Del domingo para lunes Julia se quedó a dormir conmigo una vez más. Nos levantamos juntos, pero con tiempo suficiente para iniciar la semana de forma relajada y productiva. Ambos teníamos como que energías renovadas. Ella creía nueva y ciegamente en que el amor existía, y yo creía haberme convertido el hombre más afortunado del planeta. Podría decía que Hug Hefner se veía como un poroto al lado mío. No, no estaba crecido, sólo era inmensamente feliz.
En este punto, hoy, lunes once de octubre del 2010 estaba seguro que este sería uno de mis últimos blogs. Julia había sido conquistada y, en realidad, la cotidianeidad por más que la guerra de detalles continuase no siempre era tan interesante como la incertidumbre de saber si una chica te dirá que no o que sí.
Que equivocado estaba, esto tendría para largo. Como sabrán, poniéndolos un poco al día después del fin de semana que tuve, Julia y yo éramos novios oficialmente desde el ocho de octubre cuando vino a rescatarme de mi apatía. Fuimos al trabajo ese mismo viernes y a todo el mundo le pareció bien. Incluso a Verónica le pareció bien. Pero nos habíamos olvidado de un detalle: el gil de Miguel.
Pues bien este individuo se sentía burlado y por partida doble. La primera vez en el boliche Azabache cuando hizo el papel de tonto, lo cual se enteró este viernes al vernos juntos a Julia y a mí, intentando levantarse a Julia. La segunda vez también este viernes cuando despechado por la primera razón me llamó a su escritorio para que justificase mi falta por cuatro días consecutivos al trabajo en dónde pretendía buscar la excusa perfecta para echarme del trabajo. Sin embargo no lo conseguiría debido a mi conocimiento legal del tema.
Pero tenía un haz bajo la manga. El día para Julia y para mí siguió normal. Alegre, feliz y aún seguíamos siendo la parejita novedad de la empresa. Al final de la tarde nos despedimos de todos y fui a dejar a Julia a su casa y yo me fui a la mía a poner un poco de orden entre mis cosas.
En el trabajo en su escritorio se quedó Miguel. Cuando salíamos por la puerta, coincidimos con él, justo cuando terminaba de decirle al vigilante que una chica vendría por una entrevista laboral y que la hiciese pasar porque él la estaba esperando. Pasó al lado nuestro en sentido contrario sonriéndome con su estúpida cara de triunfador. Julia bajó la mirada porque no se lo quería cruzar. Como recordarán, según como lo veía Miguel, Julia le debía un favor por haberle dado el empleo.
Lo tomamos como alguna acción de las que siempre nos tiene acostumbrados Miguel. Haciendo puntos como chupa medias sin cobrar horas extras. Que puedo decir hay dos formas diferentes de progresar en una empresa. Una es a través de canales normales en base a sacrificio, dedicación y buenos resultados. La otra es través de besarle el traste a los jefes. En cualquiera de los casos hay que ser consecuentes con nuestros propios actos. En ese sentido, Miguel, era muy consecuente y hasta persistente.
Sin embargo, a la mañana siguiente, nos enteraríamos de quien había estado en la entrevista. Según Miguel necesitaba una asistente porque desbordaba de trabajo. Al menos eso fue lo que nos dijo cuando presentó a la compañera en las diferentes áreas de la empresa. Necesitaba una chica porque se precisaba la mano sutil y firme de una mujer. Joven y que esté llena de energía. Y que gracias él obviamente, se había podido convencer a la jefa de recursos humanos de que le diese una asistente, lo cual conllevaría a un mejoramiento en el área donde el se encontraba. En realidad no entiendo como puede existir un asistente de asistente. Porque hay que aclarar algo. Miguel sólo es un asistente con ínfulas de grandeza.
En fin, como sea, esta asistenta se encargaría de algunas labores operativas que no viene al caso mencionar. Lo importante con ella era otra cosa. Su nombre es Leticia y en algún momento de mi, ya a este punto, intolerable historia se hizo llamar mi novia. A la única que le alegró la noticia del círculo donde Julia y yo nos movíamos fue a Verónica. Al resto les fue indiferente la noticia porque sólo era una compañera más. A mí me cayó como un baldazo de agua fría.
