Por fin descansé la madrugada de hoy. No hubo ni llamadas de Leticia, ni sueños apasionados sobre Julia, ni siquiera vientos fuertes, con lluvia y truenos. Podría decir que dormí más plácido que en un domingo.
En la mañana, debido al empujón romántico de la noche anterior, logré levantarme contento y feliz y a la hora justa para irme al trabajo. Al salir el clima ya había cambiado. La mañana estaba fresca pero agradable y poco a poco durante el día el sol fue apresándose de Montevideo irradiando su energía. No vi pajaritos cantar, ni mariposas y flores, pero poco faltó.
Incluso el trabajo fue apacible y hasta aburrido en varios momentos. Sólo sobre el final hubo algunas cosas por hacer. De las normales todos los días. Tareas y tediosas y voluminosas que no tienen nunca acabar. Pero nada podría cambiar mi buen ánimo, hoy no al menos.
Salí como siempre a las siete de mi trabajo. Estaba vez no pude esperar a salir lo antes posible. Tenía ganas de mixionar pero me aguanté. Tampoco había una chiquilina a quien esperar. Así que tomé el ómnibus, pagué, subí y bajé una parada antes. Quise pasar por la casa de Julia para tentar una vez más a la suerte y verla. Dicen que el que no arriesga no gana. Además si llegaba directo a casa, dicho sea de paso vivo sólo en un monoambiente, no haría más que ponerme a ver partidos de la Copa Sudamericana. Hoy creo que no habían partidos interesantes.
Al pasar por casa de 'mi sueño hecho realidad' todo estaba apagado. Mala suerte la mía, el cruzar algunas palabras con la bella Julia hubiese sido exhorbitante. Que pena me dije sin abrir la boca. Pero ya la veré en algún momento. Salvo ocurriese una catástrofe por lo que le había dicho la jefa de recursos humanos de mi empresa, Julia, estaba con un pie y medio dentro de la misma.
Pegué media vuelta y me dispuse a recorrer las dos cuadras que alejaban la casa de sus padres, donde ella vivía, de la mía. Avancé una y otra cuadra una a una despacio. Cuando fui llegando a mi puerta distraje la mirada buscando mis llaves. De repente, no sé de donde salieron un par de individuos. Estos trataron de arrebatarme la mochila. Forcejeé con ellos para que no se llevaran nada, pero en el forcejeoo se me abrió la mochila y se me cayó el celular que llevaba en el bolsillo de la camisa al piso. Por suerte, como no me quedé de brazos cruzados y al ser una calle algo transitada (algunas personas en la parada de al frente comenzaron a gritarles cosas a los ladrones) estos amigos del mal huyeron. Y pata alimentar mi ego diré que tampoco soy un mequetrefe.
Una mano de mujer me acercó el celular y me lo entregó. Agradecí sin saber quien era. Cuando levanté la cabeza, mientras cerraba mi mochila al mismo tiempo, me percaté de una presencia conocida. Quien me había alcanzado el celular era Leticia. Había venido a hablarme, disculparse y rogarme que vuelva con ella.
Quería pasar a mi apartamento, pero me negué. No quería nada con ella. Hablamos como por cuarenta minutos ahí parados. Ya la gente de la misma parada me empezaba a ver a mi como el delincuente al verla llorar. No podía estarme pasando eso en este lindo día. Menos mal que no hacía tanto frío sino hubiésemos tenido que entrar o congelarnos allí mismo.
Finalmente, Leticia, accedió dejarme ir asumiendo la culpa pero sin compartir mi decisión. Sólo me pidió algo para irse. Un último beso de despedida. Después de cuarenta minutos fuera de casa sin poder entrar, adolorido por el forcejeo y mi vejiga a punto de reventar accedí si era la forma de librarme de ella. Cerré los ojos. Paré la trompita y esperé a que me besara. Cuando por fin pasó unos de los besos más desabridos que he dado en mi vida abrí los ojos nuevamente.
Y como si los dioses, si hay alguno arriba, no se hubieran terminado de divertir a costas mías. Pasó por la vereda del frente y en ese mismo instante Julia con su madre cargando unas bolsas de supermercado. Me saludó a lo lejos y me miró como aquél amigo del colegio que te descubre con la novia que tenías a escondidas y que siempre negaste.
Leticia sintió ese beso desabrido, dio media vuelta y se fue. Tomó el mismo rumbo que recorría Julia más despacio. Cruzó la siguiente esquina y desapareció de mi vista. Julia y su madre aún siguieron una cuadra más. Yo desconcertado, metí mi mano al bolsillo, saqué la llave, me percaté antes de que no hubiesen más ladrones y entré a mi edificio. Subí a mi apartamento. Me hice una sopa instantánea y me dormí. No quería pensar en nada.
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