Pasaron por mí el sábado de noche en auto. Dentro de él iban Tomás, Esteban, Miguel, Federico y sólo quedaba lugar para mí. No estaban ni Andrés, ni Nicolás y tampoco habían llegado en la Van. Me explicaron que al final no habían podido alcanzar a mis compañeros de área y que varios habían desistido de último momento. Allí listo y en la puerta del auto, no tuve el valor para decirles ya no voy. Pero ahora sí estaba seguro de que no iba a ser una noche muy divertida que digamos. El único al que podía pegarme para conversar algún tema mínimamente decente sería Federico. Aunque este tipo, con un poco de alcoholes encima, ya lo había visto transformarse en una especie de gigoló al servicio de la sociedad. Lo peor de todo es que tenía novia, pero pasaba al olvido cuando Federico bebía de más.
Por otro lado, los tres chiflados (Miguel, Tomás y Esteban) andaban haciendo sus piruetas dentro del auto. Miguel manejaba cual líder que era. Tomás el secuaz más sagaz de Miguel, en el asiento del copiloto. Esteban en el asiento de atrás en el medio. Federico, sentado a la ventanilla de la derecha mirando como pasaban los autos e ingiriendo unos tragos en la petaca de whisky que llevaba con él. Y yo, en la ventana de la izquierda del auto, analizando la situación y tratando de adivinar lo que me esperaba. Lamentablemente no soy adivino, lo cual hubiese sido de gran utilidad en esta noche.
Fuimos por muchos boliches de la ciudad vieja, bebimos varios tragos y mis compañeros de turno bailaron con cada tipa que parecía que el mundo se iba a acabar mañana. Debo decir como punto aparte, que esa era su rutina de todos los fines de semana.
Miguel era el más moderado de ese trío. Bebió siempre whisky con Red Bull. Un trago semifino pero que bebió en cantidades industriales por decirlo de alguna manera. Tomás y Esteban, sin embargo, probaron de todos los tragos que pudieron encontrar disponibles en cada barra. Dinero, al parecer, no les faltaba. Federico, por su lado, quien como yo, no tenía para despilfarrar, bebía whisky o cerveza. Todo dependía de que le convenía económicamente hablando según el boliche en donde nos encontrábamos. Igual parecía conocerse todas las barras de donde íbamos cayendo. Por mi parte tomé un par de vasos de Fernet con Coca en el primer lugar donde fuimos, pero al analizar el ritmo en el que se venía la cosa decidí volverme un poquito más conservador y dedicarme sólo a la cerveza.
En cuanto al baile, en los primeros lugares en los que entramos no bailamos mucho. Ya a partir del cuarto boliche y con las pistas un poco más llenas y entusiastas Tomás y Esteban se animaron a jalar a un par de chicas para salir a bailar. Digamos que no eran unas exponentes de la belleza femenina, pero pasar unos minutos sacudiéndose en la pista de baile les servían. Y quiero enfatizar el termino “sacudir” porque lo que ellos hacían no era exactamente bailar. De ahí que las parejas que escogían no permanecían con ellos por mucho tiempo. En cuanto a Miguel, al quinto boliche por fin logré verlo bailar. La verdad que el gil este bailaba bien, aunque para mí, que aprendí a bailar en las fiestas, bailes y boliches, me parece que este era más bien un bailarín forzado. De esos que se forjan en las academias de baile. Federico seguía pegado a la barra bebiendo, al parecer precisaba calentar un poco más los motores. Por mi parte salí a bailar con algunas chicas ya en el quinto boliche y quizá fue lo que estimuló el sentido de la competencia a Miguel. Modestia aparte sé moverme con sabor y alguna que otra chica conquisté en la pista de baile cuando fui adolescente. Debió ser esto lo que le llevó a Miguel a demostrar su dominio del baile de salón. Con algunas cervezas ya encima fui integrándome con todos más y de a pocos, siempre sin olvidar la premisa de que debía desconfiar de Miguel especialmente.
Por su lado las chicas habían caído en varios boliches. Como todos los grupos de chicas que salen solas no quieren interferencia masculina en su noche de mujeres. Así que cada tipo que se les acercaba con intenciones de flirtear rebotaba peor que pelota de playa. Ellas sólo pasaron por tres boliches y no nos cruzamos. Temprano por La City en la Ciudad Vieja, luego cambiaron de barrios y se fueron para Pocitos donde entraron en el Pony Pisador y terminaron estableciéndose en Tres Perros también en Pocitos. Su grupo fue un poco más numeroso que el nuestro. Eran diez chicas las que habían salido juntas en dos autos. Esto les daba suficiente como para divertirse entre ellas. Salvo una de ellas, que solía distinguirse por ser la más ligerita del trabajo bailó en algunas ocasiones con chicos que la sacaron a bailar. Después, el resto, incluyendo a Julia bailaron entre ellas.
