lunes, 4 de octubre de 2010

Una noche llena de sorpresas (Parte 3)

Julia se fue después de simular sentirse mal tal como el plan lo decía. Miguel al verse en solitario y haciendo mal tercio entre Verónica y yo también optó por irse. Así que ahí en Azabache nos quedamos Verónica y yo y ella más entusiasmada que nunca en la pista de baile. Yo, fuera de órbita por lo que había escuchado sobre Leticia por parte de Miguel y algo excitado por las continuas arremetidas de Verónica. Finalmente soy humano y si bien es cierto no iba a ceder ante la insistencia de mi casual acosadora, no podía dejar de aceptar que sus actos me tenían excitado.
Entonces le propuse a mi acompañante que fuésemos a unos asientos que había en la terraza exterior del local. Lugar que se usa como lugar para los fumadores. Nos sentamos, yo mirando al frente y ella de costado casi encima de mí. Tenía su rostro mirándome y muy cerca del mío. Yo conversaba sin mirarla haciéndome el cansado. Ella quería agotar todos los recursos para tenerme esa noche. Al ver que no le daba resultado optó por algo más atrevido. Colocó su rodilla encima de mi muslo y con sus brazos me rodeó acariciando con sus manos mi cabello y recostando su cabeza en mi hombro derecho. No pude soportar, o mejor dicho, hasta aquí había llegado mi sutileza. Levanté lentamente mis brazos para apartarle suavemente de encima de mí y la miré fijamente para preguntarle que era lo que hacía. De repente, Verónica, comenzó a cambiar de color ruborizándose. Pero no retrocedió siempre fue para adelante arriesgando todo. Me gustó su actitud, y como dije, si hubiese sido otra la situación no hubiese necesitado llegar hasta este punto en el que nos encontrábamos.
“Disculpa Diego, pero no sé si te has llegado a dar cuenta de todas las indirectas que te he venido lanzando durante la noche”, me señaló con un tono tierno y preocupado.
Le respondí que la verdad que sí pero que no quería lastimarla con un rechazo directo y expreso. Que me sentía honrado por su actitud pero que en realidad me gustaba otra chica.
“¿Aún estás enamorado de Leticia?”, me preguntó.
Nuevamente escuchaba ese nombre en esta noche y cada vez me aturdía más. Verónica prosiguió diciéndome que en realidad ella no valía la pena. Que a pesar de que era su amiga no era una chica que me podía hacer bien. Sin embargo ella era lo que yo necesitaba. Le aclaré que no se trataba de Leticia, que para mí era historia pasada ya. Que se trataba de otra chica muy cercana a mí y que estaba dispuesto a conquistarla. En su momento se enteraría de quién era. Una lágrima rodó por su mejilla y no fui capaz de evitarlo. Sólo atiné a secársela con mi pañuelo. Me abrazó como quién abraza a quien no quiere que se vaya. Luego se despidió con un beso fugaz en la mejilla y salió prácticamente corriendo del lugar. Al irse volteó con una sonrisa fingida y secándose las lágrimas se despidió con la mano. Nuevamente sólo atiné a decirle “sorry”. Se fue.
Me sentía mal por lo que le acababa de hacer a Verónica. Pero no me quedaba otra. Mi corazón le pertenecía sólo a Julia. Me puse de pie y antes de irme a casa quise pasar por la barra a tomarme algo fuerte. Me pedí un whisky doble en la barra de la misma terraza en donde me encontraba. A mi lado una mujer pidió: “lo mismo que este lindo muchacho por favor”.
“Por supuesto Mercedes”, expresó el barman al tiempo que hacía ambos tragos.
Se ve que esta mujer era cliente de la casa o era una persona importante para que el barman la trate con tanta familiaridad. Supongo debería ser la primera opción analizando el lugar en el que me encontraba.
