domingo, 31 de octubre de 2010

La debacle

De lo que voy a contar ahora me enteré luego. Fui atando cabos ya sólo en mi apartamento. Pero es necesario para que ustedes puedan entender todos los hechos. Ahora sabrán disculparme porque me tomé mi tiempo en escribir esto y no lo hice tan seguido como lo hacía antes. Debía estar seguro de lo que venía sucediendo.
Cuando subí las escaleras, Miguel sacó el celular y llamó rápidamente a Leticia, mientras le ordenaba a Coti que me siga y terminara lo que había empezado.
Por otro lado en el sector de las chicas, pero momentos antes, Verónica se había dado cuenta de que sucedía algo. No se dio cuenta de que exactamente, pero al verla operar tantas veces a Leticia cuando salían juntas, sabía que algo tramaba. Por ello, le intentó sugerir a Julia irse porque ya estaba tomando de más, pero cada vez que lo intentaba alguna de las chicas se lo impedía ya sea con un vaso más de licor o porque se interponía en el medio simplemente y no las dejaba conversar. Julia no se daba cuenta de nada de lo que sucedía.
Por fin pudo sacar a Julia del grupo con la excusa de ir al baño. Fueron juntas y ya en el baño Verónica le dijo que pasaba algo, que no le podía explicar ahora, pero que tendría que creerle así y sin más. Julia, con los tragos que tenía encima, no entendía de que hablaba Verónica y pensó que era otra de sus excentricidades, así que no le hizo mucho caso. Salió del baño sin hacerle mucho caso a Verónica, quien se quedó pensando mirándose al espejo. No pasó mucho tiempo y Leticia entró al baño. Se paró detrás de Verónica y le dijo muy suavemente al oído: “No te metas Vero. No me vas a hacer esto a mí que soy tu amiga, ¿no?”.
Dicho esto salió del baño. Con esas simples frases había manipulado a Verónica. Leticia no la tenía a su favor, pero si maniatada. Verónica pensó en el baño que finalmente ambas eran sus amigas. Así que lo mejor sería que saliese de ahí y se fuera. No quería pelearse con una, ni con otra. Así lo hizo. Salió del baño directamente hacia la calle. Ahora Julia quedaba en manos de las intenciones de Leticia.
Pero algo quedó en Julia de lo que le dijo Verónica. Dejó de tomar inmediatamente para no sentirse peor, aunque tampoco bajó los ánimos. Total, yo me estaba divirtiendo de lo lindo con los chicos de la empresa, y como habían dicho las chicas, quien sabe con que putas. Volvió sus pensamientos a la barra donde estaba rodeada de las chicas y Leticia se le acercó. Conversaron de todo un poco. En un momento Leticia recibió una llamada, Miguel estaba al otro lado de la línea, pero ella lo supo disimular muy bien. Miguel le estaba diciendo que yo me estaba yendo del lugar. Debían de actuar rápido. Lo primero que se le ocurrió a Leticia fue decirle a Julia que pasaba algo con Verónica afuera y que debían salir. Así lo hicieron.
Por mi parte, yo ya estaba en el sector de la barra principal y le estaba diciendo a Coti que me disculpase, que era muy linda, pero que lo sentía tenía novia. Me dijo que no le importaba, que al menos quería una noche conmigo. La miré complacido y salí de ahí. Fui hacia la calle, a la acera del frente, caminando en busca de un taxi que me lleve a casa, dejando a mis espaldas la puerta principal de Tres Perros. Coti persistió conmigo y me dio el alcance. Se puso frente a mí obstaculizando mi avance. Me rogó, que por favor, me quedase un poco más al menos. Le tomé de rostro con ternura justo cuando Julia salía en busca de Verónica. Mi intención tal como hice, era agradecerle una vez y hacerle entender de forma tierna a una chica linda como ella, que tenía novia y la respetaba. Pero Julia, con los mismos tragos encima y con los antecedentes del celular apagado y los consejos de mujeres, interpretó otra cosa totalmente diferente.
Miguel ya había salido a la puerta y estaba al lado de Leticia, a espaldas de Julia. Una señal fue suficiente para desencadenar una serie de hechos detestables. Coti, me miró a los ojos, después de la señal, y me pidió disculpas por lo que iba a hacer. En seguida, me besó de improviso ante el asombro comprensible de Julia. No pude hacer nada para evitarlo. Cuando me di cuenta sólo pude atinar a sacármela de encima, pero ya Julia se había metido de vuelta al boliche llorando y sin darse cuenta de mi rechazo; siendo contenida por Leticia y Miguel. Julia, con lo ocurrido, se olvidó por completo de Verónica, quien sólo había sido la excusa para hacerla salir ya que hacía rato que se había ido para su casa. No sé que les pasa a las mujeres que me besan últimamente sin mi consentimiento.

viernes, 29 de octubre de 2010

El comienzo del final

A eso de las dos y media de la madrugada mi celular, apagado por cierto, registró cuatro llamadas perdidas sin que yo me diese cuenta. Había sido Julia.
Por qué estaba apagado, no lo sé con certeza, pero supongo que debió ser cuando se lo presté a Esteban para que envíe un sms a una chica que según él había visto en el boliche. Me hizo la historia de que era una ex de quien se había separado recientemente porque decía que no salía mucho y ahora estaba en el boliche de turno. Quería saber si le mentía o no si le mandaba un mensaje desde un número que ella no conocía. Pero ni siquiera le respondió. Dicho sea de paso, no tenía mucha lógica, pero nada en ellos lo tenía por así decirlo. Cuando Esteban me devolvió el celular tenía a Tomás del otro lado brindando con euforia e incitándome a tomar más y más. Esteban me dijo que para no interrumpir me metía el celular en el bolsillo del pantalón y luego ni lo revisé. Por ende no me di cuenta si me lo habían devuelto apagado.
Julia, por su lado, a eso de las dos y media sintió que me extrañaba y quiso conversar conmigo y preguntarme como me iba a mí. Yo la extrañé toda la noche para ser franco, pero no quise molestarla. Ya saben como son las mujeres, a veces, hay que dejarse extrañar. Pero eso no quiere decir que si me llamaba no le iba a responder. En fin, el hecho es que me llamó y mi celular estaba apagado. Influenciada por Leticia y sus amigas decidió apagar el suyo también. Le dolió que haya apagado el celular. Julia pensó que lo había hecho a propósito. En realidad lo pensó después de que sus amigas le metieron esas ideas a la cabeza porque lo primero que pensó es que me había quedado sin batería. Pero cuando le preguntaron si me pasaba siempre, ella, recordó que siempre mantenía mi celular conectado con el cargador para que justamente no me pasen esas cosas. “Por ende”, sugirió Leticia, “apaga el celular”.
Esto último hizo que Verónica haga clic y se de cuenta que Leticia planeaba algo. Por cierto en toda la noche ellas dos no habían conversado mucho. Había permanecido más al lado de Julia y las otras chicas que con su amiga de siempre Leticia. Era extraño pero parecía que la había estado evitando, pero no podía afirmarlo. Igual, prefirió observar mejor el panorama para no cometer un error de apreciación, quizá sólo estaba influenciada por lo que yo le había dicho de mañana el viernes en el trabajo.
Leticia y las otras chicas le convidaron más tragos a Julia porque había quedado algo conmovida con mi supuesta actitud. Le dijeron que de seguro yo me estaba divirtiendo de lo lindo con alguna chica, así que ella merecía divertirse también. Ideas muy fuertes para una primera salida por separado. Julia se dejó llevar y decidió tomar más de la cuenta. Finalmente estaba rodeada de amigas para que la cuiden de los depredadores de paso en los boliches.
En cierto momento a eso de las cuatro de la mañana decidimos salir de la Ciudad Vieja e irnos hacia Pocitos. Destino siguiente: Tres Perros. Allí se encontraban, ya, las chicas y se supone que nosotros no lo sabíamos. Digo se supone, porque lo más probable es que haya existido una comunicación previa, o un plan hecho con anterioridad, para que los dos grupos se encuentren “por casualidad” en tres perros. Como sea que haya sido, los adversos hechos se sucedieron como los contaré a continuación.
Este local, Tres Perros, tiene cuatro sectores diferentes dentro de lo pequeño que puede observarse. En la entrada hay una especie de terraza en donde la gente que le gusta el aire libre o los fumadores, vaya contradicción, suelen mezclarse entre alcohol, humo y baile. Ya dentro del local vemos una primera barra principal en donde se puede encontrar todo tipo de tragos, mesas alrededor y espacio suficiente para transitar y darle paso a una improvisada pareja de baile. Si entramos mucho más, siempre en el mismo nivel tenemos otro espacio con barra propia y música de otro estilo a los dos primeros sectores. Por último, en el subsuelo hay una especie de caverna con música más de discoteca. Una barra propia también y una pista de baile lo suficientemente grande como para que se disfrute toda la noche y perderse bailando con quien uno escoja.
Cuando llegamos fuimos directamente hasta este último sector. Bajamos sin pensarlo. Esteban y Tomás primeros, seguidos por quien relata y por Federico. Pensamos que Miguel nos seguía pero se quedó un rato en la planta baja. Supusimos que se había encontrado a alguien conocido. Bah, digo supusimos, más bien supuse porque no lo comenté con nadie. Instalados abajo en la caverna, pedimos más cervezas, una botella de a litro por cada uno. Brindamos en varias ocasiones pero había algo que no me dejaba tranquilo.
Las chicas por su lado se encontraban en el sector del fondo de la planta baja. Ellas también estaban tomando todo tipo de tragos. Casi todas en estado de pre embriaguez. Salvo Leticia, que como Miguel, habían medido su ingesta de licor toda la noche. Justamente ellos dos, cuando Miguel no bajó, aprovecharon para ir al sector del exterior en la entrada para conversar. Fue algo muy rápido y luego cada uno salió para su lado. No sé lo que pasó con Leticia, pero Miguel, por su parte, bajó hacia la caverna. Cuando lo vimos llegar bajó delante de un grupo de chicas, que la verdad, estaban más que lindas. Se anunció como que traía un regalito para el grupo y directamente cada una de ellas escogió a uno de nosotros en el grupo.
A mí me escogió una chica de cabellos negro, ojos climáticos y tez blanca. La más hermosa del grupo sin duda. Muy sensualmente vestida con una minifalda y una blusa de tiritas. Maquillada suavemente y con un piercing diminuto y brillante en el costado derecho de la nariz. Cuando me habló, y me contó que le decían Coti, me di cuenta que tenía un piercing más de la lengua, la cual sabía mover muy seductoramente cuando sonreía y conversaba.
Nos pusimos todos a bailar y el cabello negro azabache y rizado de Coti me pegaba en el rostro cada vez que se ponía de espaldas para pegarse a mí. Tenían aliento a trago, pero lo suficiente como para estar calientes y no caer de borrachas. Federico no puso mucha resistencia ante su pareja de turno. Bastaron diez minutos para que se apartase del grupo junto con la chica y verlo sentado en uno de los sofás, que habían pegados a los lados de las paredes de la caverna, junto apretando todo lo que podía. Esteban y Tomás, al verlo a Federico hicieron lo propio pero en extremos diferentes. Sólo quedábamos en la pista de baile Miguel con su pareja, quien dicho sea de paso, le besaba sin cesar seductoramente el cuello y con las manos recorría su pecho. Coti al ver el espectáculo al costado nuestro, no quiso quedarse atrás y empezó a hacer lo mismo conmigo. Todo había sido tan rápido que me costó reaccionar de primera. Miguel, al lado, abrazó con aires de suficiencia a su pareja de baile y guiñándome el ojo me dijo: “Aprovecha, lo que pase aquí se queda aquí”.
Esa frase me hizo reaccionar. Ahora sabía por donde venía todo. No era más que una trampa. De seguro una foto o alguna otra cosa comprometedora iría a salir a la luz el lunes siguiente para hacerme pelear con Julia. Era suficiente para mí, yo no era como Federico, mejor me voy pensé para mis adentros, mientras Coti se frotaba de espaldas con mi entrepierna.
Miré a Miguel apretando los labios, sonreí, le guiñé el ojo también y le dije: “lo siento, yo me voy”.
Subí las escaleras y dejé a todos atrás. Coti subió persiguiéndome. Fue la única.

