miércoles, 20 de octubre de 2010

Fin de semana de ensueño

El viernes llegamos agotados a mi habitación, y para variar, Julia ya tenía algo planeado. Cansado por el trajín del día me disponía a gozar la paz junto a Julia. Posible y merecidamente algún trajín corto, pero satisfactorio, en lo que en las calles vacías de antaño le llamaban el ring de las cuatro perillas. Sensualmente Julia estrenó un conjunto de encaje como ropa interior. Comprenderán que a pesar del agotamiento no duró mucho tiempo con eso puesto. Terminada la jornada, nos dormimos con un sueño profundo hasta el sábado.
Cansado de que me sorprendiese tanto y yo quedar como el típico novio anti-detalles decidí levantarme antes que ella. Bueno, en realidad no lo decidí, simplemente me desperté primero y se me ocurrió prepararle el desayuno.
Fui al almacén de la esquina en busca de los ingredientes necesarios. Utilicé una bandeja larga de madera que tenía para que fungiese de mesa. Dos tacos de madera hicieron el papel de sus patas, respectivamente colocadas a ambos lados. El desayuno consistió de cuatro tostadas. Dos con mermelada de fresa y dos con queso para untar sabor a hierbas finas. Una naranja partida en ocho partes unida de un hilo desde el centro. Un vaso de yogurt helado de durazno y una taza de café negro muy caliente. Un vaso pequeño con agua. Azúcar en sobrecitos, cubiertos adecuados envueltos en una servilleta de tela y una rosa recién cortada complementaban la bandeja del desayuno.
A Julia la despertó el aroma, porque no hice ni un solo ruido al entrar al cuarto. Me miró con esa cara de ángel que sólo sabe ponerme ella. Una sonrisa acorde a su celestial figura. Tapó su desnudez con las sábanas y se sentó en la cama recibiendo la bandeja. Dio una fuerte inhalada disfrutando del rico olor que se desprendía de las tostadas y el café recién hecho. Me miró y me pidió que me acerque. Cuando lo hice me dio un beso tierno de agradecimiento.
“Estoy hambrienta”, me dijo.
Luego procedió a desayunar. Tuve que regresar a la cocina al poco tiempo porque después de devorar lo que había en la bandeja me di cuenta que las tostadas habían sido pocas. Corroboré entonces lo que había mencionado. Estaba hambrienta y tanto apetito, de su parte, abrió el mío. Así que utilicé aquello de si no puedes contra tu enemigo, únetele, y me senté en la cama a desayunar con ella. Al rato el servicio terminó de lo más improvisado en el piso de la habitación y nosotros sobre la cama haciéndonos el amor.
Ya sé que me van a decir que es exagerado y que sólo quiero lucirme como todo hombre en el sexo. Pues no. Tampoco voy a decir que si fue poco o mucho, ni si fue perdurable o no. Sólo me gustaría que piensen en la época en que empezaron de novio con aquella persona amada y díganme si no parecían más conejos que humanos. Ah, ¿tengo razón ahora? Bueno sólo somos novios jóvenes con ganas de vivir y disfrutar nuestra etapa.
Julia tuvo que volver de tarde cuando por fin pudimos levantarnos de esa cama para no morirnos deshidratados. No nos habíamos levantado, ni para ir a tomar agua, después del desayuno. Fue a su casa pero regreso al caer la tarde. Fuimos al cine en el Punta Carretas Shopping. Nos tomamos fotos en cada lugar que vimos que podíamos quedar lindos. En realidad que Julia pensó que podíamos quedar lindos. La gente ya nos empezaba a mirar extraño y peor fue cuando Julia me hizo subir a la calesita a tomarnos una foto sobre el camioncito de bomberos. Vimos una película llamada “Comer rezar amar”. Una de esas típicas películas de Julia Roberts. En verdad estuvo buena, la disfrutamos.
Salimos del cine y nos fuimos al patio de comidas. Bajo el encanto de la bossanova y la magia de los televisores 3D que Motociclo exhibe ahí mismo nos comimos un par de hamburguesas de Burger King.
Luego la fui a dejar a su casa porque después de dos noches conmigo debía dormir en ella un día al menos.
A la mañana siguiente llegó a mi casa con una caja de chocolates. Esto se había convertido en una especia de guerra de quien tenía más detalles para con el otro. Pero como yo lo tenía muy claro. Había un ramo de rosas en el centro de la mesa del living y pétalos esparcidos en la cama emulando la película Belleza Americana. Hicimos nuevamente el amor. El domingo nos quedamos en casa. Tomamos desayuno y nos vimos varias películas. Entre ellas hicimos el amor. Almorzamos, más películas y series. Más y más ya saben que. Y ya de noche, muy agotados, nos acostamos a dormir no sin antes mirarnos a los ojos y decirnos al unísono “me haces muy feliz”.

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