lunes, 1 de noviembre de 2010

El sombrío plan se descubre

Cuando Julia entró, yo, le recriminé a Coti lo que había hecho. Me pidió disculpas una vez más y desapareció rápidamente doblando la esquina más próxima. A Julia, dentro del boliche, se le llenaron los ojos de lágrimas. No está de más decir que las palabras de Leticia y Miguel eran todas contrarias a mí. Estúpido fue lo menos que se pudo escuchar sobre mí. Julia enceguecida por la frustración en la que se encontraba solo atinó a querer irse a su casa.
Yo afuera, al sacar el celular para llamar a Julia, me di cuenta que lo tenía apagado. Lo encendí sin sospechar nada. No tenía idea de lo que ocurría. Por mi mente lo único que pasaba era que esta loca había tratado de besarme y sin entender por qué me había seguido para lograr su objetivo hacia fuera. Lo que más me extrañaba, por cierto, era que se había disculpado dos veces por lo sucedido. Digo, si quería hacerlo en realidad, no debería de haber tenido sentimiento de culpa. Salvo que… sí, salvo que no lo haya querido hacer y la estén obligando. Seguí revolviendo en mis ideas para sacar conclusiones. ¿Por qué se había ido?, ¿por qué había desaparecido y no había continuado con su noche en el lugar? ¿Y si me habían fotografiado justo en el momento? Eso podía ser una explicación para lo que había sucedido. Sacarme una foto para luego mostrársela a Julia. Que tonto había sido. Yo sé que igual no me podía imaginar que ella iba a besarme sin previo aviso. Uno hombre, aunque lo desea siempre, nunca espera eso de una mujer. Muy al estilo de Leticia y Miguel por cierto.
Decidí entrar nuevamente a Tres Perros para interrogar al gil de Miguel. No me podía quedar con la incertidumbre sobre que había pasado. No cuando dudaba de lo que había sucedido recién. Y yo que pensaba que había cuida a Julia, me dije, y el que debía cuidarse finalmente era yo. De hecho hasta ese momento no imaginaba que no era necesario ninguna fotografía, sino que Julia estaba dentro llorando sus penas y tomando juntos a Miguel y Leticia.
Cuando ingresé en el salón de la entrada de Tres Perros, fue mi grande mi sorpresa, al ver a Julia acompañada de esos dos esbirros en una de las mesas alrededor de la barra principal. Algunos de los chicos y chicas de la empresa pululaban alrededor tratando de averiguar lo que sucedía. A mí en ese momento me empezaron a caer algunas fichas. Algunos cabos sueltos fueron atándose y fui comprendiendo que la trampa había sido brutalmente planeada por Miguel y Leticia. Tenía el sello de toda la astucia de Leticia y la maldad de Miguel en cada parte del plan. Julia dentro de lo ebria que estaba y lo herida que se sentía no lograba ver claramente nada y sólo seguía bebiendo, como una marioneta, tal cual Leticia le aconsejaba. “Toma para olvidar querida”, le decía al oído. Ya mañana se sentiría mejor, según ella.
Quise acercarme a la mesa para ver cuan grave era el asunto. Aunque me imaginaba por donde venía la mano con el asunto del beso de Coti. Al acercarme a ellos, se levantó Miguel hecho el maduro y valiente, me detuvo y dijo en voz alta asegurándose de que Julia lo escuche: “Hoy no, por favor Diego, hoy no. Deja que las cosas se enfríen. Ya mañana será un mejor día para conversar”.
Mientras Miguel hablaba, al escuchar mi nombre, Julia volteó hacia donde yo estaba. La mirada acusante de Julia me clavó una daga en el corazón y la voz traidora de Miguel, en un segundo plano, me perforó la paciencia. Mientras me hablaba intentó detenerme con la mano. Yo no soy de pelear nunca, pero con todos los hechos sucedidos, miré su mano en mi pecho deteniendo mi paso para hablar con Julia, sabiendo que era su plan todo lo malo que nos venía sucediendo a mi novia y a mí, le tomé la mano, se la apreté de la muñeca con una sola mano y se la retiré a un costado advirtiéndole con voz muy seria y cortante: “¡No me toques!”.
Mala suerte la mía, Julia se puso de pie, justo en el momento en el que Miguel intentaba detenerme con la mano que le quedaba libre. Al ver lo que trataba de hacer, y no ver por donde se ponía de pie Julia para detenerme, arremetí con un zurdazo directo al rostro de Miguel, pero al regreso de mi brazo, se llevó puesta a Julia con el codo sentándola de nuevo. Al ver lo que había hecho me preocupé por Julia e intenté acercarme a ella para ver el daño que había causado. Todo era un caos. Miguel gritándome asustado salvaje y llamando por auxilio. Leticia, lejos de mí, riéndose de todo llamando a la policía porque había una mujer golpeada. Julia llorando por el golpe, pero sobretodo por mi actitud traidora. Y para colmo de males un monigote me había aplicado llave tal que me dejó inmóvil. A rastros me llevó hacia la salida. Puse resistencia y traté de explicarle lo que pasaba. Lo cual les interesaba poco o nada por cierto. Me aventaron a la calle ante la mirada de todos los asistentes. Nunca había pasado por un papelón así en mi vida. Pero dicen que nunca hay que decir nunca. Hoy era mi primera vez y no me venía con chiquitas ya que mientras protestaba en la puerta tratando de que me dejen entrar nuevamente porque mi novia estaba herida dentro llegó la policía. Como no me percaté de la llegada de la fuerza de la ley fue muy sencillo agarrarme y meterme dentro del auto policial.
Me alejaron de ahí sin saber nada de lo que Julia en ese momento pensaba de mí. En mi mente sólo quedó Julia y mi preocupación por ella. No me importaba si estaba despedido mañana por el puñetazo que le propiné a Miguel, sólo me importaba el estado de Julia y que no se quede con ese par de truhanes. Minutos más tarde me encontraba tras unos barrotes en la carceleta de la seccional décima de Pocitos.

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