martes, 14 de diciembre de 2010

El ansiado encuentro

Regresé pensando todo el camino desde el supermercado hasta mi apartamento cómo hacer para que mis abuelos no se den cuenta del oficio de Coti y cómo hacer para que Coti no se de cuenta de primera quien era yo y por consiguiente salga huyendo del lugar. Por suerte algo se me ocurrió. Mi edificio, si bien es cierto no era un edificio lujoso, era un edificio que algo de presencia mostraba. Y como suelen ser los edificios que se jactan de primera línea arquitectónica alguna entrada de servicio debería tener. El mío, cochera no tenía, sino hubiese sido una buena alternativa, pero entrada de servicio sí. El único inconveniente era, que si bien la entrada de servicio no estaba pegada a la entrada principal, estaba en la misma acera a unos cuantos metros de la misma. Para mi suerte la entrada principal estaba ligeramente hacia adentro de la cuadra y no sobre la misma línea de todas las casas. El problema estaba ahora en cómo hacer para ingresar por esa puerta sin que me vean.
Llegué hasta la esquina de casa y opté por asomarme, primero, a ver en dónde se encontraban situados mis abuelos y Coti. Mi abuelo era el único que permanecía totalmente en la calzada. Coti y mi abuela se encontraban mas bien ligeramente apoyadas sobre la pared que oblicuamente ingresaba hacia el edificio.
Me oculté sobre detrás de una señora que también venía de algún supermercado cuando ambas se dieron vuelta y me dieron la espalda. Las bolsas que yo llevaba sirvieron de camuflaje para mimetizarme como acompañante de dicha mujer que también regresaba de compras hacia su hogar. Avancé todo lo que pude sin que se percataran de mi presencia. Llegué hasta la puerta de servicio junto a ella y luego, la señora, prosiguió su camino. Eso debe haber llamado la atención a mi abuelo, que sin ser observador, debió asumir que ambos veníamos juntos. Nuestra separación, algo que no tomé en cuenta, se tornaba brusca a la vista, al continuar ella y quedarme yo. Sin embargo, ya estaba allí y algo debía hacer para salvar la situación. Traté de esconderme con la cabeza gacha entre mis hombros mientras buscaba las llaves. Todo sin perder de vista con el rabito del ojo lo que hacía mi abuelo, que era el único que podía descubrirme y echar mis planes por la borda.
Pero las llaves te suelen traicionar siempre en los momentos en que más las precisas. No sé si las hicieron pequeñas para que te vuelvas un manojo de nervios en situaciones difíciles o si las hicieron escurridizas para que te descontroles cuando más las necesites. Como sea, a mí se me hizo difícil sacarlas de mi bolsillo en donde, además de ellas, se encontraban también mis auriculares, un par de billetes y algunas monedas producto del cambio en el supermercado. Cuando por fin saqué las llaves de mi bolsillo y mi actitud se volvió por demás sospechosa al tratar de esconderme recogido, con el rabito del ojo izquierdo que nunca se despegó de mi abuelo, observé que mi abuelo me reconocía.
La última y desesperada decisión que tomé fue la de indicarle a mi abuelo que se calle llevando el dedo índice a los labios. Lo hice con la misma mano que me quedaba libre de las bolsas de las compras y con la que sujetaba las llaves. Con el movimiento las llaves cayeron al piso, pero por suerte, mi abuelo, macanudo como siempre, me cubrió por completo haciéndose el loco. Incluso, cuando mi abuela estuvo a punto de voltear hacia donde yo me encontraba, él, mi gran abuelo que aparecía en los momentos justos, la distrajo acaparando la atención de ambas en sí mismo.
Aproveché la ayuda para levantar las llaves del piso y abrir la puerta de servicio ingresando finalmente. Subí rápidamente a mi apartamento. Busqué una gorra y unos lentes para ponerme y así no me reconozca Coti de primera. Sí, lo sé gorra y lentes dentro del apartamento se veía muy ridículo, pero no tenía alternativa. La moda era lo que menos me importaba en este instante. Tomé el intercomunicador y me anuncié llamando a mis abuelos indicándoles que suban, que ya les abría. Mientras lo venía haciendo mi abuela, que no se decidía completamente a entrar por lo extrañada que estaba, me interrogaba:
“¿Y no que estabas de compras?”, fue su primera pregunta mientras mi abuelo trataba de jalarla para que entre.
“Sí abuela, sólo que entré por la entrada de servicio porque olvidé las llaves de esa puerta”, me excusé escapando a la primera cuestión.
