jueves, 14 de octubre de 2010

Un rescate justo a tiempo

Claro que me tomé mi tiempo. Desaparecí de la ventana y me dirigí al baño. Ya en él, me despojé de los harapos que me acompañaron estos días de penumbra. Gradué la temperatura del agua de la ducha y me apresté para tomar un baño renovador. Dejé que mi cuerpo disfrute del agua que caía. No me pueden negar que no hay nada como una buena ducha para uno sentirse como nuevo. Eso sucedió. El baño no sólo me refrescó sino que también me convirtió en un chico con un poco más de optimismo. Devolviéndome al Diego pre-salida a Azabache. Me puse una ropa cómoda porque tampoco estaba con ánimos para meterme dentro de una ropa elegante o semi elegante siquiera. Un jean, una camiseta holgada y una chompita de lana sobre los hombros por si hacía frío más tarde.
Bajé las escaleras porque tenía la necesidad de sentirme activo. Abrí la puerta del edificio y salí para ir al encuentro de Julia. Es cierto que me sentía positivo pero tampoco podía quedar regalado sólo con un llamado algo exagerado. Además, mi orgullo me aconsejaba al oído, susurrándome que la dejase hablar primero. Que diga todo lo que tuviera que explicar y luego tome decisiones. Al menos tenía algo a favor mío. Estaba en estado de pensar, analizar y tomar decisiones. Algo que hace unos días atrás estaba impedido de realizar debido a la depresión.
“No digas nada y deja que lleguemos”, se apresuró a decir Julia. Mirándome a los ojos con ojos de culpabilidad y ternura. Y me dio un beso en la mejilla intencionalmente cerca de la comisura de los labios, al mismo tiempo, que se disculpaba por lo que había pasado antes. Eso fue suficiente para que accediera. Me derretí, aunque tuve que mantenerme firme.
Miré al auto como preguntando de dónde salió, pero sin decir ni una sola palabra. Ella continuó mientras yo rodeaba el auto para subirme al asiento del copiloto: “Si preguntas de donde salió el auto me lo prestó mi tía. No lo robé”, bromeó. “Y si quieres saber donde vamos, por favor, sólo espera y ya te enterarás. Pero hoy, no vas a volver a tu casa sin saber lo que pasó por mi mente para exponerte de esa manera.
Arrancó el auto y nos pusimos en camino. Mientras ella manejaba, que por cierto lo hacía con mucha pericia, yo iba a su lado en silencio. Encendí la radio porque no pensaba darle manija a mi cerebro. Suficiente con que carbure el auto y no lo hagan mis pensamientos. En la radio se escuchaban diversos temas de moda. Temas actuales con letras románticas al estilo de radio Disney. Canciones para adolescentes que cuando te sientes susceptible se te meten por las venas. De cuando en cuando nos mirábamos a los ojos; en ellos, veíamos una llamita encendida como la luz piloto de la calefacción es espera porque un vendaval avive la llama. Pero el vendaval aún demoraría un poco más en llegar.
Llegamos a un claro en la ruta camino a la ciudad de Colonia. Manejó casi por una hora hasta llegar dicho lugar. La vegetación abundaba por los alrededores. Estábamos fuera de nuestro hábitat ciudadano. El campo y su fragancia sin contaminar nos inundaron los pulmones a tan sólo bajar del auto. Yo me quedé divisando las estrellas, era una noche despejada en donde al estar alejados de las luces de la ciudad, los astros celestes copaban todo el firmamento. Por su parte fue hacia la valija del auto. Revolvió unas cosas ahí dentro y luego se acercó a donde yo estaba aún contemplando el cielo.
Cuando me percaté estaba tendiendo una manta en el pasto y me invitaba a sentarme a su lado. Me senté frente a ella imitando la posición en que se había sentado Julia. Dicen los psicólogos que la manera idónea de adaptarse o transformar una conversación tensa en una apacible es que adoptes la postura de tu interlocutor. No sé como llegó a mi mente aquél concepto, justo en ese momento, pero estaba ahí en mi cabeza y lo utilicé.
Nos sentamos, yo frente a ella y ella frente a mí, nos miramos a los ojos por unos segundos sin decirnos nada. Pasado el tiempo de examinarnos en donde descubrimos por el vibrar de nuestras pupilas que nos seguíamos queriendo como antes de aquella noche, me vendó los ojos con un chal que supongo había sacado de la valija del auto junto con algunas otras cosas que habían esparcidos en el piso sobre la manta. Me recostó con el rostro mirando hacia el cielo. No veía nada pero sentí que ella se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y habló:
“¿Tu ves las estrellas allí arriba?”.
