Al escuchar lo que hablé con Julia, Verónica, se quedó callada. Al cortar mi comunicación por el celular yo también hice silencio tratando de pensar y calcular como continuar. Pero no tuve que pensar mucho pues Verónica entró nuevamente en acción y se convirtió una vez más en el centro de mi atención.
“Yo conozco a Coti”, mencionó a media voz.
Volteé sobre mí mismo sorprendido por lo que acababa de escuchar. “Espera, ¿no me dijiste que no la conocías cuanto te lo pregunté?”, reclamé.
“No. Me preguntaste si la conocía de antes y te respondí que no”, me señaló convencida de que decía la verdad y tenía razón.
“¿Entonces?”.
Ante mi nueva pregunta, me explicó que esa noche cuando se fue y dejó sola a Julia con toda esa bandada de cuervos sintió que la estaba traicionando. Ella en su cabalidad nunca hubiese hecho un acto de esa naturaleza. Pero la presión, para variar, la había superado. Salió de ahí casi huyendo cuando Leticia la presionó a que siguiera con lo planeado y como no quería traicionar a su amiga se fue. Sin embargo, sin querer, la traicionó de igual modo. Cuando estaba en la parada del autobús una sensación que bordeaba la responsabilidad y la culpabilidad al mismo tiempo la hizo volver sobre sus pasos. Llegando instantes antes de que los planes de esa pareja de truhánes, Leticia y Miguel, se concrete. Justo antes de que Coti me bese a la fuerza. Pero como sabía cuál iba a ser el desenlace de lo que sucedía optó por seguirla y despreocuparse del resto. Cuando le dio el alcance le habló. Coti estaba muy nerviosa y quería irse a acostar. Le preguntó quién era y si bien al principio no respondió mucho, al parecer, Verónica le fue dando la confianza suficiente para soltarse. Lo de Coti había sido una noche de trabajo más. Media extraña y sacada de los pelos pero trabajo al fin.
Así es, Coti era una prostituta. Una de alto rango o de clase A como las llaman, pero una prostituta al fin. Ambas conversaron sobre lo extraña de la noche. Sobre el papel de ambas en los planes de quienes la habían contratado, nuevamente Leticia y Miguel. Conversaron sobre la víctima, la pobre Julia, de quien Verónica se declaró amiga y sobre el puñal que sentía le había asestado. Sobre mí. Sobre cómo me veía Verónica, con amor en cada línea y sobre como Coti la justificó, pues a pesar de haber seguido con su trabajo pues para eso le habían pagado, yo, le había parecido un chico de esos que ya no existían. Finalmente le contó lo difícil que le había resultado besarme a la fuerza y que esperaba no volverme a ver nuevamente porque no aguantaría el sentimiento de culpa. Finalmente, de esta forma o alguna otra que no lograba alcanzar a descifrar, Verónica la convenció que le deje su número de celular. Coti aceptó haciendo prometerle que no me lo daría.
“Y si yo te lo quito para que no incumplas tu promesa”, propuse sagazmente.
“Eso sería correcto. Pero nunca te diré que lo guardé en mi celular”, respondió Verónica haciéndose la tonta para no sentirse tan culpable por la promesa incumplida mientras dejaba su celular sobre la mesa para ir al baño.
Una vez que se fue, para seguir con el teatro montado, tomé su celular y copié el número. Fue fácil encontrarlo, estaba registrado en la agenda por el nombre de ella. O al menos el que yo conocía porque las prostitutas suelen no usar su nombre de pila.
Bien, el rompecabezas se iba armando por inspiración divina o por pura suerte, como quieran llamarlo. Tenía el número de quién quería y ahora debía contactarla. Esta noche era muy tarde, lo haría mañana después del trabajo. Por ahora, era suficiente. Lo que vino fue que le conseguí un taxi a Verónica para que se vaya a casa. La acompañé a tomarlo abajo en la puerta del edificio y antes de irse, con un beso en la mejilla, me deseó suerte. Creo que la iba a necesitar.
“Yo conozco a Coti”, mencionó a media voz.
Volteé sobre mí mismo sorprendido por lo que acababa de escuchar. “Espera, ¿no me dijiste que no la conocías cuanto te lo pregunté?”, reclamé.
“No. Me preguntaste si la conocía de antes y te respondí que no”, me señaló convencida de que decía la verdad y tenía razón.
“¿Entonces?”.
Ante mi nueva pregunta, me explicó que esa noche cuando se fue y dejó sola a Julia con toda esa bandada de cuervos sintió que la estaba traicionando. Ella en su cabalidad nunca hubiese hecho un acto de esa naturaleza. Pero la presión, para variar, la había superado. Salió de ahí casi huyendo cuando Leticia la presionó a que siguiera con lo planeado y como no quería traicionar a su amiga se fue. Sin embargo, sin querer, la traicionó de igual modo. Cuando estaba en la parada del autobús una sensación que bordeaba la responsabilidad y la culpabilidad al mismo tiempo la hizo volver sobre sus pasos. Llegando instantes antes de que los planes de esa pareja de truhánes, Leticia y Miguel, se concrete. Justo antes de que Coti me bese a la fuerza. Pero como sabía cuál iba a ser el desenlace de lo que sucedía optó por seguirla y despreocuparse del resto. Cuando le dio el alcance le habló. Coti estaba muy nerviosa y quería irse a acostar. Le preguntó quién era y si bien al principio no respondió mucho, al parecer, Verónica le fue dando la confianza suficiente para soltarse. Lo de Coti había sido una noche de trabajo más. Media extraña y sacada de los pelos pero trabajo al fin.
Así es, Coti era una prostituta. Una de alto rango o de clase A como las llaman, pero una prostituta al fin. Ambas conversaron sobre lo extraña de la noche. Sobre el papel de ambas en los planes de quienes la habían contratado, nuevamente Leticia y Miguel. Conversaron sobre la víctima, la pobre Julia, de quien Verónica se declaró amiga y sobre el puñal que sentía le había asestado. Sobre mí. Sobre cómo me veía Verónica, con amor en cada línea y sobre como Coti la justificó, pues a pesar de haber seguido con su trabajo pues para eso le habían pagado, yo, le había parecido un chico de esos que ya no existían. Finalmente le contó lo difícil que le había resultado besarme a la fuerza y que esperaba no volverme a ver nuevamente porque no aguantaría el sentimiento de culpa. Finalmente, de esta forma o alguna otra que no lograba alcanzar a descifrar, Verónica la convenció que le deje su número de celular. Coti aceptó haciendo prometerle que no me lo daría.
“Y si yo te lo quito para que no incumplas tu promesa”, propuse sagazmente.
“Eso sería correcto. Pero nunca te diré que lo guardé en mi celular”, respondió Verónica haciéndose la tonta para no sentirse tan culpable por la promesa incumplida mientras dejaba su celular sobre la mesa para ir al baño.
Una vez que se fue, para seguir con el teatro montado, tomé su celular y copié el número. Fue fácil encontrarlo, estaba registrado en la agenda por el nombre de ella. O al menos el que yo conocía porque las prostitutas suelen no usar su nombre de pila.
Bien, el rompecabezas se iba armando por inspiración divina o por pura suerte, como quieran llamarlo. Tenía el número de quién quería y ahora debía contactarla. Esta noche era muy tarde, lo haría mañana después del trabajo. Por ahora, era suficiente. Lo que vino fue que le conseguí un taxi a Verónica para que se vaya a casa. La acompañé a tomarlo abajo en la puerta del edificio y antes de irse, con un beso en la mejilla, me deseó suerte. Creo que la iba a necesitar.
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