viernes, 24 de septiembre de 2010

Comienza la cuenta regresiva

El día siguiente llegó y el brillo de la mañana me despertó. El aroma de las flores ingresó mi habitación y los nueve grados primaverales de la mañana se convirtieron en una suave brisa de verano. El día era el más hermoso de los últimos días.
Llegué al trabajo acompañado con Julia. No nos tomamos de la mano como la noche anterior. Implícitamente sabíamos que no podíamos mostrar nada que nos involucre. Al menos no por el momento. Y menos, por mi parte, sabiendo los intereses de Miguel.
Por cierto, Miguel. No había caído en que si Miguel se enteraba de las andanzas en que me encontraba con Julia de seguro se me iba a complicar mi situación laboral, Siempre fui un tipo muy responsable en mi trabajo. Tampoco hacía más de la cuenta pero si fui correcto y constante en mi desempeño laboral.
Debía hablar con Julia sobre este tema. Lo haría en el almuerzo.
A mitad de mañana me llamó Miguel a su despacho. Bueno así lo llamaba él en realidad. Porque no era más que un escritorio con sus respectivos implementos de oficina en un lado del pasadizo hacia el verdadero despacho de la jefa de recursos humanos.
Me senté en frente a él, escritorio de por medio. Entonces me miró a los ojos con mirada acusadora y me dijo: “Ya se a donde quieres llegar con esta actitud. Sólo te digo algo, recuerda que yo por algo estudié para Psicólogo”.
En realidad aún no lo era. Miguel llegó a hasta el tercer año de la carrera de psicología y hace año y media venía postergando la culminación de sus estudios.
“Así que mientras tú estás de ida y yo ya voy de regreso Dieguito. Bueno, ya sé lo que quieres. Y te digo que al haber sido inteligente te lo vas a ganar. Voy a sugerirle a Martita”, así llamaba este atrevido a la señora Marta de León, la jefa de recursos humanos, “que te suba de escalafón dentro de la lista de empleados”, continuó.
Mi cara de asombro debió confundirla porque prosiguió amenazante “Y que te quede claro que no lo hago porque me tengas en tus manos, sino porque creo que te lo mereces, y como favor con favor se paga…”, y luego me miró con cara de autosuficiencia.
Después de todo este ridículo discurso. Solo opté por decirle “lo siento Miguel pero Julia no me quiere decir nada y creo saber por qué”.
“¿Por qué?”, preguntó ansioso.
“Porque le gusta otro chico y no eres tú”, dije complacido. Obvio me refería a mi.
“¡Eso es imposible!”, dijo exaltado. “La he visto verme con ojos de lujuria. Te juro que me ha mirado el culo Diego. La he visto, la he notado. Sabes que yo por algo estudié para psicólogo. Noto el comportamiento de las personas”.
Por más que intento imaginarme, juro que no puedo visualizar hasta ahora a Julia mirándole el regordete culo a Miguel. Debo haberme mordido la lengua para no reírme en su cara.
“Lo siento Miguel, entonces no sé que puede ser”, atiné a decir para salir del paso.
“Bueno, entonces vamos a dejar este ascenso en el escalafón laboral en ‘stand by’ hasta que pongas un poco más de esmero en tu desempeño”, explicó.
“Entiendo perfectamente Miguel, lo entiendo”, de todos modos no quería deberle nada a este gil.
Salí de ahí y ya casi era de almorzar. Así que fui a tomar lo que había traído para comer y me dirigí al comedor. Allí ya estaban Julia y su amiga instaladas ya. Julia me llamó, algo que no había hecho hasta ahora. Saludé a la amiga, pedí permiso para sentarme al lado de Julia y me senté.
Me presentó a Verónica, así se llamaba la amiga, y juntos comenzamos ese almuerzo. Nos reímos mucho de verdad. Creo que el amor te inspira a estar alegre porque la verdad me sorprendí hasta a mi mismo con tanto ingenio desbordado.
Julia disimuló mucho pero luego me dejó un papelito en el que me decía que se moría por abrazarme. Habrá disimulado tanto que ni yo me di cuenta. Pero que bueno saberlo. Verónica es una chica muy agradable, dulce y linda la verdad. Si no muriera por Julia, juro que al menos la hubiese invitado a salir.
Pasada la hora del almuerzo, nos despedimos y salimos del comedor rumbo a nuestros respectivos lugares de trabajo. No nos vimos más en el resto del día con Julia. Más tarde me llamó a mi interno y me dijo rápidamente, antes que regresara Verónica del baño, que iba a ir de noche a mi casa. Acepté. Creo que será el momento propicio para conversar lo de Miguel y sus intenciones con ella y conmigo. Le pregunté porque no nos íbamos juntos y me dijo que se iría con Verónica caminando. Me ofrecí a acompañarlas y me dejó en claro que tenían una conversación de mujeres pendiente. “Ahí viene Vero, nos vemos de noche, Chau” y me cortó.
Entonces ni modo, será hasta la noche.

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