Las nueve y media de la noche nos encontró cenando a los cuatro sentados alrededor de la pequeña mesita ratona de la sala. Con los platos y cubiertos en las manos. Mi apartamento no era muy grande debido a mi situación de soltero y sin excesivos recursos económicos. Mi abuelo se había despertado pero no estaba seguro si había dejado de roncar.
Julia y mi abuela se habían en vuelto en una conversación extensa. Hablaron de cocina, de postres, dieron un paseo por los libros, no dejaron de tocar el tema hombre, claro que hubo algunos minutos donde se detuvieron a hablar de mi, incluso de mi abuelo y finalmente hablaron sobre el trabajo.
Mi abuela, por su lado, no tuvo piedad de mi y soltó algunas situaciones vergonzosas para que lleguen a los oídos de la chica que me gusta. Julia escuchó con atención detalle. Sus ojos vidriosos y una sonrisa interrumpida denotaban el gozo interno que en ella reinaba. Por ratos volteaba a donde yo me encontraba para lanzarme miradas pícaras y acusadoras.
No lo podía creer. ¿Acaso mi abuela no sabía que esta chica me gustaba? ¿Acaso no sabía que a eeta chica la conocía recién hace unos días atrás? ¿Acaso terminaría este suplicio en algún momento?
Hora y media más tarde al cerrar la puerta del edificio y vera mis abuelos subirse a su auto emrumbarse logré exhalar todo el aire contenido durante su visita. Julia se encontraba arriba lavando los platos. Se ofreció antes que mis abuelos, leáse mi abuela ya que mi abuelo se había vuelto a dormir en el sofá al término de la cena, se vayan.
Al ingresar nuevamente en mi apartamento me serví una copa de vino y dejé una servida al lado para Julia mientras terminar de lavar los platos de la cena. Me arrecosté en la mesada, probé el vino y me sonreí. Julia lo notó de reojo y sonrió también.
"Gracias por no avergonzarme más", le dije.
"No tienes por qué. Creo que tu abuela lo sabe hacer muy bien y no necesitó mi ayuda", comentó sin dejar de expresar aquella sonrisa encantadora.
"Sí, es una experta, tienes razón", agregué.
Se secó las manos de repente, tomó la copa que había dejado servida en la mesada y se paró frente a mi muy cerca. "Mira, Diego, tus secretos están en buenas manos, no te preocupes por nada".
Entonces la tomé de la cintura y me miró fijamente con los ojos vidriosos. La acerqué hacia mi e intenté besarla, pero ella prefirió esconder su rostro en mi hombro mientras la abrazaba como premio consuelo. Una vez en el hombro me dijo: "Mira, Diego, hoy conocí más de ti y aunque estuviste rojo con un tomate, he podido darme cuenta de lo lindo que eres como persona. Sin embargo ya te contaré porqué no puedo confiar en ti. No lo tomes personal, no eres tú, son los hombres. No confío más en ellos".
Quise decirle algo pero hizo que me callara colocándome su dedo entre los labios y continuó: "Pero hoy también sentí algo que me faltaba hace tiempo. Este tipo de calidad de vida lo extrañaba. Créeme, que aunque ya te he besado, por ahora no quiero volver a hacerlo. Pero quien sabe en algún momento. Si sigues siendo lindo y menos obstinado puede ser, sólo entiéndeme y perdóname si muestro algo que no es. ¿Si?".
"No te preocupes", le respondí mientras la abrazaba fuertemente. "Confía en mi, todo lo que quieras y no te preocupes que se esperar".
Después de eso nos quedamos viendo una película abrazados. Juro que nunca vi más romántico al hombre araña mientras nos acariciábamos las manos. Sólo nos separamos para alcanzarnos cosas pero no me dio ningún otro beso.
Al terminar la película tuvo que irse a casa. Me ofrecí para acompañarla y al llegar a su casa se despidió con un dulce, largo y húmedo beso en la mejilla. Como ven no tuvimos sexo desenfrenado como algunos lectores esperaban. Deben agradecerles a mis abuelos y a ella, porque esa noche que pasé, juro que fue mejor que haber tenido sexo.
De regreso a casa ordené lo último que había quedado fuera de lugar y me eché a dormir.
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