jueves, 28 de octubre de 2010

No vino la Van

Pasaron por mí el sábado de noche en auto. Dentro de él iban Tomás, Esteban, Miguel, Federico y sólo quedaba lugar para mí. No estaban ni Andrés, ni Nicolás y tampoco habían llegado en la Van. Me explicaron que al final no habían podido alcanzar a mis compañeros de área y que varios habían desistido de último momento. Allí listo y en la puerta del auto, no tuve el valor para decirles ya no voy. Pero ahora sí estaba seguro de que no iba a ser una noche muy divertida que digamos. El único al que podía pegarme para conversar algún tema mínimamente decente sería Federico. Aunque este tipo, con un poco de alcoholes encima, ya lo había visto transformarse en una especie de gigoló al servicio de la sociedad. Lo peor de todo es que tenía novia, pero pasaba al olvido cuando Federico bebía de más.
Por otro lado, los tres chiflados (Miguel, Tomás y Esteban) andaban haciendo sus piruetas dentro del auto. Miguel manejaba cual líder que era. Tomás el secuaz más sagaz de Miguel, en el asiento del copiloto. Esteban en el asiento de atrás en el medio. Federico, sentado a la ventanilla de la derecha mirando como pasaban los autos e ingiriendo unos tragos en la petaca de whisky que llevaba con él. Y yo, en la ventana de la izquierda del auto, analizando la situación y tratando de adivinar lo que me esperaba. Lamentablemente no soy adivino, lo cual hubiese sido de gran utilidad en esta noche.
Fuimos por muchos boliches de la ciudad vieja, bebimos varios tragos y mis compañeros de turno bailaron con cada tipa que parecía que el mundo se iba a acabar mañana. Debo decir como punto aparte, que esa era su rutina de todos los fines de semana.
Miguel era el más moderado de ese trío. Bebió siempre whisky con Red Bull. Un trago semifino pero que bebió en cantidades industriales por decirlo de alguna manera. Tomás y Esteban, sin embargo, probaron de todos los tragos que pudieron encontrar disponibles en cada barra. Dinero, al parecer, no les faltaba. Federico, por su lado, quien como yo, no tenía para despilfarrar, bebía whisky o cerveza. Todo dependía de que le convenía económicamente hablando según el boliche en donde nos encontrábamos. Igual parecía conocerse todas las barras de donde íbamos cayendo. Por mi parte tomé un par de vasos de Fernet con Coca en el primer lugar donde fuimos, pero al analizar el ritmo en el que se venía la cosa decidí volverme un poquito más conservador y dedicarme sólo a la cerveza.
En cuanto al baile, en los primeros lugares en los que entramos no bailamos mucho. Ya a partir del cuarto boliche y con las pistas un poco más llenas y entusiastas Tomás y Esteban se animaron a jalar a un par de chicas para salir a bailar. Digamos que no eran unas exponentes de la belleza femenina, pero pasar unos minutos sacudiéndose en la pista de baile les servían. Y quiero enfatizar el termino “sacudir” porque lo que ellos hacían no era exactamente bailar. De ahí que las parejas que escogían no permanecían con ellos por mucho tiempo. En cuanto a Miguel, al quinto boliche por fin logré verlo bailar. La verdad que el gil este bailaba bien, aunque para mí, que aprendí a bailar en las fiestas, bailes y boliches, me parece que este era más bien un bailarín forzado. De esos que se forjan en las academias de baile. Federico seguía pegado a la barra bebiendo, al parecer precisaba calentar un poco más los motores. Por mi parte salí a bailar con algunas chicas ya en el quinto boliche y quizá fue lo que estimuló el sentido de la competencia a Miguel. Modestia aparte sé moverme con sabor y alguna que otra chica conquisté en la pista de baile cuando fui adolescente. Debió ser esto lo que le llevó a Miguel a demostrar su dominio del baile de salón. Con algunas cervezas ya encima fui integrándome con todos más y de a pocos, siempre sin olvidar la premisa de que debía desconfiar de Miguel especialmente.
Por su lado las chicas habían caído en varios boliches. Como todos los grupos de chicas que salen solas no quieren interferencia masculina en su noche de mujeres. Así que cada tipo que se les acercaba con intenciones de flirtear rebotaba peor que pelota de playa. Ellas sólo pasaron por tres boliches y no nos cruzamos. Temprano por La City en la Ciudad Vieja, luego cambiaron de barrios y se fueron para Pocitos donde entraron en el Pony Pisador y terminaron estableciéndose en Tres Perros también en Pocitos. Su grupo fue un poco más numeroso que el nuestro. Eran diez chicas las que habían salido juntas en dos autos. Esto les daba suficiente como para divertirse entre ellas. Salvo una de ellas, que solía distinguirse por ser la más ligerita del trabajo bailó en algunas ocasiones con chicos que la sacaron a bailar. Después, el resto, incluyendo a Julia bailaron entre ellas.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Días normales en la guerra fría

Estos días que han pasado han sido, contra todo pronóstico, de mucha paz en las trincheras. Me hace recordar mucho a la llamada guerra fría en su momento. Clima de paz, pero con una carrera armamentista.
Ya con Leticia en la empresa, los días se volvieron tensos para mí. Hasta ahora ni siquiera he cruzado palabras con ella pero sé que en algún momento voy a hacerlo. Lo que me parece es que Miguel quiere mantenerla alejada de mí. No sé que traman.
Julia, por ahora, no sospecha lo que significó Leticia en mi vida. No sé como reaccionaría si se enterase y sé que debo decírselo para que las cosas estén claras pero prefiero no enterarme todavía. No sé como decírselo aún.
Fuera de eso, la relación con Julia va viento en popa. Avanzando como si nos conociésemos de toda la vida. Si en algún momento Julia tuvo dudas de que lo nuestro no resultaría o de si yo no era el adecuado para ella. Ahora piensa, según me comentó, que cree que somos una especie de almas gemelas. Yo que no creo mucho en esas cosas, pero también estoy de acuerdo. Hemos disfrutado de salidas al cine, a comer y a la placita. Pero también hemos disfrutado de tiempo juntos cocinando en casa, viendo una serie en la televisión y durmiendo juntos cuando Julia se queda en casa. La verdad que estamos disfrutando mucho de nosotros a cada instante y siento que la conozco de toda la vida.
Hoy ya es viernes quince de octubre. El tiempo se pasa volando. Hace una semana que estoy con Julia y parece que fue ayer. La relación con Julia es pura alegría y felicidad. Pero este tema de Leticia trabajando junto al gil de Miguel me tiene muy nervioso. Soy conciente de que no puedo seguir así. Así que voy a tener que tomar una decisión: decirle a Julia de lo que pasó entre Leticia y yo. O mejor dicho, decirle a Julia, que esta Leticia es la misma que había sido mi ex. La misma chica de la cual le había hablado. Pero, como dije antes, no sé cuando ni como hacerlo.
Hoy de mañana en el trabajo comenzaron a hacer los preparativos para la fiesta de fin de año. La empresa siempre trata estos temas con anticipación para que las cosas salgan como se planifican y de ese modo brindarles un momento por demás agradable a sus empleados. En realidad, no me quejo, la fiesta del año pasado fue espectacular. Al parecer los que vienen planificando todo serían Leticia y Miguel. Aunque no me quedó muy claro ya que todo este alboroto causado por la fiesta de fin de año fue excusa para armar una salida nocturna por las noches de Montevideo.
Esta vez quienes agitaron a la gente a salir fueron los compinches de Miguel: Tomás y Esteban. Dos muchachos que siempre andan para arriba y para abajo con nuestro conocido gil. Estos dos chicos más que seres humanos parecen títeres. Creo que los monos tienes más caracteres propios que estos dos intentos de clones de Miguel. En fin, dicen que para cada roto, hay un descocido. Así que allá ellos.
La planificación de la salida a divertirse con los compañeros de trabajo sería para mañana sábado. Sólo que esta vez tomaría un matiz especial. Los chicos saldríamos sólo con los chicos y las chicas por su lado entre ellas. Según lo que planificaron era de noche de hombre y mujeres por separado sin que nos crucemos en algún momento. Julia y yo no éramos la única parejita en la empresa así que no sé hasta dónde podría resultar.
Quien fue encargada de contarnos todo fue Verónica. El almuerzo sirvió como el momento ideal para que nos trasmitiese estos datos. Además ella era la encargada de invitarla a Julia para esta salida sabatina. No hace falta decir que a Julia le pareció maravillosa la idea de que salgamos cada uno por su lado. Sería la forma ideal de ver cuánto nos extrañábamos y nos hacemos falta cuando no salimos a divertirnos juntos. No sé ella, pero yo siento que ya la extraño. No me pareció mala idea, aunque sigo diciendo que huelo algo raro dentro de todo este agite.
Verónica me dejó un poco más tranquilo hasta cierto punto. Bueno, en realidad, es un decir. Porque cuando le dije que me parecía que Miguel y Leticia planeaban algo, ella con su constante inocencia, o debería llamar candidez, me dijo que no lo veía así. Y es que tampoco, Verónica, tiene como costumbre darse cuenta de las cosas que pasan a su alrededor. Es mucho más distraída de lo que es una persona normalmente distraída. Eso ya lo han podido notar seguro. Igualmente me dijo que si ella notaba algo extraño para con Julia la protegería. Y que lo hacía por la amistad con Julia y el cariño que me tenía a mí. Era claro que ella no había dejado de quererme, o en todo caso, de estar obsesionada conmigo. Igual era muy respetuosa dentro de todo. Pero como dije, Verónica, me dejaba un poco más tranquilo.
Por mi parte, faltando diez minutos para que se acabe el día, nadie me había venido a invitar a ningún lado. Ni a mí, ni a Nicolás, ni Andrés que eran los compañeros con los que más contacto tenía en la empresa después de Julia y Verónica obviamente. Pero se dio faltando nada para irnos. Vinieron, Tomás y Esteban, lo más apurados posible a decirme que fuese con ellos el sábado. Pregunté si habían invitado a mis Nicolás o Andrés y me explicaron que además de que estaban apurados yo era el primero de mi área al que le decían. Que más bien debía decidir enseguida si me pasaban a buscar el sábado de noche. Sí íbamos muchos, pasarían en una Van alquilada a buscarnos a todos. No me pareció mala idea así que acepté. Si después invitaban a Nicolás y Andrés eso me garantizaba que no me aburriese en aquella salida nocturna. Luego veríamos que pasaría, la última vaticinaba igual, sin embargo no fue así, como recordarán.

jueves, 21 de octubre de 2010

Una alianza en la oscuridad

Del domingo para lunes Julia se quedó a dormir conmigo una vez más. Nos levantamos juntos, pero con tiempo suficiente para iniciar la semana de forma relajada y productiva. Ambos teníamos como que energías renovadas. Ella creía nueva y ciegamente en que el amor existía, y yo creía haberme convertido el hombre más afortunado del planeta. Podría decía que Hug Hefner se veía como un poroto al lado mío. No, no estaba crecido, sólo era inmensamente feliz.
En este punto, hoy, lunes once de octubre del 2010 estaba seguro que este sería uno de mis últimos blogs. Julia había sido conquistada y, en realidad, la cotidianeidad por más que la guerra de detalles continuase no siempre era tan interesante como la incertidumbre de saber si una chica te dirá que no o que sí.
Que equivocado estaba, esto tendría para largo. Como sabrán, poniéndolos un poco al día después del fin de semana que tuve, Julia y yo éramos novios oficialmente desde el ocho de octubre cuando vino a rescatarme de mi apatía. Fuimos al trabajo ese mismo viernes y a todo el mundo le pareció bien. Incluso a Verónica le pareció bien. Pero nos habíamos olvidado de un detalle: el gil de Miguel.
Pues bien este individuo se sentía burlado y por partida doble. La primera vez en el boliche Azabache cuando hizo el papel de tonto, lo cual se enteró este viernes al vernos juntos a Julia y a mí, intentando levantarse a Julia. La segunda vez también este viernes cuando despechado por la primera razón me llamó a su escritorio para que justificase mi falta por cuatro días consecutivos al trabajo en dónde pretendía buscar la excusa perfecta para echarme del trabajo. Sin embargo no lo conseguiría debido a mi conocimiento legal del tema.
Pero tenía un haz bajo la manga. El día para Julia y para mí siguió normal. Alegre, feliz y aún seguíamos siendo la parejita novedad de la empresa. Al final de la tarde nos despedimos de todos y fui a dejar a Julia a su casa y yo me fui a la mía a poner un poco de orden entre mis cosas.
En el trabajo en su escritorio se quedó Miguel. Cuando salíamos por la puerta, coincidimos con él, justo cuando terminaba de decirle al vigilante que una chica vendría por una entrevista laboral y que la hiciese pasar porque él la estaba esperando. Pasó al lado nuestro en sentido contrario sonriéndome con su estúpida cara de triunfador. Julia bajó la mirada porque no se lo quería cruzar. Como recordarán, según como lo veía Miguel, Julia le debía un favor por haberle dado el empleo.
Lo tomamos como alguna acción de las que siempre nos tiene acostumbrados Miguel. Haciendo puntos como chupa medias sin cobrar horas extras. Que puedo decir hay dos formas diferentes de progresar en una empresa. Una es a través de canales normales en base a sacrificio, dedicación y buenos resultados. La otra es través de besarle el traste a los jefes. En cualquiera de los casos hay que ser consecuentes con nuestros propios actos. En ese sentido, Miguel, era muy consecuente y hasta persistente.
Sin embargo, a la mañana siguiente, nos enteraríamos de quien había estado en la entrevista. Según Miguel necesitaba una asistente porque desbordaba de trabajo. Al menos eso fue lo que nos dijo cuando presentó a la compañera en las diferentes áreas de la empresa. Necesitaba una chica porque se precisaba la mano sutil y firme de una mujer. Joven y que esté llena de energía. Y que gracias él obviamente, se había podido convencer a la jefa de recursos humanos de que le diese una asistente, lo cual conllevaría a un mejoramiento en el área donde el se encontraba. En realidad no entiendo como puede existir un asistente de asistente. Porque hay que aclarar algo. Miguel sólo es un asistente con ínfulas de grandeza.
En fin, como sea, esta asistenta se encargaría de algunas labores operativas que no viene al caso mencionar. Lo importante con ella era otra cosa. Su nombre es Leticia y en algún momento de mi, ya a este punto, intolerable historia se hizo llamar mi novia. A la única que le alegró la noticia del círculo donde Julia y yo nos movíamos fue a Verónica. Al resto les fue indiferente la noticia porque sólo era una compañera más. A mí me cayó como un baldazo de agua fría.
Este martes laboral venía con sorpresas. Al parecer, además, tenía un olor desagradable. Un olor a gato encerrado. Y cuando digo ‘gato’ no lo quiero decir por Leticia, sino que me parece que estos dos se traen algo entre manos. Si yo pensaba que este blog estaba por llegar a su fin, estaba muy equivocado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Fin de semana de ensueño