Este martes laboral venía con sorpresas. Al parecer, además, tenía un olor desagradable. Un olor a gato encerrado. Y cuando digo ‘gato’ no lo quiero decir por Leticia, sino que me parece que estos dos se traen algo entre manos. Si yo pensaba que este blog estaba por llegar a su fin, estaba muy equivocado.
En este punto, hoy, lunes once de octubre del 2010 estaba seguro que este sería uno de mis últimos blogs. Julia había sido conquistada y, en realidad, la cotidianeidad por más que la guerra de detalles continuase no siempre era tan interesante como la incertidumbre de saber si una chica te dirá que no o que sí.
Que equivocado estaba, esto tendría para largo. Como sabrán, poniéndolos un poco al día después del fin de semana que tuve, Julia y yo éramos novios oficialmente desde el ocho de octubre cuando vino a rescatarme de mi apatía. Fuimos al trabajo ese mismo viernes y a todo el mundo le pareció bien. Incluso a Verónica le pareció bien. Pero nos habíamos olvidado de un detalle: el gil de Miguel.
Pues bien este individuo se sentía burlado y por partida doble. La primera vez en el boliche Azabache cuando hizo el papel de tonto, lo cual se enteró este viernes al vernos juntos a Julia y a mí, intentando levantarse a Julia. La segunda vez también este viernes cuando despechado por la primera razón me llamó a su escritorio para que justificase mi falta por cuatro días consecutivos al trabajo en dónde pretendía buscar la excusa perfecta para echarme del trabajo. Sin embargo no lo conseguiría debido a mi conocimiento legal del tema.
Pero tenía un haz bajo la manga. El día para Julia y para mí siguió normal. Alegre, feliz y aún seguíamos siendo la parejita novedad de la empresa. Al final de la tarde nos despedimos de todos y fui a dejar a Julia a su casa y yo me fui a la mía a poner un poco de orden entre mis cosas.
En el trabajo en su escritorio se quedó Miguel. Cuando salíamos por la puerta, coincidimos con él, justo cuando terminaba de decirle al vigilante que una chica vendría por una entrevista laboral y que la hiciese pasar porque él la estaba esperando. Pasó al lado nuestro en sentido contrario sonriéndome con su estúpida cara de triunfador. Julia bajó la mirada porque no se lo quería cruzar. Como recordarán, según como lo veía Miguel, Julia le debía un favor por haberle dado el empleo.
Lo tomamos como alguna acción de las que siempre nos tiene acostumbrados Miguel. Haciendo puntos como chupa medias sin cobrar horas extras. Que puedo decir hay dos formas diferentes de progresar en una empresa. Una es a través de canales normales en base a sacrificio, dedicación y buenos resultados. La otra es través de besarle el traste a los jefes. En cualquiera de los casos hay que ser consecuentes con nuestros propios actos. En ese sentido, Miguel, era muy consecuente y hasta persistente.
Sin embargo, a la mañana siguiente, nos enteraríamos de quien había estado en la entrevista. Según Miguel necesitaba una asistente porque desbordaba de trabajo. Al menos eso fue lo que nos dijo cuando presentó a la compañera en las diferentes áreas de la empresa. Necesitaba una chica porque se precisaba la mano sutil y firme de una mujer. Joven y que esté llena de energía. Y que gracias él obviamente, se había podido convencer a la jefa de recursos humanos de que le diese una asistente, lo cual conllevaría a un mejoramiento en el área donde el se encontraba. En realidad no entiendo como puede existir un asistente de asistente. Porque hay que aclarar algo. Miguel sólo es un asistente con ínfulas de grandeza.
En fin, como sea, esta asistenta se encargaría de algunas labores operativas que no viene al caso mencionar. Lo importante con ella era otra cosa. Su nombre es Leticia y en algún momento de mi, ya a este punto, intolerable historia se hizo llamar mi novia. A la única que le alegró la noticia del círculo donde Julia y yo nos movíamos fue a Verónica. Al resto les fue indiferente la noticia porque sólo era una compañera más. A mí me cayó como un baldazo de agua fría.
Este martes laboral venía con sorpresas. Al parecer, además, tenía un olor desagradable. Un olor a gato encerrado. Y cuando digo ‘gato’ no lo quiero decir por Leticia, sino que me parece que estos dos se traen algo entre manos. Si yo pensaba que este blog estaba por llegar a su fin, estaba muy equivocado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario