“…Disculpa que vine si avisar pero asumí que estarías en casa, si quieres lo dejamos para otro día, veo que te vinieron a visitar los abuelos”, me dijo Coti ante lo estupefacto que me encontraba por la sorpresa.
Resumiendo un poco lo que había sucedido, a Coti, su cliente de hoy, le había cancelado el servicio. Por lo que había quedado libre. Así que como estaba en la calle, porque la cancelación fue por celular cuando iba en camino, decidió que quizá me sorprendería ya que, en principio, yo había pedido que fuese hoy. No era muy profesional pero, en su defensa, cuando hablamos por celular yo había insistido en que cancele su cita de la noche de hoy y me fuese a ver a mí en son de broma pero con serias intenciones. Además me había preguntado si vivía solo y le dije que sí. Por lo que decidió tomar el riesgo.
Al llegar se encontró con unos viejitos encantadores en la puerta del edificio. Saludó cortésmente, pidió permiso y tocó el timbre del intercomunicador perteneciente a mi apartamento. Mi abuela, como buena vieja chismosa preocupada por saber con qué vecinos vivía su nieto adorado, se asomó para ver cual era el timbre elegido. Grande fue su sorpresa al notar que ambas habían tocado el mismo timbre.
“¿Vienes a buscar a Dieguito?”, preguntó adelantándosele.
Coti se volvió sorprendida sobre sí misma ante la pregunta de aquella viejita que le hablaba sin conocerla.
“Sí, perdón, ¿ustedes viven con él?”, refiriéndose a mis abuelos.
“No”, le respondió sonriente, “nosotros somos sus abuelos y le caímos de visita, Diego no lo sabía, vinimos de sorpresa”.
Mi abuela soltó una risita pícara que acompañaba su constante travesura de caerme de sorpresa a visitarme. Y no conforme con haber ya entablado un primer contacto con su interlocutora, mi abuela, fiel a su estilo, prosiguió con su explicación:
“Pero hablamos recién con él, ¿sabes? Viene ya en camino. Pero espera un poco que lo llamo. Dame un segundo que ya lo llamo para que se apure. A nosotros también nos tiene esperando hace veinte minutos mínimo”.
Coti intentó decirle que no era necesario que venía otro día, pero mi abuela insistió con hacerlo, mientras que mi abuelo ya sentado en un desnivel al costado de la entrada del edificio movía la cabeza, resignado, señalando su negación a lo que hacía su esposa. Pero para mi abuelo eso era pan de todos los días.
En ese momento fue donde, mi abuela y Coti, me llamaron al celular y me dieron la sorpresa de que Coti estaba con mis abuelos esperándome fuera de casa. Primero le agradecí que estuviese allí, aunque no me dejaba de sorprender. Me insistió que si me molestaba venía otro día y en voz baja se disculpó diciéndome que no sabía. Le dije que no había porqué disculparse y le pedí a Coti que no se fuese que igual quería contar con ella, y que no se preocupe, que yo sabía que su tiempo es valioso. No sabía como iba a hacer con todo. Con qué se preguntaran ustedes.
Bueno, paso a explicarme. Primero mis abuelos no debían enterarse de que ella era una prostituta, a mi favor estaba que no lo parecía, es más era muy dulce, pero en mi contra estaba que en realidad lo era y que si se lo proponía podía llegar a chantajearme. Segundo debía conseguir más dinero con mis abuelos por sí la cena se prolongaba más de la cuenta debido a las anécdotas de mi abuela y el tiempo pasaba generándome más dinero por pagarle a Coti. Y tercero, y lo más importante, debía planear como hacer para que una vez que me viese en persona Coti no se vaya del lugar. Había planeado en un principio, si estaba en casa, hacerla subir abriéndole con el portero eléctrico. De ese modo, una vez arriba, le iba a costar más retirarse. Pero si el primer encuentro se efectuaba en la calle, como pasaba ahora, lo más probable que podría suceder es que ni siquiera acepte subir a mi apartamento, conociendo ella, lo que había pasado conmigo. Es más si eso pasaba estando solo la pudiese haber seguido hasta convencerla de que se quede conmigo. Pero con mis abuelos presentes, se tornaba complicado salir detrás de ella. O en todo caso arriesgarme a que diga cualquier cosa que mis abuelos, y en especial mi abuela, les pueda parecer mal.