El viernes llegamos agotados a mi habitación, y para variar, Julia ya tenía algo planeado. Cansado por el trajín del día me disponía a gozar la paz junto a Julia. Posible y merecidamente algún trajín corto, pero satisfactorio, en lo que en las calles vacías de antaño le llamaban el ring de las cuatro perillas. Sensualmente Julia estrenó un conjunto de encaje como ropa interior. Comprenderán que a pesar del agotamiento no duró mucho tiempo con eso puesto. Terminada la jornada, nos dormimos con un sueño profundo hasta el sábado.
Cansado de que me sorprendiese tanto y yo quedar como el típico novio anti-detalles decidí levantarme antes que ella. Bueno, en realidad no lo decidí, simplemente me desperté primero y se me ocurrió prepararle el desayuno.
Fui al almacén de la esquina en busca de los ingredientes necesarios. Utilicé una bandeja larga de madera que tenía para que fungiese de mesa. Dos tacos de madera hicieron el papel de sus patas, respectivamente colocadas a ambos lados. El desayuno consistió de cuatro tostadas. Dos con mermelada de fresa y dos con queso para untar sabor a hierbas finas. Una naranja partida en ocho partes unida de un hilo desde el centro. Un vaso de yogurt helado de durazno y una taza de café negro muy caliente. Un vaso pequeño con agua. Azúcar en sobrecitos, cubiertos adecuados envueltos en una servilleta de tela y una rosa recién cortada complementaban la bandeja del desayuno.
A Julia la despertó el aroma, porque no hice ni un solo ruido al entrar al cuarto. Me miró con esa cara de ángel que sólo sabe ponerme ella. Una sonrisa acorde a su celestial figura. Tapó su desnudez con las sábanas y se sentó en la cama recibiendo la bandeja. Dio una fuerte inhalada disfrutando del rico olor que se desprendía de las tostadas y el café recién hecho. Me miró y me pidió que me acerque. Cuando lo hice me dio un beso tierno de agradecimiento.
“Estoy hambrienta”, me dijo.
Luego procedió a desayunar. Tuve que regresar a la cocina al poco tiempo porque después de devorar lo que había en la bandeja me di cuenta que las tostadas habían sido pocas. Corroboré entonces lo que había mencionado. Estaba hambrienta y tanto apetito, de su parte, abrió el mío. Así que utilicé aquello de si no puedes contra tu enemigo, únetele, y me senté en la cama a desayunar con ella. Al rato el servicio terminó de lo más improvisado en el piso de la habitación y nosotros sobre la cama haciéndonos el amor.
Ya sé que me van a decir que es exagerado y que sólo quiero lucirme como todo hombre en el sexo. Pues no. Tampoco voy a decir que si fue poco o mucho, ni si fue perdurable o no. Sólo me gustaría que piensen en la época en que empezaron de novio con aquella persona amada y díganme si no parecían más conejos que humanos. Ah, ¿tengo razón ahora? Bueno sólo somos novios jóvenes con ganas de vivir y disfrutar nuestra etapa.
Julia tuvo que volver de tarde cuando por fin pudimos levantarnos de esa cama para no morirnos deshidratados. No nos habíamos levantado, ni para ir a tomar agua, después del desayuno. Fue a su casa pero regreso al caer la tarde. Fuimos al cine en el Punta Carretas Shopping. Nos tomamos fotos en cada lugar que vimos que podíamos quedar lindos. En realidad que Julia pensó que podíamos quedar lindos. La gente ya nos empezaba a mirar extraño y peor fue cuando Julia me hizo subir a la calesita a tomarnos una foto sobre el camioncito de bomberos. Vimos una película llamada “Comer rezar amar”. Una de esas típicas películas de Julia Roberts. En verdad estuvo buena, la disfrutamos.
Salimos del cine y nos fuimos al patio de comidas. Bajo el encanto de la bossanova y la magia de los televisores 3D que Motociclo exhibe ahí mismo nos comimos un par de hamburguesas de Burger King.
Luego la fui a dejar a su casa porque después de dos noches conmigo debía dormir en ella un día al menos.
A la mañana siguiente llegó a mi casa con una caja de chocolates. Esto se había convertido en una especia de guerra de quien tenía más detalles para con el otro. Pero como yo lo tenía muy claro. Había un ramo de rosas en el centro de la mesa del living y pétalos esparcidos en la cama emulando la película Belleza Americana. Hicimos nuevamente el amor. El domingo nos quedamos en casa. Tomamos desayuno y nos vimos varias películas. Entre ellas hicimos el amor. Almorzamos, más películas y series. Más y más ya saben que. Y ya de noche, muy agotados, nos acostamos a dormir no sin antes mirarnos a los ojos y decirnos al unísono “me haces muy feliz”.

Casi en Familia

Llegó la hora de salir del trabajo. Y salimos juntos, Julia y yo. Casi nos olvidamos de sacar el auto del estacionamiento. Debió ser la falta de costumbre puesto que nunca llegábamos en auto a la oficina. Esta vez fue Julia quien tomó el volante porque no quería que, su tía, viese que llegaba yo manejando dicho móvil. Julia ya había avisado temprano en la mañana mientras regresábamos de nuestro improvisado campamento. Llevaríamos el auto de noche saliendo del trabajo. Por tanto si nos olvidábamos, su tía, la mataba.
Al llegar al destino, Julia, siempre poniéndome en aprietos, me contó que había olvidado avisarme que, su tía, había puesto una condición para que le llevásemos el auto en la noche. Eso implicaba, por ende, que ella tomase un taxi al trabajo con la respectiva excusa a su esposo. La condición era conocerme. Quería saber quién era el príncipe azul que había llegado en caballo a rescatar a su princesa, mi princesa. Por tanto, Julia, debía presentarme. Me lo dijo justo ahora cuando más que príncipe azul, me parecía al ogro de Shrek.
Entramos juntos, Julia adelante. Su tía nos recibió con una sonrisa muy amplia. “Pasen chicos”, nos invitó, “espero que estén con hambre porque hice algo de cenar”.
Julia me miró con la misma expresión de sorpresa que tenía yo en mi rostro, por lo que pude deducir que ella se esperaba algo más breve. Después me enteraría que su tía consentida le tendía la misma cantidad de favores que de aprietos.
Ni bien entré nos sentamos en una sala de época muy bien adornada. La tía de Julia se notaba una señora muy elegante. Estaba vestida con un conjunto ejecutivo. Yo no entiendo mucho pero por lo que les escuché conversar dijeron que era de diseñador. No sé si tendrían dinero o no pero la cosa es que me sorprendió el modo en el que vivían. Además existía contraste entre el común denominador de ambientes de este estilo y esta casa en especial. A mi percepción siempre fueron algo fríos y con falta de calor de hogar. Pues bien, esta casa lo tenía y debía ser por sus integrantes a quien en la cena conocería. Por lo pronto conocí como se llamaba la tía. Julia nos presentó, disculpando lo grosera que había sido.
“Perdón, no los presenté. Pasa que nunca he traído ningún novio a presentarle a mi tía y estoy nerviosa”.
Miren que orgullo, eso me convertía en el primer novio presentado oficialmente a la tía. Todo un logro viniendo de Julia. Pero al final con tanta previa la tía se terminó presentando para evitar que Julia se sonroje más de la cuenta.
“Soy Silvana, deja a mi sobrina mal educada de lado, es un gusto conocerte…”, me saludó cordialmente la tía invitándome a decir mi nombre aunque por puro formalismo ya que bien que lo conocía.
“Diego”, me apuré a intervenir, “Soy Diego y un gusto conocerla Silvana”.
“Va, dejémonos de formalismos. Puedes tutearme”, me invitó a entrar en confianza rápidamente y dirigiendo la mirada a Julia le dijo “no le aclaraste que yo era la moderna de la familia”.
Julia sonrió y comenzamos una conversación amena y agradable. Hablamos un poco de lo que hacía yo. Le conté donde vivía, que había estudiado Administración de Empresas en la Universidad de la República, que por ahora trabajaba en donde trabajaba porque me aseguraba un buen salario mensual y que mis aspiraciones en su momento pasaban por llegar a formar mi propia empresa. Silvana aprovechó para decirme que justamente su esposo era empresario y que juntos habían podido juntar algo de dinero como para vivir cómodamente. Desde mi punto de vista sería ostentosamente pero se ve que a pesar del dinero que tenían eran humildes. Igual, uno nunca sabe que pasa en las internas de cada familia. Aunque ella se preocupó de contarme un poco. Se notaba que era una mujer a la que le gustaba conversar. Ella era comunicadora social y que su esposo había llegado al país, desde Perú, hace muchos años en la época de la dictadura en Perú. Huyendo de todo lo que él pensaba que era injusto. Que con esa mente abierta y proactiva había empezado haciendo pequeños negocios de compra y venta de inmuebles, y hoy por hoy, era el dueño de una prestigiosa inmobiliaria en pleno corazón de Pocitos. Justamente se conocieron cuando en una de esas primeras negociaciones cada uno representaba a su cliente. A ambos les gustó la forma de trabajar del otro y decidieron hacerse socios. Claro que a su marido, en realidad lo que más le interesaba, era estar cerca de la tía de Julia. Después de un tiempo, según Silvana, y tras mucho esfuerzo terminó aceptando una primera cita de placer y ya no de negocios. Y aquí están más de 20 años después casados y con una hija preciosa como es Andreita.
Me gustó conocer de su historia. Me animó a proseguir con la mía sin miedos, ni tapujos. Era como si la tía supiese ya parte de la historia entre Julia y yo y me estuviese alentando a continuar. Creo que iba por buen camino.
Pedí disculpas y pedí prestado el baño. Se acercaba la hora de la cena y yo seguía vestido como habíamos venido directo del trabajo. Entré en el baño y traté de acicalarme un poco, al menos. Y de repente sentí un golpe en la puerta. Pregunté desde adentro quién era y me respondió Julia del otro lado. Me extrañó el hecho de que Julia me esté pidiendo entrar conmigo en el baño de la casa de su tía, pero le abrí. Ella entró tratando de que no se vea nada desde fuera hacia adentro. En sus manos llevaba una muda de ropa. Esperen, era una muda de mi ropa.
“Te escogí esto antes de salir de tu apartamento hoy de mañana, espero te guste lo que te escogí”, me explicó.
En realidad, lo que más me gustaba era todos los planes que solía tener Julia para su vida, para conmigo y para con todo. Era una persona que sabía hacer muy bueno planes. Y me contó, mientras yo me bañaba, que quería que su tía me conociese tal como era al natural. Que así me había conocido ella y que se había enamorado de mi naturalidad justamente, por ello no me había dicho nada sobre la cena de esta noche. Aunque ya lo tenía planeado. Jugueteamos un poco antes de salir de la ducha, pero ella puso paños fríos a la situación porque una cena nos esperaba. Aunque le fue difícil despegarse de mis besos. También me dijo que me trajo la muda de ropa porque tampoco era justo que pasara, por ella, una noche incómoda.
Me terminé de vestir y pasamos hacia el comedor donde había una mesa grande como para ocho comensales. Aunque esta vez la mesa estaba acomodada para sólo cinco. El padre iría en la cabecera de la mesa, Silvana y Andreita al lado del padre en uno de los laterales de la mesa, y Julia y yo hacia el otro costado frente a ellas. Comimos unos Capelletis con salsa Carusso exquisitos, de postre ensalada de frutas y como aperitivo vino rosé. Luego pasamos a la sala. Tomamos con el tío peruano un par de vasos de whisky. Algunos snacks en la mesa y una charla extensa hasta que dieron las doce de la noche y como cenicienta debimos partir para nuestros hogares. Antes de salir Silvana le dio su aprobación a Julia para tenerme como novio. Buena elección alcancé a escuchar haciéndome el desentendido para no sonrojarme.
Tomamos un taxi y Julia se adelantó a darle la dirección de mi apartamento. “Si no te molesta que me quede a dormir”, añadió como pidiendo permiso pícaramente.
Por supuesto que estaba encantado. Así que nos dirigimos a casa. El fin de semana sería de ensueño.

lunes, 18 de octubre de 2010

Excusas al excusado

Este día fu inolvidable. Que quede en actas que a partir del ocho de octubre Julia y yo somos oficialmente novios. Que el juez dictamine, que a partir de hoy, cada ocho de octubre debe conmemorarse y que cada ocho de mes dentro de este año sea agasajable. Comuníquese, archívese y festéjese.
Un regalo, un beso y un bombón sean excusa de una canción. Una canción inolvidable motivo de celebración. Y un brindis en su honor, excusa para un poema. Hoy me llegó la inspiración y acróstico escribí en una servilleta a la hora del almuerzo. Decía:

“Júrame que me amas y te entregaré todo lo que tengo,
Una sola vez basta para ser completamente tuyo,
Léeme mis derechos que pienso quedar preso en tu corazón,
Invítame a tu lecho de muerte que pienso permanecer en toda tu vida,
Ahora y para siempre, te pertenezco y te perteneceré”.

