viernes, 8 de octubre de 2010

Depresión post impacto

Disculpen que no haya escrito estos días pero, la verdad, que no tuve ganas. Lo que pasó con Julia la última noche fue terrible para mí. Se me cayó el castillo que había construido sobre las nubes.
Pasé el sábado y domingo metido en casa viendo películas. Para mala suerte mía sólo encontraba películas románticas. Hasta el clásico “Casablanca” encontré entre los títulos.
Me mantuve sentado en el sofá con una manta encima. Cortinas cerradas. Televisor en alto volumen. Y con té helado para enfriar los sentimientos. Sólo me levanté para ir al baño. No atendí el teléfono, ni revisé mis correos. Depresión total.
Juro que en algún momento me habló una mosca que se posó por todos los bordes de las tazas que había utilizado con el té frío del fin de semana. Pude observar como iba probando de taza en taza los residuos de té dulce helado que quedaban. En cierto instante, la mosca, me dijo que le faltaba a azúcar a mi té. No lo pude creer, aunque parezca raro, porque para mí estaba muy dulce. El hecho que me hablara la mosca me pareció tan normal que no sé me pasó por la cabeza que los animales no hablan. Había tomado demasiado té dulce supongo.
El lunes de mañana me reporté enfermo en el trabajo. No tenía ganas de ir y ver a Julia. Quise evitar las complicaciones. Llámenme cobarde pero después de tanta presión encima en realidad necesitaba un respiro. El martes volví a llamar temprano al trabajo para decir que continuaba enfermo. Es posible que me tome toda la semana. Igual supongo que no me extrañarían. El miércoles alguien tocó la puerta de mi apartamento. No quise contestar, debió ser algún vecino. Pero insistieron yo estaba en mi cuarto y no quería levantarme. Acababa de almorzar hace unos minutos. No tenía idea de la hora aunque deberían ser alrededor de las tres de la tarde. Los golpeteos en la puerta prosiguieron y de repente me di cuenta que en todos estos días no le había echado seguro por dentro a la puerta del apartamento.
Alguien entró. Debe haber visto el desorden en el living porque exclamó un “¡Dios mío!”. Luego diciendo mi nombre fue acercándose a mi habitación. Entró en ella y me vio acostado en mi cama. “¿Qué haces ahí tirado?”, preguntó Verónica.
No sé si fue la imagen muy deteriorada de mí mismo o qué pero pude observarla hermosa parada al pie de mi cama. “¿Qué haces durmiendo a las ocho de la tarde? “, preguntó.
Había cambiado la hora recientemente, adelantándose una hora en el uso horario. Eso hacía que anocheciera más tarde de lo que venía atardeciendo. A las veinte horas aún había luz de sol por lo que me había confundido en la hora del almuerzo. Debí quedarme dormido por mucho tiempo.
Como no le respondí, Verónica, volvió a preguntar “¿Estás enfermo?”.
“Sí”, me apresuré a responder, “de amor”.
Verónica sonrió. “supongo que no de mí, sino ya hubieses saltado de esa cama al verme”. Al parecer el rechazo de la noche del viernes no había influido en su ánimo. Como quien dice, se lo había tomado deportivamente.
No respondí su pregunta masoquista pero si la abordé con una pregunta. “¿Qué haces aquí?”.
Me respondió que el hecho de que no le haya hecho caso, no dejaba de hacer que se preocupe por mí. Me pareció lógico. Algo así como no perder las esperanzas con alguien pero trabajando en segundo plano. Era válido de su parte aunque no lo compartía. En fin, resumiendo, Verónica y Julia, estaban preocupadas porque yo no había dado señales de vida. Julia le había dicho a su amiga que viniese a visitarme porque ella y yo habíamos discutido el sábado. En verdad fue la madrugada del viernes para sábado pero técnicamente ya había sido el sábado. Le pregunté si sabía por qué habíamos discutido y me dijo que no lo sabía. Supongo que Julia seguía ocultando sus sentimientos con la gente del trabajo. Eso no me animó claro. Y aunque creo que ya se había dado cuenta le confesé que me moría de amor por Julia. Pensé que se podría todo.
Supuse que se iba a molestar por mi confesión. Pero en vez de eso el sorprendido fui yo. Verónica era una persona lógica y me dijo que ahora lo comprendía. Se hizo toda una historia en la cabeza con mi confesión.
Para ella los cabos sueltos quedaban atados. Era lógico que no le haya hecho caso a ella y que, como Julia no le hacía caso, hayan discutido en algún momento. Pero en su afán de conquistarme no le había preguntado nunca como le parecía yo. Aunque ella suponía que yo no tenía muchas esperanzas con Julia porque nunca le había comentado nada acerca de mí. Así que me recomendó levantarme. Mañana en el trabajo hablaría con Julia sobre mí. Me preguntó si la autorizaba y yo le contesté que podía hacer lo que quiera.
Pasó un rato más allí sentada al pie de mi cama sin obtener resultados. Después de un rato se fue pidiéndome me cuide.

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