En fin, como sea, ya había salido del supermercado y estaba en camino de regreso a casa, pensando como solucionarlo.
Resumiendo un poco lo que había sucedido, a Coti, su cliente de hoy, le había cancelado el servicio. Por lo que había quedado libre. Así que como estaba en la calle, porque la cancelación fue por celular cuando iba en camino, decidió que quizá me sorprendería ya que, en principio, yo había pedido que fuese hoy. No era muy profesional pero, en su defensa, cuando hablamos por celular yo había insistido en que cancele su cita de la noche de hoy y me fuese a ver a mí en son de broma pero con serias intenciones. Además me había preguntado si vivía solo y le dije que sí. Por lo que decidió tomar el riesgo.
Al llegar se encontró con unos viejitos encantadores en la puerta del edificio. Saludó cortésmente, pidió permiso y tocó el timbre del intercomunicador perteneciente a mi apartamento. Mi abuela, como buena vieja chismosa preocupada por saber con qué vecinos vivía su nieto adorado, se asomó para ver cual era el timbre elegido. Grande fue su sorpresa al notar que ambas habían tocado el mismo timbre.
“¿Vienes a buscar a Dieguito?”, preguntó adelantándosele.
Coti se volvió sorprendida sobre sí misma ante la pregunta de aquella viejita que le hablaba sin conocerla.
“Sí, perdón, ¿ustedes viven con él?”, refiriéndose a mis abuelos.
“No”, le respondió sonriente, “nosotros somos sus abuelos y le caímos de visita, Diego no lo sabía, vinimos de sorpresa”.
Mi abuela soltó una risita pícara que acompañaba su constante travesura de caerme de sorpresa a visitarme. Y no conforme con haber ya entablado un primer contacto con su interlocutora, mi abuela, fiel a su estilo, prosiguió con su explicación:
“Pero hablamos recién con él, ¿sabes? Viene ya en camino. Pero espera un poco que lo llamo. Dame un segundo que ya lo llamo para que se apure. A nosotros también nos tiene esperando hace veinte minutos mínimo”.
Coti intentó decirle que no era necesario que venía otro día, pero mi abuela insistió con hacerlo, mientras que mi abuelo ya sentado en un desnivel al costado de la entrada del edificio movía la cabeza, resignado, señalando su negación a lo que hacía su esposa. Pero para mi abuelo eso era pan de todos los días.
En ese momento fue donde, mi abuela y Coti, me llamaron al celular y me dieron la sorpresa de que Coti estaba con mis abuelos esperándome fuera de casa. Primero le agradecí que estuviese allí, aunque no me dejaba de sorprender. Me insistió que si me molestaba venía otro día y en voz baja se disculpó diciéndome que no sabía. Le dije que no había porqué disculparse y le pedí a Coti que no se fuese que igual quería contar con ella, y que no se preocupe, que yo sabía que su tiempo es valioso. No sabía como iba a hacer con todo. Con qué se preguntaran ustedes.
Bueno, paso a explicarme. Primero mis abuelos no debían enterarse de que ella era una prostituta, a mi favor estaba que no lo parecía, es más era muy dulce, pero en mi contra estaba que en realidad lo era y que si se lo proponía podía llegar a chantajearme. Segundo debía conseguir más dinero con mis abuelos por sí la cena se prolongaba más de la cuenta debido a las anécdotas de mi abuela y el tiempo pasaba generándome más dinero por pagarle a Coti. Y tercero, y lo más importante, debía planear como hacer para que una vez que me viese en persona Coti no se vaya del lugar. Había planeado en un principio, si estaba en casa, hacerla subir abriéndole con el portero eléctrico. De ese modo, una vez arriba, le iba a costar más retirarse. Pero si el primer encuentro se efectuaba en la calle, como pasaba ahora, lo más probable que podría suceder es que ni siquiera acepte subir a mi apartamento, conociendo ella, lo que había pasado conmigo. Es más si eso pasaba estando solo la pudiese haber seguido hasta convencerla de que se quede conmigo. Pero con mis abuelos presentes, se tornaba complicado salir detrás de ella. O en todo caso arriesgarme a que diga cualquier cosa que mis abuelos, y en especial mi abuela, les pueda parecer mal.
En fin, como sea, ya había salido del supermercado y estaba en camino de regreso a casa, pensando como solucionarlo.
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