“Sí”, le respondí.
“¿Y ves la luna también?, volvió a preguntar.
“Sí”, afirmé una vez más.
“Dentro tuyo dime, ¿Crees que sean lo mismo para ti las estrellas y la luna?”, continuó.
“Claro que no”, respondí en esta ocasión con seguridad.
“Pero, ¿cómo?, si no puedes verlas en este momento. No puedes estar seguro si no son lo mismo las estrellas que la luna. Deben ser lo mismo y por lo tanto deberían ser tratadas con la misma categoría, ¿no crees?”.
No entendía a donde quería llegar. Comencé a impacientarme, extrañarme e interesarme todo al mismo tiempo por lo que me iba diciendo. Probé a sacarme la venda que me cubría los ojos y no me lo impidió así que me la quité completamente. Me levanté del suelo hasta sentarme. Como me lo había imaginado, Julia, estaba sentada a mi lado con las piernas cruzadas y con la mirada hacia el suelo.
“No, Julia, no es lo mismo”, le respondí, “no puedo meter dentro de un mismo bolso a las estrellas y a la luna porque yo conozco como son las estrellas y la luna desde antes que me vendes los ojos”, le expliqué.
Julia levantó la cabeza con los ojos húmedos de lágrimas soltándolas al preguntarme:
“¿Y porque no me tratas como a tu luna y no como a las estrellas si me conoces también desde antes?”.
Al verla así, llorando en frente pidiéndome que la trate como lo especial que era para mí, me hizo reaccionar. Hice una regresión automática de todos los últimos hechos gracias a ella. Me estaba haciendo entender que no iba por el camino correcto. Enlistemos. Cuando la conocí ya sabía que era una chica especial aún sin conocer su nombre. Cuando supe su nombre y conocí más de ella, confirmé lo que mi instinto había predicho volviéndola única e inigualable para mí. Al volverse única me convertí en un soldado dispuesto a entregar la vida con tal de conquistarla. Al conquistarla se volvió un reto el tratar de conocer que miedos le apresaban. Cuando conocí sus miedos me propuse vencerlos y liberarla de las ataduras que le mantenían junto a sus temores. Al liberarla sólo me quedaba comprenderla y en ese justo momento fallé.
Julia tenía razón, cuando era más fácil estuve tratándola como a una estrella y no como a la luna que era para mí. El firmamento está lleno de estrellas como Leticia y Verónica. Pero luna hay una sola y Julia siempre fue mi luna. Desperté de mi letargo, le tomé la barbilla levantándole la cara que había vuelto a hundir hacia sí y le dije:
“Había llegado aquí con la idea de escucharte pedirme disculpas. Pero ahora sé que eso no podrá ser”.
Julia se adelantó y antes de que pudiese continuar hablándole, me interrumpió diciéndome: “si quieres escucharme decir eso, te lo digo Diego, ¡Discúlpame!”. Y dicho esto se colgó de mi cuello con sus brazos.
“No Julia”, le insistí apartándola de mí.
Julia, al ver como la apartaba, se asustó abriendo los ojos impresionada. Pensó que todo el mundo se le caía encima aplastándola.
“Disculpa, disculpa, disculpa”, repitió casi susurrando y bajando el rostro por enésima vez. Por enésima vez también como corresponde le levanté el rostro tomándole de la barbilla y le dije:
“Debes levantar la cabeza Julia, porque el que tiene que pedir disculpas esta vez, soy yo”.
Me miró extrañada secándose las lágrimas y me besó intensamente. Fue uno de los besos más dulces que nunca tuve. Lo demás que pasó esa noche no puedo describirlo. Un amigo siempre me dijo que todo caballero tiene mala memoria. Y por ende no daré detalles de lo que tengo grabado en cada centímetro de mi piel. Sus besos, su aroma, su suavidad los tengo calados en mi mente y en mi cuerpo. Esa manta fue testigo muda de lo que pasó esa noche. De esa unión en cuerpo y alma que tuvimos los dos. Fuimos uno sólo aquella noche. Las estrellas y la luna nos dieron su aprobación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario