lunes, 27 de septiembre de 2010

Un secreto como sobre mesa

Terminada la cena, Julia se sentó frente y sobre mí. Juntitos y en la misma silla me deleitó con los mejores besos y caricias que he recibido en mi vida. Al verla desprenderse de todo lo que la contenía me sentí satisfecho por la labor realizada y por tenerla conmigo finalmente.
Sólo había algo que le impedía entregarse totalmente a amar sin miedos, ni temores. Y era ese enorme secreto que guardaba. Cuando le pregunté si era feliz ahora. Me miró fijamente y fue como si su mundo ideal se le hubiese caído por completo en un segundo, esa mirada con felicidad truncada que había aprendido a reconocer volvió a ella e hizo que se levantase de la silla que ocupábamos. Se fue a parar al borde de la terraza y yo fui detrás de ella. La abracé por detrás y ambos en esa misma posición nos recostamos en el muro al borde de la terraza.
“¿Qué pasó?, le pregunté.
“Mi secreto”, respondió ella dándose vuelta y mirándome fijamente a los ojos. Se escabulló resbalándose hasta quedar sentada con el muro como respaldar. Me senté a su lado. Ambos miramos las estrellas. “Supongo que si te cuento quedaré totalmente libre y confiaré en ti”, prosiguió ella. “Pero si me dañas, vas a acabar conmigo Diego”, sentenció.
“No te preocupes, confía en mí…” intentaba decirle cuando una lágrima brotó de sus ojos y rodó por su mejilla hacia el abismo.
“No es tan fácil”, me confesó recostando su cabeza en mi hombro.
Y empezó su confesión. Me dijo que no creía en los hombres debido a sus engaños y a su madre.
Me descolocó completamente. Hubiese esperado lo de los hombres pero lo relacioné más hacia su padre que a su madre. Lo que vino después me dejó peor aún. Ella vivía con su padre y su madre. Como ya sabía me reafirmó lo del padre alcohólico. Pero me dijo que él había sido amoroso durante su niñez con ella, todo un ejemplo. Que quien lo había vuelto alcohólico y al borde de la locura había sido su madre. Pasa que los padres no siempre pueden ser héroes aunque quieran.
Su madre lo había engañado muchas veces con otros hombres e, incluso, mujeres. Era una adicta al sexo confesa. Que había intentado curarse al principio pero que se había dejado llevar por esa marea de hormonas agitadas sin control alguno arrastrando a su paso con sus seres queridos. Se había metido con todos los hombres que pudo y cada vez que podía. Al principio se lo habían logrado ocultar a Julia con el apoyo de su padre. Sabía que su madre la terminaría dañando en algún momento, así que el padre había hecho todo lo posible por protegerla. Sin embargo la presión social, la de su esposa y la que surgía de ocultarle a Julia algo que en cualquier momento saldría a la luz a través de que avanzaba en edad, lo habían ido envolviendo de a poco en la bebida. Llegó el momento en que su padre había quedado en estado etílico permanente y Julia, durante su adolescencia, sin protección.
Tuvo tres novios en su adolescencia y juventud que la marcaron. El primero, el que siempre marca a una chica a los trece años. El novio tenía dieciséis y había sido invitado como varios amiguitos a una ‘pijama party’ en casa de Julia. Terminó con él cuando lo encontró en la cama con su madre en plena fiestita. Ese día comprendió porque los amigos varones siempre pedían que las fiestas se organicen en casa de Julia. No debe haber sido la primera vez que eso ocurría.
Eso fue un drama para Julia pero su familia la ayudó a salir de eso, especialmente su tía. Le explicaron la enfermedad de su madre, que por más que crea que es lo peor que le puede haber sucedido hay cosas más graves. Y que finalmente, aunque le duela, ella era su madre y luego ese verso de que madre sólo hay una. Ahora entiendo por qué la tía la llamó yegua cuando fuimos a dejar a Andreita.
Luego vinieron algunos otros episodios, que el padre, aún no un alcohólico empedernido, había logrado disimular. Hasta que llegó el segundo gran altercado, este vino a los dieciséis años cuando encontró a su novio con el que llevaba dos años de relación, al que por primera vez llevaba a su casa, nuevamente en manoseos con su madre en la cocina. El novio de dieciocho años de edad le explicó a Julia que fue su madre quien lo había seducido y le recriminó que si sabía que estaba enferma no se lo hubiese dicho antes. Un jovencito sin principios según ella. Si no hubiese sido con su madre la traicionaría con otra chica en algún otro momento. Sólo le dolió el episodio porque pensaba que todo había quedado olvidado y encerrado en los hechos del pasado.
En seguida Julia se volvió práctica y autogeneró una coraza para con su madre. La utilizó como una especie de máquina testadora de novios. Quienes caían en garras de su progenitora, como solía decir ella, no valían la pena. Y de hecho era difícil, al parecer, resistirse a la madre de Julia. Como la describía ella misma, no aparentaba tener cuarenta y dos años sino que parecía tener encima unos pocos de veinte y tantos años, se asemejaba más a una chica joven, escultural, sensual, bella y provocativa.
Cuando Julia tenía diecinueve años un chico la sorprendió realmente. Mantuvo con él una relación que duró hasta los veintidós años. Lo conoció en un baile al que también había ido su madre y del cual se fue acompañada con dos guardias de seguridad. Quien sabe en que terminaría esa noche su madre. Ella, sin embargo, fue conquistada por ese muchacho muy lindo como galante. Exitoso en cada emprendimiento que llevaba a cabo, aunque a decir verdad, este muchacho entre sus veinticuatro y veintiséis años emprendía cosas que yo había emprendido a los dieciocho. Le faltaba un poco de madurez pero al menos demostraba no importarle su madre.
Claro que toda la felicidad duró poco cuando se enteró que este chico ocultaba su segunda relación con su madre. La madre de Julia y él se habían conocido desde antes de conocerla a ella. Justamente a través de su madre es que este tipo había visto a su madre por primera vez. Parecía que a su madre no le importaba todo esto. No tanto así a Julia que volvió a deprimirse refugiándose una corta temporada de no más de dos semanas en el alcohol siendo su tía quien logró sacarla de allí. Desde allí que Julia no tomaba nada de alcohol sea el motivo que sea.
Complicado secreto y dura experiencia para Julia. Pero aquí estaba yo para apoyarla. No sabía cómo pero al menos con su madre no me interesaba acostarme. Aunque por lo que me dejó entender quería testearme. Luego discutiríamos eso. Lo importante ahora era contenerla para que no se me vuelva a desmoronar. Eso hice y nos abrazamos y besamos un poco más mientras le decía que nada de esas cosas raras iba a pasar conmigo. Pero como pedirle a la gallina que vea el agua caliente y no se altere. Fue complicado convencerla, o al menos tranquilizarla, porque no creo que la haya convencido. De seguro habría más conversación con relación al tema ‘su madre’ en adelante. Felizmente, por ahora, había terminado.
Se despidió y nos vimos mañana. Sólo me pidió esconder lo nuestro en el trabajo debido a Verónica. Además desde su punto de vista aún no éramos oficialmente novios. Lo seríamos después de que pase la prueba de su madre. Eso me tenía indignado, no soy un conejillo de indias, pero ya lo discutiríamos luego. Eso, lo de Verónica y lo del gil de Miguel. Si que habían complicaciones con Julia pero la recompensa era la mejor.

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