Como se imaginarán almorzamos juntos. A nuestro lado, una ansiosa Verónica, se intentaba poner al día en el máximo de detalles posibles. Varios curiosos amigos que también se añadieron a la mesa iban por el mismo objetivo, información. Por parte de Julia y mía tratamos de no dar detalles para no lastimar justamente a Verónica.
Casi finalizado el almuerzo se asomó el gil de Miguel por el comedor para avisarme muy serio y enérgico, casi como dando una orden, que pase por ‘su despacho’ para conversar. El comentario general de la mesa fue “que desubicado este tipo”. Y luego, mientras yo me preocupaba por la situación, los demás comensales quedaron discutiendo sobre lo insoportable que se había tornado tratar con este individuo.
Terminado el almuerzo subí al escritorio del gil de Miguel. Le pregunté directamente que pasaba, sin saludarle, devolviéndole la descortesía del comedor. No tenía nada personal aún con él. Pero que no tentara su suerte porque si bien es cierto no era un tipo agresivo, ni vengativo; tampoco era un placer ser enemigo mío.
Rápidamente me puso al tanto que la empresa necesitaba saber el por qué de mis faltan entre el lunes y el jueves y que allí se encontraba él esperando una justificación. Además agregó a título personal que “si me había hecho mal la salida del viernes por la noche”, culminando su irónico comentario con una sonrisa desabrida. Por dentro, creo que lo que esperaba es que no tuviese ninguna excusa adecuada para poder sancionarme. De hecho lo único que se me ocurrió decirle en ese momento fue que una tía mía se había muerto el día lunes y que la verdad no tuve mucho tiempo para avisar. Que tuve que viajar de inmediato a Buenos Aires que era donde vivió ella en vida y que me sentí muy agobiado. Que sabía que, yo, andaba mal pero que uno nunca sabe como en los sentimientos puede influir el estado de ánimo de cada uno.
“Hay gente que se vuelve loca”, agregué con una expresión de preocupación.
“Pero, ¿quieres que te crea este teatro Diego?”, me preguntó amenazante.
Yo, como era de esperarse no aflojé en el jueguito iniciado.
“Vas a poner en duda mi excusa, piensas hacerte responsable del daño mediático que puedes ocasionarme”, adicioné a la presión que debía tener por dudar de lo que le decía.
Finalmente, sabíamos que como empresa estaba obligado a tener cierto tipo de contemplaciones y yo me estaba aprovechando de eso. “Si quieres, puedes traer a un doctor para que me examine”, lo reté.
“¿Estarías dispuesto?”, sonrió como si estuviese planeando algo que lo pusiese en ventaja.
“Claro”, afirmé sin titubear, “sólo que podrían estar agravando mi situación psicológica y elevando mi nivel de estrés lo cual puede derivar en unos días más de descanso en casa, pero si es necesario no tendría problema, si estás de acuerdo con correr el riesgo”.
Se vio envuelto entre la espada y la pared, pero antes de irme me indicó: “Mira, Diego, no voy a dejarte pasar una así que ten cuidado con lo que haces”.
“No sé de que hablas”, respondí con sarcasmo. Me levanté y salí de allí suspirando profundo.
Me había salvado de esta pero estaba más que seguro que aquí no terminaría este asunto. La guerra por parte del gil estaba declarada hacia mí. Ahora tendría que cuidar mis movimientos en la empresa. No me importaba igual. Julia valía la pena.

viernes, 15 de octubre de 2010

La mañana siguiente

Como comprenderán pasamos toda la noche sobre esa manta y cubiertos con unos acolchados que inteligentemente, Julia, se había preocupado por llevar. Tomamos un vino después de amarnos y permanecimos abrazados hasta dormirnos. Nos quedamos allí hasta el amanecer con una sonrisa en los labios.
Los primeros rayos del sol nos encontraron a mi despierto contemplando a Julia y a ella despertando dándose cuenta de que ya llevaba algún tiempo observándola de cerca. Nos sentamos disfrutando del alba. Hasta que Julia reaccionó y saltó de donde estábamos al ver el reloj. Debíamos regresar hacia las casas para irnos al trabajo. Era viernes, yo había faltado toda la semana y la verdad podía faltar un día más supongo sin problemas, pero ella no. Por cierto ahora que ya estaba estabilizado emocionalmente no sé como iba a justificar esos cuatro días que falté al trabajo. Bueno de eso me preocuparía luego. Ahora estaba primero el poder llegar a tiempo al trabajo. Yo había decidido ir porque no sé si mi ansiedad me iba permitir quedarme todo el día sin ver a Julia. Al menos durante la jornada de trabajo podía cruzármela de a ratos.
Metimos como pudimos las cosas en el suelo a la valija del auto nuevamente y partimos para la ciudad. Julia me dio las llaves para que maneje yo. Lo hice lo más rápido y prudente que se me posibilitó. Encendí la radio para escuchar un poco de música. Esta vez las canciones me dejaban con un mejor sabor de boca que cuando íbamos en sentido contrario. Incluso me pareció que había canciones más amenas ahora sonando en la radio. Julia aferrada a mi brazo nos contemplaba por el retrovisor con cara enamorada. Su emoción brotaba por sus poros dejando una fragancia a día perfecto. El sol de la mañana ser tornaba cada vez más intenso, hoy era un día para ser feliz.
Llegamos a mi apartamento y entramos muy apurados. Ella traía ropa consigo, la cual también la sacó de la valija del auto. Debo decir que había tenido todo muy planeado con una confianza tal de recuperarme que me dejaba sorprendido y me causaba admiración.
Cuando entramos al apartamento fue directo al baño y me preguntó si no estaba mal que tomase una ducha en mi apartamento. Le dije por supuesto que no y quise ser algo pícaro al sugerirle si no quería que la acompañase. Pero, Julia, siempre me sorprende. Me miró con sus ojos claros inmensos y cómplicemente me señaló que no esperaba menos de mí. Que desde ahora era mi obligación bañarme junto a ella.
“Mi novio no sólo debe hacerme feliz, debe darme lo que quiero”.
Diciendo eso se desnudó en el baño frente a mí sensualmente, me dio la espalda y se metió en la ducha. No pasaron ni dos segundos y ya estaba junto a ella, besándola, debajo de la ducha. Igual debimos darnos prisa porque teníamos que llegar a tiempo al trabajo. Después de unas fugaces caricias partimos para el trabajo en el auto de la tía de Julia.
Conmigo al volante llegamos bastante en hora al trabajo, juntos y de la mano. Sin miedo al que dirán bajamos del auto que quedó estacionado en el estacionamiento de la empresa. Ni bien nos bajamos, como aún quedaban algunos minutos para entrar, fuimos caminando a paso lento para relajarnos un poco por la agitación que causo el apuro por llegar temprano a laborar. Nos tomamos de la mano, como había adelantado, y entramos así en la empresa.
Las primeras miradas con las que nos cruzamos fueron de sorpresa. La mayoría de compañeros nos felicitó y nos deseó lo mejor. Otros nos indicaban que lo teníamos bien escondidito y la verdad que no se equivocaban. Mi falta al trabajo por unos días pasó desaperciba con las buenas nuevas. Con quienes nos íbamos encontrando nos iban manifestando lo bien que nos veíamos juntos, nos preguntaban como así habíamos terminado juntos. Les intrigaba tal situación debido a que yo llevaba ya un cierto tiempo dentro de la empresa y ella acababa de entrar hace poco. Además al parecer era casi vox-pópuli, nosotros no nos habíamos dado cuenta, que ella era pretendida por Miguel y yo por Verónica.
Fuimos explicando algunos detalles pero sin profundizar mucho debido a que debíamos aún cuidar la integridad de la avezada Verónica. Y hablando justo de ella, nos vinimos a topar con su presencia.
Pensamos que quizá no le caería muy bien vernos juntos. Sin embargo, vimos sinceridad en sus ojos cuando nos abrazó y nos deseó la mejor de las suertes. Sigo pensando que Verónica es medio extraña, pero que en el fondo es buena persona. Nunca sabemos cómo puede reaccionar, aunque eso puede porque siempre esperamos lo peor de ella.
Quien sí se sorprendió totalmente y ni siquiera nos dirigió la palabra fue el gil de Miguel. Que tipo más idiota. Cuando entraba vio una aglomeración alrededor nuestro y se interesó en saber qué pasaba. Después de preguntar terminó por enterarse cuál era la nueva noticia del día. Me parece que se sintió burlado y lo único que atinó a hacer es irse rumbo a su escritorio, avisándome a los gritos desde lejos, que luego pasara con la justificación de mis faltas recientes por, según él, su despacho.
La gente notó cierta molestia en sus palabras y terminó por dispersarse. Julia me miró con cara de preocupación y yo la tranquilicé diciéndole que lo tenía todo controlado. Aunque la verdad no sabía que excusa darle. Al parecer me esperaba una mañana no tan ideal como había empezado.

