martes, 5 de octubre de 2010

Una noche llena de sorpresas (Parte 4)

No dejó de alegrarme y al mismo tiempo sorprenderme el hecho de que al llegar a casa me encontrase con Julia esperándome. ¿Pero qué podía hacer la luz de mis ojos a esta hora en la puerta de mi edificio? La alegría se tornó de un momento a otro en preocupación. Estaba llorando, como si algo le hubiese pasado.
“Hola”, balbuceé extrañado totalmente.
Julia me sonrió y se levantó de donde estaba sentada corriendo a abrazarme.
“¿Qué pasó?”, le pregunté devolviéndole el abrazo. “Estás fría, vamos arriba y te preparo una bebida caliente”.
Subimos y entramos en el apartamento. La hice sentar en el sofá de siempre. Le pregunté si quería té o café, siendo elegido lo primero. Hice una taza de café para mí y una de té para ella. Mientras notaba que las lágrimas habían dejado de brotar de sus ojos me senté a su lado colocando las tazas para ambos.
“¿Más tranquila?”, pregunté nuevamente.
“Más que nunca”, me dijo y se abalanzó a besarme apasionadamente como no lo había hecho antes.
Que grata sorpresa me llevé al sentir colgando de mis hombros a Julia besándome intensamente. Y claro que la abracé hasta fundirla en mi pecho. Pero de repente la temperatura de la habitación comenzó a subir. Sentimos que la ropa nos estorbaba, que creaba una gran muralla entre los dos. Así que procedimos a quitárnosla. Me quitó la camisa con la que iba vestido casi arrancando los botones. Por mi parte le saqué la blusa penetrando hasta en su respiración.
“Gracias por alejar de mí los fantasmas amor”, me susurró en el oído mientras pasaba su húmeda y cálida lengua en mi oreja.
¿Alguna vez tuvieron la sensación aquella en donde tu vida pasa frente a tus ojos en un segundo? Dicen que cuando uno está a punto de morir que ocurre eso. Me pasó algo parecido en ese instante. Pero no fue mi vida la que pasó como un film, sino todo lo ocurrido esa noche.
La visita temprana de Verónica había sido lo más cuerdo dentro de todo. La revelación de Miguel sobre Leticia me fastidiaba como una piedra en el zapato. La huída triste de Verónica me dejaba una sensación de tristeza. Y la mujer al final de la noche me generaba intriga. Ahora Julia aquí desvistiéndose y entregándose a mí en cuerpo y alma agradeciéndome por lo que había hecho esa noche. No me cerraba esta situación. Juro que no soy gay y los que esperaban un relato erótico tendrán que esperar así me tilden de gil.
“¿A qué te refieres?”, pregunté con matiz de seriedad deteniendo el ímpetu de Julia.
“Me demostraste que podía confiar en ti”, me dijo con orgullo y felicidad.
“¿Lo dices por lo que hice con Verónica?”, insistí deteniéndola una vez más cuando ya había vuelto a la carga con la batería de besos.
“Sí, también, claro”, mencionó relajada volviendo con sus besos seductores.
No es que no haya deseado hasta ahora tener a Julia entre mis brazos. No lo conté antes pero he soñado con hacerle el amor y he imaginado su cuerpo desnudo en mis mayores fantasías. Sin embargo, ahora, algo me detenía.
Volví a frenarla pero esta vez, Julia, se dio cuenta de que algo pasaba. “¿Quieres que te explique ahora?, preguntó dudosa.
“Sí”, respondí más seguro que nunca.
“El que no te hayas dado cuenta hace más valorado tu acto amor”, aseveró esta vez recobrando su acostumbrada seguridad.
A ver si pongo algunas cosas claras, por primera vez la escuchaba decirme amor. Eso significaba que debíamos ser novios por alguna razón implícita y yo lo estaba arruinando. Me encantó su fragilidad producto de su excitación lo cual la volvía sensacional desde mi punto de vista. Esto en conjunto debía dejarme extasiado pero en vez de eso había una desazón en el ambiente que no me dejaba tranquilo.
Le pedí que, por favor, sea más explícita porque no estaba entendiendo mucho y así lo hizo.
Me fue contando como habían ido sucediéndose las cosas desde que salió con la excusa de estar enferma hasta llegar a mi casa. Primero tuvo que escabullirse dentro del boliche para no ser descubierta por Miguel. Una vez que se fue Miguel ya sólo tuvo que preocuparse por Verónica y por mí. Pero como nosotros estábamos siempre juntos fue como si sólo tuviese que preocuparse por uno.
“¿Dentro de Azabache, no te habías ido?”, pregunté asombrado.
“No, no me fui nunca”, prosiguió.
Se había quedado a ver qué era lo que yo hacía con Verónica. Si cumplía con lo que habíamos acordado y no porque no confiara en mí. Sabía que lo haría, sino que tenía dos razones adicionales. Primero, que podía tener ventaja cuando el lunes Verónica le cuente lo que le pasó conmigo. Segundo, y lo más importante, que tenía que esperar a observar una situación posterior.
“¡Tu madre!”, exclamé azorado completamente.
Sí, la mujer que me había abordado en la barra de la sección de fumadores no era más que la madre de Julia. Ella me lo confirmaba con una mezcla de vergüenza por lo que su madre había hecho y satisfacción por haberla vencido por primera vez.
Pero algo no tenía claro Julia. Me levanté de donde estaba. Me paré mirando la ventana y le dije: “me usaste como conejillo de indias y lo que es peor no confiaste en mí”.
“No…”, intentó disculparse Julia.
“Julia”, le nombré volteando la mirada hacia ella, “Mercedes, o tu madre como prefieras llamarla, me puso en una situación muy incómoda, pero eso no es lo más grave. Durante toda la noche confié en ti. Incluso cuando el gil de Miguel intentó cargarte. ¿Y tú me pusiste a prueba?”, le increpé finalmente.
Intentó explicarme que no era tan así como yo lo veía. Es decir, sí me había mostrado a su madre como para pasar la prueba. “Lo demás era inventiva suya. Ella es así normalmente”, se explicó. “No se resiste a un hombre lindo”.
Y lejos de sentirme halagado me sentí usado por primera vez. Le indiqué que no necesitaba pruebas, que yo era capaz de saber discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Y que si ella no confiaba en mí, no podíamos ir a ningún sitio juntos. Que podía entender lo de sus fantasmas pasados pero que esta vez, ellos, no habían interferido para nada. En esta ocasión la única culpable había sido ella.
“Perdón”, se disculpó.
“Está bien”, le dije, “Pero quiero estar sólo ahora”.
“Lo siento”, se disculpó por segunda vez y salió por la puerta.
Tuve que bajar a abrirle. Fue doloroso porque me sentía decepcionado por la mujer que me quita los sueños. Me había herido poniéndome esa prueba. Sentía que me consideraba uno más y no como alguien especial. Dormiría y esta noche no tendría un final feliz.

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