“Y… ¿por qué no bajaste a abrirnos o nos avisaste antes de subir?”, siguió complicándome mi abuela como era su costumbre.
“Porque quise darles la sorpresa abuela”, esta vez lo dije con tono de no me arruines la travesura.
Cuando mi abuela comprendió la idea, subió. Al entrar a mi apartamento, que dicho sea de paso dejé con la puerta abierta para esconderme en el baño mi abuela prosiguió con su sermón: “No sé dónde están tus modales Diego, yo no te enseñé eso…¿Diego?... ¿Dónde andas?”.
Le avisé que estaba en el baño que por favor no me haga pasar vergüenza delante de mi amiga. Y puse énfasis en la palabra ‘amiga’ para que Coti se diese cuenta por dónde andaríamos con ella. Parecería que lo tuviese todo planeado. Sin embargo, todo fue producto de una improvisación constante paso a paso. Pero la improvisación se me acabó ahí. Me bloqueé y me quedé encerrado en el baño por un rato.
“Diego, ¿demoras?, porque tu amiga quiere usar el baño también ¿sabes?”, escuché a mi abuela decir quitándome la tranquilidad una vez más.
“No, ya salgo”, le grité desde el baño aún con los lentes y el gorro puestos.
Esperé un ratito mientras se me ocurría algo y volví a gritar: “Que vaya viniendo que voy saliendo”.
Cuando Coti escuchó esto se dio cuenta que quería hablar con ella a solas, felizmente. Pidió permiso a mis abuelos y se dirigió hacia el baño. Mi abuela le indicó previamente donde quedaba. Para que mi abuela no se acerque abrí la puerta e hice como si salía del baño pero no terminé de salir. Coti golpeó levemente la puerta del baño, yo saqué mi brazo por la rendija de la puerta y la hice entrar rápidamente cerrando la puerta. Adentro me encontraba ya camuflado debajo de los lentes y la gorrita.
Coti me miró con cara rara y me preguntó si solía entrar de lentes y gorra al baño. Le respondí que era obvio que no, lo dije muy confiado en lo que decía y sin embargo continuaba con los accesorios encima y sin intenciones de sacármelos.
“¿Entonces?”, volvió a la carga.
“¿Entonces qué?”, me hice el bobo.
“¿Por qué no te sacas eso?, ¿o me vas a dejar verte?”.
“¿Lo qué quieres que me saque?”.
Coti no aguantó más y estiró el brazo logrando sacarme los lentes descubriéndome parte del rostro. Intenté cubrirme con el gorro pero ya era tarde. Coti había descubierto quien era. La noté sorprendida, pero con mis abuelos allí en la otra habitación no se sintió amenazada por mi presencia.
“Disculpa”, le dije sacándome el gorro y acomodándome el cabello, “debí decirte quien era desde un principio.
Ella continuó callada esperando una explicación más larga de mi parte. La que finalmente llegó. Me senté en el inodoro tomándome la cabeza al mismo tiempo que le indicaba que si quería era libre de irse y que le pagaría el tiempo que había pasado esperándome, pero que lo único que precisaba era de su ayuda. Le comenté que había hecho hasta lo imposible por encontrarla. Que había requerido de mucho esfuerzo ubicarla para pedirle su ayuda y que cuando al fin estábamos juntos, me había quedado sin fuerzas para continuar. Con todo lo que me había pasado hoy estaba agotado en serio.
“¿Mi ayuda para qué?”, preguntó intrigada.
Me disculpé y sugiriéndole en tono de pregunta le solicité contárselo luego de que se vayan mis abuelos. Ella accedió con la mayor ternura en sus ojos que nunca había visto desde que la vi por primera vez. Me indicó que me quedase tranquilo que ella esperaría a que se vayan mis abuelos y que no se perdería mi explicación por nada del mundo.
Regresamos al living y ahí estaban mis abuelos expectantes. Mi abuelo sólo se preocupó por saber si estaba bien, al verme tranquilo se sentó en el sofá de siempre sin hacerme ninguna pregunta y con la discreción por delante y se decidió a dormir. Por su parte mi abuela me largó un cuestionario con preguntas que incluían la educación, el sentido de común y la amistad. En fin. No dejó de preguntarme además por Julia y le mando saludos. Esto despertó el interés de Coti, pero si había interrogantes se las debió guardar para más tarde.
Mi abuela preparó unos refuerzos y luego de degustarlos conversamos un poco más. Al poco rato anunció su retirada lo cual despertó automáticamente a mi abuelo. Los acompañé hasta el recibidor, despidiéndome y agradeciendo su visita. Arriba me esperaba Coti para hablar sobre lo sucedido. Después de un largo suspiro, me armé de valor para afrontar lo venidero y subí al apartamento.

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