jueves, 14 de octubre de 2010

Un rescate justo a tiempo

Claro que me tomé mi tiempo. Desaparecí de la ventana y me dirigí al baño. Ya en él, me despojé de los harapos que me acompañaron estos días de penumbra. Gradué la temperatura del agua de la ducha y me apresté para tomar un baño renovador. Dejé que mi cuerpo disfrute del agua que caía. No me pueden negar que no hay nada como una buena ducha para uno sentirse como nuevo. Eso sucedió. El baño no sólo me refrescó sino que también me convirtió en un chico con un poco más de optimismo. Devolviéndome al Diego pre-salida a Azabache. Me puse una ropa cómoda porque tampoco estaba con ánimos para meterme dentro de una ropa elegante o semi elegante siquiera. Un jean, una camiseta holgada y una chompita de lana sobre los hombros por si hacía frío más tarde.
Bajé las escaleras porque tenía la necesidad de sentirme activo. Abrí la puerta del edificio y salí para ir al encuentro de Julia. Es cierto que me sentía positivo pero tampoco podía quedar regalado sólo con un llamado algo exagerado. Además, mi orgullo me aconsejaba al oído, susurrándome que la dejase hablar primero. Que diga todo lo que tuviera que explicar y luego tome decisiones. Al menos tenía algo a favor mío. Estaba en estado de pensar, analizar y tomar decisiones. Algo que hace unos días atrás estaba impedido de realizar debido a la depresión.
“No digas nada y deja que lleguemos”, se apresuró a decir Julia. Mirándome a los ojos con ojos de culpabilidad y ternura. Y me dio un beso en la mejilla intencionalmente cerca de la comisura de los labios, al mismo tiempo, que se disculpaba por lo que había pasado antes. Eso fue suficiente para que accediera. Me derretí, aunque tuve que mantenerme firme.
Miré al auto como preguntando de dónde salió, pero sin decir ni una sola palabra. Ella continuó mientras yo rodeaba el auto para subirme al asiento del copiloto: “Si preguntas de donde salió el auto me lo prestó mi tía. No lo robé”, bromeó. “Y si quieres saber donde vamos, por favor, sólo espera y ya te enterarás. Pero hoy, no vas a volver a tu casa sin saber lo que pasó por mi mente para exponerte de esa manera.
Arrancó el auto y nos pusimos en camino. Mientras ella manejaba, que por cierto lo hacía con mucha pericia, yo iba a su lado en silencio. Encendí la radio porque no pensaba darle manija a mi cerebro. Suficiente con que carbure el auto y no lo hagan mis pensamientos. En la radio se escuchaban diversos temas de moda. Temas actuales con letras románticas al estilo de radio Disney. Canciones para adolescentes que cuando te sientes susceptible se te meten por las venas. De cuando en cuando nos mirábamos a los ojos; en ellos, veíamos una llamita encendida como la luz piloto de la calefacción es espera porque un vendaval avive la llama. Pero el vendaval aún demoraría un poco más en llegar.
Llegamos a un claro en la ruta camino a la ciudad de Colonia. Manejó casi por una hora hasta llegar dicho lugar. La vegetación abundaba por los alrededores. Estábamos fuera de nuestro hábitat ciudadano. El campo y su fragancia sin contaminar nos inundaron los pulmones a tan sólo bajar del auto. Yo me quedé divisando las estrellas, era una noche despejada en donde al estar alejados de las luces de la ciudad, los astros celestes copaban todo el firmamento. Por su parte fue hacia la valija del auto. Revolvió unas cosas ahí dentro y luego se acercó a donde yo estaba aún contemplando el cielo.
Cuando me percaté estaba tendiendo una manta en el pasto y me invitaba a sentarme a su lado. Me senté frente a ella imitando la posición en que se había sentado Julia. Dicen los psicólogos que la manera idónea de adaptarse o transformar una conversación tensa en una apacible es que adoptes la postura de tu interlocutor. No sé como llegó a mi mente aquél concepto, justo en ese momento, pero estaba ahí en mi cabeza y lo utilicé.
Nos sentamos, yo frente a ella y ella frente a mí, nos miramos a los ojos por unos segundos sin decirnos nada. Pasado el tiempo de examinarnos en donde descubrimos por el vibrar de nuestras pupilas que nos seguíamos queriendo como antes de aquella noche, me vendó los ojos con un chal que supongo había sacado de la valija del auto junto con algunas otras cosas que habían esparcidos en el piso sobre la manta. Me recostó con el rostro mirando hacia el cielo. No veía nada pero sentí que ella se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y habló:
“¿Tu ves las estrellas allí arriba?”.
“Sí”, le respondí.
“¿Y ves la luna también?, volvió a preguntar.
“Sí”, afirmé una vez más.
“Dentro tuyo dime, ¿Crees que sean lo mismo para ti las estrellas y la luna?”, continuó.
“Claro que no”, respondí en esta ocasión con seguridad.
“Pero, ¿cómo?, si no puedes verlas en este momento. No puedes estar seguro si no son lo mismo las estrellas que la luna. Deben ser lo mismo y por lo tanto deberían ser tratadas con la misma categoría, ¿no crees?”.
No entendía a donde quería llegar. Comencé a impacientarme, extrañarme e interesarme todo al mismo tiempo por lo que me iba diciendo. Probé a sacarme la venda que me cubría los ojos y no me lo impidió así que me la quité completamente. Me levanté del suelo hasta sentarme. Como me lo había imaginado, Julia, estaba sentada a mi lado con las piernas cruzadas y con la mirada hacia el suelo.
“No, Julia, no es lo mismo”, le respondí, “no puedo meter dentro de un mismo bolso a las estrellas y a la luna porque yo conozco como son las estrellas y la luna desde antes que me vendes los ojos”, le expliqué.
Julia levantó la cabeza con los ojos húmedos de lágrimas soltándolas al preguntarme:
“¿Y porque no me tratas como a tu luna y no como a las estrellas si me conoces también desde antes?”.
Al verla así, llorando en frente pidiéndome que la trate como lo especial que era para mí, me hizo reaccionar. Hice una regresión automática de todos los últimos hechos gracias a ella. Me estaba haciendo entender que no iba por el camino correcto. Enlistemos. Cuando la conocí ya sabía que era una chica especial aún sin conocer su nombre. Cuando supe su nombre y conocí más de ella, confirmé lo que mi instinto había predicho volviéndola única e inigualable para mí. Al volverse única me convertí en un soldado dispuesto a entregar la vida con tal de conquistarla. Al conquistarla se volvió un reto el tratar de conocer que miedos le apresaban. Cuando conocí sus miedos me propuse vencerlos y liberarla de las ataduras que le mantenían junto a sus temores. Al liberarla sólo me quedaba comprenderla y en ese justo momento fallé.
Julia tenía razón, cuando era más fácil estuve tratándola como a una estrella y no como a la luna que era para mí. El firmamento está lleno de estrellas como Leticia y Verónica. Pero luna hay una sola y Julia siempre fue mi luna. Desperté de mi letargo, le tomé la barbilla levantándole la cara que había vuelto a hundir hacia sí y le dije:
“Había llegado aquí con la idea de escucharte pedirme disculpas. Pero ahora sé que eso no podrá ser”.
Julia se adelantó y antes de que pudiese continuar hablándole, me interrumpió diciéndome: “si quieres escucharme decir eso, te lo digo Diego, ¡Discúlpame!”. Y dicho esto se colgó de mi cuello con sus brazos.
“No Julia”, le insistí apartándola de mí.
Julia, al ver como la apartaba, se asustó abriendo los ojos impresionada. Pensó que todo el mundo se le caía encima aplastándola.
“Disculpa, disculpa, disculpa”, repitió casi susurrando y bajando el rostro por enésima vez. Por enésima vez también como corresponde le levanté el rostro tomándole de la barbilla y le dije:
“Debes levantar la cabeza Julia, porque el que tiene que pedir disculpas esta vez, soy yo”.
Me miró extrañada secándose las lágrimas y me besó intensamente. Fue uno de los besos más dulces que nunca tuve. Lo demás que pasó esa noche no puedo describirlo. Un amigo siempre me dijo que todo caballero tiene mala memoria. Y por ende no daré detalles de lo que tengo grabado en cada centímetro de mi piel. Sus besos, su aroma, su suavidad los tengo calados en mi mente y en mi cuerpo. Esa manta fue testigo muda de lo que pasó esa noche. De esa unión en cuerpo y alma que tuvimos los dos. Fuimos uno sólo aquella noche. Las estrellas y la luna nos dieron su aprobación.

lunes, 11 de octubre de 2010

Previa a un rescate justo a tiempo

Que horrible pesadilla había tenido. Había sido uno de esos sueños extraños en donde el subconsciente mezcla tus temores y deseos llegando a preparar una ensalada tal que no te la puedes comer con nada. Pero bueno son cosas del ser humano que uno nunca termina de entender. No creo en los sueños como premoniciones así que no tengo de que preocuparme, al menos no de eso.
Cuando por fin logré despabilarme pude levantarme de la cama. Reconocí que la voz que repetía continuamente mi nombre era una voz femenina familiar. Si no me equivocaba era la voz de Julia. Me asomé por la ventana para confirmar su presencia en la calle y así lo hice. Quien gritaba mi nombre con existencia afuera del edificio no era otra que Julia. Al parecer no había podido colarse en el edificio como si lo había logrado hacer días antes Verónica, pensé.
Era de noche ya. La noche del jueves. Debían ser más de las ocho porque algo oscuro ya estaba. Julia debía haber salido del trabajo. Y por lo que luego me enteré sin ánimos de adelantarme a la historia fue que Verónica había ya conversado con Julia en el almuerzo de hoy jueves.
Verónica había pedido conversar con ella respecto a lo que se había dado cuenta sobre Julia y yo. O mejor dicho de lo que yo sentía por Julia. Verónica quería saber acerca de las intenciones de Julia con respecto a mí para saber que acciones tomar. Era una chica buena y a pesar de que estaba muy enamorada, u obsesionada no me queda muy claro, de mí, buscaba mi felicidad. En el almuerzo del jueves por la mañana en el trabajo almorzaron juntas. Verónica le contó a Julia lo que se había enterado en su incursión a mi apartamento. Le contó como me había encontrado y le contó también que yo estaba enamorado de ella. Verónica no sabía, por supuesto, que Julia estaba más que enterada de mis sentimientos hacia ella.
“El te quiere a ti, ¿qué piensas hacer?”, le preguntó Verónica en cierto momento de la conversación. “¿Vas a corresponderlo?, ¿Te interesa Diego? Porque si es así, olvida todo lo que dije de él. Tú te mereces a alguien como Diego”.
“Sabes bien que yo no tenía abierta ninguna puerta hacia alguna relación de pareja”, intentó disimular Julia. Había detectado la puerta perfecta para dejar ocultar sus sentimientos hacia Diego.
“¿Tenías?”, repreguntó Verónica.
“Es que…”, titubeó al responder Julia.
“No tengas miedo amiga, lo más importante para mí es que el sea feliz. Y si lo va a ser con otra, que mejor que con una amiga”, intervino complaciente Verónica.
“En realidad, él te merece a ti”, dijo convencida de sus palabras Julia.
“Pero en el amor no existen merecimientos. Es cómo en el fútbol, el que tiene el mejor equipo gana. Y esta vez tu tienes el mejor equipo”, se explicó Verónica de quien no sabía que le gustaba el fútbol por cierto.
“¿Bueno y que hago?”, preguntó desorientada ya en serio Julia.
Ante las respuestas y actitud de Verónica, Julia, había quedado desorientada. Pensaba que hubiese sido mejor decirle la verdad desde un comienzo y no hacerla pasar por todo esto que pasaba. Se sentía mal por su amiga que estaba reaccionando como una persona madura y por ella misma porque no se imaginó haber actuado así nunca. Sin embargo, ya las cosas estaban hechas y menos mal que el daño había sido mínimo. Pero al haber estado a la defensiva todo el tiempo ahora que sabía que podía confiar en mí y en Verónica no sabía como actuar. Se encontraba nublada y precisaba de un empujoncito para continuar.
“¿Y qué crees que debes hacer?”, respondió con otra pregunta, “Debes ir a verlo y sacarlo de ahí por supuesto”.
“¿Tú crees?”.
“Claro que sí”, aseveró Verónica.
“¿Y si me rechaza?”, mostró sus temores Julia.
De hecho, Verónica no lo sabía, pero Julia sí, que ella misma había sido la responsable de que yo estuviese en esa situación. Tenía miedo porque ya la había expulsado de mi vida o al menos eso pensaba ella. Le dolía claro pero nunca había sido de rogarle a un hombre. Aunque esta vez, no podía ser tomado de esa manera, sino más bien como una solicitud de dispensa. En realidad había todo un embrollo en la cabeza de Julia. Todo se revolvía en su cabeza como si se anidase dentro de ella un torbellino imparable.
“Julia”, me dijo con un convencimiento tal que se lo pasaría finalmente, “No hay peor empresa que la que no se comienza. Ve por él y luego vas a tener tiempo de pensar en que más vas a hacer”.
Y era totalmente verdad lo que decía Verónica, pensó Julia. La idea era dar el primer paso y si había que improvisar se improvisaría. A veces el ser humano tiene miedo a lo improvisado. Quiere tener todo controlado y cuando algo se descarrila saliéndose de los planes trazados nos entran los temores. Como señalé antes, Julia, sólo necesitaba un empujoncito para volver a la vía y su amiga se lo estaba dando.
Así, con todo aquél envión se presentó en mi edificio. Y no entró. No porque no haya podido colarse dentro de mi apartamento, ya que ni siquiera lo intentó, sino porque tenía otros planes. La idea era hacerme salir de donde estaba, no sé que planes traía entre manos.
Salió del trabajo ya con una idea fija en la cabeza. Tomó un megáfono que tenía en su casa y que antes utilizaba su padre y lo llevó consigo. Con ese aparato era con lo que me hizo resonar los oídos, despertándome de mi pesadilla. Había hablado durante la tarde con su tía para que le preste el auto. De paso, le contó todo lo que le venía sucediendo con este muchacho, yo, al que se lo había presentado el día que la acompañó a llevar a Andreíta a la fiestita. Como a su tía le gustó lo que aquél chico, yo, estaba haciendo por su sobrina le prestó el auto y le dio dinero para que llene el tanque de la gasolina por si lo precisaba.
Con las llaves del auto, el dinero y el megáfono partió a la estación de servicio, llenó el tanque y se dirigió hacia donde yo vivía. En el asiento del lado por ahora iba sólo el megáfono. La idea era hacer todo el ruido posible hasta que yo salga y fuese con ella. No se iría del edificio hasta que no saliese. Comenzó a llamarme insistentemente “¡Diego!, ¡Diego!, ¡Diego despierta dormilón!, ¡No me iré hasta que te no vengas conmigo!”.
Hasta que después de un rato largo de insistencia lo logró. Como recordarán, yo, me tuve que despertar de una pesadilla compleja y por eso me demoré un poco más. Con algunas legañas aún pegadas en los ojos y todo despeinado me asomé por la ventana. Me había desperezado apenas y con las manos intenté ponerme lo más presentable posible sin conseguir cambiar mucho mi apariencia. Y la vi ahí, parada al lado de un Chevrolet Corsa bajo la luz de un poste de luz, más linda que antes. Con el megáfono en mano mirando hacia la ventana donde yo aparecería. Me miró a distancia y al reconocerme se puso en megáfono en la boca invitándome a bajar. “Arréglate y acompáñame”, me incitó y yo obedecí sin escuchar más.

sábado, 9 de octubre de 2010

Una noche revuelta

Verónica salió de casa de la misma forma como había entrado. No tuvo mayor problema. Eso me indica que se debe reforzar la seguridad en mi edificio. Dejan entrar a cualquiera, y no porque Verónica sea cualquiera, sino porque entró con facilidad.