El barman nos sirvió sendos vasos de whisky doble. Tomé el mío agradeciendo el acto y ella hizo lo mismo. Tomé un trago y ella hizo lo mismo. Lo dejé en la barra y ella hizo lo mismo.
“Me estoy mojando de excitación”, dije en voz alta a ver si la mujer se atrevía a decir lo mismo.
“Me estoy mojando de excitación”, repitió sorprendiéndome.
Volteé a verla y ella sonreía desafiante. Me reí tomando el vaso y tomando otro trago.
“¿Quién eres?”, pregunté.
“Me llamo Mercedes, ya se lo escuchaste al barman”, respondió.
Tenía razón aunque por ahí no iba mi pregunta. Lo que en verdad hubiese satisfecho mi mal formulada pregunta es que me hubiese dicho por qué me imitaba. Sin embargo no lo hizo. Me acabé el vaso y Mercedes le ordenó al mozo una ronda más a su cuenta. El mozo nos sirvió ambas copas. Ella tomó la suya y se sentó mirando hacia mí.
“Chico lindo”, me dijo mientras recorría su uña larga pintada y bien cuidada desde mi hombro hasta mi brazo, “¿Cómo te llamas?”.
“No creo que sea importante, no he tenido una buena noche Mercedes”, me disculpé.
“Sírvete el whisky chico lindo sin nombre que no voy a cobrártelo y por lo otro no te preocupes que yo puedo hacer que mejore tu noche”, añadió.
No podía ser. Ni en el mejor de los sueños hubiese imaginado que dos mujeres se me regalarían de tal forma en una misma noche. Lo peor de todo es que de mi parte ninguna de las dos me apetecía. Y no porque no fuesen lindas, Verónica era muy linda y tierna, y Mercedes muy hermosa y sensual, sino porque no podía meter en mi cabeza otra chica que no fuese Julia. Dejé el whisky en su lugar y le dije: “Gracias, pero debo irme”.
Me levanté y me fui de donde estaba. Atravesé la pista de baile y me dirigí hacia la puerta principal. Salí y opté por irme caminando. Avancé una cuadra cuando sentí que alguien me seguía. Di la vuelta y se trataba de esta misma mujer, Mercedes.
“No tengo nada si lo que quieres es robarme”, le grité mientras caminaba tranquilo.
Ella venía varios pasos más atrás. Cuando se dio cuenta de que la había visto no intentó disimular más y aceleró el paso para alcanzarme al lado. Confirmé que no quería asaltarme pero me intrigaba el que me siguiera.
“¿Qué deseas?”, indagué.
“A ti”, me respondió seca y seductoramente.
“¿Y si no fuera posible?”.
“Para mí, no existe imposible”, me afirmó muy segura de sí misma.
“¿Nunca te han dicho que no?”, tenté a jugar un poco.
“Hasta ahora no”, me señaló.
“Bueno hasta hora primor. Siento quebrar tu record pero no quiero nada contigo”, señalé mientras entrábamos en una calle con poca iluminación y solitaria que había de camino a mi casa.
“Espera un poco” me pidió mientras me daba su cartera indicándome que vea dentro de ella.
Entonces todo fue muy rápido. La cartera estaba semiabierta y en ella había varios, una buena cantidad, de billetes de mil pesos. Mientras ella se arrodillaba frente a mí y me bajaba el cierre del pantalón e intentaba sacarme el pene agarrándolo en sus manos. La excitación y la avaricia me doblegaron por unos minutos pero el recuerdo de Julia y sus ojos hermosos chocó contra mí como un tren a toda marca. Tiré la cartera con todo y billetes a un lado. No era un prostituto. Y a ella la levanté de golpe cuando estaba apunto de introducirse mi miembro en su boca.
“¡No entiendes lo que es no!”, exclamé harto de lo que pasaba. “Déjame en paz loca. Y me alejé de ahí.
Atrás quedó esta mujer levantando su cartera y algunos billetes que se habían salido de ella al tirarla al suelo. Avancé las cuadras que restaban camino a mi casa. Pero las sorpresas de esa noche no acabarían ahí. Alguien me esperaba sentada en la puerta de mi edificio.

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