Verónica salió de casa de la misma forma como había entrado. No tuvo mayor problema. Eso me indica que se debe reforzar la seguridad en mi edificio. Dejan entrar a cualquiera, y no porque Verónica sea cualquiera, sino porque entró con facilidad.
Para los muchos que pensaron en que esta historia terminaría en suicidio les puedo asegurar de que no será así. Al menos no en la actual crisis. Si estoy escribiendo es porque aún tengo la vida y las ganas suficientes para continuar. He logrado superar la crisis ahora. Pero aún el jueves estaba sumergido en mi llanto interno y el desconsuelo.
Después de que Verónica salió a la mañana siguiente pensé en levantarme de la cama no sólo para ir al baño y cocinar. Quise salir a pasear un poco, pero el desánimo me venció. Mejor dicho me dejé derrotar. Se la hice fácil para ser más sincero.
En cierta hora de la tarde o noche, con todas la ventanas cerradas no lograba distinguir en que momento del día me encontraba, pasó algo singular. Me parece que la situación fue propicia para que pase lo que pasó.
Tal como Verónica había entrado a mi habitación alguien más se apareció en mi cuarto. Estaba durmiendo metido debajo de las frazadas cuando sentí una mano recorriendo mi cuerpo. No estaba seguro del todo, pero juro que las fuerzas no me daban para moverme. Levanté la cabeza y entre las mantas pude divisar una figura de una mujer. Esta mujer era quien me había acariciado y si mi primera impresión no me fallaba lo había hecho seductoramente. Aunque a estas alturas era improbable que pudiese pensar con certeza, mucho menos sentir correctamente. Dejé caer nuevamente la cabeza sobre la almohada. La mujer en mi habitación encendió la luz de una lamparita pequeña que tenía en mi mesa de luz. Como era de baja intensidad, la luz tenue sólo sirvió para identificar a la persona junto a mí, más no para transformar el ambiente proclive a la pasión en el que me encontraba. Tal como había sucedido con Julia hace pocos días la temperatura de la habitación comenzó a subir lentamente.
“¿Mercedes?”, traté de confirmar la presencia en mis aposentos.
“Sí, mi nene. He venido a reclamar lo que es mío”, me contestó.
Siguió contándome que su hija le había hablado de mí y que yo no quería verla. Que estaba molesto con Julia. Que si quería tenía el camino libre para ‘coger’ conmigo. Y que en verdad a ella le parecía el hombre más seductor del planeta y que no iba a desperdiciar la oportunidad de pasar al menos una noche conmigo. Trató de convencerme de que no tenía ningún tipo de obligación para con ella. Lo que ella quería era poseerme sólo y que el tiempo diría que pasaría luego. Pero por ahora lo importante era satisfacer mis más bajos instintos si yo estaba de acuerdo.
Yo no estaba ni de acuerdo ni en desacuerdo. Yo estaba inmóvil con la noticia y perplejo por la situación. Comencé a desperezarme de a pocos y no puedo negar, además, de que sus palabras comenzaron a excitarme. Una mujer con mucha experiencia para hacer el amor se encontraba en mi habitación con el único deseo de complacerme. Debía ser la situación soñada de cualquier adolescente y adulto varón. Bueno, en ese momento me estaba sucediendo a mí y no tenía tiempo de pensar en nada, ni en nadie. Era el momento propicio para dejarse llevar por la corriente.
Cómo no le prohibí nada optó por proseguir en su intento de hacerme suyo. Recogió los cobertores encima de mí, dejando al descubierto el pijama ridículo que llevaba puesto. Mercedes esbozó una complaciente sonrisa, pero no se desanimó en su seductora intención. Que mujer tan sensual y seductora pensaba mientras la veía desplazarse con total comodidad. La comodidad que te brinda la experiencia en años de hacer lo que más te gusta.
Se acostó a mi lado. Yo me encontraba mirando hacia el techo pero al tenerla a mi costado en mi cama me volteé mirando hacia donde ella se encontraba. Con sus cuidadas y bien pintadas manos jugueteó un tanto con mi pecho por encima de mi ropa. Luego subió ese dedo índice juguetón de su mano derecha hacia mis labios acariciándolos lentamente. Introdujo su dedo en su boca humedeciéndolo con su lengua y lo volvió a posar sobre mis labios. La ropa comenzaba a estorbarme y en mi zona media algo crecía y crecía y estaba a punto de hacer erupción cual volcán activo.