Para los muchos que pensaron en que esta historia terminaría en suicidio les puedo asegurar de que no será así. Al menos no en la actual crisis. Si estoy escribiendo es porque aún tengo la vida y las ganas suficientes para continuar. He logrado superar la crisis ahora. Pero aún el jueves estaba sumergido en mi llanto interno y el desconsuelo.

Después de que Verónica salió a la mañana siguiente pensé en levantarme de la cama no sólo para ir al baño y cocinar. Quise salir a pasear un poco, pero el desánimo me venció. Mejor dicho me dejé derrotar. Se la hice fácil para ser más sincero.

En cierta hora de la tarde o noche, con todas la ventanas cerradas no lograba distinguir en que momento del día me encontraba, pasó algo singular. Me parece que la situación fue propicia para que pase lo que pasó.

Tal como Verónica había entrado a mi habitación alguien más se apareció en mi cuarto. Estaba durmiendo metido debajo de las frazadas cuando sentí una mano recorriendo mi cuerpo. No estaba seguro del todo, pero juro que las fuerzas no me daban para moverme. Levanté la cabeza y entre las mantas pude divisar una figura de una mujer. Esta mujer era quien me había acariciado y si mi primera impresión no me fallaba lo había hecho seductoramente. Aunque a estas alturas era improbable que pudiese pensar con certeza, mucho menos sentir correctamente. Dejé caer nuevamente la cabeza sobre la almohada. La mujer en mi habitación encendió la luz de una lamparita pequeña que tenía en mi mesa de luz. Como era de baja intensidad, la luz tenue sólo sirvió para identificar a la persona junto a mí, más no para transformar el ambiente proclive a la pasión en el que me encontraba. Tal como había sucedido con Julia hace pocos días la temperatura de la habitación comenzó a subir lentamente.

“¿Mercedes?”, traté de confirmar la presencia en mis aposentos.

“Sí, mi nene. He venido a reclamar lo que es mío”, me contestó.

Siguió contándome que su hija le había hablado de mí y que yo no quería verla. Que estaba molesto con Julia. Que si quería tenía el camino libre para ‘coger’ conmigo. Y que en verdad a ella le parecía el hombre más seductor del planeta y que no iba a desperdiciar la oportunidad de pasar al menos una noche conmigo. Trató de convencerme de que no tenía ningún tipo de obligación para con ella. Lo que ella quería era poseerme sólo y que el tiempo diría que pasaría luego. Pero por ahora lo importante era satisfacer mis más bajos instintos si yo estaba de acuerdo.

Yo no estaba ni de acuerdo ni en desacuerdo. Yo estaba inmóvil con la noticia y perplejo por la situación. Comencé a desperezarme de a pocos y no puedo negar, además, de que sus palabras comenzaron a excitarme. Una mujer con mucha experiencia para hacer el amor se encontraba en mi habitación con el único deseo de complacerme. Debía ser la situación soñada de cualquier adolescente y adulto varón. Bueno, en ese momento me estaba sucediendo a mí y no tenía tiempo de pensar en nada, ni en nadie. Era el momento propicio para dejarse llevar por la corriente.

Cómo no le prohibí nada optó por proseguir en su intento de hacerme suyo. Recogió los cobertores encima de mí, dejando al descubierto el pijama ridículo que llevaba puesto. Mercedes esbozó una complaciente sonrisa, pero no se desanimó en su seductora intención. Que mujer tan sensual y seductora pensaba mientras la veía desplazarse con total comodidad. La comodidad que te brinda la experiencia en años de hacer lo que más te gusta.

Se acostó a mi lado. Yo me encontraba mirando hacia el techo pero al tenerla a mi costado en mi cama me volteé mirando hacia donde ella se encontraba. Con sus cuidadas y bien pintadas manos jugueteó un tanto con mi pecho por encima de mi ropa. Luego subió ese dedo índice juguetón de su mano derecha hacia mis labios acariciándolos lentamente. Introdujo su dedo en su boca humedeciéndolo con su lengua y lo volvió a posar sobre mis labios. La ropa comenzaba a estorbarme y en mi zona media algo crecía y crecía y estaba a punto de hacer erupción cual volcán activo.

Activé una de mis extremidades y con mi mano izquierda acaricié su cintura. Tan delgada, tan firme y sin rollos. Lentamente fui elevando mis caricias hacia sus senos. Ella se dejaba acariciar y lo disfrutaba. Su cara de satisfacción y placer me excitaba más todavía. Su agitación se incrementaba y su respiración se tornaba entrecortada. Se desabrochó la blusa que vestía dejando salir sus senos firmes. Pude darme cuenta de que no llevaba puesto sutién. “Si te interesa, te informo que no uso ropa interior”.

Sonreí y continué con mi exploración de su cuerpo. Tenía unos senos hermosos. Los acaricié mientras ella me observaba disfrutando de mis caricias. Acercó con firmeza y seguridad mi cabeza hacia su pecho haciéndome besar esas dos poderosas razones para la lujuria que me invadía.

Me acostó nuevamente y se subió sobre mí sacando lo que llevaba puesto en la parte de arriba. Beso mi rostro, mi cuello y bajó dejando ósculos por todo mi pecho caliente de pasión. Se sentó más hacia mis piernas y me sacó el pantalón del pijama dejándome en ropa interior. Me acarició el miembro viril haciéndolo suyo sólo con la suavidad de sus manos. Estaba explotando y ella, por lo que sus jadeos me hacían entrever, también se encontraba a punto de ebullición.

Esta vez fui yo quien dejó los impedimentos de lado, levanté en peso a Mercedes para dejarla caer de espaldas sobre la cama y yo encima de ella. Le saqué salvajemente la mini falda que llevaba confirmando que no llevaba puesto ropa interior. Eso la escitó mucho. Me sacó el calzoncillo y me atrajo hacia ella.

La penetré una y otra vez. El sexo fue explosivo, firme, constante, salvaje e imponente. Duró mientras las fuerzas nos duraron. Lo hicimos tanto que quedamos exhaustos, sedientos, satisfechos. No había escuchado gritar tanto a una mujer como escuché a Mercedes. No había sentido disfrutar tanto a otra como a ella. Y no puedo negar que era la mejor experiencia que había tenido.

De repente y sin avisar, Verónica y Julia, ingresaron en mi habitación sin avisar tal como lo había hecho mi improvisada compañera de cama. Mercedes y yo nos encontrábamos desnudos y desparramados. La cara de sorpresa de ambas visitantes era indescriptible. Julia me miró como diciendo sabía que me traicionarías y yo le devolví la mirada indicándole que ella misma me había expuesto a esto.

En eso y ante la sorpresa de todos, Verónica se comenzó la ropa y se metió en la cama entre Mercedes y yo. Comenzó a besarme el pecho bajando hasta mi pene besándolo también haciéndome sexo oral. Miré a Julia con cara de no poder impedirlo. Y de pronto su mirada fue transformando pasando de la ira a la complacencia. Sus gestos siguientes fueron de entendimiento de la situación.

Su madre la llamó por su nombre invitándole a que se meta en la cama con los tres. Ella con una lágrima rodando por el rostro aceptó la invitación, y mientras Verónica seguía haciéndome sexo oral, se introdujo en la cama dándome la espalda. Se pudo en posición fatal mirando a su madre. Que bizarra situación. Yo estaba inmovilizado por el placer que Verónica me brindaba mientras veía a Julia a mi lado. Mercedes acariciándole los cabellos a su hija.

Entonces algo si me dejó perplejo. Mercedes le levantó el rostro a Julia y comenzó a besarla en la boca apasionadamente. Julia respondía con el mismo fervor. Estaba aterrorizado por lo que allí pasaba. No podía entender nada. No sabía como habíamos llegado a ese extremo. A todo esto un ruido intenso comenzó a escucharse fuera de la casa. “Diego, Diego”, pude entender que me llamaban desde afuera.

Los llamados desde el exterior del edificio continuaron haciéndose cada vez más claros. La agitación empezó a aumentar. Mis latidos se aceleraron. Parecía que el corazón me iba a estallar. Y cuando pensé que me moría inmóvil en mi cama, me desperté. Todo había sido una pesadilla. Miré mi cama y estaba vacía. Solamente yo y mis sábanas. Pero el ruido en la calle continuó. Escuchaba mi nombre repetirse continuamente. Alguien me llamaba desde afuera.

viernes, 8 de octubre de 2010

Depresión post impacto

Disculpen que no haya escrito estos días pero, la verdad, que no tuve ganas. Lo que pasó con Julia la última noche fue terrible para mí. Se me cayó el castillo que había construido sobre las nubes.
Pasé el sábado y domingo metido en casa viendo películas. Para mala suerte mía sólo encontraba películas románticas. Hasta el clásico “Casablanca” encontré entre los títulos.
Me mantuve sentado en el sofá con una manta encima. Cortinas cerradas. Televisor en alto volumen. Y con té helado para enfriar los sentimientos. Sólo me levanté para ir al baño. No atendí el teléfono, ni revisé mis correos. Depresión total.
Juro que en algún momento me habló una mosca que se posó por todos los bordes de las tazas que había utilizado con el té frío del fin de semana. Pude observar como iba probando de taza en taza los residuos de té dulce helado que quedaban. En cierto instante, la mosca, me dijo que le faltaba a azúcar a mi té. No lo pude creer, aunque parezca raro, porque para mí estaba muy dulce. El hecho que me hablara la mosca me pareció tan normal que no sé me pasó por la cabeza que los animales no hablan. Había tomado demasiado té dulce supongo.
El lunes de mañana me reporté enfermo en el trabajo. No tenía ganas de ir y ver a Julia. Quise evitar las complicaciones. Llámenme cobarde pero después de tanta presión encima en realidad necesitaba un respiro. El martes volví a llamar temprano al trabajo para decir que continuaba enfermo. Es posible que me tome toda la semana. Igual supongo que no me extrañarían. El miércoles alguien tocó la puerta de mi apartamento. No quise contestar, debió ser algún vecino. Pero insistieron yo estaba en mi cuarto y no quería levantarme. Acababa de almorzar hace unos minutos. No tenía idea de la hora aunque deberían ser alrededor de las tres de la tarde. Los golpeteos en la puerta prosiguieron y de repente me di cuenta que en todos estos días no le había echado seguro por dentro a la puerta del apartamento.
Alguien entró. Debe haber visto el desorden en el living porque exclamó un “¡Dios mío!”. Luego diciendo mi nombre fue acercándose a mi habitación. Entró en ella y me vio acostado en mi cama. “¿Qué haces ahí tirado?”, preguntó Verónica.
No sé si fue la imagen muy deteriorada de mí mismo o qué pero pude observarla hermosa parada al pie de mi cama. “¿Qué haces durmiendo a las ocho de la tarde? “, preguntó.
Había cambiado la hora recientemente, adelantándose una hora en el uso horario. Eso hacía que anocheciera más tarde de lo que venía atardeciendo. A las veinte horas aún había luz de sol por lo que me había confundido en la hora del almuerzo. Debí quedarme dormido por mucho tiempo.
Como no le respondí, Verónica, volvió a preguntar “¿Estás enfermo?”.
“Sí”, me apresuré a responder, “de amor”.
Verónica sonrió. “supongo que no de mí, sino ya hubieses saltado de esa cama al verme”. Al parecer el rechazo de la noche del viernes no había influido en su ánimo. Como quien dice, se lo había tomado deportivamente.
No respondí su pregunta masoquista pero si la abordé con una pregunta. “¿Qué haces aquí?”.
Me respondió que el hecho de que no le haya hecho caso, no dejaba de hacer que se preocupe por mí. Me pareció lógico. Algo así como no perder las esperanzas con alguien pero trabajando en segundo plano. Era válido de su parte aunque no lo compartía. En fin, resumiendo, Verónica y Julia, estaban preocupadas porque yo no había dado señales de vida. Julia le había dicho a su amiga que viniese a visitarme porque ella y yo habíamos discutido el sábado. En verdad fue la madrugada del viernes para sábado pero técnicamente ya había sido el sábado. Le pregunté si sabía por qué habíamos discutido y me dijo que no lo sabía. Supongo que Julia seguía ocultando sus sentimientos con la gente del trabajo. Eso no me animó claro. Y aunque creo que ya se había dado cuenta le confesé que me moría de amor por Julia. Pensé que se podría todo.
Supuse que se iba a molestar por mi confesión. Pero en vez de eso el sorprendido fui yo. Verónica era una persona lógica y me dijo que ahora lo comprendía. Se hizo toda una historia en la cabeza con mi confesión.
Para ella los cabos sueltos quedaban atados. Era lógico que no le haya hecho caso a ella y que, como Julia no le hacía caso, hayan discutido en algún momento. Pero en su afán de conquistarme no le había preguntado nunca como le parecía yo. Aunque ella suponía que yo no tenía muchas esperanzas con Julia porque nunca le había comentado nada acerca de mí. Así que me recomendó levantarme. Mañana en el trabajo hablaría con Julia sobre mí. Me preguntó si la autorizaba y yo le contesté que podía hacer lo que quiera.
Pasó un rato más allí sentada al pie de mi cama sin obtener resultados. Después de un rato se fue pidiéndome me cuide.

