lunes, 6 de diciembre de 2010

Atando cabos

A la mañana siguiente lo primero y obligatorio era ir al trabajo. Esta vez contaríamos, ya, con la desagradable presencia del gil de Miguel. No me equivocaría, luego de su período de convalecencia se reintegró al trabajo. Diría yo más prepotente que nunca.
Al entrar no tuve inconveniente ninguno. Cuando me senté donde siempre lo hacía no tardó en llamarme por el interno para decirme que quería conversar conmigo. La pregunta sobre cuál de sus tantas estupideces quería hablar.
Fui hacia el pasillo dónde solía encontrarse su escritorio y allí estaba el sentado. Impecablemente vestido, algo que nunca se le podía objetar. Supongo que el tipo debería invertir buen tiempo en acicalarse y vestirse todas las mañanas. Algo con lo que yo no estaba de acuerdo. Es decir, no era un andrajoso, pero tampoco era partícipe en eso de los ‘metrosexuales’. Pero sus predilecciones no eran de mi incumbencia.
Al parecer el tema Julia no era algo que le preocupase mucho en este momento. Más bien fue directo y conciso como pocas veces solía serlo. Sus ojos se notaban fuera de sí, como desorientados. Me senté mostrando la mayor serenidad del mundo, eso debió descolocarlo más porque su mirada cambió a una más acusadora.
“Así que estaba husmeando en mis territorios, Dieguín”, me inculpó llanamente.
Allí sentado, yo, parecía estar en el patíbulo a punto de ser ahorcado. Una sonrisa irónica y nerviosa al mismo tiempo brotaba de entre sus labios. “¿No sabes cuáles son las reglas en este sector acaso?, Aquí cuando el gato sale, los ratones se quedan tranquilitos comiendo su queso, ¡no hacen fiesta!”, se exasperó. “Yo soy el gato y el resto los ratones. Cuéntame, ¿por qué simplemente no te quedaste a disfrutar de tu queso?, ¿Tienes algo por qué vengarte acaso? Mira que no es recomendable traer las rencillas personales al trabajo, ¿eh?”.
Ahora se había vuelto paranoico. Pero, ¿qué podría volverlo así? Si antes tenía la sospecha de que algo turbio ocultaba, ahora tenía la seguridad. Debo haberme acercado bastante como para que Miguel reaccione de esta manera. Igual, yo permanecí imperturbable y sin responder. Mi silencio lo sacaba de sus casillas al parecer. Cuando terminó su perorata le pregunté si había terminado de hablar. Solo atinó a asombrarse por mi actitud y preguntarme a qué me refería. Le respondí tranquilamente que si ya había terminado yo quería retirarme. Intentó negarme el permiso para irme, pero quedó perplejo cuando le dije que yo estaba trabajando, no para él, sino para la empresa y que sólo había seguido órdenes de la jefa de personal, que si no recordaba estaba por encima de él. Bueno, yo me encargué de recordárselo en todo caso. Me levanté y antes de irme le dejé en claro que por si al caso no lo hacía por saldar cuentas personales sino que sólo cumplía con mi trabajo. Salí de ahí directo a la oficina de la jefa de personal. El gil de Miguel se quedó pasmado, sentado en su escritorio. En ese momento, puedo jurar, que no imaginaba lo que se vendría.
Entré en la oficina de la jefa de personal tal como había planeado. Una vez adentro, la jefa, me pidió que cerrase la puerta y me siente. En la oficina se encontraba una cara conocida pero con otra indumentaria diferente a como lo había visto en ocasiones anteriores. Se trataba de mi amigo el policía. Tomé asiento desconfiado por la situación y mi amigo policía fue a ponerse al lado de la jefa de personal. “Cuéntanos que acabas de hablar con Miguel”, consultó la jefa de personal.
Relaté todo con lujo de detalles. Aunque la situación no dejaba de inquietarme, me sentía tranquilo sabiendo que estaba al frente dos personas con pergaminos de entereza y ecuanimidad. Pero más que sobre Miguel, la conversación, se encausó por el lado de mis acciones en los días que mi antagonista estuvo ausente. Me pareció extraño al principio, pero luego lo entendería todo. La situación no iba a ser fácil ni para mí, ni para el gil de Miguel. Para él, porque al conocer, yo, que algo escondía él, me encargaría de se descubriese a como de lugar. Y por mi parte porque había recaído una denuncia sobre mis cuestas. Así cómo lo escuchan, las preguntas iban dirigidas a comprobar mi inocencia o descubrir mi culpabilidad, sobre un manejo extraño de documento en la empresa. Malversación de fondos se escuchó en los pasillos y se escuchó bien. La cosa se ponía candente. Pero los cimientos estaban más fuertes que nunca

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