seguir.
Dirigiendo mi mirada a esa misma casa donde se encontraba el amor de mi vida continué: “Pero este idiota te ama a ti y te quiere para siempre en su vida”.
Entonces Julia apareció nuevamente por la ventana y ya de nuevo empezaba a notarse la aglomeración de gente fuera de la casa de la tía Silvana.
“¿Por qué debo creerte esta vez?, dime”, me reclamó Julia.
“Porque si me llegaste a conocer un poco al menos, sabes que lo único que quiero para ti es que seas feliz”, le respondí seguro de lo que decía.
El murmullo de la gente se hacía sentir y había reemplazado al ruido de la lluvia. Al responder esto último la gente soltó un “ohhhh…” tierno y algunos comentarios que por lo que lograba distinguir por sus rostros deberían ser favorables a mí. Que locura la mía exponer ante desconocidos mi vida, mi suerte y la sentencia de mi destino.
“Júrame que no me vas a volver a lastimar”, imploró con el apoyo detrás de ella de la gente ahí presente.
“Te lo juro, te lo prometo y te doy mi palabra”, respondí recibiendo el aplauso de toda la concurrencia.
Julia aprovechó para bajar de su habitación y salir al exterior donde yo me encontraba. Le hicieron paso para que avance la gente que me rodeaba llegando hasta mí. Me tomó del rostro me dio un beso en la mejilla diciéndome delante de todo el mundo: “Sólo tu me haces abrir las puertas del corazón. Te doy esta última oportunidad. No la desaproveches porque ten por seguro de que no habrán más”, la gente volvió a aplaudir entusiasmada.
“¿Entonces aún me amas?”, volví a preguntar bromeando esta vez y con cara de pícaro.
La gente sorprendida esperaba otro derechazo directo al rostro. Pero esta vez Julia lo entendió y sonriendo me respondió: “Sí, ahora pruébamelo”.

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