martes, 5 de octubre de 2010

Una noche llena de sorpresas (Parte 4)

No dejó de alegrarme y al mismo tiempo sorprenderme el hecho de que al llegar a casa me encontrase con Julia esperándome. ¿Pero qué podía hacer la luz de mis ojos a esta hora en la puerta de mi edificio? La alegría se tornó de un momento a otro en preocupación. Estaba llorando, como si algo le hubiese pasado.
“Hola”, balbuceé extrañado totalmente.
Julia me sonrió y se levantó de donde estaba sentada corriendo a abrazarme.
“¿Qué pasó?”, le pregunté devolviéndole el abrazo. “Estás fría, vamos arriba y te preparo una bebida caliente”.
Subimos y entramos en el apartamento. La hice sentar en el sofá de siempre. Le pregunté si quería té o café, siendo elegido lo primero. Hice una taza de café para mí y una de té para ella. Mientras notaba que las lágrimas habían dejado de brotar de sus ojos me senté a su lado colocando las tazas para ambos.
“¿Más tranquila?”, pregunté nuevamente.
“Más que nunca”, me dijo y se abalanzó a besarme apasionadamente como no lo había hecho antes.
Que grata sorpresa me llevé al sentir colgando de mis hombros a Julia besándome intensamente. Y claro que la abracé hasta fundirla en mi pecho. Pero de repente la temperatura de la habitación comenzó a subir. Sentimos que la ropa nos estorbaba, que creaba una gran muralla entre los dos. Así que procedimos a quitárnosla. Me quitó la camisa con la que iba vestido casi arrancando los botones. Por mi parte le saqué la blusa penetrando hasta en su respiración.
“Gracias por alejar de mí los fantasmas amor”, me susurró en el oído mientras pasaba su húmeda y cálida lengua en mi oreja.
¿Alguna vez tuvieron la sensación aquella en donde tu vida pasa frente a tus ojos en un segundo? Dicen que cuando uno está a punto de morir que ocurre eso. Me pasó algo parecido en ese instante. Pero no fue mi vida la que pasó como un film, sino todo lo ocurrido esa noche.
La visita temprana de Verónica había sido lo más cuerdo dentro de todo. La revelación de Miguel sobre Leticia me fastidiaba como una piedra en el zapato. La huída triste de Verónica me dejaba una sensación de tristeza. Y la mujer al final de la noche me generaba intriga. Ahora Julia aquí desvistiéndose y entregándose a mí en cuerpo y alma agradeciéndome por lo que había hecho esa noche. No me cerraba esta situación. Juro que no soy gay y los que esperaban un relato erótico tendrán que esperar así me tilden de gil.
“¿A qué te refieres?”, pregunté con matiz de seriedad deteniendo el ímpetu de Julia.
“Me demostraste que podía confiar en ti”, me dijo con orgullo y felicidad.
“¿Lo dices por lo que hice con Verónica?”, insistí deteniéndola una vez más cuando ya había vuelto a la carga con la batería de besos.
“Sí, también, claro”, mencionó relajada volviendo con sus besos seductores.
No es que no haya deseado hasta ahora tener a Julia entre mis brazos. No lo conté antes pero he soñado con hacerle el amor y he imaginado su cuerpo desnudo en mis mayores fantasías. Sin embargo, ahora, algo me detenía.
Volví a frenarla pero esta vez, Julia, se dio cuenta de que algo pasaba. “¿Quieres que te explique ahora?, preguntó dudosa.
“Sí”, respondí más seguro que nunca.
“El que no te hayas dado cuenta hace más valorado tu acto amor”, aseveró esta vez recobrando su acostumbrada seguridad.
A ver si pongo algunas cosas claras, por primera vez la escuchaba decirme amor. Eso significaba que debíamos ser novios por alguna razón implícita y yo lo estaba arruinando. Me encantó su fragilidad producto de su excitación lo cual la volvía sensacional desde mi punto de vista. Esto en conjunto debía dejarme extasiado pero en vez de eso había una desazón en el ambiente que no me dejaba tranquilo.
Le pedí que, por favor, sea más explícita porque no estaba entendiendo mucho y así lo hizo.
Me fue contando como habían ido sucediéndose las cosas desde que salió con la excusa de estar enferma hasta llegar a mi casa. Primero tuvo que escabullirse dentro del boliche para no ser descubierta por Miguel. Una vez que se fue Miguel ya sólo tuvo que preocuparse por Verónica y por mí. Pero como nosotros estábamos siempre juntos fue como si sólo tuviese que preocuparse por uno.
“¿Dentro de Azabache, no te habías ido?”, pregunté asombrado.
“No, no me fui nunca”, prosiguió.
Se había quedado a ver qué era lo que yo hacía con Verónica. Si cumplía con lo que habíamos acordado y no porque no confiara en mí. Sabía que lo haría, sino que tenía dos razones adicionales. Primero, que podía tener ventaja cuando el lunes Verónica le cuente lo que le pasó conmigo. Segundo, y lo más importante, que tenía que esperar a observar una situación posterior.
“¡Tu madre!”, exclamé azorado completamente.
Sí, la mujer que me había abordado en la barra de la sección de fumadores no era más que la madre de Julia. Ella me lo confirmaba con una mezcla de vergüenza por lo que su madre había hecho y satisfacción por haberla vencido por primera vez.
Pero algo no tenía claro Julia. Me levanté de donde estaba. Me paré mirando la ventana y le dije: “me usaste como conejillo de indias y lo que es peor no confiaste en mí”.
“No…”, intentó disculparse Julia.
“Julia”, le nombré volteando la mirada hacia ella, “Mercedes, o tu madre como prefieras llamarla, me puso en una situación muy incómoda, pero eso no es lo más grave. Durante toda la noche confié en ti. Incluso cuando el gil de Miguel intentó cargarte. ¿Y tú me pusiste a prueba?”, le increpé finalmente.
Intentó explicarme que no era tan así como yo lo veía. Es decir, sí me había mostrado a su madre como para pasar la prueba. “Lo demás era inventiva suya. Ella es así normalmente”, se explicó. “No se resiste a un hombre lindo”.
Y lejos de sentirme halagado me sentí usado por primera vez. Le indiqué que no necesitaba pruebas, que yo era capaz de saber discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Y que si ella no confiaba en mí, no podíamos ir a ningún sitio juntos. Que podía entender lo de sus fantasmas pasados pero que esta vez, ellos, no habían interferido para nada. En esta ocasión la única culpable había sido ella.
“Perdón”, se disculpó.
“Está bien”, le dije, “Pero quiero estar sólo ahora”.
“Lo siento”, se disculpó por segunda vez y salió por la puerta.
Tuve que bajar a abrirle. Fue doloroso porque me sentía decepcionado por la mujer que me quita los sueños. Me había herido poniéndome esa prueba. Sentía que me consideraba uno más y no como alguien especial. Dormiría y esta noche no tendría un final feliz.

lunes, 4 de octubre de 2010

Una noche llena de sorpresas (Parte 3)

Julia se fue después de simular sentirse mal tal como el plan lo decía. Miguel al verse en solitario y haciendo mal tercio entre Verónica y yo también optó por irse. Así que ahí en Azabache nos quedamos Verónica y yo y ella más entusiasmada que nunca en la pista de baile. Yo, fuera de órbita por lo que había escuchado sobre Leticia por parte de Miguel y algo excitado por las continuas arremetidas de Verónica. Finalmente soy humano y si bien es cierto no iba a ceder ante la insistencia de mi casual acosadora, no podía dejar de aceptar que sus actos me tenían excitado.
Entonces le propuse a mi acompañante que fuésemos a unos asientos que había en la terraza exterior del local. Lugar que se usa como lugar para los fumadores. Nos sentamos, yo mirando al frente y ella de costado casi encima de mí. Tenía su rostro mirándome y muy cerca del mío. Yo conversaba sin mirarla haciéndome el cansado. Ella quería agotar todos los recursos para tenerme esa noche. Al ver que no le daba resultado optó por algo más atrevido. Colocó su rodilla encima de mi muslo y con sus brazos me rodeó acariciando con sus manos mi cabello y recostando su cabeza en mi hombro derecho. No pude soportar, o mejor dicho, hasta aquí había llegado mi sutileza. Levanté lentamente mis brazos para apartarle suavemente de encima de mí y la miré fijamente para preguntarle que era lo que hacía. De repente, Verónica, comenzó a cambiar de color ruborizándose. Pero no retrocedió siempre fue para adelante arriesgando todo. Me gustó su actitud, y como dije, si hubiese sido otra la situación no hubiese necesitado llegar hasta este punto en el que nos encontrábamos.
“Disculpa Diego, pero no sé si te has llegado a dar cuenta de todas las indirectas que te he venido lanzando durante la noche”, me señaló con un tono tierno y preocupado.
Le respondí que la verdad que sí pero que no quería lastimarla con un rechazo directo y expreso. Que me sentía honrado por su actitud pero que en realidad me gustaba otra chica.
“¿Aún estás enamorado de Leticia?”, me preguntó.
Nuevamente escuchaba ese nombre en esta noche y cada vez me aturdía más. Verónica prosiguió diciéndome que en realidad ella no valía la pena. Que a pesar de que era su amiga no era una chica que me podía hacer bien. Sin embargo ella era lo que yo necesitaba. Le aclaré que no se trataba de Leticia, que para mí era historia pasada ya. Que se trataba de otra chica muy cercana a mí y que estaba dispuesto a conquistarla. En su momento se enteraría de quién era. Una lágrima rodó por su mejilla y no fui capaz de evitarlo. Sólo atiné a secársela con mi pañuelo. Me abrazó como quién abraza a quien no quiere que se vaya. Luego se despidió con un beso fugaz en la mejilla y salió prácticamente corriendo del lugar. Al irse volteó con una sonrisa fingida y secándose las lágrimas se despidió con la mano. Nuevamente sólo atiné a decirle “sorry”. Se fue.
Me sentía mal por lo que le acababa de hacer a Verónica. Pero no me quedaba otra. Mi corazón le pertenecía sólo a Julia. Me puse de pie y antes de irme a casa quise pasar por la barra a tomarme algo fuerte. Me pedí un whisky doble en la barra de la misma terraza en donde me encontraba. A mi lado una mujer pidió: “lo mismo que este lindo muchacho por favor”.
“Por supuesto Mercedes”, expresó el barman al tiempo que hacía ambos tragos.
Se ve que esta mujer era cliente de la casa o era una persona importante para que el barman la trate con tanta familiaridad. Supongo debería ser la primera opción analizando el lugar en el que me encontraba.
El barman nos sirvió sendos vasos de whisky doble. Tomé el mío agradeciendo el acto y ella hizo lo mismo. Tomé un trago y ella hizo lo mismo. Lo dejé en la barra y ella hizo lo mismo.
“Me estoy mojando de excitación”, dije en voz alta a ver si la mujer se atrevía a decir lo mismo.
“Me estoy mojando de excitación”, repitió sorprendiéndome.
Volteé a verla y ella sonreía desafiante. Me reí tomando el vaso y tomando otro trago.
“¿Quién eres?”, pregunté.
“Me llamo Mercedes, ya se lo escuchaste al barman”, respondió.
Tenía razón aunque por ahí no iba mi pregunta. Lo que en verdad hubiese satisfecho mi mal formulada pregunta es que me hubiese dicho por qué me imitaba. Sin embargo no lo hizo. Me acabé el vaso y Mercedes le ordenó al mozo una ronda más a su cuenta. El mozo nos sirvió ambas copas. Ella tomó la suya y se sentó mirando hacia mí.
“Chico lindo”, me dijo mientras recorría su uña larga pintada y bien cuidada desde mi hombro hasta mi brazo, “¿Cómo te llamas?”.
“No creo que sea importante, no he tenido una buena noche Mercedes”, me disculpé.
“Sírvete el whisky chico lindo sin nombre que no voy a cobrártelo y por lo otro no te preocupes que yo puedo hacer que mejore tu noche”, añadió.
No podía ser. Ni en el mejor de los sueños hubiese imaginado que dos mujeres se me regalarían de tal forma en una misma noche. Lo peor de todo es que de mi parte ninguna de las dos me apetecía. Y no porque no fuesen lindas, Verónica era muy linda y tierna, y Mercedes muy hermosa y sensual, sino porque no podía meter en mi cabeza otra chica que no fuese Julia. Dejé el whisky en su lugar y le dije: “Gracias, pero debo irme”.
Me levanté y me fui de donde estaba. Atravesé la pista de baile y me dirigí hacia la puerta principal. Salí y opté por irme caminando. Avancé una cuadra cuando sentí que alguien me seguía. Di la vuelta y se trataba de esta misma mujer, Mercedes.
“No tengo nada si lo que quieres es robarme”, le grité mientras caminaba tranquilo.
Ella venía varios pasos más atrás. Cuando se dio cuenta de que la había visto no intentó disimular más y aceleró el paso para alcanzarme al lado. Confirmé que no quería asaltarme pero me intrigaba el que me siguiera.
“¿Qué deseas?”, indagué.
“A ti”, me respondió seca y seductoramente.
“¿Y si no fuera posible?”.
“Para mí, no existe imposible”, me afirmó muy segura de sí misma.
“¿Nunca te han dicho que no?”, tenté a jugar un poco.
“Hasta ahora no”, me señaló.
“Bueno hasta hora primor. Siento quebrar tu record pero no quiero nada contigo”, señalé mientras entrábamos en una calle con poca iluminación y solitaria que había de camino a mi casa.
“Espera un poco” me pidió mientras me daba su cartera indicándome que vea dentro de ella.
Entonces todo fue muy rápido. La cartera estaba semiabierta y en ella había varios, una buena cantidad, de billetes de mil pesos. Mientras ella se arrodillaba frente a mí y me bajaba el cierre del pantalón e intentaba sacarme el pene agarrándolo en sus manos. La excitación y la avaricia me doblegaron por unos minutos pero el recuerdo de Julia y sus ojos hermosos chocó contra mí como un tren a toda marca. Tiré la cartera con todo y billetes a un lado. No era un prostituto. Y a ella la levanté de golpe cuando estaba apunto de introducirse mi miembro en su boca.
“¡No entiendes lo que es no!”, exclamé harto de lo que pasaba. “Déjame en paz loca. Y me alejé de ahí.
Atrás quedó esta mujer levantando su cartera y algunos billetes que se habían salido de ella al tirarla al suelo. Avancé las cuadras que restaban camino a mi casa. Pero las sorpresas de esa noche no acabarían ahí. Alguien me esperaba sentada en la puerta de mi edificio.