Activé una de mis extremidades y con mi mano izquierda acaricié su cintura. Tan delgada, tan firme y sin rollos. Lentamente fui elevando mis caricias hacia sus senos. Ella se dejaba acariciar y lo disfrutaba. Su cara de satisfacción y placer me excitaba más todavía. Su agitación se incrementaba y su respiración se tornaba entrecortada. Se desabrochó la blusa que vestía dejando salir sus senos firmes. Pude darme cuenta de que no llevaba puesto sutién. “Si te interesa, te informo que no uso ropa interior”.
Sonreí y continué con mi exploración de su cuerpo. Tenía unos senos hermosos. Los acaricié mientras ella me observaba disfrutando de mis caricias. Acercó con firmeza y seguridad mi cabeza hacia su pecho haciéndome besar esas dos poderosas razones para la lujuria que me invadía.
Me acostó nuevamente y se subió sobre mí sacando lo que llevaba puesto en la parte de arriba. Beso mi rostro, mi cuello y bajó dejando ósculos por todo mi pecho caliente de pasión. Se sentó más hacia mis piernas y me sacó el pantalón del pijama dejándome en ropa interior. Me acarició el miembro viril haciéndolo suyo sólo con la suavidad de sus manos. Estaba explotando y ella, por lo que sus jadeos me hacían entrever, también se encontraba a punto de ebullición.
Esta vez fui yo quien dejó los impedimentos de lado, levanté en peso a Mercedes para dejarla caer de espaldas sobre la cama y yo encima de ella. Le saqué salvajemente la mini falda que llevaba confirmando que no llevaba puesto ropa interior. Eso la escitó mucho. Me sacó el calzoncillo y me atrajo hacia ella.
La penetré una y otra vez. El sexo fue explosivo, firme, constante, salvaje e imponente. Duró mientras las fuerzas nos duraron. Lo hicimos tanto que quedamos exhaustos, sedientos, satisfechos. No había escuchado gritar tanto a una mujer como escuché a Mercedes. No había sentido disfrutar tanto a otra como a ella. Y no puedo negar que era la mejor experiencia que había tenido.
De repente y sin avisar, Verónica y Julia, ingresaron en mi habitación sin avisar tal como lo había hecho mi improvisada compañera de cama. Mercedes y yo nos encontrábamos desnudos y desparramados. La cara de sorpresa de ambas visitantes era indescriptible. Julia me miró como diciendo sabía que me traicionarías y yo le devolví la mirada indicándole que ella misma me había expuesto a esto.
En eso y ante la sorpresa de todos, Verónica se comenzó la ropa y se metió en la cama entre Mercedes y yo. Comenzó a besarme el pecho bajando hasta mi pene besándolo también haciéndome sexo oral. Miré a Julia con cara de no poder impedirlo. Y de pronto su mirada fue transformando pasando de la ira a la complacencia. Sus gestos siguientes fueron de entendimiento de la situación.
Su madre la llamó por su nombre invitándole a que se meta en la cama con los tres. Ella con una lágrima rodando por el rostro aceptó la invitación, y mientras Verónica seguía haciéndome sexo oral, se introdujo en la cama dándome la espalda. Se pudo en posición fatal mirando a su madre. Que bizarra situación. Yo estaba inmovilizado por el placer que Verónica me brindaba mientras veía a Julia a mi lado. Mercedes acariciándole los cabellos a su hija.
Entonces algo si me dejó perplejo. Mercedes le levantó el rostro a Julia y comenzó a besarla en la boca apasionadamente. Julia respondía con el mismo fervor. Estaba aterrorizado por lo que allí pasaba. No podía entender nada. No sabía como habíamos llegado a ese extremo. A todo esto un ruido intenso comenzó a escucharse fuera de la casa. “Diego, Diego”, pude entender que me llamaban desde afuera.
Los llamados desde el exterior del edificio continuaron haciéndose cada vez más claros. La agitación empezó a aumentar. Mis latidos se aceleraron. Parecía que el corazón me iba a estallar. Y cuando pensé que me moría inmóvil en mi cama, me desperté. Todo había sido una pesadilla. Miré mi cama y estaba vacía. Solamente yo y mis sábanas. Pero el ruido en la calle continuó. Escuchaba mi nombre repetirse continuamente. Alguien me llamaba desde afuera.
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