Por otro lado, los tres chiflados (Miguel, Tomás y Esteban) andaban haciendo sus piruetas dentro del auto. Miguel manejaba cual líder que era. Tomás el secuaz más sagaz de Miguel, en el asiento del copiloto. Esteban en el asiento de atrás en el medio. Federico, sentado a la ventanilla de la derecha mirando como pasaban los autos e ingiriendo unos tragos en la petaca de whisky que llevaba con él. Y yo, en la ventana de la izquierda del auto, analizando la situación y tratando de adivinar lo que me esperaba. Lamentablemente no soy adivino, lo cual hubiese sido de gran utilidad en esta noche.
Fuimos por muchos boliches de la ciudad vieja, bebimos varios tragos y mis compañeros de turno bailaron con cada tipa que parecía que el mundo se iba a acabar mañana. Debo decir como punto aparte, que esa era su rutina de todos los fines de semana.
Miguel era el más moderado de ese trío. Bebió siempre whisky con Red Bull. Un trago semifino pero que bebió en cantidades industriales por decirlo de alguna manera. Tomás y Esteban, sin embargo, probaron de todos los tragos que pudieron encontrar disponibles en cada barra. Dinero, al parecer, no les faltaba. Federico, por su lado, quien como yo, no tenía para despilfarrar, bebía whisky o cerveza. Todo dependía de que le convenía económicamente hablando según el boliche en donde nos encontrábamos. Igual parecía conocerse todas las barras de donde íbamos cayendo. Por mi parte tomé un par de vasos de Fernet con Coca en el primer lugar donde fuimos, pero al analizar el ritmo en el que se venía la cosa decidí volverme un poquito más conservador y dedicarme sólo a la cerveza.
En cuanto al baile, en los primeros lugares en los que entramos no bailamos mucho. Ya a partir del cuarto boliche y con las pistas un poco más llenas y entusiastas Tomás y Esteban se animaron a jalar a un par de chicas para salir a bailar. Digamos que no eran unas exponentes de la belleza femenina, pero pasar unos minutos sacudiéndose en la pista de baile les servían. Y quiero enfatizar el termino “sacudir” porque lo que ellos hacían no era exactamente bailar. De ahí que las parejas que escogían no permanecían con ellos por mucho tiempo. En cuanto a Miguel, al quinto boliche por fin logré verlo bailar. La verdad que el gil este bailaba bien, aunque para mí, que aprendí a bailar en las fiestas, bailes y boliches, me parece que este era más bien un bailarín forzado. De esos que se forjan en las academias de baile. Federico seguía pegado a la barra bebiendo, al parecer precisaba calentar un poco más los motores. Por mi parte salí a bailar con algunas chicas ya en el quinto boliche y quizá fue lo que estimuló el sentido de la competencia a Miguel. Modestia aparte sé moverme con sabor y alguna que otra chica conquisté en la pista de baile cuando fui adolescente. Debió ser esto lo que le llevó a Miguel a demostrar su dominio del baile de salón. Con algunas cervezas ya encima fui integrándome con todos más y de a pocos, siempre sin olvidar la premisa de que debía desconfiar de Miguel especialmente.
Por su lado las chicas habían caído en varios boliches. Como todos los grupos de chicas que salen solas no quieren interferencia masculina en su noche de mujeres. Así que cada tipo que se les acercaba con intenciones de flirtear rebotaba peor que pelota de playa. Ellas sólo pasaron por tres boliches y no nos cruzamos. Temprano por La City en la Ciudad Vieja, luego cambiaron de barrios y se fueron para Pocitos donde entraron en el Pony Pisador y terminaron estableciéndose en Tres Perros también en Pocitos. Su grupo fue un poco más numeroso que el nuestro. Eran diez chicas las que habían salido juntas en dos autos. Esto les daba suficiente como para divertirse entre ellas. Salvo una de ellas, que solía distinguirse por ser la más ligerita del trabajo bailó en algunas ocasiones con chicos que la sacaron a bailar. Después, el resto, incluyendo a Julia bailaron entre ellas.
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