Una noche llena de sorpresas (Parte 2)

Salimos del apartamento en unos momentos más. Julia sentía que era inverosímil todo lo que yo le había contado. Debía ver para creer. Sin embargo me dio su voto de confianza sólo por ser yo. Además a estas alturas del mundo uno no llega a conocer totalmente a los seres humanos.
Rato después entramos al boliche. Hasta ese momento no podía imaginarme todo lo que me iba a suceder. Ni bien entramos nos fuimos a una de las barras a pedir algo de tomar. Recuerden que el plan era hacer que Verónica tome un poco más de la cuenta para que se libere un poco de sus represiones. Personalmente me pareció que no era muy necesario. Aunque para Julia no debíamos apartarnos tanto del plan.
Verónica se había puesto entre Julia y yo. Obviamente al pensar que entre mi amada y yo no había ningún tipo de relación no sintió ninguna culpa al separarnos. Por dentro, yo, me estaba retorciendo del antojo de ir a bailar alguna pieza con Julia por primera vez.
Verónica me clavó los ojos y esta vez continuó hablándome de cómo era ella cuando se enamoraba de alguien. Que le gustaba pasar tiempo con él, que era cariñosa, fiel, amorosa y como dijo textualmente: “No tendía ningún problema en entregarme a ti, digo a él, en el caso de enamorarme”.
Eso me hizo sonrojar más a mí que a ella; Julia por su parte empezaba a creer en mis relatos. Verónica estaba siendo sutil, si se puede decir eso, pero directa. Que mezcla rara lo sé. Pero era muy ambiguo hasta cierto punto de vista. Era una invitación abierta a que la abordara sin ser completamente obvia.
Después de dos vasos de destornillador Julia y Verónica se fueron al baño. En el baño Verónica le confesaría que había estado lanzándoseme en repetidas ocasiones sin obtener respuesta.
“¿No será que Diego no quiere nada conmigo?”, preguntó Verónica.
“La verdad no lo sé. ¿Pero que has hecho?, quizá no se ha dado cuenta de tus indirectas”, indagó Julia tratando de averiguar que había pasado hasta ahora desde la versión de su amiga.
Entonces Verónica comenzó a relatarle todo tal cual se lo había contado Diego. Le preguntó que como había sido capaz de todo eso. A lo que Verónica sorprendería diciendo “Un hombre como Diego merece medidas drásticas para tenerlo con una”.
Verónica estaba decidida. Me sentía honrado y de hecho de no ser porque mi corazón le pertenece a Julia, Verónica, no hubiese necesitado dos veces para obtener respuesta a sus insinuaciones. Pero lamentablemente no era el caso. Así que debía continuar con el plan como solía repetirme Julia.
Antes de salir del baño Julia adujo un dolor de estómago para quedarse dentro del mismo. Verónica preguntó si la acompañaba a lo que Julia respondió que no era necesario. Que más bien aproveche su tiempo a solas conmigo. Verónica aceptó entusiasmada no sin antes corroborar que lo de Julia no era tan grave.
Cuando Verónica salió fue directamente a la barra donde me encontraba y me abrazó por la espalda susurrándome al oído una invitación a la pista de baile. Al parecer la ‘tranquilita’ compañera de trabajo podía convertirse en una ‘femme fatal’ si se lo proponía. Acepté a salir a bailar. El DJ había programado una serie de temas de merengues semi-lentos. Adecuado para Verónica, inadecuado para mí. La tomé por la cintura intentando no incomodarla o aunque a estas alturas quizá mi subconsciente intentaba no incomodarme, pero en lugar de que sea yo el que pegue pancita con pancita fue ella quien apretó mi pierna derecha entre sus piernas acercándose lo más que pudo hacia mí dejándome sentir el calor de su cuerpo y sus deseos más sublimes.
Julia había quedado escondida en el otro extremo del boliche espiándonos ya que no se iba a quedar en el baño para siempre. Cuando descubrí su ubicación la vi parada al lado de la zona VIP cerca al DJ con un vaso de fernet con coca en sus manos. Fueron dos, tres, cuatro canciones y Verónica cada vez se me acercaba más y más. Su rostro iba pegándose a mi mejilla y de cuando en cuando descansaba sobre mis hombros. Sus labios buscaban los míos y yo procuraba que no los encuentren.
Pasaron tres canciones más cuando desde la pista de baile pude observar que si bien Verónica no pudo verla nunca, quien si descubrió su posición fue Miguel. Se acercó por la espalda sorprendiéndola. Se saludaron y como la actitud de Julia ahí parada no era la de una chica que se sentía mal no pudo continuar con lo que había previsto.
Miguel le dijo a Julia que como era posible que nosotros la habíamos dejado en esa situación, “sola y abandonada en el boliche ante el asedio de cualquier individuo insolente que pudiese acecharla”.
Pero que insolente había resultado Miguel, hablarle mal a mi chica de mí. El lo sabía porque me lo había insinuado. Julia claro supo disculparnos al decir que ella había dado su consentimiento porque se sentía un poco mal. Quizá fue el momento adecuado para regresar al plan. No puedo negar que Julia piensa rápido y es muy astuta cuando se lo propone. Igual Miguel insistió mucho en que la acompañe a bailar y ella accedió ahí cerca para que no la viese Verónica.
Julia y yo cruzábamos miradas desde lejos. Habíamos logrado tal punto de conexión que podíamos transmitirnos cosas con tan solo mirarnos. Quise acercarme pero me detuvo a la distancia.
De repente Julia se sorprendió cuando Miguel empezó a incomodarla con sus actitudes corporales al bailar. Se le pegaba mucho, se estaba convirtiendo en una Verónica en versión masculina al acecho de Julia. Eso no sólo incomodaba a Julia sino que también me estaba incomodando. No soy un tipo celoso pero creo que a cualquiera le dejaría mal la situación en la que me encontraba, así que a pesar de las miradas de Julia que me indicaban que me quede en mi lugar le sugerí a Verónica que fuésemos donde se encontraban bailando Julia y Miguel. Verónica aceptó, pero no cambiaría su actitud provocadora.
Saludé muy seco a Miguel, como para indicarle que me encontraba aquí y que no se sobrepase, pero de retorno sólo recibí una mirada que intentaba hacerme sentir culpable. No entendía era él quien trataba de cargarse a mi chica y el gil este me miraba como si yo fuese el que estaba cometiendo algún pecado. Que ironía o que poca vergüenza de este tipo. Tenía ganas de reventarlo contra alguna pared. Julia por su lado se había puesto seria porque me había salido del libreto.
La música se comenzó a poner más movida y las vueltas y piruetas en la pista de baile comenzaron a acrecentarse por parte de todos los bailarines. Nosotros al dominar estos ritmos tropicales no nos quedamos atrás. Julia aprovechó unas de estas vueltas para intercambiar de pareja del modo que terminemos bailando Verónica con Miguel y Julia conmigo. El baile continuó con Miguel con pocas ganas de bailar con Verónica, ella por su parte inocente y despistada no se daba cuenta de nada, yo más aliviado de toda esa situación y Julia acercándose a mi oído del lado contrario de nuestra pareja amiga para decirme muy molesta que no me saliese del libreto.
“Pero viste como se pone Miguel”, le reclamé.
“¿Y tu crees que yo no se como manejar a un hombre?”, me respondió enojada notoriamente.
Era obvio que lo celos me habían consumido y me habían hecho perder perspectiva. Le reconocí a Julia que tenía razón. Que debía confiar en ella. Le pedí que siguiésemos con el plan porque la verdad todo esto ya me estaba cansando y no tenía mayor deseo por ahora que decirle a todo el mundo que me moría por Julia.
Aprovechamos el siguiente estribillo y volvimos a cambiar de pareja con unas volteretas dejándolas como estaban inicialmente. Después de una media hora en el que yo me iba alejando de a pocos de la actitud seductora de Verónica y Julia hacía lo propio con Miguel, Julia pidió a Verónica que la acompañase al baño. Esta aceptó y nos dejaron a Miguel y a mí, incómodo, en la pista de baile. Lo único que se me ocurrió fue sugerirle a Miguel ir hasta la barra a tomar unos tragos. Pedí una cerveza pequeña para la sed y el se pidió un whisky con red bull.
“¿Y Leticia sabe que saliste hoy picarón?”, me preguntó sonriéndome.
Ese nombre me dejó perplejo y me sacó del lugar en un instante. “¿Quién?”, repregunté esperando haber escuchado mal.
“Leticia”, repitió. “Tu novia”, agregó mirándome satisfecho.
“¿Qué?”, atiné a pronunciar estupefacto.
“Ah, pensaste que no me había enterado de tanto. Con razón no me tocabas el tema cuando te hablé sobre que sabía de tu relación”, se explicó y luego prosiguió: “Leticia estuvo hace unas noches por el trabajo y me dijo que había llegado a buscarte. Me pidió que la dejase verte porque eran novios pero le dije que ya te habías ido”.
“¿Eso dijo?”, indagué sorprendido.
“Si claro. Sé que están pasando por un mal momento, pero quieres que te diga una cosa, no cambiaría ese bombón por Verónica. Igual confía en mí. No diré nada picarón”.
En eso regresaron Julia y Verónica. No se si estaba congelado que Julia tuvo que repetirme que se sentía mal y que debía irse. Le pregunté si quería que la acompañase y obviamente me respondió extrañada que no, que podía irse sola. Miguel también se ofreció pero del mismo modo le dijo que era una chica independiente y que no necesitaba que un chico la ayude. Creo que le quedó claro a Miguel, pero no creo que le desanime. Ese gil es demasiado irreverente. Por mi parte ya no sabía como volver al libreto y no sabía directamente que pensar.