miércoles, 20 de octubre de 2010

Casi en Familia

Llegó la hora de salir del trabajo. Y salimos juntos, Julia y yo. Casi nos olvidamos de sacar el auto del estacionamiento. Debió ser la falta de costumbre puesto que nunca llegábamos en auto a la oficina. Esta vez fue Julia quien tomó el volante porque no quería que, su tía, viese que llegaba yo manejando dicho móvil. Julia ya había avisado temprano en la mañana mientras regresábamos de nuestro improvisado campamento. Llevaríamos el auto de noche saliendo del trabajo. Por tanto si nos olvidábamos, su tía, la mataba.
Al llegar al destino, Julia, siempre poniéndome en aprietos, me contó que había olvidado avisarme que, su tía, había puesto una condición para que le llevásemos el auto en la noche. Eso implicaba, por ende, que ella tomase un taxi al trabajo con la respectiva excusa a su esposo. La condición era conocerme. Quería saber quién era el príncipe azul que había llegado en caballo a rescatar a su princesa, mi princesa. Por tanto, Julia, debía presentarme. Me lo dijo justo ahora cuando más que príncipe azul, me parecía al ogro de Shrek.
Entramos juntos, Julia adelante. Su tía nos recibió con una sonrisa muy amplia. “Pasen chicos”, nos invitó, “espero que estén con hambre porque hice algo de cenar”.
Julia me miró con la misma expresión de sorpresa que tenía yo en mi rostro, por lo que pude deducir que ella se esperaba algo más breve. Después me enteraría que su tía consentida le tendía la misma cantidad de favores que de aprietos.
Ni bien entré nos sentamos en una sala de época muy bien adornada. La tía de Julia se notaba una señora muy elegante. Estaba vestida con un conjunto ejecutivo. Yo no entiendo mucho pero por lo que les escuché conversar dijeron que era de diseñador. No sé si tendrían dinero o no pero la cosa es que me sorprendió el modo en el que vivían. Además existía contraste entre el común denominador de ambientes de este estilo y esta casa en especial. A mi percepción siempre fueron algo fríos y con falta de calor de hogar. Pues bien, esta casa lo tenía y debía ser por sus integrantes a quien en la cena conocería. Por lo pronto conocí como se llamaba la tía. Julia nos presentó, disculpando lo grosera que había sido.
“Perdón, no los presenté. Pasa que nunca he traído ningún novio a presentarle a mi tía y estoy nerviosa”.
Miren que orgullo, eso me convertía en el primer novio presentado oficialmente a la tía. Todo un logro viniendo de Julia. Pero al final con tanta previa la tía se terminó presentando para evitar que Julia se sonroje más de la cuenta.
“Soy Silvana, deja a mi sobrina mal educada de lado, es un gusto conocerte…”, me saludó cordialmente la tía invitándome a decir mi nombre aunque por puro formalismo ya que bien que lo conocía.
“Diego”, me apuré a intervenir, “Soy Diego y un gusto conocerla Silvana”.
“Va, dejémonos de formalismos. Puedes tutearme”, me invitó a entrar en confianza rápidamente y dirigiendo la mirada a Julia le dijo “no le aclaraste que yo era la moderna de la familia”.
Julia sonrió y comenzamos una conversación amena y agradable. Hablamos un poco de lo que hacía yo. Le conté donde vivía, que había estudiado Administración de Empresas en la Universidad de la República, que por ahora trabajaba en donde trabajaba porque me aseguraba un buen salario mensual y que mis aspiraciones en su momento pasaban por llegar a formar mi propia empresa. Silvana aprovechó para decirme que justamente su esposo era empresario y que juntos habían podido juntar algo de dinero como para vivir cómodamente. Desde mi punto de vista sería ostentosamente pero se ve que a pesar del dinero que tenían eran humildes. Igual, uno nunca sabe que pasa en las internas de cada familia. Aunque ella se preocupó de contarme un poco. Se notaba que era una mujer a la que le gustaba conversar. Ella era comunicadora social y que su esposo había llegado al país, desde Perú, hace muchos años en la época de la dictadura en Perú. Huyendo de todo lo que él pensaba que era injusto. Que con esa mente abierta y proactiva había empezado haciendo pequeños negocios de compra y venta de inmuebles, y hoy por hoy, era el dueño de una prestigiosa inmobiliaria en pleno corazón de Pocitos. Justamente se conocieron cuando en una de esas primeras negociaciones cada uno representaba a su cliente. A ambos les gustó la forma de trabajar del otro y decidieron hacerse socios. Claro que a su marido, en realidad lo que más le interesaba, era estar cerca de la tía de Julia. Después de un tiempo, según Silvana, y tras mucho esfuerzo terminó aceptando una primera cita de placer y ya no de negocios. Y aquí están más de 20 años después casados y con una hija preciosa como es Andreita.
Me gustó conocer de su historia. Me animó a proseguir con la mía sin miedos, ni tapujos. Era como si la tía supiese ya parte de la historia entre Julia y yo y me estuviese alentando a continuar. Creo que iba por buen camino.
Pedí disculpas y pedí prestado el baño. Se acercaba la hora de la cena y yo seguía vestido como habíamos venido directo del trabajo. Entré en el baño y traté de acicalarme un poco, al menos. Y de repente sentí un golpe en la puerta. Pregunté desde adentro quién era y me respondió Julia del otro lado. Me extrañó el hecho de que Julia me esté pidiendo entrar conmigo en el baño de la casa de su tía, pero le abrí. Ella entró tratando de que no se vea nada desde fuera hacia adentro. En sus manos llevaba una muda de ropa. Esperen, era una muda de mi ropa.
“Te escogí esto antes de salir de tu apartamento hoy de mañana, espero te guste lo que te escogí”, me explicó.
En realidad, lo que más me gustaba era todos los planes que solía tener Julia para su vida, para conmigo y para con todo. Era una persona que sabía hacer muy bueno planes. Y me contó, mientras yo me bañaba, que quería que su tía me conociese tal como era al natural. Que así me había conocido ella y que se había enamorado de mi naturalidad justamente, por ello no me había dicho nada sobre la cena de esta noche. Aunque ya lo tenía planeado. Jugueteamos un poco antes de salir de la ducha, pero ella puso paños fríos a la situación porque una cena nos esperaba. Aunque le fue difícil despegarse de mis besos. También me dijo que me trajo la muda de ropa porque tampoco era justo que pasara, por ella, una noche incómoda.
Me terminé de vestir y pasamos hacia el comedor donde había una mesa grande como para ocho comensales. Aunque esta vez la mesa estaba acomodada para sólo cinco. El padre iría en la cabecera de la mesa, Silvana y Andreita al lado del padre en uno de los laterales de la mesa, y Julia y yo hacia el otro costado frente a ellas. Comimos unos Capelletis con salsa Carusso exquisitos, de postre ensalada de frutas y como aperitivo vino rosé. Luego pasamos a la sala. Tomamos con el tío peruano un par de vasos de whisky. Algunos snacks en la mesa y una charla extensa hasta que dieron las doce de la noche y como cenicienta debimos partir para nuestros hogares. Antes de salir Silvana le dio su aprobación a Julia para tenerme como novio. Buena elección alcancé a escuchar haciéndome el desentendido para no sonrojarme.
Tomamos un taxi y Julia se adelantó a darle la dirección de mi apartamento. “Si no te molesta que me quede a dormir”, añadió como pidiendo permiso pícaramente.
Por supuesto que estaba encantado. Así que nos dirigimos a casa. El fin de semana sería de ensueño.

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