jueves, 30 de septiembre de 2010

Los planes para la salida

Esta vez me levanté temprano por más que la fría mañana invitaba a quedarse debajo de las sábanas. Nos encontramos con Julia en la parada del autobús y fuimos juntos al trabajo.
Mientras me había estado lavando los dientes en el baño se me había ocurrido algo para deshacerme de Verónica sin que se diese por ofendida. Así que se lo sugería Julia. La idea era muy sencilla. Invitar a Verónica a un boliche el fin de semana. Tratar de que tome hasta que se desinhiba. Luego Julia nos dejaría solos para que pueda cortarle el rostro. Julia aceptó, pero antes me hizo prometer que no sería cruel con ella. Que tenía que ser cortés y delicado como siempre he sido con ella. En pocas palabras que le deje en claro que no quiero nada con ella, pero como todo un caballero. Lo sé, hay que ser muy ruin para idear algo así, pero hay que serlo más para planeárselo a una amiga. Quien entiende a las mujeres. Igual, me gusta el lado malvado de Julia también. Además, esta situación, si bien no era la más correcta, me parece que era justa y necesaria.
Llegamos al trabajo, como hasta ahora, juntos pero separados. En verdad, no veía la hora de llegar agarraditos de las manos y darnos un besito de suerte en la mañana. Me desesperaba esperando gritarle al mundo que Julia era mi novia. Pero desde un principio supe que no sería nada fácil conquistar a Julia.
Una mañana sin Miguel. Al menos en la oficina no iba a tener al gil ese rondando por mi escritorio. Por más que se hubiese tomado de lo más bien mi relación con Julia no podía confiarme. Sigo preguntándome como se habrá enterado.
En el almuerzo le pedimos a Verónica que nos acompañe al boliche. No hubo que hacer mucho esfuerzo. Aceptó casi de inmediato. Según me dijo luego Julia, al saber que yo iba no tuvo mucho que pensar. Ojo, no es que me crea la última Coca Cola del desierto, sólo retransmito lo que escucho.
Así que quedamos en que el viernes saldríamos los tres a ciudad vieja. De tarde Julia pasó por mi escritorio a avisarme que pospondría la sorpresa de esta noche y que para bien o para mal sería mucho más grande. Más bien hoy pasaría como siempre de noche por casa.
Me preguntaba cuando conocería a su familia. Eso, desde el punto de vista del chico de la relación, el que la chica te presente a su familia como que te da seguridad de lo que siente por ti. En mi caso ni siquiera había podido ingresar en su casa. No sé si por vergüenza a su padre alcohólico o por miedo a la madre roba novios. Creo que debe ser más lo último porque no la veo a Julia como una chica que se avergüence se sus padres. Y menos de su padre que fue su sostén durante mucho tiempo y la alejó de su problema llamado madre.
De noche llegó salimos juntos del trabajo. Pasamos por un Mc Donald’s a comprarnos unos conitos de helado. Y fuimos disfrutándolos en la calle. Con el clima que hacía la gente nos miraba como locos o tarados. Pero poco nos importaba. Cuando llegamos a casa, en el ascensor por fin pude abrazarla y ella se dejó sin problema. El beso duró lo que dura el ascensor en llegar a mi piso. Pero dentro del apartamento continuaríamos ya con la tranquilidad de que nadie nos mire.
Besos, caricias, abrazos, más caricias, todas tiernas e inocente. Bruno y Fernando, mis amigos con lo que anoche salí, me preguntaron si ya lo había hecho con ella. Y les respondí que no. Se rieron y me trataron de estúpido como era de esperar. Me dijeron que era el mismo romántico y sentimentalón de siempre. Puede ser, pero ahora, no es algo que me quite el sueño. Créanme, incluso los hombres que leen esto, que no estoy apurado por que pase. No niego que me encantaría hacerle el amor, pero quiero respetar sus tiempos y no comportarme como un animal en celo.
Después de un rato cuando los besos llegan a traspasar la piel y las ropas se vuelven una barrera infranqueable preferimos enfriarnos y conversar un poco. Tema a tratar: Salida del viernes.
Parecía que Julia tenía ya todo planeado y me pareció tan buenas sus ideas que me convenció de primera. Baile preferidos de todos: los temas tropicales. La salsa y el merengue nos mueven automáticamente. Y como coincidíamos en el gusto musical bailable optamos por ir a Azabache. Un boliche que se caracteriza por pasar este tipo de música y donde suelen ir gente de todas las edades, desde chicos jóvenes hasta cincuentonas fuertes buscando levantarse un muchachito que las haga rejuvenecer. Bueno, en algunos casos cuando no son tan fuertes, buscando levantarse lo que puedan sólo por amor al deporte.
Allí en el lugar Julia a media noche se sentiría mal y nos dejaría solos a Verónica y a mí. Allí cuando ella se ponga un poco más ‘accesible’ le dejaría en claro, siempre sutilmente que en realidad entre ella y yo no podía existir nada porque me gustaba Julia. Esperemos lo entienda bien y sino ya no podíamos hacer nada más.

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